PRIMERA TARDE DE TERESA

(celebrando el Cervantes de Juan Marsé)

Ernesto Pérez Zúñiga



Una habitación para una niña. Peluches en el suelo, apoyados en la pared empapelada. Sus ojos de plástico expresan una tímida espera. En la pared carruseles franceses -los que conoce la niña son los que traen los gitanos cuando el barrio se pone en fiestas-. En la cabecera de la cama, dos fotos recortadas de alguna revista: Gary Cooper y Clark Gable. Debajo de ellas unas cuantas entradas de un cine adonde la niña nunca ha ido. Se las da un gamberro de otra parte de la ciudad con el que a veces se encuentra en el centro, un chico simpático que se llama Juanito y sabe fumar con los pies: “Vente conmigo al Roxy”, le dice a veces, pero como ella es una niña de buena familia se conforma con coleccionar las entradas.

Suerte tiene la niña que se llama Teresa. Su cuarto tiene dos ventanas contrarias, una que mira hacia el Este, donde en estos momentos se eleva la luna; otra que vigila los rescoldos del sol, los cuales, no sabe por qué, parecen desvanecerse muy cerca.

Teresa está sentada en su cama, vestida siempre para salir. Con un lápiz de labios pinta rayas de carmín en sus piernas desnudas.

De pronto escucha un golpe en la ventana del Oeste. Tras el cristal ve un rostro que reconoce de algunos cuentos que le han regalado sus tíos: ojos de duende, orejas de punta. Teresa sabe que le va a invitar a ir con él al País de Nunca Jamás y vuelve la cara. Solamente presta atención al lápiz de labios, con el que comienza a pintar su boca.

Entonces escucha llamar en la ventana del Este. Se levanta con la intención de echar a aquel personaje molesto de allí, pero se sorprende al encontrar, flotando en el aire, a un muchacho moreno montado en una motocicleta.

Teresa abre la ventana.

—Te llevo a la luna —dice el muchacho señalando el satélite con el brazo. Tiene el cuello de la cazadora levantado como un Marlon Brando en edad de merecer.

Teresa sonríe y guarda el pintalabios en uno de los bolsillos de su vestido de niña.

—Primero dime cómo te llamas.

—Pijoaparte

—Sólo con una condición, Pijoaparte -dice Teresa encaramándose al alféizar de la ventana.

—Cuál.

—Que de camino me lleves a las playas del Masnou.

Teresa sube en la motocicleta. Pijoaparte gira y gira el acelerador. Y los dos van desapareciendo, un vehículo en el centro de la luna, sobre los tejados de Barcelona en dirección al mar.