NOSOTROS ESCRIBIMOS EN LOS FUTUROS ÚLTIMOS TIEMPOS DE UNA LITERATURA MUERTA. POÉTICAS ACTUALES EN CANARIAS: 1978-2008

Ernesto Suárez.
Universidad de La Laguna



En 1939 Lezama remitió a su compañero de Orígenes, Cintio Vitier, una carta en la que iba a plasmar uno de los conceptos que se convertiría en nudo recurrente a la hora de abordar las posibles relaciones entre lenguaje poético e insularidad. Su propuesta de una causa insular resultaba en aquella misiva, sin embargo, más enfática que analítica. Lezama decía algo como: “va siendo hora de que todos nos empeñemos en una Teleología insular, en algo de veras grande y nutridor”. Dieciocho años más tarde, en 1957, Vitier elaboraría su decimotercera lección sobre Lo cubano en la poesía con el título “Crecida de la ambición creadora. La poesía de José Lezama Lima y el intento de una teleología insular”. Las lecciones de Cintio Vitier, 17 en total, se editarían como libro ya en 1970, es decir, el mismo año que aparece reunida por primera vez la Poesía completa de Lezama, a falta sólo de Fragmentos a su imán, 1977.

Desde entonces, la poética lezamiana y, por subrogación, el texto de su colega acabarán convirtiéndose en obligada parada -ya sea exclusivamente terminológica- cada vez que un poeta nacido o residente, no sólo en Cuba sino en cualquier isla de habla española, ha tratado de explicar(se) su condición escritural básica, esencial, ese ser y causa insular suya. Porque de continuas referencias a la esencia está lleno el capítulo de Vitier. Véase a modo de ejemplo: “Su incorporación poética de la cultura lo llevaba a buscar nutrición e impulso en las fuentes originales de la lengua” (página 439 de la edición de 1970); “Es también la primera vez que la poesía se convierte en el vehículo de conocimiento absoluto, a través del cual se intenta llegar a las esencias de la vida” (pág. 441); “Todos los elementos reminiscentes de lo cubano –égloga, nostalgia, lejanía- se restituyen a su tiempo sagrado” (pág. 443); “A partir de La fijeza [en la poesía de Lezama se añaden] las deformaciones verbales, también con mucha tradición americana de un barroquismo reventón, de fuerza natural, sin herencia humanista” (pág. 460).

Volveré a este asunto de lo esencial un poco más adelante. Ahora sin embargo quisiera referirme a lo literariamente sucedido en Cuba varias décadas más tarde, cuando la primera generación de poetas nacidos ya tras “la revolución cubana” trataba de posicionarse respecto a tales principios teleológicos. Así en 1997 comenzaría a difundirse de manera más que discreta el número 1 de la revista Diáspora(s). En aquel primer número se publicaban los textos presentados por alguno de los responsables del proyecto Diáspora(s) en el Coloquio sobre Orígenes que se había celebrado, durante octubre de 1994, en Casa de las Américas. Entre las actividades de aquel encuentro se desarrollaría una particular mesa redonda que pretendía confrontar la influencia de la revista de Lezama sobre “los nuevos escritores”. La lectura y actualización crítica que de Orígenes realizan esos nuevos autores resulta evidente.

Así por ejemplo, Rolando Sánchez Mejías, tras afirmar la importancia de la revista cubana, al gestarse en ella una ficción ordenada desde de lo “Absoluto” y a partir un poderoso pensamiento poético, “reprocha” a Lezama y sus compañeros que “dudaron demasiado de la vanguardia, de una dinámica de la escritura más abierta a los espacios y los márgenes”. Por su parte Antonio José Ponte, otro de aquellos poetas nuevos, asocia teleología y régimen oficial, al considerar que “los desvelos por una teleología insular serán, a partir de 1959, los desvelos de la Revolución que triunfará ese año. Ya los origenistas, desganados de siempre por la historia política, no tienen que hacer más esfuerzos de imaginación histórica. La Revolución de 1959, según Vitier la entiende, es el mejor de los mundos posibles”. La ironía no se disimula.

Con todo, no será la lectura de Ponte la mirada más reprobatoria respecto a la canonización del origenismo en el contexto del castrismo cultural. Así, en el número 4/5 de Diáspora(s) Carlos Luis, refiriéndose a la función totalizadora que asignase Orígenes al mito de la insularidad, escribirá: “Pero Lezama en sus momentos de mayor lucidez (…) comprendió que los mitos podrán transformarse en un arma de doble filo (…) El kitsch origenista se convirtió a la larga en lenguaje convencional, para exponer una ética basada en una concepción romanticoide de la poesía: el poeta como sacerdote o mediador. Lo que la vanguardia había ya logrado: desintoxicar a base de humor y experimentación el fárrago teleológico de la poesía, los origenistas serios y empacados (salvo las excepciones de rigor hoy en día condenadas por ellos) lo deshicieron a base de implantar una moral de las excepciones como había querido Lezama, a base de creerse unos seres de excepción”.

A poco que se explore lo sucedido en la poesía canaria a partir de 1978, no es difícil hallar rumores coincidentes con lo relatado desde Cuba sobre el origenismo y sus aledaños. De hecho, ciertas claves del origenismo -en particular, la referencia teleológica- han servido para anclar la creación poética de nuestras islas atlánticas en la reflexión sobre la condición esencial de lo insular, ligando visión y mito. Para ello, los procedimientos lingüísticos elegidos se esfuerzan en pos de una imagen medular e inmanente de la isla, en tanto que la mecánica poética opera a partir del (des)nudamiento verbal, en un intento de precisar ese perfil único. Como los cazadores que se quedan con las cabezas de sus presas.

Con todo y, a la hora de interpretar lo ocurrido entre las poéticas canarias actuales, es necesario señalar también el papel jugado por un segundo elemento que, a su vez, las dimensiona en términos de tradición interna. Así, estas poéticas han tendido a anudarse en torno a un modelo de poesía abstracta que conecta de manera directa con el (primer) vanguardismo histórico y que encuentra en Pedro García Cabrera, y en su ensayo El hombre en función del paisaje, su principal eje reflexivo.

Estaríamos ante dos movimientos que convergen por tanto en un mismo punto. Ambos dispositivos estéticos, la búsqueda teleológica y la abstracción heredera del vanguardismo, sin embargo serán conjugados por los poetas canarios de 1980 en adelante abandonando claves fundamentales de los mismos. De hecho, considero que este proceso ha orientado la escritura insular, paulatinamente y de manera acrítica, hacia un programa poético que se quiere devenga canónico, aun a costa de limitar su verdadera capacidad indagadora. Desentrañar estos aspectos en la evolución de la poesía canaria resulta, además, significativo para el debate abierto sobre el canon en la poesía española de los últimos decenios del siglo XX y, en concreto, sobre la hegemonía del realismo asociado a la denominada poesía de la experiencia. Una posibilidad de análisis: el canon insular actuando entonces a modo de imagen especular del canon español (o también cómo una tradición interna diverge y se desplaza desde el eje central de la tradición general española).

La tradición de las vanguardias: de la abstracción a la historia y viceversa.
La crítica y la edición canarias acometieron, ya desde los primeros años 80, una labor sostenida que ha permitido fijar y acceder, en apenas una década, al corpus creativo central del periodo republicano español. Si bien entre 1970 y 1975 se había iniciado la reedición de las obras mayores de los vanguardistas insulares -Transparencias fugadas, Crimen, Lancelot 28º 12º-, sólo el desarrollo democrático permitirá el acceso normalizado al conjunto de aquellos libros y autores. En ese contexto, resulta central la asunción de Pedro García Cabrera como figura referencial.

Apenas un año después de su muerte, en 1982, se editaba el número 2 de LC- Materiales de Cultura Canaria, dedicado casi íntegramente a una revisión de la poesía de Pedro García Cabrera. También en aquella publicación se reeditaría, junto a otros textos de gran interés, el ensayo fundamental del poeta canario. Si LC permitía acceder a su mítico ensayo, dos años antes la revista Papeles invertidos había editado íntegro el poemario Dársena con despertadores, actualizando el más nítido perfil surrealista de García Cabrera. El círculo se cerraría en 1987 con la edición de las obras completas del poeta, publicación que desbloqueaba definitivamente la posibilidad de construir una imagen crítica de los cambios detectables en la poética del autor [i]. En cualquier caso, si se toma como punto de referencia -e inflexión- la ponencia presentada por García Cabrera en el I Congreso de Poesía Canaria, resulta significativo comprobar cómo, al mismo tiempo que se producen estos hitos en la difusión de la obra de García Cabrera, se promueve un claro desplazamiento del interés por la misma, desde su última poesía -de corte neopopular y realista- hasta aquellos otros textos que el poeta había anclado en las estéticas de vanguardia: la abstracción y el surrealismo.

La mecánica estética propuesta por García Cabrera en “El hombre en función del paisaje” planteaba acceder a una visión de las claves abstractas del paisaje. Así se refería por ejemplo a los ejes perceptivos de sus elementos visuales básicos -el mar abierto y oceánico como plano ondulante-. O en las palabras del autor: “La imagen primaria del hombre se modela en su paisaje nativo y a ella reduce –amolda- las percepciones y las impresiones”. (Las cursivas no aparecen en el original). No obstante, lo realmente provocador de aquel texto se encuentra en su reflexión sobre los elementos rítmicos –y por tanto verbales- vinculados o asociados a la isla en tanto que espacio poético. “El verso esdrújulo se desliza llano hasta llegar a la palabra final en que parece levantarse, encabritándose, a la manera de una babucha oriental, doblada hacia arriba. Y como en la llanura del mar, la ola, que alza en la playa”, concibe García Cabrera. Es decir, antes puro sonido fluyente que mirada. Sin embargo, tan imantadora es la figura esquemática y precisa de la naturaleza insular que surge de aquel texto, que serán sus connotaciones visuales (y no las de orden fónico y verbal) aquellas que sirvan para fijar el signo poético de la isla en la poesía canaria posterior.

Además de la reedición de su celebrado ensayo, LC incluía una entrevista donde García Cabrera aportaba una lectura otra sobre la aprehensión poética de aquellas claves del paisaje insular, incidiendo en la idea de una fundación oral –y, por ende, colectiva- de la palabra poética. Me refiero a sus reflexiones sobre la expresión “brote de mar y otras de connotación similar, igualmente mencionadas por el poeta: “agacharse la brisa”, “pie de lluvia”, entre otras. Declaraba García Cabrera:

“El hombre se adueña del paisaje cuando le pone el sello del lenguaje y le da un nombre. Cuando nosotros nombramos una cosa nos apoderamos de ella. Mientras no la nombramos está en el aire, está libre, no somos dueños de ella pero cuando le ponemos nombre llegamos a su posesión. Y en este sentido existen modismos canarios, expresiones canarias, que significan una conquista extraordinaria, una manera de conquistar y de darle existencia a esta realidad dentro de un lenguaje que ha creado el pueblo”. [ii]

Este ceñirse doblemente -a las fuerzas del rigor verbal y a la imaginación de una lengua comunitaria- que sostiene los principales hallazgos en la obra de Pedro García Cabrera fue concebido como generosa artesa poética por los autores más jóvenes del decenio que se abría en 1980. A pesar de ello, los hechos literarios de aquellos poetas estarán marcados antes que nada por el abandono y la derrota.

Igualmente el surrealismo (“Yo no acepto el surrealismo como un quehacer artístico simplemente, es un quehacer humano, profundamente humano, y mucho más que humano revolucionario”, declaraba categórico PGC) supondrá más un escollo que una posibilidad estética para los poetas más jóvenes. Los textos centrales del surrealismo histórico canario (Enigma del invitado, Crimen, Lo imprevisto, Dársena con despertadores, Entre la guerra y tú) se incorporaban a la vertiente más crítica, en lo social y lo político, de aquel movimiento. Esa es precisamente la mirada que tratarán de reinventar los jóvenes que inauguraban poéticamente el decenio de los 80[iii]. Y esa será también la razón de su fracaso.

Concentración insular, basamento surreal y un pensamiento crítico y colectivista orientado por ciertas formas de estética expresionista constituyeron elementos demasiado complejos y, acaso, en exceso dispares para que, de la mano de los jóvenes, se desarrollara con fortaleza un programa poético. A pesar de estos poderosos componentes, la propuesta quedaba varada en una mirada sobremitificada de la isla cabreriana. Así, si bien aquellos de voz más acendrada conseguirían definir, en sus primeros libros y aun con dificultad, propuestas de calidad suficiente (Francisco Crossier, Leocadio Ortega o Cecilia Domínguez Luis, entre otros), la mayoría no será capaz de desatar creativamente el nudo propuesto por la escritura del surrealismo insular. Ha terminado por imponerse de hecho una lectura parcial –por simple e interesada-, que desactiva los componentes más críticos social y estéticamente hablando de esta tradición cultural, sin duda acorde también todo ello con los cambios promovidos en el orden socioeconómico y que se instaurarían con el constitucionalismo español de 1978.

Con todo, a partir de los años 80, se va a generalizar el énfasis reivindicativo y la ligazón con el vanguardismo canario hasta tal punto que poéticas claramente contrapuestas no dudan en adscribirse a la herencia de aquel tiempo fulgurante. Decirse herederos de la vanguardia es hoy un lugar común entre los autores canarios. A pesar de la evidente diversidad –y complejidad- de la obra y vida de cada uno de los vanguardistas insulares, el hecho es que se ha optado por manejar (y promover canónicamente) una imagen en exceso unificada de aquellos[iv]. En general los poetas canarios del fin de siglo XX hemos optado por reiterar el modelo creacionista que animó la escritura de Espinosa en Lancelot 28º-7º y explorar menos la vida en aquella Isla de las maldiciones en la que acabara acodado el protagonista de Crimen. Así, resulta llamativo que buena parte de la poesía escrita en Canarias a partir de 1994 se considere continuadora de unas poéticas que se basaban en el principio de radical desconfianza de la ligadura coherente entre lenguaje y mundo y, sin embargo, se confíe en la capacidad (re)generadora de la palabra, del nombrar esencialista.

En La expresión americana, Lezama apunta una distinción entre paisaje y naturaleza que resulta útil en este punto de la reflexión. Escribió el cubano: “Ante todo, el paisaje nos lleva a la adquisición del punto de mira, del campo óptico y del contorno (…) El paisaje es una de las formas del dominio del hombre (…) Paisaje es siempre diálogo, reducción de la naturaleza puesta a la altura del hombre. Cuando decimos naturaleza el panta rei engulle al hombre como un leviatán de lo extenso. El paisaje es la naturaleza amigada con el hombre” (pág 116). Y cultura. Y si la poesía de Lezama se asocia a la hipérbole cultural, esta inclusión extremada de elementos culturales ha de ser entendida como estrategia creativa que pretende equilibrar y, al mismo tiempo, desbordar el espacio mítico-insular en tanto que resultante (americano) de esa confrontación entre paisaje y naturaleza. Además, permite definir lo insular desde un aparente “afuera” que es, en realidad, el “adentro” del lenguaje. Por tanto, la isla como experiencia (verbal): lugar de lenguaje. Insisto, lugar, transcurso del pensamiento y la emoción, y no sólo paisaje. Vitier resume, en su ya mencionado texto, la visión lezamiana del espacio americano como “abierto a la nupcialidad cognoscitiva y fecundante de la forma”.

Entonces, ¿dónde se sitúa verbalmente el poema canario? ¿Cuál es su lugar de lenguaje? Tengo la impresión que las poéticas insulares de los últimos 30 años han abandonado la isla. Me refiero a la isla-lugar del lenguaje. En demasiados de los poemas canarios de estos decenios la isla se mira y el poema medita a partir de. El espacio insular es mero paisaje, escenario al que el sujeto cognoscente, mediante ese mismo ejercicio cognitivo que lo define, pareciera lo dota de su condición primigenia (y no al revés). Y para ello hacemos cómodo uso de un aparente ascetismo verbal, un esencialismo sustantivado, que tiende a ser presentado como de máximo rigor verbal cuando, en la práctica, ha dejado de indagar, de buscar ese adentro (rítmico y verbal) que reclamaba para el poema insular Pedro García Cabrera. Es interesante comprobar en este sentido como, incluso en tanto que paisaje sólo, en buena parte de los poemas de los años 90 en adelante, la isla ve difuminados aún más sus límites y tiende a ser definida a partir de sus elementos genéricos: “costa”, “playa”, “arena”, “luz”.

La mención a esta isla esquematizada, absoluta, fuera de todo tiempo y sin mancha, se ha convertido en convencionalismo entre los autores canarios de finales del siglo XX. Por contra, la Historia –y su sombra- es el gran fracaso, por configurar el espacio en blanco, de las poéticas actuales en Canarias. Una parte significativa de los poemas de estos últimos 30 años parece reproducir, paradójicamente, aquello que los autores de la vanguardia insular habían achacado al regionalismo. Así, el nutriente motor verbal (lo insular) se ha convertido, por reiterado, en infértil motivo temático (la isla idealizada mediante esa operante abstracta).

(Re)vueltas de un canon insular
El alineamiento en un canon supone no sólo la negación de toda alternativa estética distinta sino, también, el ajuste a un núcleo programático básico que, con el tiempo, maniobra hacia la reiteración y simplificación de sus elementos más visibles. Si en los primeros años de la década de 1980 y a partir de la gravitación alrededor del foco vanguardista, se perfilan fenómenos diversos que convierten a la poesía canaria en un conjunto relacional de poéticas diversas, la evolución de este perfil de escrituras múltiple se verá agostada al finalizar aquella década, sobre todo, entre las vertientes más cercanas a los ejes (neo)surrealista, experimental y crítico[v]. Al mismo tiempo se hará visible una formulación canónica de la poesía insular en claves de abstracción y descontextualización del texto poético.

Ambos principios de este canon insular habían sido fijados tempranamente por Andrés Sánchez Robayna[vi]. Por un lado, la referencia a la causa teleológica lezamiana y, por otro, el concepto de “suspensión“ del afuera o del sentido, esto es, de todo aquello que no sea (de naturaleza) verbal en el poema. Es a partir de este nudo mallarmeano desde donde relataba Sánchez Robayna los poemas de Comedia, breve libro que Eugenio Padorno dio a publicación en 1977. En cuanto al principio lezamiano, unos años antes, 1973 y 1975, Robayna había ya enlazado al mismo los fundamentos de la poesía de Alonso Quesada y los poemas del libro A la sombra del mar, de Manuel Padorno. Junto a estas claves, un tercer elemento -no referido esta vez al mito de la isla- coadyuva en el establecimiento de este deber ser programático: el sentido trascendente y meditativo del poema. A este modelo se acogerá, en sus diferentes etapas, la creación poética del propio Andrés Sánchez, Robayna, así como la de autores coetáneos como Miguel Martinón o Javier Cabrera y de otros más jóvenes (Francisco León, Melchor López, Alejandro Krawietz o Goretti Ramírez). Tal sintonía estética integeneracional alcanza su máxima visibilidad en la expresa relación de las diferentes propuestas editoriales sostenidas por unos y otros, en una red que tiene su piedra basal en la revista Syntaxis[vii].

La intención de hacer actuar a esta propuesta poética como canon insular se revela en particular cuando se asume su correspondencia con el concepto mismo de tradición de la modernidad. Dicho de otro modo, no sólo se aporta una interpretación concreta del hecho moderno en las islas, sino que se identifica a la misma como la única filiación posible con el vanguardismo histórico. Además, en su caracterización meditativa se designa el elemento de valor que quiere recuperar una especie de orden natural (de nuevo por esencial) de la tradición poética española. Así se llega a afirmar que:

No es que la cuestión de la trascendencia o, en otras palabras, la “poesía de la meditación”, represente una línea más o menos lateral de la tradición hispánica: es que constituye, pura y simplemente –junto al Barroco y su apuesta por la preeminencia de la experiencia del lenguaje como experiencia de la realidad en su cota mayor de potencialidad-, el aliento principal, el pneuma que determina lo más vivo de nuestra tradición poética. [viii]

Habida cuenta tanto del origen de los dos antólogos como de la presencia en mayoritaria de poetas canarios en la misma, la antología La otra joven poesía española es, de hecho, el intento más ambicioso para situar el canon insular como referente sustancial en el conjunto de la poesía española actual. Resulta interesante comprobar cómo la caracterización particular de los insulares se pretenda sirva de marco al resto de los poetas seleccionados. En tal sentido, por ejemplo, se hace referencia a la necesidad de hacer visibles “determinados microclimas que actualmente conviven en España, y dentro de los cuales sus integrantes –muchas veces un pequeño grupo de jóvenes poetas reunidos en torno a una revista- han venido desarrollando un trabajo poético y crítico serio, continuado y muy conscientemente enraizado” (página 22 del prólogo de Krawietz y León). Sin embargo, a diferencia de los canarios agrupados en el pliego Paradiso y salvo el caso de la revista Solaria, promovida por Marcos Canteli y Jordi Doce, ninguno de los otros autores seleccionados en aquella antología comparte previamente publicación periódica y colectiva alguna.

Se pone en marcha por tanto una estrategia de interpretación del fenómeno poético que, en última instancia, busca confrontarse con el dominio del (otro) canon español -el de la poesía de la experiencia- aun a costa de resultar simplificadora y excluyente en el ámbito de la poesía insular. Así las cosas, mientras los poemas de los autores más jóvenes no dejan de insistir –muchas veces con resultados precarios- en las claves abstractas de lo insular, paradójicamente, la reflexión sobre el concepto mismo de poesía canaria es abandonada de forma paulatina a partir del decenio de los 90[ix]. Se desactiva entonces la perspectiva crítica que, siguiendo la tesis de Miguel Martinón, había servido de fundamento cultural para la poesía insular escrita a partir de 1969 [x]. A pesar de ello, la imagen condicionada del canon impide que se perciba, entre los más jóvenes, esta desactivación crítica, de manera que se llega a afirmar que es a partir de los años 90 cuando se produce “la vuelta a la problemática insular”, convertida como “una de las características propias” de la literatura canaria[xi].

La incautación de la isla que provoca el canon atañe no sólo a las poéticas entre los jóvenes, al contrario, está presente también en la obra reciente de autores que lo preceden, tal es el caso de Lázaro Santana, con su libro Conversatorio (2007) o, incluso, Rafael Arozarena, quien en su último libro, Poliedros del mar (2008), abandona el espacio poético que viniera conjugando desde los años 70 con obras como Ómnibus pintado de cereza, Silbato de tinta amarilla, Coral polinésica o Fetasian Sky. Lázaro Santana, por su parte, aunque afirma la búsqueda de una otra lectura posible de lo insular desde lo precario y externo (“la insularidad en Canarias, o al menos en mi caso, responde a la falta de sustancia del ser isleño. (…) A veces lo he definido como una rama que se queda en el aire sin árbol que lo apoye y lo arraigue. Yo he buscado esas raíces en otros sitios, y especialmente en la cultura mediterránea”[xii]), poco se distancia en la práctica del modelo canónico.

Ya quedó dicho que el canon deja fuera de foco, en la zona oscura, aquellas claves de las vanguardias canarias que fundaban su intención estética en elementos de crítica social, política y cultural. Acorde con este abandono, su interpretación trascendente de la modernidad poética oculta también la referencia a las estéticas experimentalistas que, en la poesía canaria y de la mano de autores como Ángel Sánchez o Juan Pedro Castañeda, han avanzado en la desacralización del lenguaje poético. Si, siguiendo a Antonio Méndez Rubio[xiii], el poema tiene la capacidad en su máximo nivel de calidad y exigencia de “dejar en suspenso la poderosa escisión metafísica entre interior y exterior”, ¿qué puede aportar, qué ha aportado desde fuera del canon –aun sólo como posibilidad- la poesía canaria de los más jóvenes entre 1980 y este 2008 a esa acción de lenguaje?

Epílogo
El epígrafe con que se iniciaba este texto (“Nosotros escribimos en los futuros últimos de una literatura muerta”) abre el cuaderno de reflexión poética El amor, la ira (escritos políticos sobre poesía), de Enrique Falcón, que continua con los siguientes asertos: “i) Nuestro tiempo ha cambiado; ii) Nuestra poesía, la de nuestras latitudes, no”. Hablemos, siquiera brevemente, de algunas posibilidades de cambio, incluso hablemos de lo futuro por venir.

Frente a la suspensión meditativa de lo abstracto, se pueden identificar poéticas actuales que optan por el margullo en la referencialidad concreta, en un intento de recuperar un perfil de poesía como experiencia unitiva. Para posibilitar esa recuperación la persona ha de hacer acto de presencia. Así, frente a la idea de sujeto poético, la de persona poética. Es decir, la poesía y su relación con la realidad, prefijada, no en términos del modo (y contenidos) de la representación artística sino atendiendo a un criterio de co-presencia, “en virtud esta vez de una lógica de implicación que ve la obra de arte directamente conectada a un sujeto que pertenece a la historia inmediata”[xiv] . Esta acción (verbal) de presencia coincide de hecho con los planteamientos estéticos elaborados por la experimentación “performativa”, el “land art” y su apropiación del paisaje. Es el gesto elemental del ser en su designio más directo: soy presencia en; aquí (soy signo) presente. Esta es la evolución poética más reciente de autores como Rafael-José Díaz, Fermín Higuera, Miguel Ángel Galindo o Antonio Jiménez Paz. Personalización del ser poético e identidad crítica: desvelamiento; acotar el paso (verbal) justo a la distancia entre el respirar y el respirar. Es ahí donde es el tiempo; es ahí donde hay, a la vez, refugio e intemperie: la isla personificada. (También la de las maldiciones) .

La obligación de la unión está en decir el rostro, lo surcado sobre él, la faz y su corte. También el decir-cortar a faz. Parafraseando a Lévinas, en la poesía (de canon) meditativa se quiere dejar en suspenso la realidad que no sea verbal. Sin embargo, desde ese programa desprenderse del mundo significa siempre ir más allá -sobreiluminación es un término reiterado-, “hacia la región de las ideas platónicas y hacia lo eterno que domina el mundo”[xv]. Se opta por el poder, por la capacidad del nombre. Sin embargo, precisamente su condición misma de lo otro verbal (anormativo) hace que, por el contrario, el poema actual -en la estela de la gran poesía de Char, Celan, Gamoneda o Cadenas, por citar a unos pocos elegidos- deba ejecutar un inevitable movimiento hacia más acá, colocarse en los resquicios del tiempo y del espacio verbales.

Si, de nuevo siguiendo al pensador de la ética Lévinas, el arte no pertenece al orden de la revelación (ni al de la creación), si el lenguaje poético se fija efectivamente en la intemperie y en la oscuridad misma de lo real, la poesía canaria traspasada por un doble movimiento ontológico -apertura del ser y cerramiento[xvi]- acaso deba concluir definitivamente el ciclo seguro del paisaje para abrir la idea de identidad incierta, inestable y múltiple. Elegir la invasión de sombras.


Notas
[i]. Entre 2004 y 2005 vuelve a editarse, esta vez en nueve volúmenes, la poesía, la obra ensayística y los textos teatrales y narrativos de García Cabrera, bajo la coordinación de Rafael Fernández Hernández, con el título general de Biblioteca del Centenario Pedro García Cabrera (Ediciones Idea. Santa Cruz de Tenerife).
[ii]. “Todo es azar: el azar sustituye en parte a la divinidad”. (Entrevista). LC. Materiales de Cultura Canaria, nº 2, página 53. Tanto la pregunta como la respuesta de Pedro García Cabrera se vinculan a la ponencia presentada por el autor al I Congreso de Poesía Canaria celebrado en 1976 y del que se publicarían las actas dos años más tarde, en 1978.
[iii]. Resulta sintomático de esta intención que la revista LC rescatara, junto al ensayo “El hombre en función del paisaje“, un segundo trabajo de pensamiento de García Cabrera, “La concéntrica de un estilo en los últimos congresos”, publicado originalmente por el poeta en el número 31 de Gaceta de Arte, en 1934. En dicho texto reflexionaba PGC sobre las relaciones entre política y arte.
[iv]. Algunas aportaciones críticas afortunadamente contradicen esta tendencia. Destaca en este sentido el trabajo de Nilo Palenzuela sobre los primeros libros de Pedro García Cabrera y el de Miguel Pérez Corrales sobre Agustín Espinosa.
[v]. Utilizo el concepto de poesía critica en línea con el uso que de él se hace en la antología Once poetas críticos en la poesía española reciente. Ediciones Baile del sol, 2007.
[vi]. Citados por Miguel Martinón en la Introducción a la Antología de la poesía canaria contemporánea (1940-2000). Instituto de Estudios Canarios, 2003.
[vii]. Finalizado el proyecto de Syntaxis en 1993, inmediatamente iniciaría su andadura el pliego Paradiso (1993-1995), donde se agrupa el núcleo de poetas más jóvenes y que dará lugar a una antología cuyo prólogo firma ASR. Igualmente el último número incluye un homenaje a Andrés Sánchez Robayna. Tras la desaparición de Paradiso, algunos de los autores de aquel grupo han seguido promoviendo publicaciones periódicas como Can Mayor o Piedra y cielo que continúan fieles al ámbito programático y a la constelación de autores y artistas abiertos por Sintaxis.
[viii]. Prólogo de La otra joven poesía española. Alejandro Krawietz y Francisco León. Ediciones Igitur, 2003.
[ix] . Uno de los pocos autores que han avanzado sistemáticamente en la explicación cultural y estética de la condición insular a partir del año 2000 es Eugenio Padorno con sus textos Algunos materiales para la definición de la poesía canaria (2000), La parte por el todo (2001) o Vueltas y revueltas en el laberinto (2006).
[x]. “Los estudios canarios culminan un admirable periodo de maduración” Así se refiere Miguel Martinón al periodo que se abre en 1980 para la creación cultural insular, toda vez que se produce “un crecimiento muy notable” de la misma. Página 116 de la Introducción a la Antología de la poesía canaria contemporánea (1940-2000). Instituto de Estudios Canarios, 2003.
[xi] . “El despertar de la palabra”, de Juan F. Rodríguez Rosales. Actas del Encuentro de jóvenes escritores canarios (página 60). Ediciones del Cabildo de Tenerife, 2007.
[xii]. En una entrevista con Mariano De Santa Ana para el periódico La Provincia. 18 de octubre de 2007.
[xiii]. La destrucción de la forma (y otros escritos sobre poesía y conflicto), Biblioteca Nueva, 2008. (Página 22).
[xiv] Un arte contextual. Paul Ardenne. Ediciones Cendeac-Azarbe, 2002.
[xv] . La realidad y su sombra. Libertad y mandado, Trascendencia y altura. Emmanuel Lévinas. Trotta, 2001 (Página 46).
[xvi] . Vueltas y revueltas en el laberinto. Eugenio Padorno. Cajacanarias, 2006 (Página 68).

21 comentarios:

Anónimo dijo...

Buen ensayo...pero Vitier es un coñazo de tío, un catolicón cursi que ha vivido a costa del castrismo...perdonad, pero demasiado sangre tiene debajo esa cita...

Antonio Arroyo dijo...

Tengo la certeza de que su visión es bastante parcial y centralizadora. Es sencillamente una visión, digamos, academicista (comillas) y parte de ciertas tendencias de la poesía de Canarias, tendencias oficialistas que nada dicen del panorama poético real de nuestra tierra,
No me parece el suyo un análisis serio. nada añade a comentarios anteriores por mí leídos.

Anónimo dijo...

Señor Arroyo:

Nada, que pasaba por aquí y al leerlo...¿Centralizadora? ¿Qué centraliza, quién?
¿tendencias oficialistas?
Casualmente veo que usted escribe poesía (muy interesante, por cierto). ¿La centralización pudiese ser dónde aparezco yo que no aparezco?
Quizás un debate deba partir de precisiones y no de pequeños dardos envenenados...explique cuál es el panorama real...del que usted formará parte, claro...explique cuáles son los análisis serios por usted leídos que superan este trabajo ¿academicista dijo? Creo que debe revisar su concpeto de academia, pero me quedo con la dudas de las visiones parciales que centralizan y obvian la realidad real insular, que usted protagoniza...

J. Betancourt.

Antonio Arroyo dijo...

Sr J. Betancourt, mis disculpas si he sido bastante genérico en mis apreciaciones y si, de paso, lo he herido de alguna manera.Mi intención no fue como dice usted lanzar "dardos envenenados" pues no comulgo en ninguna capilla, comulgo con LA POESÍA.
En principio me identifico con todos los poetas que ahí se nombran, tanto canarios como cubanos. Y estoy de acuerdo con muchas apreciaciones que hace el autor respecto a la teleología lezamiana.
Digo parcial porque sólo se trata el tema a partir de los pensamientos de Lezama, cuando hay otros autores hispanoamericanos que han influído tanto o más en Canarias. Es el caso de Octavio Paz, y no sólo me refiero a su obra poética sino crítica, concretamente El arco y la lira, donde se define con maestría qué es el poema, qué es el sentido poético, etc.
Tengo muchos amigos escritores en Brasil, Argentina, México, Chile y ellos ven estos planteamientos como algo demodé.Han aprendido la lección. En cambio nosotros de tanto rizar el rizo nos estamos estampando contra la pared del lenguaje.
Si nuestros poemas han de partir de principios filosóficos, lo tenemos claro.
La poesía es simplemente poesía, un desasimiento de todo aquello que la limita. Creo que estamos en un momento de mayoría de edad de nuestra cultura en que debemos dialogar con las otras culturas hispánicas. Diálogo constante y enriquecedor para todos, y no encerrarnos en el ego insular.
Vamos, es mi opinión y por darla espero no herir a nadie.
Otra cosa, en ningún momento me manifesté como poeta, y en ningún momento he querido destacarme en nada, está usted muy equivocado en su apreciación, Sr. Betancourt.Simplemente, si tengo que dar una opinión lo hago a cara descubierta y no a la sombra.
¿Entiende ahora lo de academicista (COMILLAS)
Antonio A.

Anónimo dijo...

Señor Arroyo:

No se preocupe, no me he sentido herido en absoluto. Para serle sincero, la poesía canaria como frontera, como límite, me la trae floja...otra cosa es que me interesen mucho poetas canarios, como Sánchez Robayna, Cecilia Domínguez, Alejandro Krawietz...
Así que coincido con usted en la necesidad de que esa literatura dialogue, se abra, se extienda y se contamine...¿no es eso lo que propone el ensayo al ponerla a dialogar con la poesía cubana?
Así que comparto su opinión sobre el ego insular...pero me gsuta este ensayo, no veo que sea nada académico (tendría que leer usted verdaderos ensayos académicos para que sepa cómo se construyen...), y creo que es un excelente texto para los que quieran conocer lo que se hace en esas islas tan conocidas y tan poco leídas.
Pero es un asunto de criterios. Y eso es muy respetable.
Sigo sin saber qué centraliza este texto. Imagino que la irritación que despierta es porque al enumerar termina por configurar un canon y eso siemrpe es disctutible, sobre todo si uno queda fuera de él.
Yo como no soy poeta ni nacido en Canarias disfruto del texto y de esta página, que por cierto, parece proponer como eje central de su constitución, el hecho de una literatura hispánica, en la que todos los sub sistemas:literatura boliviana, uruguaya, operuana, canaria, andaluza, etc, dialogan.
Lo que no se puede negar es que cada vez que hay un tema de literatura canaria en esta mancha, el asunto se anima...qué beligerancia la de esas islas...¿será el salmorejo?

Antonio Arroyo dijo...

Jeje, muy gracioso eso del salmorejo. Yo añadiría el mojo que pica más. Me cae símpático usted. No me gustan los halagos ni las palmaditas por la espalda.
Realmente estoy en ese panorama y el que no se me nombre a mí también me la trae floja: No me va el narcisismo y demás narices. Lo que sí ha despertado mi alarma fue ese enfoque mencionado.
Desde luego que sé lo que son artículos académicos, muchos he leído y me he horrorizado. Y muchos partían de las mismas premisas de éste, aunque también se nota la hechura de un poeta.
En cuanto a los objetivos de La Mancha, mucho he hablado con mi estimado amigo Nicolás, a los demás no los conozco y me gustaría.
Nicolás, precisamente, no es partidario de estos tipos de canon, al menos eso deduzco de los artículos que leo precisamente a lo largo de estos 21 números. Lea usted sus cabreos sobre el mismo panorama.La Mancha para mí es un hito.
Ah, y como prueba de amistad le regalo este fragmento de mi admirado poeta brasileño Jose Geraldo Neres, recientemente traducido por el chileno Leo Lobos:
Somos un intento de descifrar símbolos, símbolos más allá de los/ símbolos, la gran//cobra que devoraremos para fecundar nubes de hermosura/ terrestre...

Véalo mejor
elcirculodeescritores.wordpress.com/2009/08/07/poesia-desde-brasil/

Y viva el mojo, el gofio y la samba.
Un abrazo, Antonio Arroyo.

Anónimo dijo...

Aprovecho el presente texto de Ernesto Suárez para recomendar la lectura de una serie de poetas canarios, siguiendo mis preferencias. Entre los más jóvenes con obra suficiente me han hecho disfrutar, sobre todo, Bruno Mesa, Melchor López, Rafael José-Díaz (por cierto, no conozco más que al tercero, y poco), pero hay un buen número de poetas nada desdeñables, entre ellos el propio Ernesto Suárez, Antonio Arroyo Silva, Pedro Flores, Bernardo Chevilly, Verónica García, Coriolano González Montañez, Antonio Jiménez Paz, por citar algunos que creo merecen ser visitados con interés, y a sabiendas de que hay muchísimos más. De los inmediatamente mayores, me ha hecho disfrutar mucho el recientemente desaparecido Leocadio Ortega, también José Carlos Cataño, pero podríamos extender la nómina a Sabas Martín, Juan José Delgado, Cecilia Domínguez Luis, y la también desaparecida recientemente Dolores Campos-Herrero… De los mayores, me han hecho disfrutar muchísimo Arturo Maccanti, José María Millares, Lázaro Santana, Eugenio Padorno, Elsa López, Sánchez Robayna. Por supuesto, no debemos olvidarnos de nombrar a clásicos recientes como Manuel Padorno y Luis Feria, una verdadera gozada. El listado podría ser mucho mayor, lo doy a vuela pluma, consciente de que se me puede pasar algún notable y que puedo dejar fuera a alguno que no he leído. También soy consciente de que el criterio elegido, “lo que me ha producido placer”, tal vez no se corresponda con la importancia de unos poetas y otros en la historiografía de la poesía canaria, también es verdad que no pretendo que sea más que una orientación.
Un saludo
Nicolás Melini

Antonio Arroyo dijo...

Nicolás, y no me cabe duda de que habrá más orientaciones. Incluso me gustaría que fuera alguna del mismo autor para ir entrando de verdad en su visión crítica con esos lamparazos de humanidad que veo a cada momento como queriendo salir del caparazón y expresar todo el entusiasmo que tiene dentro y que comparto. Creo que la poesía canaria está volviendo a resurgir como nunca y no hay motivo para el desasosiego, Ernesto.
Gracias, Nicolás, por tus palabras. La poesía no es prosa ni verso, como te decían en ese primer poemario. La poesía, tu poesía es tu respiración, y qué sano respirar.
Señor Betancourt, aunque dice que no es canario, bastante que lo es su apellido. Un placer.
Abrazos para todos, Antonio.

Anónimo dijo...

Un abrazo, Antonio.
Nicolás

Anónimo dijo...

(Sorry very much. Escribí mucho así que lo mando de dos veces, longa sum.)
Comentario, parte I.

Tonta de mí. Si es que no escarmiento.
Al leer el aviso del amigo Nicolás de que se publicaba en su revista "La Mancha" un artículo cuyo título reza "NOSOTROS ESCRIBIMOS EN LOS FUTUROS ÚLTIMOS TIEMPOS DE UNA LITERATURA MUERTA. POÉTICAS ACTUALES EN CANARIAS: 1978-2008", de Ernesto Suárez, ULL, pensé que se hablaría de TODA la poesía canaria, y sus vertientes, en los últimos 30 años, y no sólo de la escrita en Tenerife (ni siquiera en La Palma...).
Qué ilusa soy.
Ni en las antologías de NARRATIVA canaria confeccionadas en la provincia de Santa Cruz de Tenerife se menciona la obra, abundante en calidad y cantidad, de la provincia de Las Palmas, ni existimos (excepto los de más edad: Lázaro Santana, los Padorno, Javier Cabrera...) tampoco los y las poetas grancanarios que empezamos a publicar en los años 90 y aún tenemos el descaro de seguir haciéndolo.
Por cierto, la afirmación taxativa (cito) "Así, estas poéticas [se refiere, infiero, por mor de la deixis y coherencia del discurso, a las poéticas canarias de los últimos 30 años] han tendido a anudarse en torno a un modelo de poesía abstracta que conecta de manera directa con el (primer) vanguardismo histórico y que encuentra en Pedro García Cabrera, y en su ensayo El hombre en función del paisaje, su principal eje reflexivo."
¿Ah, sí?
Lo que es el subconsciente, oiga. Y yo publicando durante (más o menos) 18 años, y sin enterarme.
Allí nos vimos en el 91 en El Huerto de las Flores (Agaete), desde Anelio, Nicolás y Antonio Abdo a Elsa, José Mª Millares y Pino Betancor, Javier Cabrera, Sergio Domínguez Jaén, Pedro Flores, Verónica García, servidora, Lázaro Santana, Carlos Pinto, Antonio García Ysábal, Arozarena, y un interminable etcétera que casi no cabe en la foto. (Continúa en Parte II)

Anónimo dijo...

Comentario Parte II:

Será verdad que soy una [maruja] ignorantona, [de esas que tienen hijos y todo], mujer [qué coñazo] a la par que insular, [una señora canaria de esas] "con nieve en el semblante / y fuego en el corazón". Hay que jeringarse.

Otra cita de E. Suárez:
"En general los poetas canarios del fin de siglo XX HEMOS OPTADO por reiterar el modelo creacionista que animó la escritura de Espinosa en Lancelot 28º-7º y explorar menos la vida en aquella Isla de las maldiciones en la que acabara acodado el protagonista de Crimen. Así, resulta llamativo que buena parte de la poesía escrita en Canarias a partir de 1994 se considere continuadora de unas poéticas que se basaban en el principio de radical desconfianza de la ligadura coherente entre lenguaje y mundo y, sin embargo, se confíe en la capacidad (re)generadora de la palabra, del nombrar esencialista."

¿Ein?
¿Me lo dice o me lo cuenta?
Por cierto, que la dicotomía "canon insular / canon peninsular", "poesía sustantivadora" (haikus y otros “herméticos” incluidos, como los tupper e imitaciones) / "poesía de la experiencia" ("Hoy se me enganchó un padrastro: / ¡a fe mía que dolió bastante! / Sangraba mi pobrecito dedo, / y vi tu rostro en mi dolor callado...") y otras disyuntivas -binarias, of course- ARTIFICIOSAS por completo en cuanto que válidas solo para el estudio, la taxonomía y hasta diría que la taxidermia de los versos canarios de las distintas islas, de los distintos autores, parecen más útiles o pre-fabricadas para satisfacer el análisis de la poéticas de quienes o bien nacieron en Tenerife o bien allí desarrollaron su(s) poética(s) a la sombra de la universidad lagunera y sus profesores, antes que servir para englobar la poesía canaria en su totalidad y absoluta riqueza, incluyendo la de quienes tuvimos el descaro de no hacerlo (esto es, no nacer en Tenerife ni crear a la sombra de La Laguna, sus profesores y sus mitos remitidos).
A estas alturas me parece increíble que se oculte, cual jorobado de Notre Dame, la poesía que no sigue los cánones que marcan los críticos, llámense estos como el que firma el presente artículo o también el propio Jorge Padrón, calibanes, padornos, etc. Que da igual, vamos.

(Qué penita, seguir con la misma molienda de la segregación. Si en la variedad está el gusto, ¿no se dan cuenta? Honestidad, coherencia, compromiso y pericia. Y un poco de muerte a plazos.)
I HAD A DREAM… (but…)
Desde mi piso rehipotecado, en el año del Señor de 2009, S. XXI,

Paula Nogales Romero.

P.D. ¿Por qué hablan de poesía "canaria" cuando quieren decir "tinerfeña"?
Yo puedo sentirme más afín a Anelio (¡La Palma, oiga, ese pedazo de La Palma...!), a Cecilia Domínguez, a Antonio Jiménez Paz, Elica, a Nicolás Melini... que a otros poetas grancanarios o tinerfeños y de otros puntos de la Macaronesia.
En fin, que nada, que perdonen la molestia, si total para qué: me dedicaré a mis labores.

Anónimo dijo...

Perdonen mi intromisión... Pero es simplemente para decir que no estoy de acuerdo con el texto, pese a que soy nombrado en él. Me parece que no aporta nada ni indaga en profundidad sobre lo que ocurre o ha ocurrido en estos 30 últimos años de poesía en Canarias. Ni entiendo a qué viene el arranque del texto ni entiendo sus conclusiones. De paso, decir que hay párrafas dedicadas a estrategias grupales que a fecha de hoy uno ya sabe qué pretendieron entonces y a dónde han ido a parar. No sé a qué se debe la tanta importancia que le presta Ernesto...
En definitiva, que resulta nada nuevo bajo el sol, al tiempo que un texto ralo, inconcreto e incompleto... jejeje lo de "ralo" me gusta, creo que le pega bastante: "ralo, raro, ralo".

Al fin y al cabo me lo tomo con humor... Vuelvo a leer el texto y al final me pregunto: ¿Y?

Saludos, abrazos y besos para todos y todas, que de todo me sobra.

Anónimo dijo...

Perdón, pero el comentrio anterior es mío, de Antonio Jiménez Paz. Se me escapó firmarlo. Perdón.

Anónimo dijo...

Dios santo.
¡Virgen de Candelaria¡ ¡y del Pino, claro, y del Pino¡¡¡ (que yo en eso de las cuotas soy muy serio).
Sólo decir que por sus chistes los conoceréis, y el chiste de Jiménez Paz, me refiero a esa especie de juego de palabras, sobre lo ¿ralo? del texto y del autor, sería estupendo con unas papitas arrugadas, un poco de chejne; y algo de mojo y su buen chorrito de resentimiento, pero en este contexto, pareciera un pequeño insulto que retrata a quien lo escribe.
Con todo respeto, una razón más para seguir leyendo a Robayna y Krawietz y no a Jiménez Paz...
Machos, cuidadín, cuidadín, con convertir esta página en el solar de insulares dolores...os puede quedar una manchita...


J. Betancourt

Anónimo dijo...

Muchachos, a ver si se enteran, sobre todo tú, Betancourt, que eres a quien veo más despistado.
Este texto urticante retrata el empobrecimiento general que ha producido en la poesía canaria el proyecto excluyente, rígido, y estéticamente totalitario de Sánchez Robayna. Poeta valioso, bastante correcto en casi toda su obra (olvidemos aquellos versos de Mina Mina Minarete...o algo así, que parecían un experimento de la tartamudez), que asesinó el futuro de la poesía canaria creando pequeños clones que sólo repiten el proyecto estético de su maestro.
Y su destrucción no abarcó tan sólo al grupo de esmerados discípulos, sino a los poetas contrarios que creyeron que el modo de enfrentarse al cultismo robaynesco era escribiendo poesía sin leer poesía, a tientas, con intuiciones espirituales, como si los poemas bajaran del Teide (perdón, de los paisajes volcánicos de las sietes islas y de los dos islotes).
Este texto irrita porque piensa una poesía que no quiere pensarse, que prefiere continuar en la conformidad de la subvención, de la palmadita en el hombro y el abrazo de leche y leche.
Pero a un lector de poesía no se le escapa donde reposa el brillo de la poesía que se hace en las islas: y señores, los maldicientes que han venido aquí a descargar su ira, con todo respeto por sus opiniones, les prometo, muchachos, que ustedes no son, los he leído y ustedes no son.

Francisco Casaña

Anónimo dijo...

Uff, aquí ya ni en ninguna parte puede uno decir nada... Estoy hasta las narices de "lo canario" y del sr. Bethencourt. Pues no me lea, señor usted, a mí qué más me da.
¿Por expresarme no tengo derecho a que me lean?

Saludos.
Antonio Jiménez Paz

Ernesto Suárez dijo...

Antes que nada, debo agradecerles todas las lecturas (y valoraciones positivas y negativas que las acompañan) que han hecho de mi texto. Para mí es importante pensar sobre poesía y eso es también lo que han hecho ustedes a partir de lo que he escrito. Por aquello de no dar la callada por respuesta, quisiera puntualizar (y contestar también) algunos de los comentarios realizados a mi ensayo, que eso es, precisamente, lo que es el texto: nunca pretendió ser panorámica o catálogo de la poesía insular. Como les decía, en el texto quise ensayar una interpretación de algunos de los fenómenos que han marcado, en mi opinión, la poesía canaria de los tres últimos decenios. Las referencias a Lezama, Orígenes y la Teleología, en la medida que han sido utilizadas por Sánchez Robayna (pero no sólo) en relación con la poesía canaria, me sirven para encarar la existencia de ese posible canon (o contracanon). Que la poesía, los poemas y las poéticas canarias pueden ser interpretados a la luz de otras referencias-influencias-presencias latinoamericanas, sin duda. Una de ellas puede ser (como comenta Antonio Arroyo) la figura de Octavio Paz. No obstante, no creo que la referencia a Paz se aleje sustancialmente de la imagen apuntada a partir de lo teleológico, entendido desde la idea de definición de un canon. Por ejemplo, no hay que olvidar quién y qué libros fueron editados, durante la segunda mitad de la década de los 90, dentro de la colección Tierra del poeta de Ediciones La Palma(dirigida por Eugenio Padorno y ASR): Paz entre otros. ¿Hay otros nombres latinoamericanos que interprete influyentes para los/as poetas canarios? Dejo algunos apuntados: Cardenal para Daniel Bellón, Dalton para Pedro Flores, Gonzalo Rojas para Jiménez Paz. Son interpretaciones posibles que, en última instancia, enriquecen esa imagen de un diálogo necesario y necesitado que permita renovar las estéticas insulares.
Vean que insisto en la idea de canon. Las consideraciones sobre poéticas dominantes o canónicas se fundamentan principalmente en estrategias (más o menos elaboradas) de carácter grupal, editorial y crítico (para un análisis mucho más profundo de este tipo de cuestiones en el contexto de la poesía española me remito a los textos del colectivo Alicia bajo cero y a los de Antonio Méndez Rubio o Vicente Luis Mora). El hecho es que si tales estrategias son exitosas marcan el rumbo (ciertamente epigonal en la mayoría de los casos) de los libros que se escribirán a partir de ellas. Desde este punto de vista, la poética insular más visible fuera del Archipiélago, alentada desde pretensiones canónicas, es la que mi texto caracterizaba como poesía abstracta y esencialista. Digo propuesta canónica de esta poética porque ha sido la única, creo, que ha tenido la clara y sostenida voluntad de revisar y redefinir la tradición literaria canaria (leyéndola desde un determinado punto de mira que da lo mismo sea o no compartido).
¿Hay aspectos de la poesía canaria no recogidos en el texto? Claro que sí, por suerte. Incluso se han producido otros intentos de configurar, estos sí fallidos en términos de canon, propuestas estéticas de éxito editorial (es decir: premios, publicaciones, viajes, etc). Hay antologías, revistas, colecciones. Sin embargo, ni aportan una lectura sostenida de la tradición (interna) canaria, ni han tenido reflejo e incidencia en la tradición exterior. De ahí que no incidiera en ellos. Es más, lo que realmente me interesa es evidenciar el vínculo dialéctico o el posible diálogo (crispado o incluso ausente) que se produce entre lo canónico en las poéticas peninsulares y lo insular (o extrapeninsular) como canon alternativo. Quedan otros aspectos que han sido planteados implícita o explícitamente en los comentarios pero esto corre el riesgo de convertirse en otro texto en paralelo. Pido disculpas por ello. Un saludo.

Anónimo dijo...

Señor Paz:

Claro que puede expresarse, por suerte Internet nos permite expresarnos sin problemas en casi todo el mundo. Comentaba yo tan sólo que la zafiedad de ciertos chistes disminuyen el respeto que pueda tenerse por quien se dice escritor y que isn embargo no aporta ningun argumento conceptual sobre sus diferencias con este ensayo.
No, no tiene usted derecho a ser leído. Ese derecho no existe. No lo tiene usted, ni lo tienen otros poetas. Watanabe no tiene lectores por derecho, se los ha ganado, lo mismo Gonzalo Rojas, o Sabines, o Pacheco, o Sánchez Robayna, o Krawietz...y no creo que ninguno de ellos hubiese utilizado el chiste fácil para promover su trabajo.
Eso es lo que, con todo respeto, quise decirle.

J. Betancourt

Anónimo dijo...

Por si usted no lo sabe, sr. Betancourt, yo no soy poeta sino contador de chistes. ¿O es que no conoce ninguno de mis fanzines?

Escriba algo sobre el texto de Ernesto Suárez y no me pida argumentos conceptuales a mí, que no es lo mío. Y déjeme en paz (en honor a mi apellido materno) y déjese de tanto rizoma paradisiaco.

Besitos para sus libros.

Sr. Paz

Anónimo dijo...

Buenas:

Entre mis muy malas costumbres está la de ser impulsiva. En realidad, no tenía necesidad de escribir comentario alguno al artículo, y además, quiero aclarar un par de cosillas por si mi tono o mis palabras inducen a error en cuanto a lo que verdaderamente pienso:
- primero, que me parece muy loable que se intente reflexionar sobre la poesía canaria (y la narrativa también, por qué no; y el teatro...);
- segundo, que el hecho de que (yo) hable de poetas tinerfeños y no tinerfeños no va con "pleitos" ni "dolores insulares". Eso se lo dejo a las murgas carnavaleras, que para eso están, entre otras cosas.

Estamos hablando de cultura y del espíritu, y estamos hablando del siglo XXI, con internet y todas esas cosillas. Hay dos universidades en las islas. Y la UNED. Y Franco murió en el 75. Y existe Fred.Olsen. Yo qué sé. Se publican libros con mandar un manuscrito (por decirlo de forma incorrecta) en pdf a una imprenta, 500 ejemplares, 80 páginas, B/N, 1.300 euros (quien no publica es porque no quiere: que no se vaya de vacaciones, coñe, y publique).

No creo que sea de rigor seguir hablando de tradiciones editoriales (entendiendo tradición como rutina o lastre del pasado).

Aunque seguramente "me esté faltando", como soy tan buena a la par que lerda (y como me juego tan poco), manifiesto mi casi total acuerdo con el comentario de F. Casaña. Por supuesto, con Antonio.

Repito: lo bueno de todo esto es que realmente nada esencial está en juego: comeremos, dormiremos, reiremos y lloraremos cuando nos toque. Y criaremos a nuestros hijos, como buenamente podamos: eso sí es trascendente.
Repito: no me juego nada porque no tengo ambiciones (ay, casi nomtro a Jesulín, me puede el clown que llevo dentro). Lo que sí tengo es un pronto muy malo, dos dedos de frente, y tanta soberbia como corresponde a un escritor de raza (entiéndase que uso el masculino como término no marcado). Sin soberbia, amigos, no hay arte; sin soberbia no hay nada: es el pecado capital por excelencia, es el fruto del árbol prohibido. Temo más a los autoproclamados humildes que a un buen soberbio.
Pero el ser soberbio (en mi caso, -a), el participar de esa soberbia que llevó a la humanidad a querer construir una torre que llegara al cielo, arriesgándose al castigo divino, o a componer una sinfonía que desafiara los siglos, o desgranar unos versos, no implica que no sea consciente de la infinita estupidez que nos acecha (nazcamos en la isla que nazcamos: yo también respeto las cuotas). De la implacable inanidad.

Siento ser mala compañera de juegos: por eso juego solita.
Mi respeto para todos los que han escrito en este cuasi foro, empezando por el autor del artículo (perdón por mi mala lengua).
Besos y abrazos, y al que le dé asco, un saludo cibernético.
Paula Nogales

Ernesto Suárez dijo...

Hola de nuevo a todos/as. Gracias, Paula por tu nueva entrada. Parecía que el cruce de comentarios suscitados por mi texto había quedado cerrado en un punto demasiado crispado (por personalizado) y sin que pudiéramos avanzar conjuntamente en ninguna nueva idea. Dos cosas respecto a lo que apuntas con las que no puedo estar de acuerdo. La primera es la referencia (¿despectiva?) a la noción de tradición. Una forma de contemplar el (re)conocimiento de la tradición que comparto es la planteada por Vicente Luis Mora en su libro Singularidades. Transcribo un par de párrafos: “Poetas y prosistas pueden llegar sólo hasta un concreto nivel de calidad con sus recursos imaginativos e intuitivos: a tanto talento tanta proyección. Pero hay, incluso en los más dotados, un muro infranqueable, unas carencias constructivas que acaban por derribar el edificio del libro, únicamente solventables mediante el trabajo, el estudio de los precedentes (…) y de los criterios teóricos que se han ido desarrollando al respecto (…) Es obvio que la poética linda en ocasiones con la teorética, y que hay una carencia sustancial [la cursiva aparece en el original] de erudición y cultura –y aun de propósito de tenerla- en los jóvenes vates españoles. (que) forma parte del círculo de sacrificios de la poesía de la normalidad”. Ese es el sentido del análisis crítico del/os cánones literarios. Evidentemente cada poeta hace suyo un conjunto de argumentos, modelos, referencias, de manera que se puede hablar de tradiciones propias, particulares que, por supuesto no coinciden ni con la tradición poética de un solo territorio (las islas Canarias por poner el caso), ni siquiera con la tradición del idioma en que se escribe. Eso sin embargo no implica (no puede implicar) ni desprecio ni desconocimiento. Pongo dos ejemplos de lo anterior que conozco de manera cercana. Daniel Bellón (a quien ya cité) no tiene problemas en reconocer una lectura influyente para él de autores como Enzensberger, Fernando Quiñones, Ernesto Cardenal, Roberto Juarroz o Pedro García Cabrera o de los poemas de la antología Nueve nóvísimos. Igualmente En la poesía de Mariano Vega Luque resulta evidente su conexión con el pensamiento zen y autores como Basho. Reconocer eso es hablar de tradición. La segunda cuestión. Referirse a la “tradición editorial” (término que utilizas) introduce otro aspecto interesante sobre el que debatir. Efectivamente, internet facilita el acceso a otras tradiciones. Por suerte o por desgracia somos una generación (en sentido sociológico) a caballo entre dos mundos (el analógico y el digital, el físico y el virtual). Este acceso es por tanto sólo parcial y permite un conocimiento limitado literaria y editorialmente hablando. Pongo un ejemplo, éste personal. Llevaba quince años tratando de acceder a Terredad, libro central en la trayectoria de Eugenio Montejo. Se había editado en 1978 y ni siquiera en Venezuela había podido conseguirlo. Por suerte acaba de ser editado en España, gracias al buen hacer, entre otros, de Francisco Cruz Pérez, excelente conocedor de la tradición poética venezolana. La globalización en poesía es aún relativa (¿por suerte, por desgracia?). Un último apunte. En el libro citado, Vicente Luis Mora reconoce tener contabilizados 300 poetas nacidos en España a partir de 1960. En la selección que hace de ese gran conjunto destaca a tres canarios, curiosamente tres de los que fueron publicitados en alguna de esas antologías que querían definir el canon. Quien conozca a Vicente no puede decir de él que sea poco sistemático ¿Será que no conoce a otros autores insulares por no haber podido acceder sistemáticamente a sus libros? ¿Será que él mismo cae en la trampa del canon? ¿y yo? Un saludo.