CARNE|NAVIDAD

José Luis Torres Vitolas



Carne
Marco, Rubén, Aurelio y yo nos encontramos al final de la tarde. Después de saludarnos, los cuatro alzamos ligeramente la nariz e inspeccionamos el territorio. Ése era un hábito, un sello que adquirimos con los años.
Aurelio señaló con el mentón el tumulto en medio de la calle:
—Carne.
Entre la gente aglomerada por el velorio de doña Adelita, vimos al padre Benito.
—Esto va a ser de puta madre —añadió Rubén y todos sonreímos cómplices.
Nunca nos habíamos interesado en aquel cura, hasta esta semana. Su parroquia miserable, a medio construir, con una cruz de hierro oxidado en lo alto, no nos atraía en absoluto. También nos repelían las viejas decrépitas que infectaban ese espacio con su olor a naftalina en el cuerpo.
Nosotros preferíamos otro tipo de presas. Nos gustaban las hembritas. Sobre todo las que iban con sus novios. Aurelio y Rubén se divertían derribándolos a golpes.
—Para que esas zorritas sepan lo que es un macho de verdad —reían.
También nos agradaban las peleas. En especial a Marco y a mí. Nadie podía con nosotros en todo el colegio. Nuestras cicatrices eran medallas que exhibíamos en todo momento. En el chichódromo, en las fiestas, en cualquier lugar. Eran mejor que los tatuajes. Te daban una historia, una supremacía de la cual podías alardear.
A pesar de eso, a menudo, cuando regresábamos de la escuela o salíamos de cacería, el padre Benito nos recibía con una sonrisa que evitábamos con cierto temor salvaje. A eso llamábamos respeto.
—Chicos, sean buenos… —saludaba con la mano en alto, pero nosotros huíamos sin hacerle caso.
Eso cambió el lunes de esta semana, cuando Marco cruzó la puerta de la madriguera y dijo:
—El cura está muy raro.
De inmediato nuestro instinto se incendió y salimos a buscar al padre. Alzamos la nariz para oler el territorio y, muy lejos, cerca del cerro, casi por las afueras, al otro extremo de la avenida 12 de Octubre, lo vimos. Lo seguimos, acechando a la distancia. Él iba con cierto gesto de apuro en sus pasos. Su recorrido era errático a pesar de que consultaba su reloj continuamente como si temiese llegar tarde a alguna cita. Iba y volvía por las mismas calles hasta aproximarse disimuladamente al descampado. Allí siguió caminando igual, como extraviado, para luego, ya muy noche, emprender el regreso con la cabeza gacha.
—Está loco —gruñó Marco, pero todos sabíamos que no era eso.
Hasta ayer
Al salir de la escuela nos dirigimos hacia la parroquia. La rodeamos y reconocimos el terreno. Estaba el jardín que cultivaban las viejas, la fuente que todos los vecinos compraron con una colecta que organizó la Manola y nada más. Sobre un rosedal, la ventana de madera de la oficina del párroco lucía semiabierta, como si una fiera más grande, tal vez Dios, estuviese olisqueándonos a través de ella.
Nosotros nos sentamos un momento frente a la pileta. Las cinco ninfas de piedra se bañaban allí eternamente. Eran hermosas, con sus cuerpos delgados, los senos erguidos y los cabellos danzando con las chispas líquidas que brillaban en el aire.
—Vámonos… —Rubén se puso de pie.
En ese instante, de improviso, oímos un pequeño ruido.
Los cuatro nos quedamos inmóviles, alertas. Al rato, volvimos a escuchar algo. Esta vez fue más claro. Parecía un gemido. Un perro, pensé, pero el llanto creció, seguido del estrépito de vidrios rotos.
Aurelio se encaramó a la ventana. Los demás nos acercamos también sin hacer ruido. Vimos al padre Benito en el suelo, llorando entre hojas, libros y carpetas regadas en desorden. Sus brazos y su rostro tenían raspones, pero él no parecía notarlo. En su mano, una botella sangraba licor por el cuello roto.
Y más allá, por el corredor que daba a la capilla, vimos algo que nos obligó a alejarnos. Que nos forzó a huir, a correr veloz, sin mirar atrás, con la nariz fría, los ojos heridos y lo que quedaba de nuestra infancia, hacía un instante ya, muerta.
Al día siguiente, nos reunimos por la tarde. Durante el velorio de doña Adelita, los cuatro nos acercamos despacio y rodeamos al padre Benito. Rubén se empinó para alcanzar su oído y decirle lo que habíamos acordado.
—Chicos… —volteó demudado, con la palma de su mano arriba, triste, implorando limosna—, sean buenos…
—Vete a la mierda… —le dije.
Mis amigos empezaron a reír y nos alejamos como una jauría de hienas hambrientas hacia la avenida.

Navidad
La noche llueve roja sobre la niña que juega en la acera. Algunos apuran el paso mientras ella canta. Campana sobre campana y sobre campana una, asómate a esa ventana...
Calle arriba, don Pedro es un guiñapo sucio en la puerta de la cantina y la Zenobia, con ropa ceñida, entra y voces y risas le aplauden.
La niña voltea. Presiente a la Nela, su madre, atrás, vigilándola como siempre con la cabeza entre las rejas de la tienda, pero no la ve.
Se alegra.
Desde el fondo de la calle, un anciano se acerca despacio. Tiene un inmenso traje rojo, dos enormes botas negras y un cinturón gigante hace esfuerzos por domar su descomunal barriga. El largo cabello cano y la barba blanca brillan como nubes espesas en su rostro que sonríe.
La niña se olvida de la calle y prefiere jugar a que no está allí, de pie en la vereda, sino en una inmensa tienda, llena de juguetes, como las que aparecen en la tele. Entonces, canta, más y más fuerte, campana sobre campana y sobre campana dos... y las luces de los postes se transforman en guirnaldas y la noche, en un infinito árbol de Navidad.
El hombre se detiene a su lado.
—¿Santa Claus?
—¿Has sido un niña buena? —se arrodilla.
—Sí, creo —muerde traviesa una sonrisa.
Él respira hondo y exhala el aire despacio:
—No es cierto.
De pronto, coge fuerte el brazo de la niña con uno de sus guantes negros. Extrae del interior de su saco una navaja y se la acerca a la barbilla.
—No es cierto —repite con la voz gruesa y baja como una sombra—. No has sido ni remotamente buena.
Y sonriendo, tararea el villancico: campana sobre campana y sobre campana tres...