COSA NOSTRA

Bruno Mesa



Lo vi llegar cabizbajo una noche, con un suéter de rombos y un libro de Baudelaire bajo el brazo. Era joven, menudo, con gafas pequeñas y ojos marrones. No pudo saludar a nadie, porque no conocía a nadie. Se sentó en una esquina del salón de actos y se puso a leer. No cerró el libro hasta que no empezó la presentación. Estaba claro: no era de los nuestros.

Si tras muchos años de esfuerzo y de contactos has conseguido penetrar en el ambiente, en la familia, como a nosotros nos gusta llamarla, lo primero que aprendes, lo que no debes olvidar nunca, es que lo único importante es pertenecer. Estar dentro o estar fuera. Todo lo demás es secundario. Si estás dentro sólo debes seguir el protocolo: saludar a los tuyos, respetar a los jefes, no citar en vano a los maestros. El resto viene dado: los libros, los premios, los congresos…

Pero aquel joven no venía recomendado, no tenía un padrino que lo presentara en el ambiente, y carecía de un “hermano” que estuviera en el cogollo. Si no tienes nada de eso lo único que puedes hacer es empezar lamiendo desde abajo, como todos, como yo. Pero aquel joven que leía demasiado no parecía estar por la labor.

Cuando acabó el acto se fue otra vez cabizbajo, sin saludar a nadie. Fue casi un insulto.
Lo natural hubiera sido rogar un autógrafo, comprar el libro, dejarse ver en el ágape posterior, ciscar algunos elogios a los nuestros, quizá escribir una reseñita para la revista del Ateneo, pero el joven no se enteraba o no quería enterarse.

Durante años, algo más de un lustro, nadie le llamó para nada, nadie le pidió un artículo o un poema, y por supuesto nadie le invitó a recital, mesa redonda o encuentro promovido por los nuestros.

El joven aparecía de vez en cuando por algunos actos donde nos juntábamos. Era como un fantasma, con su libro siempre bajo el brazo, su cara de repollo y su silencio. Nunca pedía que se le firmara un libro, nunca saludaba a nadie, porque no conocía a nadie ni parecía querer conocerlo. Era cosa de verse.

Una tarde apareció en un recital y me acerqué a saludarlo. No debí hacerlo, no era lo correcto, yo pertenecía y él no, pero uno de los capos me dijo que me buscara su confianza. Desde hacía meses le estaban vigilando y querían saber por dónde caminaba. La familia quería cubrirse las espaldas. No nos gustan las sorpresas. Esta vez me tocó trabajar a mí.

Me acerqué, le di la mano y me presenté.

–Creo que nos conocemos –le dije, mintiendo sin reparos.

–Quizá, pero no le recuerdo –me dijo el joven, con una frialdad de cirujano que me resultó insultante.

Intenté hacerme su amigo, pero no hubo forma. Hablamos de libros, pero él sólo leía a extranjeros que no conoce nadie y a clásicos putrefactos. Ninguno de los que leía estaban en el canon, en el canon de la familia quiero decir. Los capos nos dicen lo que debemos leer, lo que es bueno y lo que es malo, y nosotros, con cierta libertad en los matices, debemos seguir esas reglas.

Pero aquel joven no se enteraba. Él iba por libre, y eso siempre acaba mal. Al final lo dejé por imposible. Se lo comuniqué a mi jefe, al que no le gustó la actitud del muchacho.

Pasaron los años y el joven empezó a ser conocido fuera de nuestra provincia, fuera del territorio que nosotros dominábamos. A todos nos pareció una fanfarronada del destino. Ningún hermano le había reseñado, ningún jefe le protegía, nadie le había propuesto para nada, y sin embargo el joven había volado. Eso molestó.

Todos le conocíamos, también los capos. Dentro de la familia aquello no sentó nada bien. Era como si el joven hubiera querido saltarse todas las jerarquías, todas las normas establecidas desde antiguo.

Pasaron los años y el joven ya no caminaba cabizbajo. Se empezó a comentar entre nosotros que el joven se daba humos y se creía alguien. Se contaban anécdotas jugosas acerca de su fachenda y de sus vicios, de las torpezas de su estilo, de sus lecturas delictivas o de sus absurdas ideas estéticas, pero siempre había un regusto de envidia en nuestras palabras. Luego pasamos a contar anécdotas escabrosas sobre su vida. Algunos decían haberle visto salir de un bar de madrugada, con cara de lombarda, borracho y delirando. Otros aseguraban que frecuentaba por igual las bibliotecas y los burdeles. Durante un tiempo el joven nos dio para entretenernos a gusto en las horas muertas.

Eso de la envidia nunca lo entendí. A mí aquel joven me pareció siempre un tímido, un cobarde y un perdedor. Y yo no me suelo equivocar.

Pero la cosa empezó a cambiar desde arriba. Entre los capos de la familia no había gustado que no se respetaran las tradiciones. Entonces se abrió la veda. Le dejamos un par de avisos en la prensa local: cosas suavitas, escritas por soldados de vanguardia y sargentos chusqueros. No hizo caso.

Era difícil hablar más claro, pero lo intentamos. Nadie puede decir que no le avisamos. Se le estaban acabando las oportunidades, pero me temo que él no se enteraba. El segundo paso fue publicar un par de notas remendadas donde salía trasquilado. Tampoco escuchó.

O eso creímos nosotros, porque pasado un año de esos avisos, el joven publicó un texto en una revista de literatura de cuyo nombre no quiero acordarme, una de esas revistas que aquí no lee nadie, y los pocos que la leen dicen que todas son iguales y que ellos lo harían mejor y que en esa revista siempre escriben los mismos. Lo cierto es que esa revista publicó una sátira firmada por el joven que no pertenecía a nuestra camarilla. En ella nos ponía a caldo, se reía de nuestra moral oportunista, de la familia, de nuestras sagradas tradiciones, de los principios estéticos que siempre defendimos. Para ese loco todo lo que tuviera que ver con la familia olía a rancio.

Como entre nosotros hay mucho despistado que no se lee ni sus propios libros, los viejos popes no se dieron por enterados. La verdad es que los más viejos no saben lo que dicen, y aunque hay que dejarles hablar, ya nadie les hace caso. Algunos sólo se escuchan a sí mismos y cuentan sus libros como si fueran piezas de caza compradas en una subasta: yo tengo 24, el otro 27, aquel 35, el de más allá 46… Pero a los que leemos algo aquella sátira del jovencito nos calentó la sangre. Los pocos que le trataban le quitaron el saludo.

Todos sabíamos que algo iba a ocurrir, como siempre en estos casos. Sólo era cuestión de tiempo.

Estaba marcado, como una res que hay que sacrificar porque su enfermedad no tiene remedio. Podría contagiar a otros animales y convertir la cosa en epidemia. Empezamos por borrarlo de la antología donde uno de los nuestros pensaba incluirlo. Ya no hacía falta nombrarlo: todos sabían que era el siguiente de la lista.

Los jefes estaban enfadados, pero nadie que estuviera fuera de la familia lo hubiera pensado. Es el estilo de la casa, ellos nunca se manchan, nunca hablan de esos temas con extraños. Pero entre nosotros, en las reuniones y las comidas, en las jornadas y los congresos, cuando hacíamos corrillo, sacaban toda su bilis y lo ponían a la altura de la hoja de lechuga.

El joven no entendió nada, no vio el peligro. Si al menos hubiera pedido perdón. No sé, quizá se hubiera podido hacer algo. Pero nada, siguió calladito, leyendo sus libros de mierda, tejiendo su mortaja.

Fue entonces cuando alguno de los capos, y nunca sabremos quién fue exactamente, dio la orden.

Algunos no estuvieron de acuerdo. Al fin y al cabo no era un traidor, nunca había sido de los nuestros. Pero los que no estaban de acuerdo se cuidaron mucho de no publicar sus críticas a la familia y guardaron un prudente silencio.

Se había dado la orden, eso era todo. No se podía hacer nada.

Había que liquidarlo. El joven se lo había buscado, eso nadie lo dudaba. Hasta el más zángano sabe cómo funcionan las cosas por aquí.

Empezamos por su poesía. La trituramos despacito, y no quedó suplemento, revista u hoja parroquial que no tuviera su fusilamiento. Luego vinieron sus cuentos, sus ensayos, su capacidad crítica. Terminamos riéndonos del hombre, del que ya quedaba poco para reírse.

Uno de los nuestros, conocido suyo, le hizo una visita para advertirlo. Estaba en el objetivo, y él sabía muy bien lo que significaba eso. Ya nada podía salvarle.


Ayer lo encontraron colgando como un monigote del balcón de su apartamento. Había decidido anticiparse a su inevitable final, antes que esperar la visita poco amistosa de uno de los nuestros. A nadie de la familia le sorprendió la noticia, era cuestión de horas.
Pero el gusano nos dejó un último recado, su última venganza, su estertor, como quien dice, y escribió unos aforismos envenenados que se publicaron en la misma revista cochina.

Eso nunca se le perdonaremos. Menos mal que no tiene familia.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Es como una parábola de la Iglesia y de todos los bienpensantes, que sólo admiten una forma de pensar y de hacer las cosas, y excluyen a todo aquel que se salga del redil.
Fátima

Anónimo dijo...

¿ Roman à clef de la literatura canaria?


Pino Artés

Amaia dijo...

El mundo literario no se iba a salvar de la cosa nostra claro,pero el brillante joven excéntrico borracho y pendenciero,tenía que haber sabido distinguir qué camino le convenía tomar para poder perpetuarse,que era el fin último si mal no entendí.

Salut!