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WALTER RALEGH EN EL ORINOCO

José Balza
Universidad Central de Venezuela



…y si Dios no nos hubiera enviado otra ayuda, hubiésemos errado durante un año completo en ese laberinto de ríos, donde no hemos podido hallar ninguna vía, ni de entrada ni de salida, especialmente después que pasamos el reflujo y el flujo, que duró cuatro días.
Porque yo sé que en toda la tierra no se produce parecida confluencia de corrientes y ramales, el uno cruza al otro tantas veces, y además son hermosos y largos, y parecidos uno al otro, que ningún hombre puede decir cual puede elegir: y cuando nos guiábamos por el sol o por el compás, esperando poder ir por una vía o por la otra, sin embargo ésa nos llevaba en círculos entre multitud de islas, y cada isla estaba bordeada de árboles altos, y ningún hombre podía ver más allá de la anchura del río o del largo del rompeolas. (…) Cuatro días más tarde caímos a un hermoso río como yo jamás lo había contemplado, que se llama el gran Amana, el cual corre más recto, sin tantos rodeos o vueltas, como los otros.
Quien esto percibe es Sir Walter Ralegh en 1595 mientras avanza por los caños del Delta hacia el poderoso Manamo (Amana), cuyas aguas ya pertenecen al cuerpo central del Orinoco. Cien años antes, Colón se detuvo en su desembocadura y creyó vislumbrar el Paraíso terrenal.

Walter Ralegh o Rawleyge o Rauley o Rawleigh y Raleighes (en sus poemas) o Gutre Reale, Guatarrala y Guantero Reali —según cronistas y enemigos españoles de su tiempo— nació hacia 1552 y será decapitado en 1618. En las páginas que le dedica el poeta, cineasta, narrador y ensayista Paul Auster se comprende, en Ralegh, “la vida vivida como un pacto suicida con uno mismo”; vida para la cual “el atractivo del nuevo mundo era tan fuerte que simplemente no pudo resistirse”. Porque, para Auster, “en cada lugar habrá el aliciente de otro lugar. América. Y en el límite del pensamiento, donde el nuevo mundo anula al viejo, se inventa un lugar para ocupar el lugar de la muerte. Él ya ha pisado sus costas y su imagen lo obsesionará hasta el fin”. Así vislumbra Auster al poeta en su encierro final de doce años tras el muro de la torre de Londres.

Ralegh había formado parte de la flota de su hermano Humphrey Gilbert que exploró y colonizó las costas de Norte América en 1578. Después ingresa a la Corte y financiará otra expedición hacia lo que llamará Virginia (Carolina del Norte) en homenaje a la Reina Isabel. Logrará que la colonización sea considerada asunto de Estado para Inglaterra, donde la fama lo convertiría en introductor del tabaco y la papa a ese país. Su destino quedará marcado por las vicisitudes de la rivalidad entre España y su patria.

Convertido en favorito de la vieja Reina, una versión cuenta que se casa (1591) en secreto con una de las damas de aquélla, doce años menor que él, con quien será encerrado por primera vez, como castigo, en la Torre de Londres.

Sin embargo, cuatro años más tarde, en febrero, zarpa al mando de una expedición de cinco naves hacia Guayana, dispuesto a derrotar y desplazar a los españoles de sus posesiones.

Creo que nadie ha escrito con tal conocimiento técnico e histórico sobre la vida del pirata y del corsario en nuestro Mar de las Antillas, como Luis Britto García. Armas, naves, diversiones, intrigas, política, rutas, batallas, crímenes, pasos astrológicos, reyes y reinas, ministros, amores, países, cartas íntimas y documentos, confesiones, diarios, poesía: todo ha sido revisado por él con minuciosa y coherente mirada. Su testimonio queda en el libro de 1998 Demonios del Mar, Piratas y corsarios en Venezuela, 1528-1727, donde logra destacar, sobre la corriente de los siglos y del mar, la personalidad desafiante de aquellos hombres.

En el estudio, la pasión de Walter Ralegh parece contaminar al investigador, de tal modo que la imagen del cortesano y pirata es vista desde su propia interioridad de poeta, de aventurero y amante, con singular intensidad. La comprensión y la reconstrucción de ese príncipe de los mares no puede ser imitada, por lo que citaremos a Britto García en extenso para no desaprovechar su prosa ardiente.

Pero antes, escuchemos el eco íntimo y estremecedor de estos versos de Walter Ralegh, en la traducción de Gustavo Pereira:

Dadme la insignia de quietud del peregrino
mi báculo de fe para apoyarme,
mi constancia de júbilo, dieta inmortal,
mi cantimplora de salvación (…)

La sangre habrá de ser bálsamo de mi cuerpo,
ningún otro se dará,
mientras mi alma como blanco peregrino
viaja hacia tierras celestiales
sobre montañas de plata
de donde brotan las fuentes de néctar:
Y allí besaré
el cáliz de la bienaventuranza
y beberé mi eterna satisfacción
sobre cada colina tibia y láctea.
Y los de este madrigal:

¿Qué es nuestra vida? Juego de pasiones,
nuestra dicha música que divide,
el vientre materno la casa de pruebas
donde nos vestimos para esta corta comedia…
“¿Quién es este caballero de frente despejada, ojos claros, flotantes rizos y barba puntiaguda que, luciendo todavía algunas incómodas galas isabelinas, contempla los parajes en los cuales Colón avistó Tierra Firme un siglo antes?” —se pregunta Britto García— “Algo lo fascina en el cercano Delta del Orinoco, en el cual un solo cuerpo fluvial se ramifica en un laberinto de cauces antes de entregarse a la anónima turbulencia del mar. Pues en Walter Ralegh coexisten muchos seres, y no siempre de manera cómoda. Es un hombre universal, de los que produce ese retoño inglés del Renacimiento llamado período isabelino. Como tal, su signo es la versatilidad. (…)”

Ralegh, descuella a los 16 años como estudiante en Oxford; a los 17 pelea en Francia. En 1575 se registra como estudiante de derecho, pero vuelve a las milicias en expedición por los Países Bajos, ya con sensibilidad política y destino de navegante. “En esta fantasmagoría de seres y de talentos”, prosigue Britto García, “el personaje que más reaparece es Ralegh el militar. (…) Por un instante asoma Ralegh el despiadado… Pero ni siquiera el recurrente guerrero puede dominar a Ralegh el ególatra, quien no acepta otra autoridad que la propia y se enreda en indisciplinadas disputas con su general… En ellas lo protege Ralegh el seductor, quien gana el fallo favorable de la célibe y siempre coqueta Reina Virgen”.

Hacia los treinta años está en el esplendor de su vida. Cortesano, rico, escritor, amigo de Ben Jonson, de Shakespeare, John Donne y Philip Sydney, ¿de Anthony Holborne? Quizá haya sido a partir de 1576 cuando escriba versos como estos, según la traducción de Anna María Leoni Tarabusi (Descripción que el Pastor da del Amor):

Mas, ¿qué es amor? Oh buen Pastor mostrad.
Una cosa que repta porque no puede andar,
Un premio que pasa de aquí para allá,
Una cosa para uno, otra para los demás,
Y quien busque así lo encontrará,
Y que esto es amor, Pastor, como yo creerás.
Y en otro poema (Para probar que afición no es amor):

Empero poetas hay que gustosos probarían
Que afición perfecto amor sería,
Y que el Deseo es de esa suerte igualmente,
No una pasión menor de nuestra mente.
Como si bestias fieras y hombres requirieran,
Querer, amar, elegir de igual manera.
Y hacia 1580:

Cuando al fin advertí que ambos mi Ojo y mi Corazón,
Se excusaban como si del mal mío culpa no tuvieran,
Hallé que yo mismo causaba toda mi aflicción,
Y menester era que a mí mismo muerte yo diera:
Mas al ver que mi yo fiel a vos se declaraba,
Amé a mi yo, porque mi yo a vos amaba.
Sutiles tópicos del Amor, que sin embargo no le impiden, con particular humor, titular una de sus despedidas: Un poema deslizado en el bolsillo de mi señora Lady Laiton.

Otra tónica encontramos en el “Epitafio” para un Caballero amigo suyo:

Elogiar tu vida o llorar tu digna muerte
Y tu ingenio, alto, puro, divino añorar
Supera lo que verso mortal puede alcanzar,
Ni nadie que respira es digno de tal suerte.
Después adquiere y conoce importantes documentos relativos a América; se vuelve geógrafo, hispanólogo, coleccionista de códices aztecas, domina el castellano. Sueña con un imperio inglés que avasalle a España en el Nuevo Mundo.

“Y aquí arriba esta cohorte de hombres que son uno solo, balanceándose en los parduzcos torbellinos donde el océano se mezcla con los raudales que arrastran los sedimentos de un mundo. No hay en esta multitud de identidades ni mistificación ni fantasmagoría. Ralegh es siempre plenitud, y sin doblez cada uno de los personajes que se alternan en su facetado yo, en una desesperación de querer agotar las posibilidades de la experiencia en el lapso de una sola vida y acaso de un solo instante. Aventurero, al igual que Julio César, tiembla ante la idea de haber nacido demasiado tarde, en una época en la cual todas las grandes hazañas se están cumplidas”.

Dedica Britto García brillantes párrafos a la fascinación de Ralegh por El Dorado, con su siempre obsesiva proximidad —casi palpable— y su inmediata lejanía, que impone el fracaso del aventurero (y de todos), debido a una nimiedad absurda, casi justo cuando vislumbran el Tesoro. Y en un poderoso contrapunto, que todavía espera por la novela, la ópera o el film que lo recoja, la rivalidad del poeta con Antonio de Berrío, su prisionero ocasional, su enemigo mortal, su otra faz. Nacido en 1527, Berrío, en palabras de Britto García, “contrae nupcias (en Andalucía) con María de Oruña, sobrina del fundador de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada, quien a su muerte en 1580 le lega una encomienda y la hereditaria gobernación de El Dorado, que el Rey le ha concedido por dos vidas”.

“A diferencia de Ralegh, cuya vida se dispersa como el Delta en una miríada de cauces, Berrío –añade Britto García- es como el Orinoco, que concentra todos sus afluentes en un único impulso irresistible”.

En marzo de 1595, otro corsario gentil, Robert Dudley ha atravesado el Delta. “Su único consuelo —concluye Britto García— es el de bautizar con su propio nombre al caño y la isla Tucupita, según lo hace constar en el mapa publicado en 1647”. Al parecer, aunque su expedición posee mayor recorrido y arroja datos geográficos muy valiosos es poco conocida, en comparación con la actividad propagandística de Ralegh. Como ocurrirá varias veces, también quien se vincula con Ralegh (que ha tenido y tendrá secretos y conocidos intentos de suicidio) es conducido a un final trágico. Es el caso de Dudley.

No podemos detenernos aquí en los avatares de este viaje de Ralegh por Trinidad y el Delta. Escribe: “Nunca he visto un país más bello ni un paisaje más hermoso. Las montañas y las colinas se levantaban aquí y allá sobre los valles, el río serpenteaba en numerosos brazos; los llanos adyacentes eran de yerba hermosa y verde sin bosques ni maleza; el suelo de arena dura, fácil para marchar a pie o a caballo, los venados atravesando los senderos a cada paso; los pájaros por la tarde cantando de cada rama con miles de diferentes sonidos y melodías…”. Tendrá hondo contacto con los indígenas; dejará rehenes y se llevará prisioneros; declarará en Londres que ha enseñado a los habitantes locales amor por los ingleses y odio a los españoles. Pero la verdad es que el viaje no arroja grandes hazañas ni logros económicos: asalta a la pobre población de Oruña en Trinidad y se interna por una semana en el Orinoco hasta el Caroní. Es su aguda percepción lo que enriquece la jornada, transfigurada por su imaginación en una prolongada, inconmensurable aventura. “Para facilitar la creencia en minas e imperios fantásticos, Ralegh el poeta las acompaña de la descripción de una antropología igualmente prodigiosa”, resume Britto García. Y concluye: “Sin quererlo y quizá sin saberlo, Ralegh ha cristalizado una vagarosa sucesión de leyendas dispersas en una nueva y esplendorosa mitología, que desde entonces forma parte de la cultura de la Época Moderna”.

Su vida en Inglaterra sigue tramada por el mundo de los amores, las intrigas políticas y cortesanas. Allá, sus ascensos y caídas no tienen como fondo los peligros de las tribus y la naturaleza desconocida, sino la sutileza, la perfidia y el poder de otros hombres como él o de los príncipes —españoles, franceses e ingleses—. Muerta la reina Isabel, desde 1603 el nuevo monarca, Jacobo I determina su destino. Envuelto en mil intrigas, es condenado a muerte, aunque la sentencia se suspende indefinidamente. Un año después está en la Torre de Londres, donde pasará más de una década. Nos dice Anna María Leoni Tarabusi: “A Ralegh lo esperaban doce años de prisión que, sin embargo, no fueron tan penosos como pudiera pensarse. De hecho, Ralegh era tratado con consideración: se le permitió tener tres sirvientes y recibir visitas regulares de un médico y un clérigo; además de esto tanto su esposa como su hijo, lo visitaban a diario y a veces se quedaban con él. En 1605 nació otro hijo, Carew. Entre los múltiples visitantes que Ralegh recibía estaban los indígenas que había traído de la Guiana diez años antes, a quienes enseñaba inglés. Tenía inclusive un pequeño laboratorio en el jardín que utilizaba para experimentos químicos y alquímicos, y en especial para destilar cordiales que se volvieron famosos”.

Allí escribiría su Historia del mundo, cuya primera parte fue publicada en 1614.

Marcas varias de un jefe indio de Virginia, grabado de Theodore De Bry (1590-1607)


En marzo de 1616, ya enfermo, fue puesto en libertad. Sobre él se cierne la compleja amenaza de las relaciones entre los reyes de Inglaterra y España. Sin embargo, realiza su tercer y último viaje a América a fines de 1617. Permanece ante la desembocadura del Orinoco. Delega en su amigo el capitán Lawrence Keymis y en su hijo Walt la búsqueda de las minas. Poco después morirá éste y el Capitán se suicida por su fracaso en la expedición. Ralegh regresa, derrotado, a Londres. Dentro de la sordidez de aquel mundo político, se cumple su destino. Vuelve como prisionero a la torre y será ejecutado en octubre de 1618, para complacer al gobierno español. Es legendaria su irónica y valiente conducta ante el verdugo y el público. Al parecer, poco antes escribió en su Biblia esta especie de Epitafio, que traduzco de manera libre y sin rimas así:

Tal es el Tiempo, al que confiamos
nuestra juventud, nuestras alegrías, cuanto tenemos,
y sólo nos paga con vejez y polvo;
Quien, en la oscura y callada tumba,
cuando hemos recorrido nuestros caminos,
calla la historia de nuestros días;
pero desde esta tierra, esta tumba y este polvo,
el Señor me levantará. Así confío.
En años anteriores también había concebido versos como estos, que ofrezco fragmentariamente:

Canto a mí mismo

Yo era poeta
y no lo sabía;
tampoco mi madre
ni mi hermano ni mi hermana.
Los ricos lo ignoraban,
A los pobres no les importaba.
El reverendo Sr. Dewitt
nunca lo supo.
Los de arriba no lo sospecharon
los de abajo ni lo detectaron.
Mi tía Sue
dijo que obviamente era falso.
El tío Ned
que yo estaba mal de la cabeza.
(Proviniendo de un colonizador
esto fue una buena recomendación)
Pero todos parecían pensar
que el genio debe mucho a la bebida.
Y por eso
No soy poeta ahora.
Y por qué
mi inspiración se ha secado.
No es en absoluto útil
cultivar la Musa
(…)
Sencillamente me disculpo
por la falta de sorpresas
en lo que escribo
esta noche.
Mis intenciones son buenas
pero mil cosas intervienen
entre
lo que quiero decir
y lo que dicen que digo.
Es muy desconcertante.
El tío Ned
dice que los poetas deben ser amordazados.
Quizá
tenga razón.
¡Buenas noches!

El artista

El artista y su esposa infortunada
llevan una hórrida vida de fantasmas,
envueltos en lo que él ha hecho
que no interesa al comercio.
A la vista el mundo es muy justo;
el artista no lo cree:
juguetea con las obras de Dios
y las hace ver raras.
El artista es un hombre terrible,
no hace las cosas que puede
sino las que no puede hacer
y así asistimos a una visión privada.
El arista usa los colores primarios
para presentar las cosas como no son.
Entonces pide dinero por el tiempo
Que llevó cometer el crimen.-

Mi testamento

Cuando yazga sin peligro
Más allá del trabajo y el placer,
protegido por el suelo gentil,
del mundo de la vista y el sonido
uno o dos de quienes abandono
me recordarán, afligidos,
pensando en cómo los alegré
con lo que solía decir;
pero la corona de su angustia
será mi desorden.
Qué fastidio entonces
Serán mis restos!
Estantes de libros que nunca abrí,
pilas de facturas impagadas,
brochas de afeitar, navajas,
(…)
pantalones anchos, abrigos rotos,
montón de anotaciones,
y el espectáculo más fantasmal de todos,
botas y zapatos en feas filas.
Y aunque mis amadas, ya abandonadas,
Con ánimo jocoso
cuando encuentren mi revoltijo
lamentarán que haya muerto.
Ellas se afligirán, pero tú, querida,
que no conoces el miedo,
valiente compañera de mi juventud,
libre como el aire y cierta como la verdad,
no dejes que estas cosas aburridas
te distraigan de tus baratijas.
Quema los papeles, vende los libros;
despeja los rincones atiborrados,
haz una gran pira fúnebre
para el cadáver del viejo deseo
hasta que no quede
nada, sino cenizas en la fosa;
y cuando hayas arrojado
todo lo que es de ayer
si sientes un estremecimiento de pena,
domínalo y empieza de nuevo.
Y ahora, he aquí el responso de Luis Britto García: “Allí donde fracasó el pirata, el escritor logra encender la codicia de toda una nación en torno a la empresa de la conquista en el Nuevo Mundo. Su libro es caballo de batalla de la ‘literatura promocional’ que apoya tales proyectos. E inspirada por ella, Inglaterra multiplica las expediciones a Guayana hasta que, al fin de un largo proceso, termina por fundar una Guayana Británica y por apoderarse de la isla de Trinidad a fines del siglo XVIII. Es la vieja obsesión por dominar las bocas del Orinoco como paso hacia las riquezas de América”.

Para concluir recorramos algunos fragmentos del famoso libro de Walter Ralegh publicado en 1596 Descubrimiento del vasto, rico y hermoso imperio de Guayana, con un relato de la poderosa y dorada Ciudad de Manoa (que los españoles llaman El Dorado) y de las provincias de Emereia, Aromaia, Amapaya y otros países y ríos limítrofes.

Muy pronto traducido al latín, lengua que permitía para entonces la inmediata difusión, fue también llevado al francés, al holandés, alemán e italiano. Hasta 1947 no fue vertido al castellano (por Luis Ramón Oramas), luego parcialmente en 1967 y en 1973. Aquí vamos a utilizar la versión de X. T. García Tamayo de 1980.

¿Por qué nos importa Walter Ralegh? Él hubiese querido pasar a “la historia del mundo” como un héroe, un conquistador triunfante que no sólo obtuviera grandes riquezas personales sino también reinos inaccesibles, inmensos territorios, ventajas económicas para los reyes de su patria: la expansión y la consolidación de un imperio como el de los antiguos romanos o —cosa que nunca habría aceptado pensar— como el de España en su tiempo.

Cumplió, sin duda, con la otra exigencia de su carácter: practicar el amor en un sentido de entrega absoluta, desde la pasión a la irracionalidad disoluta; desde la aproximación cautelosa hasta la abstención y la obligada espiritualidad. Su vida bohemia, con amigos artistas, sus años como soldado pueden dar cuenta de una parte de eso; su rendición ante los fríos designios de la Reina, nos indican el polo opuesto. En medio de ambos, la prolongada y de algún modo luminosa relación con su esposa, señala una línea intermedia ante aquellos extremos. Y es su irónica, reflexiva poesía amatoria (aparte de las exigencias tópicas de ésta, para aquellos siglos) la huella persistente de tales deliquios.

Pero hay por lo menos otras dos facetas de su personalidad que nos llevan directamente a la prosa de su Dorada Ciudad de Manoa (llamada El Dorado).

Ralegh pudo haber tenido noticias de Cervantes (1547-1616) como las tuvo Shakespeare (1554-1616). Dice Harold Bloom: “Cervantes nunca oyó hablar de Shakespeare, pero Shakespeare sí tuvo que tener en cuenta a Cervantes en su última fase. Leyó Don Quijote en 1611 cuando la traducción de Shelton se publicó en Inglaterra y fue testigo de la forma como sus amigos Ben Jonson, Beaumont y Fletcher se reconciliaron con Cervantes en sus propias obras. Con Fletcher, Shakespeare escribió una obra, Cardenio, basada en el personaje de Don Quijote, pero la obra continúa perdida”. El pirata, el dramaturgo y el novelista son casi exactos contemporáneos.

Por su parte, Enrique Bernardo Núñez asienta: “Más allá del Caroní está el río Atoica y después el río Caura. Es aquí donde Raleigh sitúa los pueblos o naciones que denomina los Ewaipanoma, con los ojos en los hombros, entre los cuales les nacen largos cabellos y la boca en medio del pecho. (…) Otello, el moro de Venecia, habla de estos hombres cuya cabeza les nace bajo los hombros”. Las frases del Othello en la tercera escena del I Acto son:

Luego hablaba de los caníbales, que se comen los unos a los otros, los antropófagos, y de los hombres que llevan su cabeza debajo del hombro.
Cervantes había vivido la turbulencia política en su juventud y el mar lo condujo al delirio de la aventura y la humillación; en su madurez, una rutinaria vida de funcionario menor lo absorbe. Llega a soñar con el viaje a América e intenta lograrlo. Pero su energía vital es secuestrada por la creación de un personaje mayor, natural y simbólico, modesto y desafiante, inocente, cruel y justo, terreno e idealista: el lector total: don Quijote, para quien la vida está contenida, originada en la letra, desde donde irradia su infinita variedad sobre la mente, hasta modelar o interrumpir lo restante de la realidad.

Ralegh es en esencia cortesano y aventurero; y si bien concibe, como amante, la dualidad de la mujer ideal y de la euforia carnal (su poesía y su conducta así lo muestran) no cumple con el régimen quijotesco. Ama el dinero y el poder, en el fondo se sueña gobernante de un reino único y remoto; tiene el oro como meta primordial. Emprende, realiza difíciles negocios y viajes a través del océano; desafía políticos, piratas, tormentas, tribus, grandes ríos, selvas. Lleva a su hijo a la muerte. Pero todo esto ha partido de rumores, de cartas, documentos y mapas, de lecturas antiguas y contemporáneas, de mitos relatados por europeos o escuchados en bocas de nativos, también de sus propias anotaciones, tanto las que realiza antes de partir por primera vez hacia Guayana como las que fija después de cada viaje. La letra (sobre todo la suya) lo hechiza, lo envuelve, lo impulsa: cambia su libertad por una obsesión: la de ser el hombre que logre —mientras vive travesías, exploraciones, costumbres nuevas, lenguajes y paisajes— captar todo un mundo en su escritura. Así, ésta lo establece, lo inmortaliza (según cree él), lo difunde en el orbe y completa su verdadera realidad personal. Ralegh no sólo es el gran creador de un universo escrito sino también su más fiel lector y creyente. Un doble quijote.

No parece ser su condición de escritor lo que más le importe, sino el triunfo de su proyecto económico. Él es un lector. Y sin embargo, tanto en la poesía de su juventud y de su vejez, tanto en su redacción de la historia del mundo, en sus cartas y, sobre todo, en su famoso libro del Descubrimiento del reino de Guyana, Ralegh sólo es un escritor, de expresión irregular, es cierto, pero con la ambición de narrar a los seres próximos (o a los míticos), de contar el mundo o de fundar el mundo que únicamente él ha descubierto (vislumbrado) y poseído (imaginariamente): Manoa, El Dorado. Un escritor casi siempre extraviado entre la multitud de la Corte o en la soledad de la Torre.

“La Torre es piedra y la soledad de la piedra. Es la calavera de un hombre alrededor del cuerpo de un hombre; y su esencia es el pensamiento” considera Paul Auster y se interroga: “¿por qué cruzar un océano sólo para acudir a una cita con la muerte?”.

Hasta aquí una (¿una?) de las facetas en la psique de Ralegh. Toquemos otra. Puede tener 26 años cuando pisa la tierra de Norte América. 43 cuando navega el Delta del Orinoco por vez primera, casi 65 cuando regresa allí. Será decapitado un año más tarde. Un complejo azar establece el viraje del norte del continente al sur; azar que incluye tanto los factores reales como fantásticos a los cuales hemos aludido. Lo determinante será el contacto con una naturaleza pródiga en vastas aguas dulces, en vegetaciones abruptas y enérgicas, en especies animales desconocidas, en sociedades extrañas y en sus leyendas asombrosas. “Ha pisado sus costas y su imagen lo obsesionará hasta el fin” admite Auster.

En efecto, tras la verdad y la utopía del oro, tras el ejercicio del poder; ante la promesa de una vida exuberante y paradisíaca; ante su voluntad libre de practicar la muerte; conducido por el idioma español (que lo deja fuera del suyo propio) y de las lenguas indígenas, Ralegh comprende, o más que comprender, se rinde emotiva e intelectualmente ante un verdadero Mundo Nuevo –que quizá pase a ser propiedad suya—. Ese mundo orinoquense que casi ha permanecido igual desde entonces, somos nosotros.

La vastedad del océano, vencida por las aguas leonadas que deslumbraron a Colón; la belleza de los indígenas, su pulcritud, el misterioso resonar de un reino en que casi todo es de oro o piedras preciosas se mezclan en su sensibilidad y la letra desciende a él o brota desde él para que escriba uno de nuestros más puros y maravillosos libros: el de la Grande y Dorada ciudad de Manoa (llamada El Dorado).

A diferencia de lo escrito por muchos de los cronistas, sacerdotes, viajeros y militares españoles aquí referidos, el texto de Ralegh da la vuelta al mundo culto de aquellos siglos, en varios idiomas. Dibujantes, dramaturgos, pintores y músicos tratarán de reflejarlo. Si la fuente de sus leyendas fueron rumores, cartas o textos de españoles, así como de confesiones orales escuchadas o traducidas en el campo vital, será su idioma el que se convierta en clarín universal de estas novedades. Por paradoja, únicamente 350 años después de publicado será conocido en español, como también ha ocurrido con los apuntes del florentino Galeoto Cei, su contemporáneo.

¿Qué hace Walter Ralegh en estas páginas sobre literatura venezolana? Devolvernos el espejo o el objeto reflejado que surge de las suyas. Aparte de las inexactitudes geográficas, históricas, lingüísticas que podamos establecer hoy sobre sus textos, creo que el contacto de su mundo imaginario con el nuestro o con nuestra realidad, de entonces y de hoy, arroja resultados muy próximos. Y no sólo en lo que respecta a elementos míticos y de carácter general, como acabamos de decir, sino también porque desde sus percepciones poéticas parece adelantar emociones, sentimientos y expresiones que nuestros autores tocarían también en el futuro. (Fenómeno cuya explicación exigiría hundirnos en complejos análisis verbales, culturales y sobre todo psicológicos y que pueden resumirse en una frase pueril: el imaginario de Ralegh combinó su amplia y clásica cultura con el mundo nuestro, en el que otra cultura, otra geografía, etc. encontraría eco, para que ésta hallase eco en aquélla. Y ambos ecos son nuestro presente).

Ralegh no es Cervantes ni Shakespeare, desde luego; se sabe, en acción y escritura, más cerca de la política que del arte. En su Dedicatoria expresa: “…estoy seguro de que cualquier cosa escrita o hecha por mí, necesita doble protección y defensa”. Mientras se siente capaz de mantener por un año “mi alma entre mis dientes”, para completar esa gesta, pide que “Su Señoría me excuse los errores que sin la defensa del arte, arruinan en todas partes la narración en la cual no estudié ni frase, ni formas, ni maneras en su composición”. Y tiene razón.

En el litoral, cosa que ya hemos leído en otros cronistas, observa Ralegh acerca del petróleo: “En este punto llamado Tierra de Brea o Piche hay tal abundancia de piedra de brea, que todas las naves del mundo podrían allí ser cargadas de ella; nosotros hicimos una prueba con ella y calafateamos nuestra nave y la hallamos excelente y buena, y no se derrite con el sol, como la brea de Noruega, y por consiguiente es muy lucrativa para las naves que comercian en las partes del sur”.

Sobre el milenario mito de las Amazonas, realiza esta actualización: “Yo hice averiguaciones entre los más viejos y los que más han viajado de los Orinocopones, y he sabido de todos los ríos entre el Orinoco y el Amazonas, y estaba muy deseoso de comprender la verdad sobre las mujeres guerreras, porque algunos lo creen y otros no.

“A pesar de que hago una disgreción en mi propósito, sin embargo, narraré lo que se me ha dicho de verdad sobre estas mujeres; yo hablé a un cacique señor de pueblos, que me contó que había estado en el río, y más allá también.

“La nación de estas mujeres está al lado sur del río, en la provincia de Topago, y su principal reducto y retiro está en una isla situada al lado sur de la entrada (…) Las que viven no lejos de Guayana se hacen acompañar por hombres solamente una vez por año, y por el tiempo de un mes, que yo infiero por la relación que es el mes de abril. En esa época todos los reyes de la ribera se reúnen en asamblea con las reinas del Amazonas; después que las reinas han escogido, el resto echa suertes por sus novios. Durante ese mes festejan, bailan y beben de sus vinos en abundancia; al bajar la luna, regresan a sus propias provincias.

“Si conciben y el fruto es un hijo, lo regresan a su padre; si es una hija, la crían y la retienen; todas las que tienen hijas envían a sus progenitores un presente, y todas desean aumentar su propio sexo y clase; sobre si se cortan el pecho derecho, no lo hallé que era verdadero”.

En otro lugar hemos atendido a los párrafos de Colón, de Vespucci, de Cei, etc. acerca de la belleza de nuestras mujeres. Escuchemos a Ralegh: “El maestre de mi barco, John Douglas, apresó una de las canoas que venía cargada de allá con gente para ser vendida, y la mayor parte escapó, sin embargo, de las que trajo había una muy bien favorecida, y de buena complexión, como nunca vi ninguna en Inglaterra; más tarde vi muchas de ellas, las cuales si no fuera por el color moreno podrían ser comparadas con cualquiera de Europa”.

La tribu de los Tivitivas, que viven en palafitos (tal vez en la ruta de Capure, hacia el Amacuro) son vistos así: “Estos Tivitivas son gentes muy buenas y muy valientes, y tienen un lenguaje masculino, y el más viril que jamás haya oído en ninguna otra nación. En verano ellos tienen sus casas en tierra como en otros lugares; en invierno habitan en los árboles, donde construyen ciudades y villas muy artificiales…”. Y este flash, que no ha perdido actualidad: “De esta gente, los que viven en los ramales del Orinoco llamados Capuri y Macureo, son en su totalidad carpinteros de canoas, porque ellos hacen las mejores y más bellas y las cambian en Guayana por oro y en Trinidad por tabaco, en el excesivo hablar ellos exceden a todas las naciones (…) Nunca comen nada que haya sido sembrado o cultivado; pues no usan en sus hogares ninguna clase de plantación ni cultivo, así es que cuando salen fuera, ellos rehúsan alimentarse de otra cosa sino de lo que la naturaleza sin trabajo nos ofrece. Usan la parte superior de los palmitos como pan y matan ciervos, peces, puercos para el resto de su subsistencia…” .

Sobre las flechas envenenadas: “No existía otra cosa sobre la cual yo estuviera más curioso que averiguar los verdaderos remedios para estas flechas envenenadas; porque la herida mortal hace que el lugar traspasado soporte el más insufrible tormento del mundo y aguarde la más fea y lamentable muerte; algunas veces mueren rematadamente locos, otras los intestinos se salen del vientre, y presentan una coloración negra como brea, y tan hediondo que ningún hombre puede soportar curarlos o atenderlos; lo más extraño es saber que en todo este tiempo no hubo ningún español que por dádiva o por tormento pudiera obtener el verdadero conocimiento de la cura, a pesar de que han martirizado y torturado a no sé qué cantidad de ellos. Pero ninguno de estos indios lo sabe, ni uno entre mil, pero sus adivinos y sacerdotes lo ocultan, y sólo se enseña de padres a hijos”.

Esta es su descripción de los Ewaipanomas que enriquecerá la mitología universal: “Hay también otro hermoso río más allá del Caroní, que se llama Arvi, que corre por el lago Cassipa y desemboca en el Orinoco más al oeste, y convierte al territorio entre el Caroní y el Arvi en una isla, que es verdaderamente el país más bello. En la rama llamada Caora habita una nación de gente cuyas cabezas no llegan más arriba de los hombros; los cuales, a pesar de que se piense que es mera fábula, sin embargo de mi propia parte estoy convencido que es verdad, porque todos los niños de las provincias de Aromaia y Canuri afirman lo mismo.

“Son llamados Ewaipanomas; se informa que tienen ojos en los hombros, y la boca en la mitad del pecho, y que una gran cola de pelo les crece hacia atrás entre los hombros.

“El hijo de Topiawari, que yo traje conmigo a Inglaterra, me dijo que eran los hombres más poderosos de todo el país, y que usaban arcos, flechas y mazas tres veces más grandes que ninguno de Guayana”.

Este, “el país más saludable”, Guayana, “es un país que tiene todavía su doncellez, nunca saqueada, revuelta ni quebrada; la capa de la tierra no ha sido roturada, ni la virtud y los minerales de la tierra gastados por cultivos; las tumbas no han sido abiertas en busca de oro, las minas no han sido rotas con rastras ni las imágenes desmontadas de los templos. Nunca ha sido invadida por ejércitos de fuerza ni nunca conquistada por ningún príncipe cristiano”.

Y, como salido de unos de los poemas que escribiría en la Torre de Londres; o que concebiría Ramos Sucre siglos después en su Torre, este fragmento: “Al acercarse la puesta del sol, entramos a un ramal de un río que cae al Orinoco, llamado Winicapora, donde se me informó de la montaña de cristal; a la cual verdaderamente, por lo largo del camino y la mala estación del año, no estaba en capacidad de marchar, ni permanecer por más tiempo en el viaje. La vimos desde lejos y parecía como la blanca torre de un iglesia de excesiva altura. Allá le cae un poderoso río, que no toca ninguna parte de dicha montaña, sino que se arroja sobre la cumbre de ella y cae al suelo con un terrible ruido y clamor, como si mil grandes campanas fueran sonadas una contra otra. Yo creo que no hay en el mundo tan extraña catarata ni otra tan hermosa de contemplar”.



Referencias:
Paul Auster: Pista de despegue. Anagrama, Barcelona, 1998.
Luis Britto García: Demonios del Mar, Piratas y corsarios en Venezuela, 1528-1727. Fundación Banco Mercantil, Caracas, 1998
Ana María Leoni Tarabusi: Ascuas que del fuego han quedado. Los poemas de Sir Walter Ralegh. Ensayo y traducción de A. M. Leoni Tarabusi. (Inédito)
Gustavo Pereira : Historias del Paraíso, Fondo Editorial del Estado Nueva Esparta. Alcaldía de Caracas, 1997.
Walter Ralegh: Las doradas colinas de Manoa. Traducción de Xuan Tomás García Tamayo. Ediciones Centauro, Venezuela, 1980.
The poems of Sir Walter Ralegh. A historical Edition, Arozona Center for Medieval and Renaissance Studies, Tempe, Arizona, 1999.
Sir Walter Raleigh Poems. PoemHunter.Com-The World’s Poetry Archive. (Classsic Poetry Series, 2004).
Shakespeare, W: Obras completas. Traducción de Luis Astrana Marín. Aguilar, Madrid, 1961.

EL MITO Y LA FIGURA FEMENINA EN LA OBRA DE LOURDES ORTIZ

Maja Zovko
Universidad de Zadar



Resumen
A lo largo de los siglos los mitos clásicos y los episodios bíblicos han sido una gran fuente de inspiración para los escritores europeos quienes, dependiendo de la época, han querido reflejarlos y revivirlos con más o menos fidelidad o afán estético o descubrir el lado desconocido de las personalidades mitológicas representadas en ellos. En el siglo XX surge un especial interés por la vida interior de los grandes personajes ancestrales, siendo las mujeres de antaño, hasta entonces presentadas a través de las interpretaciones estereotipadas, protagonistas de las nuevas obras literarias. Lourdes Ortiz, en su colección de cuentos Voces de mujer (conocida también con el título Los motivos de Circe), descubre el alma femenina de los grandes personajes de la tradición clásica y judeocristiana como Eva, Circe, Penélope, Salomé y Betsabé. En una prosa cargada de lirismo, la escritora dota a las mujeres legendarias de voz propia, muestra la vulnerabilidad humana de estas heroínas y centra el discurso literario en un “yo” femenino necesitado de contar su historia desde su punto de vista. Este trabajo se propone profundizar en estos personajes de la obra de Lourdes Ortiz y compararlos con otras versiones literarias que se han hecho de ellos para mostrar, de este modo, cómo romper con la imagen esquematizada todavía persistente de estas protagonistas históricas.

Abstract
Throughout the centuries, the Hellenistic mythology and the Bible have been an important source of inspiration for European writers. Within their temporal and cultural context, the authors attempted to display and revive mythological stories, varying in their attachment to the original, their esthetical ambitions and their discovery of rather unknown features of the characters. During the 20th century, a special interest for the inner-life of the great ancestral heroes arose which turned the female characters –who up to the moment had been presented through stereotypical interpretations- into the protagonists of the new literature. Lourdes Ortiz, in her collection of short stories, Women’s Voices (Voces de mujer), also known as Circe’s Purposes (Los motivos de Circe), discovers the female main characters’ –Eve’s, Circe’s, Penelope’s, Salome’s y Bathsheba’s- souls in the Hellenistic-mythological and Judeo-Christian tradition. In a fully lyrical prose, the author provides the characters with an individual voice, shows the human vulnerability of her heroines and focuses the literary discourses on a female-self who feels an inner call for telling the story from her point of view. This article aims to emphasize these characters in Lourdes Ortiz’s work and to compare them with other literary adaptations of the same heroines. In conclusion it displays a possibility how to overcome the still persisting schematic image of these protagonists.



1. Introducción
A lo largo de la historia la literatura europea se ha hecho eco de los grandes relatos de la mitología clásica así como de la tradición judeocristiana, ofreciendo igualmente una nueva versión de los mitos y de los personajes que forman parte de ambas tradiciones. Los mitos, en un principio, se transmitían sólo de forma oral, lo cual les concedió una gran flexibilidad y libertad en cuanto a su interpretación. De este modo, se ha ido modificando paulatinamente su finalidad, que abarcaba tanto la explicación del origen del mundo como los comportamientos y las idiosincrasias paradigmáticas que servirían de guía y orientación en la sociedad antigua. Se trata de un tipo de explicación, según García Gual, “que luego el progreso racional puede mostrar que es insuficiente o fantástica, pero que ha servido en una época para domesticar, por así decir, a la medida del hombre en su entorno natural, confiriendo un sentido humano a procesos y causas que estaban más allá de la comprensión por otros medios que no fueran el relato mítico” (García Gual 1996: 16).

Si a esto añadimos la ambigüedad del relato mitológico y el constante uso de las metáforas se comprende aún más la variación en el tratamiento de un mito en la tradición literaria.

La forma de acercarse a la herencia mitológica cambiaba conforme con la época y su cosmovisión. Distan mucho las formas de revivir los mitos en las interpretaciones alegóricas en el anónimo Libro de Aleixandre o las obras históricas de Alfonso X respecto a la actitud de los hombres del Renacimiento. Si los hombres de la Edad Media se mostraban interesados por la “dimensión verídica de la literatura, o su ejemplaridad moral” más que por “su dimensión estética” (Cristóbal 2000: 36), los renacentistas albergaban intenciones de renovar “fervorosamente el cultivo del mito literario en su desnuda belleza y libre de todo aditamento o interpretación” (Cristóbal 2000: 37). El Barroco, por su parte, trae el tratamiento burlesco de los temas, “respondiendo al característico afán de novedad y superación con respecto a la sobriedad y equilibrio estético propio de la literatura renacentista (Cristóbal 2000: 39), así como el empeño de desplegar ante el lector toda una galería de personajes mitológicos con una pura intencionalidad ornamental y eruditita, siendo Góngora el gran modelo a seguir. El Neoclasicismo, por su parte, ofrece una amplia gama de las leyendas y las historias, y paralelamente a los temas clásicos, centra la atención en los relatos procedentes de la historia nacional y sus grandes protagonistas, como don Pelayo o Guzmán el Bueno. Esta tendencia de ampliar los temas de interés literario, a la vez que de tratar los motivos de la antigüedad, prosigue en el romanticismo. Es entonces cuando al hombre empiezan a preocuparle una serie de nuevos problemas existenciales, y los escritores se empeñan en “desmitificar” a los modelos de los antiguos clásicos, en descubrir nuevos ídolos donde antes no los había y desenmascarar a los héroes canónicamente establecidos, “poniendo al desnudo su materia común y mediocre, indigna de las cumbres olímpicas (Cristóbal 2000: 39).

Los escritores del siglo XX siguen con esta disposición de reinterpretar los mitos clásicos conforme con las preocupaciones del hombre moderno, destacando sobre todo el lado humano de los originales personajes mitológicos y buscando al mismo tiempo el sentido oculto detrás de los relatos ancestrales. Y es también en la producción de la literatura femenina en el siglo XX cuando surge en las escritoras la necesitad de volver la vista hacia sus hermanas del pasado. Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949) y Héléne Cixous en La risa de la Medusa (1975) profundizan en los orígenes de la desigualdad sexual y ofrecen una versión subvertida de los mitos clásicos. Como eco de estos ensayos teóricos, las escritoras cuestionan en sus obras las barbaridades y los pecados que se les atribuyen a las figuras femeninas en la mitología y dan voz a estas mujeres durante tanto tiempo silenciadas y sin derecho a contar su propia versión. De este modo, el interés se centra ahora en los personajes femeninos, tradicionalmente interpretados, en su mayoría, bajo un prisma de negatividad.

En lo que concierne a la literatura española, es imprescindible mencionar el caso de Lourdes Ortiz y sus cuentos dedicados a los personajes femeninos provenientes tanto de la Biblia como de la mitología antigua. Estos cuentos fueron reunidos por primera vez en 1988 junto al drama Cenicienta, luego reeditados bajo el título de Los motivos de Circe en 1991 con el drama Yudita incluido. La última colección de estos relatos, denominada Voces de mujer, será publicada en 2007. En estos cuentos, concebidos como una mirada a la vida interior de los personajes femeninos, la autora arroja luz sobre las personalidades de Eva, Circe, Penélope, Betsabé y Salomé[i], interpretadas habitualmente de forma estereotipada. La intención de la escritora es contar, a partir de un argumento extraído de la mitología y las leyendas judeocristianas y desde una perspectiva femenina, la historia humana de los personajes, si bien rompiendo los tabúes y los prejuicios creados a su alrededor.


1. Eva, la primera pecadora
Los manifiestos feministas así como los ensayos que indagan en las raíces de la desigualdad entre los sexos suelen remontarse al principio de los principios, es decir, acuden al episodio bíblico de la que fue considerada la primera mujer de la humanidad, Eva, para estudiar la posición subalterna de la mujer en el mundo occidental. La leyenda del Libro de Génesis según la cual Eva fue creada de la costilla de Adán, como su auxiliar, fue utilizada a lo largo de los siglos por los religiosos y los filósofos conservadores para testimoniar la superioridad del hombre y la situación sometida de la mujer en la sociedad. Es muy conocido el caso de fray Luis de León que, en su libro La perfecta casada, explica de la siguiente manera la función de la mujer:

Dios, cuando quiso casar al hombre, dándole mujer, dijo: “Hagámosle un ayudador semejante” (Gén., 2); de donde se entiende que el oficio natural de la mujer, y el fin para que Dios la crió, es para que sea ayudadora del marido, y no su calamidad y desventura; ayudadora, y no destruidora (León 1968: 41-42).

Eva, según la tradición cristiana, acepta a medias este papel de mujer pasiva y sumisa, e induce a su compañero, Adán, al pecado, persuadiéndole a comer una manzana del árbol de la ciencia del bien y del mal en el Edén. Dios, enfurecido, no tanto por la inocencia y la debilidad del primer hombre como por la desobediencia de Eva, condena a esta primera mujer al eterno sufrimiento a la sombra de su dominante compañero[ii].

Pero además de la historia de la creación humana, hay otra que condicionó el estatus secundario de la mujer y su subalternancia en las relaciones con el hombre. Eva no es la única que se rebela contra las leyes celestiales. En la creencia hebraica existe otra mujer, la anterior compañera de Adán, Lilith, que se negó a someterse a un hombre y se marchó al Mar Rojo, donde engendró una estirpe de diablos (García Estébanez 1992: 14). La tradición judeocristiana culpa así al sexo femenino de ser el origen de todos los males y de la desaparición del paraíso terrenal. En este sentido no aporta novedades, puesto que a la mujer se le habían atribuido anteriormente las mismas características de transgresora del orden divino. También la mitología griega ofrece un episodio que testimonia la culpa femenina a través del mito de Pandora, responsable de que se esparcieran todos los males por el mundo, hasta entonces encerrados en una caja que poseía su marido, Epimeteo. Otra vez la curiosidad de la mujer, y su afán de ver y conocer, provoca el pecado cuyas consecuencias afectan a toda la sociedad, con lo cual se merece una posición inferior.

El psicoanálisis también ha recurrido a la leyenda cristiana sobre la primera pareja bíblica para tratar de explicar el origen de un tabú que se manifiesta a través del miedo que siente el hombre ante el peligro a lo desconocido. Bibiana degli Esposti, en su ensayo sobre el enigma femenino y los grandes personajes bíblicos, históricos y literarios, acude a la teoría de Freud para esclarecer un vínculo entre los sucesos de Adán y Eva y la relación actual entre hombre y mujer:

El lugar de Eva en el mito y en especial las “funestas” consecuencias que se atribuyen a sus relaciones con la serpiente, me dan pie para intercalar un párrafo del bello ensayo de Freud, titulado El tabú de la virginidad: “Allí donde el primitivo ha establecido un tabú es porque temía un peligro, y no puede negarse que en todos estos preceptos de asilamiento se manifiesta un temor fundamental a la mujer. Ese temor se basa en que la mujer es muy diferente del hombre, mostrándose siempre incomprensible, enigmática, singular y, por todo ello enigma. El hombre teme ser debilitado por la mujer, contagiarse de su femineidad y mostrarse luego incapaz de hazañas viriles. (…) En todo esto no hay ciertamente nada que no subsista aún entre nosotros” (Esposti 1997: 17).

Según esto, podemos entrever cómo la mujer se ha encontrado entonces en la misma posición subordinada que han erigido las civilizaciones europeas respecto a comunidades consideradas marginales precisamente por su condición de otredad, como por ejemplo los negros o los indios americanos. La poca exploración o la exploración sustentada en estereotipos heredados (“la perfecta casada”, su curiosidad y su tendencia a la mentira “por naturaleza”) y en lugares comunes (“el ángel del hogar”) ha ido convirtiendo a la mujer real en un espacio encasillado pero también desconocido, a quien se le ha tratado de imponer cierta pasividad (en contraste con el papel activo del hombre). Lo desconocido, por otro lado, se asocia a lo enigmático y contiene siempre un componente de peligro y amenaza por cuanto que alberga una parte “no visible”, “oscura”. Para no enfrentarse a dicho enigma, a dicho peligro, el hombre ha tratado de distintos modos de silenciar la voz misma de la mujer y de no contaminar los ámbitos que categóricamente han pertenecido a uno u a otro género. Pero es en la literatura, y especialmente en la literatura femenina, cuando esos ámbitos se han encontrado, es en la literatura donde al fin la mujer alcanza la “autoridad” de la palabra (pues antes sólo Adán poseía el “poder” de dar nombres a las cosas), habla desde su propia perspectiva, nos muestra otros matices de la historia, a veces insospechados, y da a conocer esos rincones que hasta entonces habían permanecido no visibles. Y en este sentido, Lourdes Ortiz aporta un yo femenino, también poseedor de la palabra, que se resiste a que se silencie su punto de vista.

En “Eva”, cuento que inaugura la colección de relatos Voces de mujer, la autora no pone de relieve la culpabilidad de la primera mujer, sino otras facetas como la de madre y la de una mujer dolorida que recuerda los momentos felices junto a Adán. Eva rememora los tiempos de “antes de la manzana”, cuando Adán no era solamente Adán, sino también una parte indiscernible de ella misma (Ortiz 2007: 88)[iii], cuando aún no había diferencia entre el nombre y lo nombrado, entre el sonido y el eco, tampoco entre los hombres y las mujeres. Y recuerda a un Adán diferente del Adán que tenía en sus ojos algo de la serpiente y con un ceño cuya “arruga fruncida sobre la frente fuera un sello de perplejidad y desazón, una señal de lucha y desafío; surco agrietado, bañado por unas gotas de sudor, por un latido acelerado del pulso; un estupor desconocido y una engañosa esperanza” (89). Es una Eva reflexiva que relaciona el paraíso del cual fue desterrada con la igualdad genérica, siendo ésta la condición para la felicidad femenina y la de la pareja. Si anteriormente se culpaba a Eva de ser causa de la desgracia humana por haber incitado a Adán a morder la manzana, en el cuento de Lourdes Ortiz se hace hincapié en el afán de Adán por ganar bienes materiales, expresado por la adquisición de la piel de leopardo, y la debilidad de Eva, quien acepta dicha piel, situación que marca el inicio de una relación con la destacada supremacía del hombre. A partir de este episodio Eva toma conciencia de su nueva posición frente a su compañero, tal como se desprende de la voz interior de la narradora-protagonista:

Tú diminuta de pronto, sumisa y agradecida, lamiendo casi la sangre de sus heridas, tú ya no igual a él, sino regalada y protegida por él que además te contemplaba de manera diferente —¿cómo llamar a esa distancia repentina entre los dos, a esa manera de situarse frente a ti y ante sí mismo, como su cuerpo entero fuera un estandarte, no ya parte de tu cuerpo, no piel de tu piel; (92)

La Eva de Lourdes Ortiz espera y anhela las victorias de Adán, habiendo perdido ya la suya; y que posa sus últimas esperanzas en su hijo, Abel, dulce, sereno y perdido en los sueños y en el goce, a diferencia de Caín, temerario y desafiante (93-94). Los dos hermanos se convierten de este modo en las encarnaciones del modelo femenino y masculino, siendo Abel la prolongación de Eva misma, carne de su carne y anhelo de su anhelo, “macho-hembra que asumía la síntesis de aquella primitiva unión, antes de nuevo de la manzana” (95). Por esta condición soñadora y sensible, el hijo pastor de la primera pareja humana es considerado infame por su hermano y es despreciado e ignorado por su padre, burlado como “Abel-mujercita” o “poeta inútil” (97). La unión entre la madre y el hijo se hace aún más fuerte a través de la palabra. Eva, al transmitirle a su hijo la verdad del paraíso, quiere volver a vivir a su lado el lugar de la palabra, cuando el tiempo no existía y Adán ponía nombres a las cosas. Con el asesinato de Abel a manos de su celoso hermano Caín, se refortalece la idea de la supremacía del hombre sustentada en la fuerza. Sin embargo, con ello no queda cerrada la puerta a la esperanza para la mujer, ya que la libertad sigue presente en el interior de Eva, en el vigor de su imaginación. Su fantasía se despliega cuando cierra los ojos y le parece oír el sonido ligero de la flauta de Abel y cuando dibuja el nombre de AVE[iv] que Adán le dio una vez; entonces se transporta otra vez al principio, “cuando el verbo era verbo, antes de la manzana” y cuando le parece que los patos “vuelven a cruzar los cielos y Adán, confundido con Abel, dice riendo AVE vuela… simplemente vuela” (100).

Como se puede colegir, Lourdes Ortiz somete el mito original a una idea concreta, en este caso la defensa de la igualdad genérica, lo transfigura y lo ornamenta con elementos ficticios que sirven para dar más veracidad y sentimiento a la voz interior de Eva, que es precisamente la voz que narra –desde su ángulo– el destierro del Paraíso y sus consecuencias. Con una prosa muy cuidada, la escritora hace aflorar los pensamientos y las emociones de la primera mujer, otorgando importancia a su voz y a su palabra, las principales fuerzas impulsoras de los personajes femeninos de Ortiz.

En el relato que sigue, dedicado a Circe, “la terrible diosa dotada de voz” (Homero 2009: 224), la escritora otra vez concede el protagonismo al alma femenina y de nuevo subvierte el mito con la finalidad de vislumbrar otro recoveco escondido en la historia ancestral.

2. Circe, “de lindas trenzas, la terrible diosa dotada de voz”
Circe, hija de Helios y la oceánide Perseis, la diosa maga de la isla de Eea, famosa por haber convertido a los hombres de Odiseo en cerdos, es otra protagonista que toma la palabra dispuesta a quebrar el prejuicio creado alrededor de su personalidad. Homero la presentaba en la Odisea habitando en su suntuosa morada, rodeada de lobos montaraces y leones, todos víctimas de sus brebajes maléficos. Circe vive dedicada a tejer un gran telar y con la hermosa voz de su canto va seduciendo a los forasteros recién llegados a la isla. Odiseo logra, como es bien sabido, evitar el hechizo de la maga gracias a la intervención de Hermes, quien le dio un antídoto para paliar las propiedades mágicas de las pociones de la diosa. Circe, enamorada de Odiseo, convence a éste para que permanezca más tiempo en la isla de Eea con el fin de que él y sus marineros recobraran las fuerzas necesarias para seguir su viaje de vuelta a Ítaca; mas, en verdad, la diosa espera retenerle con sus muestras de cariño para siempre a su lado.

Esta historia de amor no correspondida entre el protagonista de la Odisea y la hija de Helios, fue también tema del poema largo de Lope de Vega titulado Circe, en el cual se describe a la hechicera como lasciva, engañosa, fingida, características que van acompañadas de la perfecta hermosura y la lujosa vestimenta de la diosa. Esta imagen negativa de Circe no sorprende, puesto que tradicionalmente se relacionaban con ella cualidades como la crueldad, la ambición o la hipocresía y a ella se le atribuía el asesinato de su primer marido, el rey de los sármatas, por el deseo de gobernar sola[v]. Sin embargo, Lope de Vega se percató también de los sentimientos de la diosa, aunque muchos de ellos no son precisamente nobles: en este poema la tristeza, los celos y la desesperación junto a la vanidad se apoderan del corazón de Circe, que se siente burlada, ella diosa, por un ser inferior, un hombre.

El mito de Circe ha suscitado el interés en los escritores del siglo XX, incitándoles a reinterpretar la historia de la mítica hechicera no solamente a nivel literario sino también como un fenómeno de la antigüedad cuya lectura simbólica se puede aplicar a la realidad de nuestros días para concedernos una respuesta a por qué las mujeres se han visto sometidas a la exclusión de la comunidad masculina. Por eso, Simone de Beauvoir va más allá de la mera reproducción del mito y en su ensayo El segundo sexo interpreta el comportamiento de Circe como el rechazo al mundo de los hombres por parte de una mujer no plenamente integrada que se venga, a través del hechizo, por este destierro de una parte de la sociedad:

La mujer no está plenamente integrada en el mundo de los hombres; como alteridad, se opone a ellos; es natural que utilice las fuerzas que posee, no para extender a través de la comunidad de los hombres y hacia el futuro dominio de la trascendencia; separada, opuesta, las utiliza para arrastrar a los varones a la soledad de la separación, a las tinieblas de la inmanencia. Es la sirena cuyos cantos arrojaban a los marineros contra los escollos; es Circe que transformaba a sus amantes en animales, la ondina que atrae al pescador al fondo de los estanques. El hombre preso de sus encantos ya no tiene voluntad, ni proyecto, ni futuro; ya no es un ciudadano, sino una carne esclava de sus deseos, ha sido expulsado de la comunidad, encerrado en el instante, zarandeado pasivamente de la tortura al placer, la maga perversa alza la pasión contra el deber, el momento presente contra la unidad del tiempo, retiene al viajero lejos de su hogar, derrama el olvido (De Beauvoir 2002: 253).

Es la marginación en la sociedad, el deber impuesto y el forzoso cumplimiento con una imagen ajena a sus deseos lo que impulsa a algunas mujeres a rebelarse contra todas las normas. De Beauvoir profundiza en la anterior idea y concluye que “la mujer que ejerce libremente sus encantos: aventurera, vampiresa, mujer fatal, sigue siendo un tipo inquietante. En la mala mujer de las películas de Hollywood pervive la imagen de Circe” (De Beauvoir 2002: 282).

En lo que concierne a la literatura, los poetas contemporáneos pretenden desmitificar a la heroína odiseaca, o, mejor dicho, destruir “la idea del monstruo femenino tan frecuente en las peripecias de héroe” (González Ovies 2003: 105) y ofrecen la imagen de una mujer solitaria, con miedo de amar más de una noche, ni siquiera a Ulises, siendo atraída únicamente por lo fugaz y la chispa, predilecciones que la llevarán a una abismal soledad, un vacío producido por su incapacidad de dar afecto, como en el caso de la poesía “Circe” del poeta nicaragüeño Claribel Alegría. En este poema, Circe, consciente de su fama de bruja y hechicera, confiesa que lo que ama es “el mar, la furia del mar, contra las rocas y sus acantilados tenebrosos” (González Ovies 2003: 105). Pasional y fiel a su destino que la impulsaba a jugar con los hombres, lamenta el retiro en su isla sepulcral, condenada a la soledad de sí misma y a la tediosa paz (González Ovies 2003: 106).

El español Miguel Florián, por su parte, ahonda aún más en esta idea del mito que gira en torno a las tres palabras clave: destino-abandono-memoria, siendo Circe la “quimera que construimos para amar en secreto, a escondidas. Es la proyección de la idealización, de aquello que, prohibido o perdido, nos seduce y fascina” (González Ovíes 2003: 106).

La evolución del personaje de la diosa de la isla de Eea en la literatura, que sufre la transformación de la caprichosa y cruel hechicera en una mujer dolorida y sola, encuentra el terreno apropiado en el cuento “Los motivos de Circe” de Lourdes Ortiz. Dicho relato se abre con una observación parecida a la del inicio del anteriormente analizado, “Eva”. Al igual que la primera mujer bíblica, Circe también pone de relieve algo animalesco que se percibe en la mirada de los hombres, una mirada, según ella, “torcida, agria” y caracterizada por “una lujuria siempre insatisfecha” (101). Nos damos cuenta de que las dos heroínas ponen en tela de juicio, ante todo, los “anhelos de posesión” (102) de los hombres como la principal causa para el inicio de la discriminación entre los géneros. Circe se detiene a observar las “sonrisas avarientas”, los “labios glotones” (102) de unos marineros deseantes de poseer oro, rebaños, mujeres dóciles que “han de quebrarse bajo el abrazo torpe y apresurado del macho que se encela” (102). Y es éste el motivo por el que los convierte en cerdos, “en pobres bestias acorraladas” (104), para desmenuzarlos mientras únicamente la noche mima sus sueños de riqueza y sus pobres triunfos guerreros, que les han hecho, trastornados por Marte, avariciosos y tenues en su pequeñez (cfr. 105).

Sin embargo, embebida en su soledad y en una nostalgia que nubla la tarde, Circe recordará al único hombre al que no fue capaz de someter a su voluntad, Ulises, quien la cautivó, al igual que Adán a Eva, con su “espíritu diestro en la palabra y en el juego” (107). Habiendo sido anteriormente calificada de maga, Circe quedará ella misma hechizada ante el poder oratorio del héroe de Ítaca, ante sus palabras con la cadencia convincente del aedo, ante “la potencia del verso templado, del retruécano, de la metáfora atrevida e inesperada” (108), incluso ante su mirada, ante sus ojos brillantes de pupilas glaucas (cfr. 108). No sus hazañas, ni su valor en la guerra, sino la forma de contar las historias de su largo viaje es lo que enamora a la solitaria diosa:

Ya no navegante, ya no viajero infatigable, sino poeta y narrador que se conmovía ente el giro inesperado de la frase, ante una anécdota trivial, que al ser contada y recontada una y otra vez, se iba adornando con pequeños matices, con una gracia inesperada, como si sus sentidos fueran despertando al placer del cuento inacabado, del relato imperecedero (…) (110)

Y es a través de la palabra, en el ámbito de la espiritualidad, donde la mujer disfruta de la igualdad con el hombre, donde su amor gana el respeto y las fuerzas. Sin embargo, después de un año, Ulises añora volver a su patria, pero no por el amor hacia su fiel Penélope, caracterizada –en contraste con Circe–, como “aquella mujer muda, pequeña, a la que casi no podía dar forma ni rostro”, sino por el miedo de perder algo que le pertenece, su esposa, y por “la necesidad de medir fuerzas, de retar” (116). Y con este deseo de volver a su hogar, Ulises, antes “el de linaje divino” (Homero 2009: 73), pasa a ser un humano más, y así “prefirió ser Nadie junto a una esposa complaciente y sumisa, [y] eligió ser simplemente hombre” (117).

En este cuento “cargado de imágenes líricas, sensoriales, intuitivas, imágenes emotivas que expresan algo más allá que puros conceptos” (Morgado en Ortiz 2007: 60), Lourdes Ortiz recrea, en todo su esplendor y belleza, la isla mediterránea como el marco idóneo para una historia de amor, pero que en otros tiempos y en un próximo futuro será la metáfora del aislamiento y la soledad de la divina Circe. Es aquélla una abrupta y solitaria isla desde la cual contempla “la insondable soledad azul y glauca del mar” (102) con la mirada dirigida hacia “la línea infinita del horizonte” (113), por la cual navega, entregado a sus numerosas hazañas, el “destructor de las ciudades”, “el muy astuto”, “Ulises, rico en ardides” (Homero 2009: 122-198).

La escritora establece una distancia respecto a la primera versión del mito y su propia interpretación de él. Si antes se estimaba la habilidad de la diosa en la manipulación y las artes del engaño, Lourdes Ortiz dota a Penélope de una capacidad intelectual que no se reduce tan sólo a urdir las artimañas y realizar sus caprichos, sino que se centra en el conocimiento íntimo y personal de adentrase en su mundo interior, reflexionar y contar las cosas con su propio criterio y su punto de vista. La palabra y la sabiduría relacionada con ella sirven para resaltar un aspecto positivo de la mujer casi olvidado en muchos de los relatos ancestrales, el del intelecto, poniéndolo en oposición con los animalescos afanes de los hombres como la necesidad de hacer guerras sin acudir al diálogo o ganar los bienes materiales. De este modo, la mujer conquista el terreno de la espiritualidad, que anteriormente se le había vetado y que en la expresión literaria encuentra su máximo esplendor.

3. Penélope, la fidelidad conyugal
Penélope es uno de los pocos personajes femeninos provenientes de la cultura clásica que está rodeado de un áurea de fidelidad, bondad y prudencia. Su esposo, Ulises, “constituye lo que ciertos críticos contemporáneos llaman ‘discurso’ de la civilización occidental, (…), un arquetipo mítico que se desarrolla en la historia y la literatura” (Boitani 2001: 14). Penélope, en cambio, ha sido considerada como el paradigma de la esposa ideal, cuya fidelidad conyugal resiste a todo tipo de tentaciones. Sin embargo, la literatura no ha sido justa con el eco que se les ha concedido a los dos personajes. Basta con ver el largo listado de los escritos que le han dedicado algún interés al héroe de Ítaca en el siglo XX para entender la supremacía del protagonismo de Ulises. Piero Boitani resume en su libro La sombra de Ulises. Imágenes de un mito en la literatura occidental la trascendencia del famoso navegante en el mundo del arte:

Si desde el umbral del siglo XXI volvemos la vista atrás para contemplar el paso de los cien años recién transcurridos, veremos a Ulises navegar por los mares de todo el planeta con impresionante frecuencia. Limitándonos a la literatura occidental, y sin hurgar demasiado, cualquier lista de las versiones “puras” y “directas” de nuestro héroe correría el riesgo de convertirse en un catálogo semejante al cantado por el Leoprello de Mozart sobre las mujeres amadas por su amo, Don Giovanni. A grandes rasgos, en Italia nos quedaremos con los nombres de Pascoli, D´Annunzio, Gozzano, Saba, Savino, Cuasimodo, Primo Levi, Moravia y Luigi Dallapiccola; en Grecia, con los de Kavafis, Serefin y Katzanzakis; en Portugal, con Pessoa; en Francia, con Giraudoux, Gide, Giono, Valéry y René Char. En lengua española, el más representativo es Jorge Luis Borges. En inglés (de Gran Bretaña, Irlanda y América del Norte), tenemos desde Conrad, Joyce, Pound y Eliot hasta Robert Graves, Wallance Stevens, Robert Lowell, Tom Gunn y Eiléan Ni Chuilleanain… (Boitani 2001: 143).

El protagonista principal de la Odisea continúa estando presente en la obra de Walter Jens, Gerhard Hauptmann, Eyvidn Johanson, Kafka, Osip Mandelstam, Iosfic Bodskij, Benjamín Fondoianu, Elias Canetti, hecho que atestigua la fuerte atracción entre Ulises y los escritores europeos. Su esposa, sin embargo, permaneció a su sombra durante los siglos, aunque últimamente ha surgido la necesidad, sobre todo en las escritoras, de encontrar en el personaje de la leal tejedora algo más que una imagen plástica del ángel del hogar.

Homero presenta a Penélope con atributos como prudente o discreta, con el rostro empapado de llanto y con el ánimo afligido, pasando las noches entre dolores y los días enteros entre lágrimas (cfr. Homero 2009: 311 y 206). Su vida transcurre dentro del ámbito doméstico, siendo el oikos el único espacio reservado para las mujeres casadas. Jesús Ureña Bracero, en su estudio sobre la mujer y la discriminación en la sociedad griega, pone de relieve que las mujeres en la Antigua Grecia no tenían contacto con otros hombres que no fueran su esposo y los familiares. Son amas de casa por excelencia y es por eso lógico que las armas de la mujer en la mitología también surjan del interior del hogar, precisamente se trata de los tejidos y los venenos, como en el caso de Penélope, Clitemnestra o Medea. Sus salidas de la casa se reducen prácticamente sólo a las fiestas religiosas, importantes para su integración en la polis. Teniendo esto en cuenta, se desprende que el único destino posible para la mujer de la antigüedad clásica era casarse, pero ni siquiera en ese campo tenía libertad. La elección del futuro marido se confiaba a kyrios, su dueño o su representante, que se identificaba en la mayoría de los casos con el padre de la joven o, en su ausencia, el hermano mayor nacido del mismo padre, o bien el abuelo, dato que testimonia el papel de “perpetua menor de edad” de la mujer en la sociedad griega (Ureña Bracero 2002: 62). El poder sobre ella podía ejercerlo incluso su propio hijo. En el primer canto de la Odisea podemos leer las siguientes palabras de Telémaco dirigidas a su madre: “marcha a tu habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se ocupen del suyo. La palabra debe ser cosa de hombres, de todos, y sobre todo de mí, de quien es el poder en este palacio” (Homero 2009: 58). En ausencia de su marido, sin el apoyo de su hijo ni de familiares, Penélope está condenada a sufrir la soledad absoluta, y, al mismo tiempo, su independencia está siendo amenazada por parte de los pretendientes que están gastando la fortuna de Ulises y también por el propio hijo, que le está reprochado su incapacidad para resolver la situación. La nostalgia de su marido se convierte en una necesitad de protección; ella reclama su presencia: “Si al menos viniera él y cuidara mi vida, mayor sería mi gloria y yo más bella, pero estoy afligida, pues son tantos los males que la divinidad ha agitado contra mí” (Homero 2009: 313). Abandonada a su soledad, desprotegida por parte de la sociedad y de la propia familia, el único remedio que le resta a Penélope es acudir a varias artimañas y aguantar así la presión hasta la deseada vuelta de Ulises (de ahí su idea de tejer un sudario para Leartes, que desteje por las noches, cuyo fin significaría su decisión de un nuevo enlace matrimonial).

Como vemos, Penélope, a diferencia de otros personajes femeninos de la Odisea (Calipso, las sirenas o Circe), está caracterizada ante todo por su equilibrio y su capacidad intelectual, por eso la repetición del adjetivo “prudente”. No obstante, otras mujeres con las que se encuentra Ulises pertenecen a la esfera de los sentidos, ante las cuales, él, lejos de cumplir con la imagen de un esposo ejemplar, difícilmente resiste. En este sentido, dicha desigualdad de comportamiento entre ambos cónyuges ya en el texto original llama la atención. Los escritores y las escritoras del siglo XX decidieron resucitar al personaje de Penélope y ofrecer un nuevo aspecto de su perfil que antes no había sido explorado: no se la presenta tan sólo como la fiel esposa, como el trofeo que se le concede a Ulises como condecoración al sinfín de sus hazañas o como la hija de Ícaro, sino que es de destacar la firmeza de su carácter y su esfuerzo por mantener su propia independencia dentro del palacio.

La recreación de la historia de Penélope tuvo cabida en todos los géneros literarios, siendo la poesía la más receptiva para los temas mitológicos. En el terreno de la lírica es quizá Ana María Romero Yebra, con su poema El llanto de Penélope, la escritora que más ha vislumbrado los recovecos escondidos del alma de este personaje homérico, siguiendo el proceso de su madurez interior y el fortalecimiento de su carácter a medida que pasaba los años en soledad. La Penélope de Romero Yebra, al igual que las Eva y Circe de Lourdes Ortiz, no entiende el “afán de los hombres para arreglar problemas sin mediar la palabra, dejando que el sendero del dolor y de la muerte sustituya sus voces” (Romero Yebra 1998: 11). En las palabras de la protagonista de Romero Yebra, el valor no consiste en hacer la guerra, sino en quedarse solo, en arriesgar la vida dando hijos y saber manejar a los criados, sin que nadie advierta la opresión de la injusticia. A lo largo de dieciséis poemas que representan las dieciséis lágrimas de Penélope, observamos el proceso de crecimiento de este personaje odiseaco que no está dispuesto a ser “la sombra dolorida de un héroe” y que sigue adelante con valor a pesar de que la soledad persiste y de que ella misma se vaya marchitando lentamente y siga adelante, con la gris desesperanza, absorbida por las noches de insomnios y los celos por Nausícaa (Romero Yebra 1998: 11 y 27). Su decisión de no dar la mano a ninguno de los pretendientes no es fruto de su virtud, sino de su deseo de ser libre y poder elegir lo que quisiera (Romero Yebra 1998: 27). Francisca Aguirre, Luisa Castro, Tina Escaja, Alberto Vega en la literatura peninsular, y en Hispanoamérica el mencionado poeta nicaragüense, Claribel Alegría, Pastora Hernández (República Dominicana), Aída Toledo (Guatemala), Carmen Valle (Puerto Rico), Lourdes Vázquez (Puerto Rico) y Miriam Ventura (República Dominicana) también han querido desarticular en su poesía el discurso logocéntrico de Ulises, concediendo el protagonismo únicamente a su fiel esposa (cfr. Gentile 2008).

Igualmente, el teatro ha reconocido la importancia de la figura de Penélope. Teresa Marcial Lugo (Puerto Rico), la española Itziar Pascual y el caso más famoso de Antonio Buero Vallejo con su Tejedora de sueños han optado por adentrarse en el interior de la que fue considerada una mujer modélica (cfr. Gentile 2008). Si nos centramos en el último drama, nos encontramos con una Penélope deseante de hablar y contar su versión. La imagen de este personaje de Buero Vallejo dista mucho de su ejemplar proyección en la Odisea. Las frustraciones que se han acumulado durante años de soledad finalmente han dejado huella en su carácter. Consciente de ser considerada como una viuda trastornada que hila su tela mientras el país se arruina, sin ningún poder, ni tan siquiera entre sus esclavas, Penélope se refugia en el telar y lamenta que toda su vida ha sido destejer, bordar y soñar. De este modo, los bordados se convierten en las metáforas de sus sueños, bordados que hay que deshacer para conseguir esos sueños definitivamente algún día (cfr. Buero Vallejo 2005: 140, 143 y 160). El sufrimiento de Penélope culmina con la durante muchos años añorada vuelta de su marido que, ahora, le resulta incluso molesta. Penélope, ya enamorada de uno de sus pretendientes, Anfino, manda a callar a Ulises, le declara su odio y su desprecio calificándolo de cobarde y culpable de sus años de soledad, angustia y abandono.

Y por fin, en lo referente a la prosa, la recreación de la historia de Penélope ha encontrado su medio idóneo en la obra de Libia Brenda Castro Rojano (México), Esther Seligson (México), Rima de Vallbona (Costra Rica) y en el cuento de nuestra escritora, Lourdes Ortiz, titulado “Penélope” (cfr. Gentile 2008). En este relato, la autora sigue la misma línea narrativa iniciada en los dos anteriores. La voz interior de Penélope, expresada a través un narrador omnisciente, juega con las citas textuales extraídas de la Odisea y a partir de ellas construye su versión personalizada. El relato condensa los últimos momentos de la soledad de la fiel esposa, anhelante y bañada en nostalgia, así como su encuentro con el ya anciano Ulises disfrazado de mendigo. Nos hallamos otra vez con una Penélope recluida en la noble casa, tejiendo “una tela inacabable de deseos insatisfechos”, “un sudario de la propia carne” (122-123). Pasa el tiempo contemplando cómo se vence su cuerpo y recordando, recatada y triste, los cuentos del incansable narrador, “aquel diestro en embustes que rompió su doncellez y le hizo un hijo, ese hijo que ahora crece, como imagen del padre, frente a ella y que vuelva a recordarle una y otra vez quién es el amo” (123). Los hombres, en este caso los pretendientes, son representados como bárbaros que inundan la casa de un olor untuoso y turbio de sudor, pero, mientras tanto, Penélope permanece en silencio, siempre altiva, con el velo cubriéndole el rostro, disimulando y ocultando las arrugas (124-125). Al igual que las Penélopes de otros autores del siglo XX, la de Lourdes Ortiz enfoca su dolor y su rabia hacia las mujeres de las que gozó su amado esposo y, en particular, hacia Helena, la despreciada mujer a la que debe su desgracia, causante de todo su dolor, y también la que fortaleció su decisión de permanecer fiel a su marido, para “lavar la mancha que sobre su pueblo y sobre los suyos cayó desde que el adulterio trajera la desdicha a las tierras de Ítaca” (131). De nuevo el motivo de la fidelidad de Penélope no se explica a través del amor incondicional hacia su marido, sino mediante un fin superior: conservar la dignidad del propio pueblo.

El esperado encuentro con el esposo, después de las dos décadas de su ausencia, transcurre teñido de una decepción que se puede entrever incluso en el texto original de Homero. Lourdes Ortiz intercala los diálogos provenientes de la Odisea para dar más veracidad a su discurso. Varios elementos van acentuando la desilusión que envuelve a la tejedora: la acusación de Telémaco de ser una madre descastada, de ánimo cruel y el corazón más duro que una piedra, de evitar acercarse a su padre a su regreso, o las declaraciones de la propia Penélope justificando su confusión y admitiendo la crasa diferencia entre el Ulises que partió de Ítaca y el que ahora ha vuelto. Ello culmina en un encuentro marcado por la decepción, subrayada en la frase: “Veinte años esperando y ahora aquel anciano…” (132). Si bien la versión del poeta griego termina con un final feliz, el desenlace de la pareja en la obra de la escritora madrileña está abocado a la amargura, la tristeza aún más honda de la mítica mujer, que con el asentamiento definitivo de Ulises en el hogar dejará de existir y pasará a ser la sombra que trasiega en el cuarto de las mujeres. La historia de una divina e idílica Penélope se cierra con una Penélope que se lamenta, en aquella cama de olivo, de haber renunciado a los placeres carnales con sus pretendientes, cuyos fantasmas le devuelven el eco de un goce que ya no puede ser. Este triste final contiene la intencionalidad de Lourdes Ortiz de recrear el personaje de Penélope ya no bajo los rasgos de paciencia y ejemplaridad, sino como una mujer que prefiere anteponer sus propios deseos al papel que le ha sigo asignado y romper de esta manera con las ataduras que supone cumplir fielmente con la imagen señalada de la mujer sin derecho a su propia voz.

Si observamos la evolución de este personaje a través de sus expresiones literarias, nos percatamos de que algunos de los autores se detienen en su risa. Homero menciona la risa de Penélope ante el estornudo de su hijo, considerado como buen augurio en la antigua Grecia, la única muestra de su felicidad en esta extensa obra poética. Por esto sorprende la entrada en escena de Penélope en el drama de Buero Vallejo a través de su suave risa, que llega desde el templete: una risa penetrante, musical y misteriosa, plena de inmenso y contenido regocijo (Buero Vallejo 2005: 109) que, sin embargo, no deja de ser comentada por sus esclavas como algo extraño, como indicio de su locura. En la obra de Lourdes Ortiz, sin embargo, se aprecia una sonrisa de Coré apenas perceptible en los labios de Penélope, que envidia “la risa argentina de Circe” (129). Penélope, en su evolución literaria, ha recobrado su propia voz, pero no su propia felicidad, que aún le falta por ganarse hasta que se consiga romper con la vieja imagen de la mujer paciente pero sufrida y, al igual que Medusa de Hélène Cixous, sea hermosa y se ría. Por otro lado, es de señalar que la risa es igualmente un mecanismo de desinhibición, de liberación emocional, y es por ello que no oímos reír a una Penélope que vive enclaustrada en los muros del hogar, sumisa al vínculo matrimonial que siempre la atará a Ulises.

4. Betsabé y Salomé: los deseos de emancipación
Los cuentos que siguen, “Betsabé” y “Salomé”, dedicados a los dos personajes provenientes de la Biblia, son los que más subvierten las historias originales. Mientras que en los relatos analizados anteriormente la autora adjunta al argumento tradicional la voz de la protagonista, otorgando de esta manera una nueva perspectiva –desde el interior de una mujer– al discurso literario y rompiendo así con todo tipo de esquemas antes relacionados con los personajes mitológicos, en estos dos cuentos, y sobre todo en el dedicado a Betsabé, la autora añade una serie de datos que distorsionan en gran medida la primera versión contada en el Sagrado Libro.

El personaje de Betsabé aparece en el Antiguo Testamento en el Segundo Libro de Samuel, como la mujer de Urías el hitita, soldado en el ejército del rey David, quien, cuando la vio por primera vez bañándose desde su terraza, quedó impregnado de tal modo de su belleza que envió a su gente para que se la trajeran a sus habitaciones. Como consecuencia de este encuentro, Betsabé se quedó embarazada. Fracasado el intento de convencer a su marido de que se acostase con ella mientras todavía participaba en la guerra (idea que Urías rechazó puesto que su señor Joab, el capitán del ejército de David, dormía en las tiendas), el rey decide mandarle en primera línea, en el punto más duro en la batalla para que lo hirieran y muera. Después del fallecimiento del hitita, Betsabé y David formalizan su relación, pero con el mal augurio del profeta Natán –enviado por el Señor– de sufrir una serie de castigos por el crimen contra su soldado. El presagio se inicia ya con la muerte de su primogénito al séptimo día de su nacimiento y continúa con una serie de discordias entre los hermanos que terminan trágicamente: la violación de Tamar por parte de Amnón, el asesinato de Amnón a manos de su hermano Absalón y finalmente la muerte del éste. Así, el terreno va quedando libre para la coronación de Salomón, el último en la lista de sucesión del rey David.

La historia contada en la Biblia no ofrece muchos datos respecto al personaje de Betsabé, limitándose tan sólo a contar los hechos sucedidos al inicio de su relación con el rey David y sin vincular los acontecimientos posteriores acaecidos con este personaje femenino. La novedad en el cuento de Lourdes Ortiz es justamente la relación del primer encuentro entre la hermosa Betsabé y la tragedia encadenada, siendo esta mujer la principal manipuladora y artífice de todos los conflictos sucedidos en la familia, guiada por la necesidad de vengar la muerte de su marido y conseguir la llegada al trono de su hijo, Salomón. Lourdes Ortiz nos la presenta como la ganadora absoluta que contempla el mundo desde la azotea, que disfruta del perfume de la mirra y de la proximidad de la ceremonia de la coronación de su hijo. Ella se ríe, como si Lilith, “la vieja madre adúltera de todos los seres infernales riera a través de aquellos labios” (140). Mientras tanto, el decrépito rey da muestras de su perdida virilidad con una joven sunamita, que la misma Betsabé le envió para obtener su apoyo y asentimiento en el camino de su hijo hacia el poder y, a la vez, para burlarse de su debilidad y de su vejez. Se trata de una Betsabé poderosa, pero todavía dolida, que recuerda aquellos lejanos tiempos de guerra, cuando ella, al igual que Penélope, estaba sola, una “mujer sin varón y a la espera” (141). En su rostro se adivinan terrores, odios acumulados que tienen su fin con el entronamiento de Salomón, nacido para borrar la mancha familiar y para anular el crimen. Se establece un paralelismo entre la frustración del viejo y debilitado David con la muchacha sunamita y el frío que en otros tiempos sintió la joven Betsabé ante la avarienta mirada del monarca, condenada a “un destino no querido y a una apuesta por un futuro que sólo podría realizarse en el hijo” (142). Betsabé pronuncia su peculiar soliloquio cargado de maldiciones e ira contra el que le arrebató la felicidad junto a su primer marido. En su discurso pone en entredicho la heterosexualidad del rey, siendo, en su opinión, tan sólo su propio hijo, Absolón, y el hijo de Saúl, Jonatán, a los que amó verdaderamente. La frustración sexual acumulada durante años brota en odio hacia el monarca, pero erigido como portavoz de todas las mujeres que él trató sin ternura e ignorando su goce, que trató como sentina donde verter una simiente que habría de multiplicar su progenie, sin que llegara nunca a estar satisfecho, siendo únicamente Jonatán y Absolón quienes le podían devolver la calma (147).

Betsabé no oculta tampoco ser el motor principal de la violación de Tamar por parte de su hermano; es ella quien incita a Amnón a violentar a su hermana para luego contarle lo ocurrido a Absalón a sabiendas de que reaccionará con una venganza de sangre. También se hace responsable de que el hijo ambicioso del rey se acostara con sus diez concubinas preferidas, hecho que engrenda la semilla de la discordia entre los dos. Su victoria se realiza a través de Salomón, que a diferencia de su padre sabe amar y ser amado, que es carne de su propia carne y risa de su risa (154), siendo la risa de nuevo la metáfora del poder de la mujer.

Comparado con otros cuentos, observamos aquí un giro en el comportamiento del personaje femenino que no se centra ahora únicamente en el sufrido lamento. Betsabé es la mujer que toma el timón de su propia vida y la que se hace con la supremacía en el palacio, la única que subvierte su anterior papel de víctima en el de la posterior madre reina poderosa. A diferencia de Penélope, que a duras penas mantenía su espacio propio, la Betsabé de Lourdes Ortiz, gracias a su capacidad de seducción y su intelecto, logra trastornar el orden preestablecido y dar un paso más allá en la emancipación de la mujer.

En algunos aspectos el personaje de Salomé guarda parentesco con el de Betsabé, tratándose en ambos casos de mujeres que han reforzado su lado sensual y que lo utilizan para conseguir sus objetivos. Ninguna de las dos puede hacer alarde de la nobleza de sus sentimientos, pero las dos, cada cual a su manera, son víctimas de la reducción de la mujer a su mera faceta carnal. El personaje de Salomé, como es bien sabido, aparece en los Evangelios de San Marcos y San Mateo como la hija de Herodías, casada en segundas nupcias con su tío, el tetrarca de Galilea en Palestina, Herodes Antipas. Juzgado duramente como incestuoso por san Juan Bautista el matrimonio entre tío y sobrina, la madre de Salomé deseó acabar con la vida del profeta. Así es que azuzó a su hija a pedir, después de un insinuoso baile ante su padrastro, la cabeza de san Juan, la cual le fue traída en una bandeja de plata.

Dentro del arte, Salomé ha sido tradicionalmente presentada bajo su aspecto de seductora cruel y al mismo tiempo como una marioneta movida por los deseos de su madre. Sin embargo, a finales del siglo XIX, Óscar Wilde se percató de la independencia del carácter de Salomé, y la hizo la única responsable de la muerte del profeta como consecuencia de una obsesiva pasión por sus ojos. Ante la derrota de su habilidad conquistadora, Salomé reclama la cabeza del único hombre que no cayó rendido ante sus atractivos. La Salomé de Lourdes Ortiz, aunque obsesionada también con los ojos del profeta, actúa motivada por otras razones. La escritora madrileña también trastoca la original historia bíblica y presenta a su protagonista como una mujer independiente, de ninguna manera instigada por su madre, que no se deja arrastrar por una pasión no correspondida sino por la sed de conocimiento que vislumbra en la mirada de san Juan Bautista. “Nacida para el amor y la danza”, como ella misma lamenta, “educada para mecer los cuerpos de varón, para hacer enloquecer a reyes, saduceos y fariseos” (162), gracias al rechazo del profeta, se siente por primera vez no sólo una mujer sino una persona con identidad y nombre propio, Salomé, capaz de soñar y de pensar, de imaginar y de hablar. La luz de los ojos del único hombre que quedó indiferente ante sus encantos, la despoja de la hembra y la hacen igual a él y se convierte simbólicamente en un bautismo que le devolvía la sabiduría, ese pozo insondable que había ido aletargando desde la infancia en el harén de las mujeres, absorbida desde el comienzo por las acechanzas y los consejos de su madre; técnicas aprendidas concienzudamente, transmitidas de mujer a mujer: el celo, la añagaza; objeto de deseo, carne para ser adornada y luego entregada (162-163). Con un lenguaje poético cargado de las repeticiones referentes a los ojos de san Juan Bautista, Salomé despliega una serie de pensamientos, producto del cansancio hacia su papel de danzarina, cortesana y hetaira que culminan en el único macabro deseo: obtener para siempre los ojos del profeta, a través del poder de la palabra y el control del intelecto.

Con estos dos personajes Lourdes Ortiz concluye con su particular visión de los temas y los personajes femeninos mitológicos y bíblicos y resalta con ellos la necesidad de emancipación y el desarrollo intelectual que brota en ellos. Ya no se trata de mujeres pasivas, que se sumergen solitarias en el recuerdo y doloridas por sus momentos felices del pasado al lado de un hombre, lamentando su estado actual. Se trata de mujeres dispuestas a actuar contra el orden impuesto por los hombres y hacerse con el don de la palabra. En este sentido, la autora no quita a sus protagonistas la culpabilidad de las muertes acaecidas, al contrario, se la concede allí donde en los textos originales no la había, pero antes bien con el fin de expresar las dimensiones trágicas de sus propios destinos ambas se convierten en víctimas de su condición de mujer dentro de una sociedad que no las considera como personas. Se resalta, en suma, la voluntad de la mujer que habitaba en estas heroínas y su búsqueda de un espacio en el que la sabiduría y el poder no fuera un terreno únicamente reservado para los hombres.

5. Conlusiones
Este recorrido por las expresiones literarias de los míticos personajes femeninos a partir de los textos originales y siguiendo su evolución a lo largo de las distintas épocas, testimonia el desarrollo y la transformación de las primeras leyendas y de los prejuicios construidos alrededor de la mujer, anteriormente representada con rigor bajo dos arquetipos planos en relación con el cumplimiento de su rol preestablecido e impuesto. En consonancia con la tendencia marcada en el siglo XX, Lourdes Ortiz también se decide en su prosa por reinterpretar los mitos clásicos así como las historias bíblicas para subvertir sus argumentos originales y, sobre todo, sus puntos de vista. La autora concede el protagonismo a la mujer y al darle voz logra exteriorizar los sentimientos, frustraciones y deseos del mundo interior de estos personajes femeninos, considerados durante mucho tiempo como enigmáticos y, con ello, oscuros.

El discurso literario y las principales preocupaciones de las protagonistas, Eva, Circe, Penélope, Betsabé y Salomé, giran en torno a la capacidad oratoria e intelectual de estas mujeres, anhelantes de tomar la palabra y ganar con ella la sabiduría y la libertad. El proceso de emancipación a que aspiran se ve obstaculizado por la sociedad, e incluso por la propia familia, lo que las incita a revisar el orden social preestablecido desde una postura crítica y a reflexionar sobre su propia posición en la comunidad, en el hogar y en la pareja. Con la recreación del mundo mítico a través de un lenguaje poético lleno de ritmo, melodía y cromatismo así como mediante las evocaciones sensoriales (principalmente en el campo de los olores), Lourdes Ortiz otorga a la vez más belleza y atractivo al relato así como a sus protagonistas. Pero, al mismo tiempo, no renuncia a tomar conciencia sobre la posición de la mujer y a romper con los estereotipos atribuidos a unos personajes más ricos que una mera polarización entre buenos y malos a la que estuvieron sometidos durante los siglos.

Notas
[i] La colección de cuentos incluye también el personaje de Gioconda, el único que no proviene ni de la Biblia y ni de los mitos clásicos, y que, por lo tanto, no será analizado en este estudio.
[ii] Por eso Dios le dijo a la mujer: multiplicaré en gran manera los dolores de tus preñeces; con dolor darás a la luz los hijos, y tu deseo será para tu marido y él se enseñoreará de ti (Génesis 3:16). Y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará (Génesis 3:16).
[iii] Todas las citas provenientes de esta colección de cuentos serán indicadas solamente con el número de página.
[iv] “A lo largo de los siglos XII y XIII se creó en la incipientes literaturas de las lenguas románticas el tema de la oposición Ave/Eva o lo que es lo mismo entre María, la Nueva Eva dadora de vida, y Eva, madre de la estirpe humana introductora de la muerte tanto física como espiritual en forma de pecado” (Morgado, en Ortiz 2007: 100).
[v] Hay muchos más escritores que se han rendido al encanto de este personaje y que han recreado en sus obras la historia entre la diosa maga y el héroe de Ítaca. En la obra de Píndaro, en la Teogonía de Hesíodo, en los Argonautas de Apolunio de Rodas, en Circe de Corneille (cfr. Morgado N. en Ortiz 2007, 101).


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