SECRETO

Ernesto Pérez Zúñiga



No han pasado suficientes años, a John Fante se le sigue perdonando la vida. Si lees acerca de él, si alguien ha leído a Fante, no es raro oír: no es para tanto. Es la suerte que reciben algunos escritores recuperados del olvido. Primero, son como un corcho flotando en el mar de las ciudades. Después, debidamente encorchados en la bodega Bukowski, o importados por Anagrama, siguen siendo calificados: un escritor mediocre.

No le bastó escribir porque no tuvo suerte, o no supo buscarla mediante artificios sociales. No le bastó tener la literatura tan dentro de la sangre que aún quería escribirla cuando le faltaba parte del cuerpo, sin piernas, en silla de ruedas, dictando ciego una última novela a su mujer, aquel muchacho de origen italiano, que sonríe en las fotografías con postura de galán consciente de que su suerte está echada.

John Fante, siempre semi-escondido: frente a su máquina de escribir, que escucharon pocos; en el aire viejo de aquellas librerías de los Estados Unidos; en la duda de su recuperación ya antigua gracias a la veneración bukowskiana; en la tonta reverencia posterior por parte de los mitificadores y de los críticos del Eco; en el cuestionamiento final que quiere colocar los mitos en su sitio, de vuelta a la Caverna.

Pero los libros de John Fante no merecen regresar a la oscuridad, sino abrirse en las manos. ¿No es para tanto? Y qué, no es para menos. Muchos años después siguen trasmitiendo la autenticidad de una mirada sentimental y crítica respecto al mundo, mediante un estilo directo, poético, en un tono irónico y desencantado, con el que uno congracia en las noche de nuestro invierno y en los días radiantes de la primavera en crisis. Sus personajes no me abandonan. A veces levanto la vista de las páginas y me encuentro la sigilosa fuga de Antonio Bandini por el pasillo. Algún día, me digo, hallará un lugar donde establecerse.

Una sigilosa fuga, una creación sigilosa en los años lentos, maduros, cambiantes de Los Ángeles, décadas de los treinta a los ochenta, muchos años trabajando la imaginación y la escritura. Es fácil concebir la frustración que, hábilmente cambiada en cinismo bienhumorado, salta en muchos pasajes de la obra de Fante. Nosotros tenemos la fortuna de poder disfrutar de ese cóctel de circunstancias personales, vacío social y genio creativo.

Como el silencio fue malo para su felicidad, sus palabras nos indican que la nuestra, como lectores suyos, es posible. No sé si Fante acertó con su vida, lo hizo en sus libros; lo hizo en cada momento secreto para todos en que dedicó lo mejor de su tiempo concedido a escribir historias sin garantías de ser leído.

Esos instantes acumulados y fugaces lo hacen duradero; aquellas letras de máquina que iban marcando con tinta, uno tras otro, los folios comprados en la tienda de la esquina, cualquiera, trabaron libros únicos, solitarios, que tienden a unirse con cuantos quieran disfrutar de una literatura edificada sobre la autenticidad, pese a quien pese y aunque no fuera para tanto.

En esta sombra, aniversario de Fante, celebro esa autenticidad de la literatura frente a cualquier otro criterio que la empañe, que la empeñe. Una literatura escrita sin otros objetivos aparte de encontrarla, sea del carácter que sea. Tan real como un árbol que existe tranquilamente sin previsiones logreras; una literatura que se lee con naturalidad y necesidad, como una habitación es construida y habitada.