EN EL MUSEO

Marian Womack


El origen del museo moderno está
conectado con la invención de la guillotina
George Bataille

No conocía muy bien la ciudad, que únicamente había recorrido ahogada por esa la nieve mentirosa que falsea callejuelas y esquinas. Al doblar una, me sentí como si me adentrase de pronto en un mundo paralelo y desconocido. Todo estaba enfangado tras las nevadas y aquel barrio presentaba un aspecto desvalido, cobijado por la nieve ocre y marrón. Era por la tarde, la luz blanquecina derramándose sobre todas las cosas como la luz falsa, impostada, que es en realidad. Debí torcer en la segunda calle en lugar de en la tercera, y aquel error banal de repente abría vistas a un universo por descubrir. Me encontré en un pequeño descampado a la espalda de un edificio de apartamentos de tres plantas que parecía abandonado, un desierto de cemento y metal. Al otro lado de la planicie un hombre golpeaba a una mujer con su bastón con una eficacia y cuidado que me hicieron estremecerme. La mujer estaba tirada sobre la acera, con las manos alzadas y recibiendo golpes en ellas, su sombrero y su bolso tirados por el suelo. Llevaba puesto un abrigo de pieles, pero este hecho no parecía mermar los golpes ni el dolor que producían. No hice absolutamente nada. Simplemente me alejé, torcí la esquina hacia la plaza, y al cabo reconocí la casa de citas cerca del río, desde donde pude orientarme para regresar a casa.

El recuerdo de Katia flotó en el aire irrespirable y frío. Aquella visión odiada de su figura estrellándose contra un vacío de rocas y de vegetación y de árboles, encontrando sin duda el pozo negro que tanto había ansiado al final de su viaje, se tornó nítida de repente, como una niebla que termina por disolverse delante de nuestros ojos y nos permite ver la carretera. De tanto imaginar una escena que no había visto nunca, aquella visión inventada me pareció revestida de un barniz de impostada realidad. Me sentía como si acabara de despertar de un largo sueño y deseé volver a dormirme.

Al día siguiente, el cadáver de una mujer fue descubierto en el mismo descampado. Sentí la necesidad de ir a la policía; pero, ¿a quién dirigirme? ¿A los rusos, a los americanos, franceses o ingleses? La ciudad estaba ocupada, y mi nombre seguía siendo alemán.

Dos días más tarde volví al descampado, y me sorprendió ver a la mujer, todavía envuelta en sus pieles, de pie debajo de la farola que había iluminado el ataque mortal de su esposo.

Quise acercarme a ella, decirle algo, consolarla de alguna forma, pero no fui capaz de hacerlo. Todavía no me sentía cómodo dialogando con las sombras.

En otra ocasión, el museo me encargó que recorriera una parte de Europa central haciendo un inventario oficioso en varias casas, lo que me obligó a desplazarme por una parte de Polonia en la que nunca había estado. Zonas inaccesibles, de esas en las que las ancianas entierran botellas de vino en la tierra, una magia arcaica para que retornen los exiliados y comunicarse con los muertos. Se trataba de territorios olvidados de la memoria, y por lo tanto, esperábamos, vírgenes a los pillajes. Una noche alcancé una región inhóspita al noroeste del país. Iba por una carretera poco transitada y no había visto a nadie en horas, ni un alma. Al cabo divisé la silueta de una joven vestida con las ropas típicas de la zona, unas telas de colores a modo de falda y una blusa blanca de encaje, y en la cabeza un tocado. Me hacía señas para que me detuviese. Lo hice, por supuesto… Uno nunca sabe cómo reaccionar si una mujer conocida llora, mucho menos cuando lo hace una desconocida.

Para colmo de males no me enteraba de nada de lo que me decía. Parecía hablar un dialecto demasiado cerrado para mí, cruzado con mi propio idioma pero inaccesible del todo. Me armé de paciencia y traté de calmarla, subirla al coche, pedirle que me indicara hacia dónde se dirigía…

La muchacha echó a andar colina abajo, en dirección a la playa vacía e inhóspita, de dunas rematadas por ramajes verdosos que el viento parecía a punto de arrancar, y un mar oscuro al fondo. Volví a arrancar el coche y me alejé.

Al poco me encontré frente a una taberna antiquísima que debía datar de los tiempos de las casas de postas, lo cual me alegró, puesto que la noche se precipitaba. La luna, roja y brillante, se asomaba sin timidez en el cielo violeta, y yo necesitaba descansar. La taberna disponía de tres edificios, pero uno de ellos permanecía cerrado y vallado, y en realidad no eran más que ruinas de un incendio reciente que parecían a punto de derrumbarse. Pregunté qué había ocurrido y se limitaron a constatar que habían sufrido un incendio.

Mi llegada produjo algún tipo de revuelo que no pude precisar entre el dueño y su mujer, de manera que creí por un segundo que no disponían de ninguna habitación. Estaba a punto de entrar de nuevo en el coche cuando el dueño me llamó y me hizo señas para que entrase. Lo seguí, más cansado que interesado en sus problemas de familia.

El dueño me condujo hasta un cuarto abuhardillado situado al final de una escalera empinadísima. El cuarto tenía baño propio y una cama dura como una piedra que se me antojó el colmo de la comodidad, de manera que me mostré de acuerdo con cuanto se me ofrecía. Me dio tiempo a observar que parecía tratarse de una habitación femenina. Sobre la mesa había una palangana con una jarra de agua para el aseo, y encima un espejo oscurecido con una estampilla religiosa y un ramo de flores puestas boca abajo a secar. Sobre la cama colgaba una cruz de madera labrada, y en una esquina un pequeño tríptico de madera también representando la anunciación, con velas y flores marchitas.

Imaginé que alguna de las hijas del dueño iba a tener que dormir en el establo para dejarme su cama, y lo lamenté. Pero ya era tarde y estaba agotado.

Estaba ya oscuro cuando encendí el cabo de una vela para bajar la angosta escalera hasta el comedor principal para cenar un guiso de carne de venado acompañada por patatas y vegetales diversos, y el hígado hervido de algún que otro animal. Después volví a subir, me metí en la cama, y supongo que me dormí como un muerto, como dicen en Rusia.

Tuve un sueño algo extraño. Estaba en la playa, sentado encima de una de aquellas dunas salpicadas de hierbajos. La muchacha se encontraba al fondo, y desde allí me hacía señas para que me acercara hasta ella. Me levanté, pero fue ella quien se aproximó, no andando, sino más bien deslizándose sobre sus pies, que no rozaban la arena, a gran velocidad, y en mi sueño me sentía aterrado por lo antinatural de la acción. La muchacha me sonreía y me tendía su mano, y yo supe, de esa forma absurda como lo sabemos todo en los sueños, que quería que bailásemos juntos. Así hicimos, girando y girando, elevándonos más sobre el suelo con cada vuelta hasta que le rogué que parase, y caí entonces sobre la arena y me desperté.

Aquel sueño me dejó un regusto desagradable, y ya no pude volver a dormirme.

Ignoro que hora sería. Todo se hallaba en la calma propia de las noches en el campo cuando de pronto escuché el roce de una tela, como una falda arrastrándose por el suelo. Esperé, convencido de que cuando me propusiera volver a oírla no habría nada, como ocurre siempre que intentamos ahuyentar a los fantasmas. Pero allí estaba de nuevo el sonido. Los ojos se me fueron acostumbrando a la luz, y frente a mí me encontré con la chica de la playa.

La sensación de irrealidad, de su irrealidad, fue tan rotunda y certera que supe de inmediato que no estaba viva, no puedo agregar nada a ese respecto.

Reconocí su voz, y ahora me era posible entender algunas de sus palabras, pronunciadas en un alemán correcto pero de acento extraño. Me decía tut weh, Feuer, Gefahr.

—“Dolor”, “fuego”.

—En efecto… “Duele” en realidad. Pero así es.

—Y “peligro”.

—Así es. No podía haber entrado de forma “física”, yo recordaba haber echado la llave y dejarla puesta… Claro que la guerra había multiplicado las puertas escondidas, las paredes falsas, los pasillos que no se perciben al recorrer una casa.

Pero no. No necesitaba razones ni lógicas. Mi mente había entendido de inmediato qué era lo que tenía delante.

La silueta avanzó, sin embargo no parecía mover las piernas, sino que se deslizaba, o volaba, sobre un suelo de madera que no crujía ni revelaba ruido alguno de pasos. La fuerza motriz provenía de algún tipo de impulso antinatural.

No sé cómo tuve el temple de encender la cerilla a la primera. Era la misma chica, sin duda; cómo la reconocí no lo sé, puesto que tenía la cara desfigurada.

Entonces escuché ruido de voces. El edificio estaba en llamas.

Me asomé a la ventana sin pensar en nada y calibré la caída. La abrí de par en par, tiré el colchón de paja, que cayó desmadejado, amorfo…

No debes hacer ese movimiento. Así te como la reina, ¿no lo ves? Eso está mucho mejor…

—¿Regresaste alguna vez?

—No. Regresé al museo, a ordenar la colección, a un mundo controlado y comprensible… A la habitación redonda con los cubículos aislados, y el vigilante en el centro, la sala de lectura circular e inmensa…

—Haces que suene como una prisión.

—La acumulación necesaria, el orden extraído del caos… Nuestra sociedad así lo exige, los eventos políticos y sociales, los descubrimientos científicos, la exploración, el imperialismo incluso… La burguesía y la alfabetización de las masas…

—Estás cambiando de tema.

—Mmm. Es posible. Pero ahora lo entiendo mejor, tal vez porque tengo más años, y siempre es más fácil resolver un laberinto cuando se ve desde arriba… Lo que hacemos aquí es domesticar la naturaleza, categorizar nuestros logros, aplacar la memoria… Y eso obliga a que otras cosas se extingan en nuestro mundo. Las hemos extinguido, las hemos sepultado bajo el peso infinito de poseerlo todo, saberlo todo, comprenderlo todo, cuando en realidad no comprendemos nada. ¿Por qué no ayudé a aquella mujer? ¿Y qué me convirtió en digno de aquel aviso en Polonia? Nunca lo sabremos. Pero me negué a aceptarlos, a indagarlos y a comprenderlos. Todo ha desaparecido ya… No queda nada de todo eso. Lo hemos guillotinado.

—¿Te refieres a las sombras?