GANAS DE PELEA

Nicolás Melini



Estábamos en la cama. Inés dormitaba y le di un pequeño mordisco en el antebrazo, por detrás, donde más duele. Ella protestó y apartó el brazo. Abrió un poco los ojos y me miró con complicidad. Yo disimulé. Si me hubiese dejado llevar… De pronto me había dado cuenta de que me gustaba hacerle daño.

—Tengo ganas de pelea —La golpeé suavemente.

—¿Ah sí?, pues toma —Me devolvió el golpe y se puso a la defensiva.

Aquello me sirvió de coartada para coger sus manos y forcejear un poco con ella. Rugí para divertirla y, tras someterla, volví a morderla con cuidado de no pasarme. Hube de contenerme mucho. Me apetecía darle un bocado fuerte, hasta hacerla sangrar, hasta quedarme con su carne entre mis dientes. Y si lo hubiera hecho, tal vez ya no hubiese podido parar.

—¡Ay! —gritó ella sin dejar de reír.

Al separarme, mis nervios se algodonaron; exactamente igual que tras un orgasmo. Y comprendí que aquel chupinazo de sensaciones era una pequeña catarsis.

—Será mejor que me vaya o acabaré descuartizándote —bromeé.

—No te olvides de bajar la basura, por favor —comentó ella.

Me alejé rumbo a mi casa. Era una noche calurosa. Todo el mundo había abandonado la ciudad.

Traté de no pensar en lo sucedido. Subí los escalones de mi casa de dos en dos, abrí la puerta y saludé a Marta. Ella me besó. Parecía contenta de verme. Estaba preparando algo rico para la cena. Enseguida comprendí que aquello no era más que el prolegómeno de algo.

En cuanto cenamos fuimos al dormitorio, siguió besándome y me bajó los pantalones. Luego estuvimos follando un buen rato. Cada vez que le daba una nalgada o la agarraba fuertemente por las “asas del amor” me volvía a la mente aquel regusto por el daño. Con ella también me estaba pasando. “¡Bruto!”, gritó una vez.

Cuando terminamos me sentí trastornado. Acababa de correrme. Tendría que estar rendido. Sin embargo me sentía nervioso. La mano entera me temblaba.

Miré a Marta, echada de lado en la cama. Tenía ganas de azotarla; clavarle las yemas de mis dedos por todo el cuerpo provocándole aquellos “simpáticos” moretones que cambiaban de color, de azul a verde y luego a amarillo. Pero ella no lo entendería.

Me puse en pie y salí de la habitación.

—Adónde vas —me gritó.

Pero no le contesté. Me puse el vaquero, la camiseta, enfundé los pies en unas zapatillas de deporte y salí de la casa.

En la calle traté de serenarme. Me senté en un banco enfrente del edificio. Olía a caca de perro por todos lados. Y a hierba húmeda.

De pronto me erguí en el asiento. Tenía lágrimas en los ojos. Miré al frente, me puse en pie y eché a andar.

Del trayecto no recuerdo gran cosa. Un rato después llamé al portero automático de Inés. Subí los escalones de dos en dos. Ella me estaba esperando con la puerta abierta. La empujé (apenas reculó), y le di un puñetazo en la boca. Pude sentir cómo su rostro reventaba en mi puño y, al mismo tiempo, cómo me estremecía de arriba abajo. Mientras trastabillaba seguí dándole patadas y puñetazos, patadas y puñetazos. Los nervios me estallaban y se algodonaban, me estallaban y se algodonaban.

De pronto dudé. Lo que me encontraba haciendo estaba mal. Me detuve en seco y, cuando iba a volver en mí, Inés me golpeó en la cara. No sé qué utilizó. Me dio bien fuerte una o dos veces. Yo no quería seguir. Me cubrí con las manos y me fui agachando con cada trastazo hasta ocupar el suelo. Los golpes me llovían. Cada vez que me golpeaba, Inés emitía un gemido, como las tenistas cuando golpean la pelota. Qué podía ser tan contundente. Traté de averiguarlo, pero sentí un cacharrazo en la nuca, tan fuerte que me sorprendió no perder el conocimiento. Y seguí recibiendo mamporros en todos lados. Yo sólo me cubría con los brazos.

De pronto los golpes cesaron. Inés tiró lo que tuviese en la mano y abandonó el piso. Tras un breve instante aparté mis brazos de la cara, despacio. Me sentía como si me hubiera atropellado un camión. Me dolía la cabeza, el cuello, la espalda. Alrededor sólo había un gran destrozo.

Cuando me puse en pie, encontré mi imagen en un espejo, al fondo. Tenía un corte en la cabeza. La frente horriblemente magullada. La sangre empapaba mi oreja.

Pensé si sería buena idea esperarla para disculparme. Pero, finalmente, decidí marchar.
Ya en la calle, tomé una avenida. Todavía no había casas. Sólo la acera, las farolas encendidas, las señales de tráfico, los descampados listos para ser construidos.

10 comentarios:

Domingo dijo...

Querido Nicolás, tenía la esperanza de que esta intervención fuera innecesaria. Pero anoche no pude dormir y no encontré ninguna excusa para ello pues dejaría de ser yo mismo si no lo hiciera. No estoy de acuerdo para nada con el contenido de este cuento, ni ninguna de mis células. Sin embargo, he de achacarlo sobre todo a la inercia literaria, porque entre otras cosas, hace ya demasiados milenios que las mujeres sufren nuestra violencia inhumana, tienen miedo casi siempre y con razón en cualquier parte. No es bueno dar ideas a ciertos individuos. Es sólo mi opinión y sus efectos; en cuanto a lo que se considera calidad literaria no tengo nada que objetar ni lo pretendo, lo otro me desborda. Pero sería muy injusto si no reconociera que todo lo que he leído tuyo hasta ahora han sido sorpresas agradables que merecían comentarios favorables por mi parte. Lamento muchísimo no haberlo hecho antes...
Doliéndome que estas sean mis palabras
Domingo Acosta

Anónimo dijo...

Estimado amigo, gracias por la sinceridad de tu comentario, y disculpa si mi cuento te ha infligido algún daño o crees que se lo inflige a alguien. Desde luego no es esa mi intención.
Recibe un cordial saludo.
Nicolás Melini

Anónimo dijo...

Estimados Nicolás y Domingo,
Entiendo el malestar de Domingo al leer el cuento. La violencia es uno de los temas predilectos de los textos de Nicolás, y a menudo la desvincula de su contexto político-social para hurgar en lo oscuro de cada individuo. Esta manera de presentar la violencia, muy interesante porque permite a cada lector hacerse preguntas sobre sus propios instintos, sus fantasías inconfesables, puede también molestar ya que es una manera de igualar a todos ante ella, cuando en la realidad hay a menudo víctimas y verdugos. En el caso de la violencia de género, son las mujeres la mayor parte de las víctimas gracias a cierta tolerancia de la sociedad que no hace de este tipo de violencia un tabú tan grande como de las demás formas de violencia (de ahí, Nicolás, que a mi juicio no se pueda descartar la cuestión del machismo, no en la motivación de cada hombre/personaje sino en la recepción por parte del lector conocedor de este problema de sanidad pública y de otras obras de ficción que abordan el tema). Sin embargo, yo no leí este cuento como un relato ejemplar ni como una justificación de ciertos impulsos varoniles ni creo [?] que pueda incitar a cualquiera a ser violento con su(s) mujer(es). Este es un problema recurrente en los relatos en primera persona de personajes de “verdugos”: es difícil saber la distancia que el autor toma con los pensamientos del personaje, si deja de juzgarlo, si le permite justificarse, si lo condena a través de la ironía. En el caso de Nicolás, parece que no lo juzga, o poco, y es lo que puede molestar moralmente sobre todo cuando siguen existiendo víctimas de esas violencias, históricas o no, que pueden sentir la falta de condena como una negación de su propio sufrimiento. Luego está la cuestión de si la literatura de ficción tiene que comprometerse éticamente o estar fuera del mundo de la política y la moral. Yo pienso que tiene que hablar del mundo, aunque de manera implícita, compleja, no maniquea, sutil, pero me gusta que no sea pura estética. Bueno, pero en el caso del cuento, yo leí la inversión final (la mujer pega al hombre que se queda paralizado y vergonzoso) como una especie de venganza literaria, a través de la parodia y el intercambio de los papeles, de las mujeres víctimas. Por lo visto, tampoco lo escribió Nicolás con este propósito, pero se ve que por su ambigüedad y el tema candente escogido, este cuento se lo apropia, quizá más que otros, el lector.
Isabelle Touton

Domingo dijo...

Lo siento Nicolás, he sido demasiado duro. No sabía si tratar de comunicarme contigo de alguna forma o hacerlo públicamente. Cuando me di cuenta de mi error era ya demasiado tarde. Siempre he sabido que tu intención no es promocionar ningún tipo de violencia, por eso precisamente estaba preocupado, porque pueda parecerle a alguien que la defiendes públicamente. Parece que yo sí he incurrido en una inercia de otro tipo. Incluso podría suscribir practicante al pie de la letra las sabias palabras de Isabelle, pero desgraciadamente existen otro tipo de individuos, y las víctimas... e interpretan las cosas de otra forma. Cuando estaba escribiendo ese indebido comentario me di cuenta, en ese caso a tiempo, que había puesto “violencia injusta sobre las mujeres”, alguien podría pensar que existe una violencia justa, nada más lejos de mis convicciones. En fin, creo que en esto soy incorregible. Lo siento, no pretendía ni pretendo hacerte ningún daño.
Y Gracias a los dos...
Con cariño, Domingo Acosta

Anónimo dijo...

Querido Gustave Flaubert:

Anoche no pude conciliar el sueño y Morfeo no acudió en mi auxilio.
Su novela incita a la infidelidad, al suicidio, a las erradas operaciones de pie...un escritor debe tener responsabilidad con su tiempo y educar en la bondad, en el cariño, en las buenas costumbres...por favor, no escriba esas cosas...


Sor Mariana

Anónimo dijo...

A ver, quisiera intervenir en este diálogo con una pregunta deliberadamente capciosa: ¿por qué cuando leo estos comentarios mi memoria evoca la denominación Entartete Kunst?
Y sigo preguntando:
¿Por qué no va a Nicolás Melini a escribir sobre los temas que le parezcan pertinentes sin tener que disculparse? ¿Acaso el escritor que escribió esto es un "pedagogo" en el sentido griego de la palabra, o sólo es un artista que, como señala Pound, capta con unas antenas imaginarias lo que el mundo ofrece de bueno y de malo, y de bello y de feo, y de literario y de prosaico?
Y discurro:
No puedo estar de acuerdo con establecer este tipo de límites morales en la creación, porque los escritores no somos predicadores, ni maestros ni políticos.
Si Coetzee escribe Desgracia no lo voy a a acusar de pederasta, ni a Anthony Burgess lo tildaré de psicópata porque escribió La naranja mecánica. Ni censuraré a Nabokov porque solazó su imaginación con Lolita. Si no me gusta lo que escriben, hay una sola solución: no lo leo, y ya está.
No se le pueden pedir explicaciones de ese tipo a un escritor. Es absurdo.
Y a la larga, me parece, muy peligroso.
Gracias.
Juan Carlos Chirinos

Anónimo dijo...

Por cierto, en esta misma línea, podríamos advertirle a Giovanna Rivero de que se abstenga de darles ideas a las jóvenes viudas: podrían armarse unas orgías que pondrían verde de envidia al Marqués de Sade...
Juan Carlos Chirinos

Anónimo dijo...

Dentro de esa misma línea, cabría advertir que la más reciente novela de Ernesto Pérez Zúñiga incita al canibalismo; que Sábato incita al homicidio; que la nueva novela de Eduardo Mendoza incita a las excesivas flatulencias; que el libro de Fernando Iwasaki (a punto de publicarse) incita a presentarse en muchos concursos literarios, que la novela de Neuman ganadora del Alfaguara incita a la infidelidad y a la traducción, que EL BAILE de Némirovski incita al odio entre madre e hija, que Vargas Llosa en LA TÍA JULIA incita al incesto...leer es un oficio muy duro si se quiere que los escritores sean formadores de conciencia, promotor de buenas, correctas, higiénicas costumbres.
Todo lo contrario, un escritor muchas veces es quien hurga, revela, las heridas que una sociedad no desea mirar en sí misma. Jung lo dice en sus escritos de una manera muy lúcida, aunque quizás Jung también ofendió a alguien en sus escritos, así que mejor no citarlo...no vaya a ser que los arquetipos reclamen mi actitud.

Juan Carlos Méndez Guédez

Anónimo dijo...

Nicolás Melini,

No creo que debas disculparte por nada. No es culpa tuya que si un lector te confunde con tus personajes. Hay muchos libros y películas u otras formas de arte que retratan la violencia y no creo que estén haciendo apología de nada, se dedican a retratar lo que ocurre alredor y cabe decir que muchas veces se quedan cortos.
No creo tampoco que ninguna victima de la violencia machista te vaya reprochar nada por este relato ni que vaya a ser una inspiración para algún maltratador.

Anónimo dijo...

Soy partidario de pedir disculpas cuando un lector manifiesta sentirse mal por haber leído algo que has escrito (el lector siempre tiene razón cuando se refiere a lo que ha sentido durante la lectura, y en el ánimo del autor, casi nunca, está el provocar ningún dolor a sus lectores); pero, huelga decir, también soy partidario de hacer caso omiso a este tipo de manifestaciones, por lo general, de carácter moral. Me disculpo, pero no hago caso.

Ni siquiera tengo muy claro que el tema de este cuento sea la violencia machista.

Gracias a todos por los comentarios. Y a Domingo Acosta, gracias por recapacitar. No pasa nada, hombre.

Un saludo
Nicolás Melini