LA TABLA PERIÓDICA

Miguel Serrano Larraz


Ésta es la única fotografía que tengo con mi padre. Mi padre es el hombre que aparece a la izquierda de la imagen, de rodillas. La gorra la llevaba siempre (para ocultar las heridas luminosas de la frente), pero no los guantes: se los puso para poder plantar el árbol que se ve entre sus manos, el olivo. Yo soy, por supuesto, el niño que hay a la derecha de la imagen. Tenía cinco años. Era la primera vez que veía a mi padre tan de cerca, de ahí la inmovilidad. Mi madre aprovechó el momento para sacar la fotografía. Unos segundos después, mi padre se dio cuenta de que yo estaba allí y comenzó a gritarme para que me alejara de él.

Al fondo se ve la casa. Algo más atrás está el cobertizo. Nos mudamos en diciembre del 76, dos años antes del momento de la fotografía y sólo unas pocas semanas después de que a mi padre le diagnosticaran la enfermedad. Yo tenía entonces tres años. Me sometieron a una multitud de análisis para asegurarse de que no me había contagiado. Mi padre propuso marcharse, alejarse de nosotros. Mi madre le dijo que era un egoísta y un cobarde, que no podía negarme su presencia, al menos en los años que la enfermedad le permitiera. Mi padre acabó aceptando, pero puso como condición que nunca me acercara a él a menos de quince metros. Sabía que la intensidad de la radiación descendía exponencialmente con la distancia. Quince metros, según le dijeron, era una barrera espacial más que razonable.

El cobertizo estaba detrás de la casa, a cincuenta metros. Yo nunca entré, ni siquiera después de su muerte. A veces me acercaba, cuando él aún vivía, fingiendo cualquier juego desordenado. En algún momento, sin embargo, empezaba a notar un frío que me subía por las piernas, y empezaba a llorar. Entonces mi padre decidió plantar el olivo, para marcar el punto del que se me prohibía pasar. Eso lo he sabido después. Entonces me dijo que plantaba un árbol para que creciera conmigo, y para que me acordase siempre de él, de mi padre, cuando ya no estuviera. Me lo dijo desde lejos, gritando. Siempre hablábamos así. Plantó el olivo justo en el punto medio entre la casa y el cobertizo.

Mi padre todavía aguantó tres años, el último de ellos en un hospital. No fui a verlo: la habitación, al parecer, era demasiado pequeña. Escribía cartas en las que preguntaba por el árbol y me pedía que fuese bueno con mamá. Después murió. Dejó dispuesto que se dibujara una raya en el suelo, a quince metros del nicho. No se trataba de una recta, sino de un arco de circunferencia. Cuando íbamos al cementerio, nos colocábamos encima de la línea, mi madre y yo. En cierto modo, esta frontera hacía que el recuerdo de él fuera más exacto y más completo. En el año noventa y seis a mamá se le empezó a caer el pelo y desapareció. Viví con la tía Concha durante unos años, hasta que fui a la universidad. La tía, a veces, me pasaba la mano por la mejilla. Yo trataba de rehuir ese contacto mínimo.

En dos mil seis recibí una carta de la empresa que gestionaba el cementerio. Al parecer, el nicho de mi padre no había sido comprado, sino alquilado, por veinticinco años. Como único familiar vivo, me correspondía a mí volver a alquilar el espacio (por tramos de diez años), o adquirirlo en propiedad. Las otras opciones eran:

a) permitir que los restos pasaran a una fosa común (con la carta se adjuntaba el impreso correspondiente a esta opción: imaginé que se elegía con frecuencia);

b) hacerme cargo personalmente de los restos.

Decidí optar por esto último. La ley exigía que un familiar estuviera presente cuando se extrajera el ataúd y se comprobara que el cadáver seguía allí. Cuando llegué había dos hombres: un trabajador, vestido con un mono azul lleno de manchas de cemento, y un representante legal de algún tipo, tal vez un funcionario, con traje y corbata (negros). Firmé unos papeles apoyado en una carpeta. Después abrieron la tapa del ataúd. El cuerpo de mi padre, como yo ya había imaginado, estaba intacto. No recordaba haberlo visto nunca de tan cerca. Su piel tenía un aspecto mineral. Me pareció que sonreía. Me alivió comprobar que no lo habían enterrado con la gorra. Parecía otro.

Dos días después me entregaron las cenizas en una urna. Decidí regresar a la casa de mi infancia y dejarlas allí. Ese mismo domingo cogí un tren, a las ocho de la mañana. Llegué a la casa a mediodía. Todo era igual que en mis recuerdos, o que en aquella fotografía. El cobertizo, al fondo, me pareció muy pequeño, casi ridículo, y me pregunté cómo se las habría apañado mi padre para vivir allí tanto tiempo. Me arrodillé junto al olivo, a la izquierda de la imagen, donde mi padre también se había arrodillado una vez, y retiré la tapa de la urna. Eché algunas cenizas sobre la palma de mi mano desnuda. Tenían un color plateado y luminoso. Desprendían una luz tenue. Estaban calientes. Me sentí feliz. Volqué la urna y extendí las cenizas alrededor del olivo, junto a la base, y mi mano brillaba. Después coloqué mi frente contra el tronco, cerré los ojos y metí los dedos en la tierra, que me pareció húmeda, a pesar de que hacía siglos que no llovía en aquella zona.