PARA EMPEZAR PRIMERO POR LO PRIMARIO

Juan Carlos Chirinos


Antes, los cuentos comenzaban con el famoso “había una vez...”, pero en estos tiempos globalizados un cuento comienza y, mientras el lector y el narrador no sepan de qué va, nunca se sabe si ha comenzado o no: caemos en el mundo del cuento sin aviso, como la casa de Arkansas de Dorothy en la villa de los Munchkins. Lo bueno de los cuentos de hoy en día es que pueden comenzar incluso antes de abrir el libro.

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En cambio, se acaba de escribir cuando te lo dice el texto: ¡Para! Pero hay que acabar de escribir cuando ya no podamos más; es mientras corregimos, actividad más importante cuando se conoce la forma y extensión del texto.

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El cuento es el único que es liviano y profundo al mismo tiempo. El único donde se puede crear un universo portátil.

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No soporto la pedantería en el cuento, la supuesta ambigüedad. No hay nada que dañe más un cuento que la complicación: la frase más difícil es la más sencilla: sujeto, verbo y predicado. El peso profundo de las palabras no recae en su forma barroca, sino en la llamada de lo escueto. Y eso escueto pued durar mil págunas, como hace Margaret Mitchell, ese portento de feminismo y feminidad.

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Recomendar cuentos: «Las dos Chelitas», de Julio Garmendia y «El inmortal», de Jorge Luis Borges. Y un libro de cuentos: Las mil y una noches.