CUANDO CONOCÍ A JOHN FANTE

Juan Carlos Méndez Guédez



Una obra se mueve, se desplaza.
Casi siempre lo hace.

Las novelas de Fante giran sobre sí mismas, se congelan, se contemplan unas otras, son un espejo que a su vez son un espejo y otro espejo.
Parecieran trozos inmóviles, detenidos. Pero son multiplicación de una figura que se altera en sus detalles. El ojo se abre vigilante, para reconocer la belleza de esa diferencia que se abre sutilmente de novela a novela.
Porque nunca es posible ser el mismo. Nunca es posible, ni pretendiéndolo, escribir siendo el mismo.

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Tal vez tuvo Fante en su relativo fracaso el consuelo de sentir siempre que podía volver a comenzar; que cada libro era el primero; que cada historia de su personaje Bandini, o de esos personajes que eran Bandini sin serlo del todo, formaban parte de un idéntico borrador que lo llevaría a la obra perfecta.
Eterno vigor de la escritura. Comenzar siempre.

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El escritor siente que el éxito es una consecuencia natural que lo aguarda al final de sus palabras.
Cuando no lo tiene, percibe que alguna vez estuvo muy cerca de él y que se trata de aguardar su regreso.
Fante: Penélope tejiendo y destejiendo la misma maravillosa historia hasta que volviese el que un día se marchó.

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Algo fundamental en Fante: la temblorosa materia que conforma sus personajes. Perplejidades puestas en pie; siluetas a las que uno ama, desprecia y compadece en una misma página.
El personaje de estas novelas vibra en nuestros ojos. Nos reímos de sus torpezas, de su ingenua egolatría; luego amamos su entrañable manera de relacionarse con otros, y un par de párrafos después podemos despreciar su soberbia.
Nuestra afectividad nunca deja de moverse frente a ellos. Palpitamos en la risa y la distancia; en la proximidad y el rechazo. Explosión vital repleta de esa mezcla que somos: oscilación entre la belleza y el estiércol.

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Al leer a Fante, al maravillarse con Fante, una nueva perplejidad: si hubiese escrito en español lo despacharían diciendo que es un autor sin riesgos.
En nuestro idioma, la literatura con mayúsculas que aplauden críticos y editores sesudos ignorará siempre una novela brillante que comience en a y termine en b.
No importa que se hunda en lo más impenetrable de un personaje, que estruje cada situación, que contemple la vida y la rasgue hasta conocer su almendra más profunda, que nos haga mejores/peores personas al cerrar sus páginas. Al novelista con mayúscula se le exige siempre mucho tedio, muchas repeticiones farragosas, extendidas; mucha historia de taller literario; mucho Borges reciclado con prosa de memorándum. Mucho Bolaño.

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Pero las conferencias de Bolaño son excelentes.
Podrían haber sido escritas por Bandini: el personaje de Fante.

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El libro más débil de Fante: Llenos de vida. Quizás el más autobiográfico de sus títulos.
Nada es más peligroso para la escritura autobiográfica que la propia vida.
Mejor fingirla, como diría Pessoa, fingir que se vive, fingir que se escribe, fingir que se escribe la vida propia.

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Conocí a Fante en 1981.
Tropecé con él en Nueva York. Yo era un adolescente asustadizo y él un anciano enfermo que bebía un desabrido café.
Apenas cruzamos palabra. Yo salía de un restaurante cubano y vi a un hombre con gorra de béisbol. Le pregunté cómo podía ir al Yankee Stadium. Al escuchar mis palabras en español el hombre de ojos acuosos me indicó en italiano una ruta y unos trasbordos de metro.
Luego al ver que yo llevaba en la mano una novela de Hamsun, se detuvo y me dijo que la imitación siempre sería un buen comienzo. No dijo más. Yo tampoco comprendí de qué hablaba.
Años después, al contemplar su retrato en los libros de Anagrama comprendí el parecido.
Estoy seguro de que era John Fante.
Era él.
Lo juro.

2 comentarios:

Roberto Echeto dijo...

Hermanos, yo tambien me declaro fantista y fan-fantista.

Nadie ha descrito los culos de las mujeres italianas como John Fante.

Lena dijo...

Era él.

Sin duda.

Exquisito, J.