EL LUGAR AZUL

Juan Carlos Chirinos


A pesar del eco, todo era nítido, se oía cada palabra, como si fueran las palabras de Dios reverberando de manera infinita. Volenweider pensó que ya no tendría tiempo para arrepentirse, que ya había ido demasiado lejos, y por eso consideró inútil quejarse, así que apretó bien las manos en los posabrazos de la silla y se dispuso a aguantar el dolor. Ba, ba, blacksheep, have you any wool? Yes sir, yes sir, three bags full. Era otro método pará resistir, tararear una canción en inglés, en realidad las dos primeras palabras, ba, ba, insistentemente, ba, ba, para olvidarse del dolor, para regresar al lugar azul de donde había salido, de donde nunca tenía que haberse ido. Viajar trae muchas ventajas y se aprende mucho; pero nada se compara con la vida dentro del útero primigenio desde donde se ve todo y se experimentan todos los acontecimientos. El que emprende el viaje la hace porque no ha entendido nada; si lo hubiera hecho, no tendría necesidad de irse. El útero posee todas las explicaciones, pero no todos están llamados a entenderlas. La sustancia es la existencia. Volenweider experimento una leve mejoría y se asustó: ese es el aviso de que todo va a empeorar. El primer calambrazo lo sintió a continuación, su cabeza no estaba preparada a pesar de los años padeciendo. Era algo peor que una migraña; era el exilio del lugar azul, la madre de todos los dolores. El doctor se acercó sonriente; traía el vaso de agua al que había agregado una pequeñísima gota de la medicina que curaría a Volenweider de todos sus males, del exilio del lugar azul. Superando la locura de las punzadas, el concierto de cristales rotos detrás de sus ojos, balbuceó:

—¿Cree que servirá, doctor?

El doctor aumentó el brillo de su sonrisa. Pero qué sabrosa es la ausencia de dolor, pensó.

—Sin duda, Volenweider, sin duda.

Con gran esfuerzo obligó a beber el vaso a su paciente y se sentó plácidamente a esperar. Volenweider no notaba ninguna diferencia, el dolor de su cabeza rebotaba por las paredes como un payaso loco y el mundo seguía deforme. Ya no le quedaban lágrimas para demostrar su sufrimiento, ni quejidos, ni maldiciones ni ayes. Tan solo ese esfuerzo en el rostro, esa contracción que era huida y rendición al mismo tiempo.

—Tranquilo, Volenweider, el lugar azul volverá a ti, te lo aseguro —prometió el doctor mientras mostraba una dentadura que evidentemente había sido blanqueada hacía poco.

—Pero cada segundo que pasa es más largo que el anterior, y cuando llegue finalmente el lugar azul no quedará nada de mí para disfrutarlo.

—Algún precio hay que pagar, amigo; el que quiera azul celeste, que le cueste, ¿no dice así el refrán?

Pero esta frase ya no la pudo escuchar Volenweider, porque se había desmayado. Por fin la sustancia había llegado al torrente sanguíneo y había subido al cerebro, deshaciendo las puntas que se clavaban con fuerza en cada neurona; el payaso loco se tranquilizó y la estancia empezó a licuarse: sillas, paredes, doctor, pastillas; colores, sabor pastoso, vibración: todo fue una sola, pastosa, unida, pegajosa materia: la mucosa del mundo todo volvió a Volenweider y el doctor exclamó, triunfante:

—¡Has llegado, Volenweider, has llegado!

El lugar azul brilló en la baba que bajaba por la barbilla del paciente. Ba, ba, quizá era demasiado tarde.