LA NIEBLA ILUMINADA QUE ENVUELVE UNA FAROLA

Nicolás Melini



Y sí, parece que sí, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena.
Julio Cortázar


Cuando acaricio tu espalda me detengo en ellos. Pienso que una espalda sin granitos es una espalda sin atributos. Sosa. Juego a bordearlos con la yema de dos dedos hasta agobiarlos de tan sobajados, y, asediados por fin, se me derraman, saltan o incrustan entre las uñas, al tiempo que el pellizco te obliga a emitir un grito de inconformidad y desaprobación.
Luego duermes, yo leo, o viceversa.
Una noche me dijiste que habías soñado que te ahogabas, que saltabas contra el mar de la bahía y no remontabas la oscura profundidad del océano, aposta.
—Ayer se ahogó otro alemán —me dices. Estás leyendo el periódico—. Ni siquiera han encontrado su documentación.
—¿Cómo saben que era alemán, si no han encontrado su documentación? —pregunto.
—El periódico no dice que era alemán.
—¿Entonces?
—Era un guiri.
—Ah. Ya.
Las fachadas de todas las casas de la isla dan al océano, y tú, tras atisbar cada mañana, a través de la ventana, el horizonte y el espesor del blanco que lo salpica, tras comprobar también la bravura del viento que azota ese almendro y la palmera en el lomo allá arriba en lo alto del barranco, corres a comprobar en el periódico quién se ahogó esta vez, qué naufragios y qué víctimas se cobró la mar que alimenta las gentes del puertito.
—Anoche soñé que me ahogaba.
—¿Otra vez? ¿Y eso?
—No sé, pero tengo miedo: los sueños son premoniciones. ¿Qué lees?
—Este libro —respondo.

Hace dos noches reñimos como nunca. Diste un portazo y me dejaste leyendo en la cama. Me dormí, y soñé que, para vengar mi indiferencia, bajabas hasta el puertito: te vi andar en la niebla que una farola iluminaba para que envolviera el espectro de mujer difunta a priori que tú eres. Cuando desperté a punto estabas de saltar del muelle al agua y te encontrabas, sin embargo, durmiendo a mi lado.
Tu psiquiatra me ha dicho que no debo preocuparme demasiado por ti, que sólo buscas mi atención. ¿Cómo se come eso? Si buscas mi atención y te ignoro porque según él no debo preocuparme por ti pues lo tuyo no es nada sino falta de protagonismo en mi vida, ¿qué harás para conseguir ese protagonismo —que yo te niego siguiendo su consejo— o castigar mi indiferencia postiza?
—¿Qué lees? —volviste a preguntarme al día siguiente. Habías bajado a comprar el periódico y habías devorado no sólo las páginas de sucesos, sino las quince o veinte esquelas en busca del rostro de algún ahogado.
—La eternidad —respondí— ¿qué es para ti la eternidad?
—La niebla iluminada que envuelve una farola.
Tuve que dejar caer el libro sobre la mesa, de tan sobrecogido que me dejó la coincidencia.
—Anoche soñé que te ahogabas —dije.
—¿Otra vez? ¿Y eso?
—No sé, pero tengo miedo: los sueños son premoniciones.

A veces no entiendo por qué —si sé que lo que buscas, con el ahínco de una niña pequeña, es mi atención— me empeño en jugar a ignorar tu presencia, o me afano en parecer distraído hasta conseguir el consiguiente portazo que das al salir de mi vida para siempre.
—¿Adónde vas? —pregunto, justo antes de que franquees la puerta.
—A la eternidad —respondes.
Y yo me quedo soñando que tu cuerpo está junto al mío, pero mojado. Terriblemente húmedos están los granitos que asedio con las yemas de dos dedos hasta que me encabrito porque no consigo pinzarlos y sólo pellizco el agua de tu espalda escurridiza. Me despierto y no estás. Aún no has vuelto de tu enfado y tus deseos de atención. Entonces rememoro el sueño que me ha mortificado durante tu ausencia y recuerdo haberte visto bajar por la vereda del puertito, hacia el océano. En el muelle tu espectro atraviesa la niebla que una farola ilumina, y ya en el borde de la punta hacia mar adentro te alongas. Entonces me vuelvo a despertar, sobresaltado, pues he oído un chapuzón, un sumergirse, y tú no estás a mi lado, aún no has vuelto del enojo. Corro escaleras abajo, desnudo no, a comprar el periódico que me quema en las manos cuando subo a casa sin querer ojear, como tú, las páginas de sucesos, o las esquelas, y lo arrojo sobre la cama para huir de su lectura.
El mar está terriblemente picado. El viento es más impertinente que nunca en su azotar la palmera allá arriba, y yo no me atreveré todavía a encontrar tu nombre en la página de sucesos del periódico que preside el día y mi congoja desde las sábanas arrebujadas que deberían arroparte. Alguien tendrá que subir a contarme la desgracia.
Pero será tarde: no me restará tiempo de vida más que para oír vagamente los primeros mamporros en la puerta, y tu voz pidiendo que abra, pues vienes de no sé dónde.
(1994)

De Historia sin cariño de Remedios Quiero Besarte