PRESENCIAS Y FANTASMAS COLONIALES EN UN MUNDO PARA JULIUS DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Beatriz Barrera
Universidad de Sevilla



Se ha señalado en esta novela la filiación proustiana de su intimista búsqueda del tiempo perdido y también cierta continuidad con la escritura decadente de Valery Larbaud. Querríamos añadir a estas miradas una más cercana a Lampedusa quizá, en la que destacara el retrato de los nuevos tiempos demoliendo la fachada de los antiguos pero confirmando agresivamente sus cimientos: la respiración de los gatopardos se siente con frecuencia en el texto, peruanizada, alentando nuestra propuesta.
Un mundo para Julius[i] va a ser para nosotros el registro (siempre creativo) de una Lima de mediados del siglo XX, un casi documental lleno de amargo glamour proyectado sobre un fondo inseparable de la realidad peruana: los fundamentos de la ciudad virreinal se traslucen bajo la elegancia desalmada de los parientes de Julius, que van modernizándose según parámetros del poderoso modelo norteamericano pero bien enraizados en los privilegios y mecanismos sociales heredados.[ii] Lo más llamativo al revisitar el texto desde este prisma ha sido identificar el tratamiento de la etapa de la independencia del Perú como apostilla del virreinato: el bisabuelo-presidente de Julius es uno más entre los antepasados ilustres, otro adorno de la nobleza de sangre de los virreyes, verdadero valor de su autoridad según se desprende de la novela. Su carroza no se distingue de otras reliquias conservadas o adquiridas por Susan en su afición a las antigüedades, se da una continuidad evidente entre el pasado colonial y el tiempo de las nuevas repúblicas; el mismo vacío de significación está apolillando las pinturas de la escuela cuzqueña y algún objeto que perteneció a Simón Bolívar. Lo vamos a ver algo más detenidamente: el devenir histórico de la familia de Julius no se ha visto alterado desde su origen, como tampoco el de la servidumbre que la acompaña.[iii] Cierta atemporalidad rige sus destinos pero si algún cambio resulta significativo será el que se representa ante el lector, en el espacio mismo de la novela y que podríamos identificar con los efectos del neoliberalismo.


La acción arranca de un acontecimiento de insustituible valor simbólico: la muerte del padre criollo, quien no por casualidad es rubio y peludo, con trazas de godo (su barba espesísima, 355) y se llama Santiago. Este suceso es condición indispensable para el advenimiento del nuevo tramo de la historia familiar que es asunto del relato: el reinado de Juan Lucas. Santiago se llama también el hermano mayor de Julius, que se niega furiosamente a admitir la sustitución del padre por el nuevo novio de la madre, idea insoportable [118-9], pero el primogénito será abducido lentamente para la dolce vita por el encanto varonil, savoir faire y dinero de Juan Lucas. Dejará de funcionar como el hijo de su padre para asumir el modelo del padrastro, luego sus estudios en Estados Unidos harán de él un fantasma, cuando regrese al Perú de vacaciones será una especie de autómata insatisfecho y calculador de mirada vacía, entregado al culto al cuerpo ante el estupor de su hermano Bobby, todavía machito y peruano hasta la borrachera pero aprendiendo rápidamente los secretos de la eterna juventud. Tampoco Julius sostiene la herencia simbólica de su padre, de forma que ésta irá desapareciendo.

Espacios coloniales y neocoloniales: El palacio original
Cada uno de los maridos de Susan es señor de un espacio. El palacio original (¿o paraíso colonial?) que da título al primer capítulo, en la avenida Salaverry, aludido como “Versalles” [78] por el narrador, será abandonado tras la muerte del padre de Julius por la insuperable modernidad de la casa nueva sobre el campo de polo encargada por el padrastro al arquitecto de moda. El antiguo régimen (el poder político de los virreyes y el de los presidentes en mayor o menor alianza con la Iglesia) será sustituido progresivamente y mediante estrategias empresariales por un novedoso y efectivo sistema de gestión (el poder económico de los banqueros e inversores): el hogar, los criados, las comidas, las costumbres... todo será transformado sin moverse de su eje: la insalvable distancia entre ricos y pobres, entre gente guapa y fea, entre los elegantes y los que nunca serán como ellos, porque en la Lima de la novela tener algo consiste en que los otros no lo puedan tener nunca y en eso no ha transcurrido el tiempo histórico.[iv]

El espacio probablemente sea el elemento que mejor sirve al narrador para organizar de manera representativa las relaciones sociales: el único rasgo compartido por ambos palacios, el de Salaverry y el nuevo, es la imprescindible división (traducida en enorme diferencia de comodidades) entre el mundo de los señores y el de la servidumbre, cuyo umbral sólo conseguirá abolir momentáneamente, al final de la novela, el pequeño Julius.[v] Aparte este rasgo de la distribución, las dos casas son diferentes en todo lo demás: el palacio original es tenebroso y solemne, lleno de puertas y corredores. Las edades de sus habitantes están diferenciadas, algo que no sucederá en la casa nueva: en el edificio colonial hay un baño para niños pequeños, sólo de Julius ahora, con jabones para niños, así como un comedor para la infancia que ya parece Disneylandia, anunciando el sentido en que procederán los cambios; el comedor de los adultos es, frente a este decorado, el “principal o verdadero”, indicándose así que el niño Julius queda de momento al margen del protocolo adulto.[vi] Sin embargo la carroza que fue mobiliario oficial en los albores de la república ahora es un mero escondite para jugar a los indios, indios que no tienen nada que ver con los indios del Perú, naturalmente, pero con ellos y con los cholos de la servidumbre se entretiene Julius en la carroza mientras este símbolo de la presidencia está en definitivo desuso para las personas mayores de su familia.[vii]

La función de los espacios nos reafirma en la evidencia de que el cambio de casa es también la despedida de Julius de su infancia y el fin de la intimidad con los criados. Gran parte de la decoración decimonónica y otros elementos remiten igualmente a un modelo europeo de prosperidad burguesa debida ostensiblemente a la explotación colonial y a un orientalismo todavía sensual: porcelanas, exquisitas alfombras persas, muebles importados... Susan llegará a saborear un té muy consciente de que es más delicioso porque proviene de una colonia inglesa [393]. Su dormitorio resulta especialmente ilustrativo de la armónica relación con el pasado de los espacios de la casa de Salaverry: su cama “con techo, con columnas retorcidas, con tules y con angelitos barrocos esculpidos en los cuatro ángulos superiores” [84] da cuenta de un gusto todavía hispánico en los símbolos familiares y una cierta vigencia de la religión, algo que va a desaparecer completamente con el capitalismo exacerbado de la era Juan Lucas, donde todo tiene que ser funcional. El desayuno con que el lector conoce a Susan se lo presenta el mayordomo en la cama en bandeja y vajilla de plata, hay café, azúcar, la mantequilla es holandesa y la mermelada inglesa. El mobiliario del palacio corresponde a una ensoñación donde lo europeo y lo criollo se relacionan sin conflicto a través de la complicidad colonial.

Tras la muerte de Cinthia hay un periodo de luto en que se cierra el palacio según la tradición, pero gracias a la habilidad de Juan Lucas la decoración cambiará pronto significativamente. Al regresar de su viaje a Europa para aliviar la tragedia, la familia encuentra que no tiene puntos de referencia para la nostalgia o el sufrimiento. El recuerdo de la niña (evoquemos su excepcional conciencia y sensibilidad social) sólo lo mantiene Julius, el único que no sale del Perú.

El estilo castillo
Por su parte, la casa de los primitos Lastarria, “esos mierdas”, ofrece una tremenda muestra del gusto caduco, pero es que la horrible tía Susana, correlato hispánico demasiado puro de su prima Susan, linda y lo bastante sajona para haber dejado de llamarse también Susana, vive en una casa estilo castillo, como le explica la servidumbre a Vilma, el ama, cuando lleva a Julius al cumpleaños de su primito [93]. El estilo castillo expone la nostalgia de un medioevo europeo plasmada en aquel “corredor lleno de armaduras, espadas, escudos, objetos de brusco metal, vasos enormes como para tomar sangre en las películas de terror y candelabros de fierro negro que descansaban pesadísimos sobre mesas como las que Robin Hood usaba para comer cuando andaba en buenas relaciones con los reyes de Inglaterra” [94]. Contrasta esta relación de chatarra terrorífica de cartón piedra con los retratos románticos de familiares del escritorio de la casa de Julius, testigos de una presencia en la vida social, civil, del siglo XIX, ausentes del castillo de la prima Susana, que no ha conocido la secularización ni el periodo de la Independencia y en medio de la nueva era todavía fundamenta su vida exclusivamente en valores hispánicos y austeros propios de la mujer casada tales como la atención al marido y los hijos o la Iglesia.[viii] Su medida del tiempo es rigurosa (no se come entre horas, 301) y sacramental: bodas, bautizos, primeras comuniones... Durante la de Julius, en su pensamiento se infiltran ya sin embargo categorías anglosajonas: “Lima crecía y se merecía colegios americanos de primera, donde los niños aprendieran bien el inglés y se encontraran con otros niños como ellos, donde se supiera siempre que fulanito es hijo de menganito y que pertenecemos a una clase privilegiada, necesitamos colegios propios de nuestros hijos... Horrible y feliz con su mantilla la tía Susana” [214].

Su caracterización participa de rasgos inquisitoriales: “Pensar no le impedía vigilar a todos los presentes; los miraba penetrante si alzaban mucho el tono de voz, estamos en la iglesia, esto no es un acontecimiento social” [215]. En otra ocasión aparece llegando de confesarse “íntegramente vestida con el hábito del Señor de los Milagros” [519] para vergüenza de su marido, que ya está entrando en la era Juan Lucas, charlando con el arquitecto de moda sobre toros, afición que, según le está diciendo mientras le ofrece un whisky, se lleva en la sangre [520]. Por cierto, el arquitecto va a construirle una casa nueva, “mitad castillo mitad funcional” [523].

La tía Susana es en el mundo de la novela ya solamente el matrimonio interesado por el que Juan Lastarria, “pobre arribista trabajador” [105], accede con penalidades a un estrato social que nunca será el suyo aunque quizá sí el de sus hijos, ricos, elegantes y modernos, triunfo éste que obtiene y exhibirá impúdicamente cuando Pipo le quite la novia canadiense a su primo Bobby, hermano mediano de Julius.[ix] La casa de los Lastarria (proyección lastimera de la tía Susana) como espacio caricaturizado y arcaicamente virreinal se ve subrayado por detalles como el festejo de cumpleaños, con mago charlatán y ayudante que piden continuamente aplausos de homenaje “para Rafalito cuya onomástica celebramos hoy”.[x]

En la misma línea aparecen en la novela mencionadas propiedades cuyo significado se relaciona íntimamente con estructuras de época colonial, pero con disfunciones del sentido original: la casa hacienda para los fines de semana, por ejemplo, la de Huacho [158] o la de Chiclayo [295], son lugares privados donde cabalgar perfecto “entre los campos de algodón”, “no porque lleves tu hacienda, eso otros, sino porque te gusta” [295]. Es parte del proceso general de modernización acelerada que afecta a todos los espacios y personajes.

La casa nueva y el Golf
El asunto que va cobrando una atención privilegiada en este sentido es la casa nueva. Si bien a Susan “le dio un poco de pena abandonar el palacio”, sus hijos mayores se habían entusiasmado con la idea de salir de la mansión:

Santiaguito empezó a gritar que sí, que Juan Lucas tenía la razón y que ésta era una casa demasiado señorial, demasiado oscura, fúnebre, casi se le escapa que correspondía perfectamente al temperamento de papá. […] Papá nunca jugaba al golf ni nada, sólo le interesaban las haciendas y el nombre de su estudio y ganar juicios, sólo pensaba en el nombre de la familia, no seré abogado... Todos allí parecieron sentir que algo caducaba, tal vez un mundo que por primera vez veían demasiado formal, oscuro, serio y aburrido, honorable, antiguo y tristón. No había sino que mirar a Juan Lucas para ver que los estaba salvando hacia una nueva vida, no sé, sin tantos cuadros de antepasados, sin esos vitrinones, estatuas, bustos, sí, sí: querían una casa llena de terrazas, una casa donde uno salga siempre a una terraza y ahí estén Celso y Daniel sirviéndote un refresco, donde lo antiguo sea un adorno adquirido o un recuerdo, no lo nuestro [159].

Este párrafo delimita la nueva etapa histórica de la aristocracia y subraya el hito que se presenta como realmente relevante: asistimos a la caducidad de un concepto de lo respetable mantenido desde la colonización hispánica, atravesado por la moral burguesa, para encontrarnos con el principio de la vigencia del modelo Beverly Hills-Riviera, pagano y hedonista, cara externa de una agresiva transformación socioeconómica encarnada en Juan Lucas. Desde este momento el texto se puebla de gestos alusivos al cambio de dinastía: “Al entrar en la gran sala del palacio, Lastarria pensó en tanto antepasado y en tanta tradición, pero el llamado del presente pudo más que todo: ahí estaba Juan Lucas” [163]. Durante el periodo de diseño de la nueva casa, Susan imagina un rancho mexicano made in Hollywood, unas “paredes blancas y espesas, adornadas con esos cuadros de la escuela cuzqueña y los otros, los de la escuela quiteña, eran tan lindos sus cuadros, ella misma los llevaría a restaurar. Pero Juan Lucas quería moderno y con ventanales que llenaran todo de luz y permitieran ver el campo de polo, al fondo” [192]. Regresaremos en breve a esta pequeña discrepancia en la pareja, representativa del proceso que lleva a Susan desde su educación hasta su destino.

Además del palacio nuevo, la familia de Julius se ve inmersa en otro ámbito de la aristocracia moderna, el Club de Golf:

Los golfistas y sus mujeres iban entrando al comedor; aparecían bronceados, elegantemente bronceados y se les notaba ágiles y en excelente condición económica. Se saludaban aunque se odiaran en los negocios y ahí nadie había cometido un pecado si se había divorciado, por ejemplo, a los amantes se les aceptaba en voz baja, pero se les aceptaba. Claro que no faltaban las de apellidos más antiguos, un poco más finas o conservadoras que las otras, pero también muchas veces ya no tenían tanto dinero y por eso quizá no protestaban; hasta se daba el caso de que llegaran invitadas, pobres, ése era su lugar pero había el problema de la cuota de ingreso; no podían, pues, estarse fijando en las vulgares o en las inmorales [198].

Sin embargo, en este olimpo nuevo reservado a los que saben disfrutar de la vida y del dinero sin trabas morales, todavía quedan socios que con alguna copa de más no disimulan su pertenencia al antiguo régimen, no del todo convertidos al poder absoluto del dinero, Juan Lastarria lo sufre y el narrador nos desnuda su sentir: “El condecito, el españolito ése radicado, el maricueca ése, tan snob, tan cretino, tan en quiebra, tan fino, tan admirado, tan invitado, el condecito le pegó tremendo empujón, le ganó la puerta, no lo saludó, casi le escupe, estaba borracho el galifardo” [201]. Más espectrales son esos breves personajes de otro tiempo a los que Julius saluda entrando en el Aquarium: “hombres rojos en la media luz, sentados como muertos frente a unos espárragos o frente a una dieta ridícula, porque se están muriendo a punta de descender de un virrey y de un montón más, grandazos” [296]. Son los fantasmas coloniales y el homenaje de Bryce Echenique a los hidalgos famélicos de la literatura de los Siglos de Oro.

Retratos coloniales y neocoloniales
Fernando Ranchal y Ladrón de Guevara

Otro retrato que restituye a la oligarquía limeña su abolengo es el de Fernando el embajador en Argentina, padre del odioso Fernandito Ranchal y Ladrón de Guevara, de quien Julius hace una deliciosa caricatura para la clase de castellano como venganza por los golpes que su amigo Cano, huérfano y pobre, nunca podrá devolverle.[xi] Fernando, que entra en el palacio en calidad de amigo de Juan Lucas, es percibido por Julius como un gángster, será para él “Capone”; para Susan resulta un tipo que “se debatía entre lo sublime y lo ridículo” con su atuendo negro, su sombrero y sus cadenas de oro en el chaleco, rasgos que de no ser por la mediación del imaginario de Julius proyectarían un retrato de caballero del Barroco. Fernando tiene hacienda y tierras en Trujillo, es calvo y paticorto, pero tiene la mirada furiosa. Piropea a la antigua usanza y un comentario de Juan Lucas nos anuncia su ascendencia: “Oye, Fernando, por ahí me parece que tienes algunos virreyes que también fueron antepasados de Susan por vía materna. A ver, arréglense ustedes... me parece que tienen algún apellido en común por ahí” [467]. Pero lo que confirma a este personaje siniestro como descendiente de los más crueles de los conquistadores del Perú y su continuidad de encomenderos es el espeluznante relato que desde la cocina están escuchando los sirvientes a través del micrófono que se ha dejado Juan Lucas, involuntariamente, abierto:

-Increíble –decía Susan-. No puede ser.
-¿Éste? –insistía Juan Lucas, señalando a Capone con un dedo larguísimo-; éste es capaz de cualquier cosa. Había que estar ahí para creerlo. ¡Cuántos veranos me he pasado yo en la hacienda ésa!
-¿Pero disparaba de verdad? –preguntó Susan, y vio que Capone se ponía muy serio.
-Hay que apuntar siempre a un blanco –dijo, grave.
-Claro que no les daba, mujer; no seas ingenua; pero los hacía bailar. Llamaba a los peones...
-¿Eran indios?
-¡Cholos pues... serranos, lo que sea! Lo increíble era verlos saltar. “Te voy a agujerear la punta del pie”, les decía y ¡paff!, un tiro, y ¡paff!, otro, y ¡paff!, otro, y los tipos pegaban de brincos, “¡no! ¡no! ¡no! señorito don Fernando, le gritaban los peones.
-¡Oh! ¡nooooo!
-Bueno, pueeeees... no les daba pero...
-No les daba porque no era necesario [469].

My duchess
En contraste con estas figuras que emergen de la leyenda negra, los señores actuales aparecen transfigurados por la metáfora del ajedrez que emplea el narrador, la vida es un juego limpio y racional, civilizado, de estrategia y cálculo, jerarquizado: “Aparecía Juan Lucas y era el rey de ese maravilloso ajedrez, idea o simulacro de batalla que ellos jugaban contra el transcurso de la vida, contra todo lo que no fuera lo que ellos eran. Aparecía Juan Lucas y besaba la frente bajo el mechón de Susan, una reina bebiendo su té” [296]. La lucha contra la alteridad adquiere un referente preciso en la alusión a esta emperatriz, británica por parte de su abuelo Patrick [110], disfrutando el producto de sus colonias de forma tan diferente a una coca-cola helada, el té es un motivo que ya hemos anotado anteriormente y que se repite en momentos neocoloniales de la novela. Otra imagen regia de Susan la tenemos cuando Arminda, la lavandera, aparece con su paquete de ropa limpia en la suite donde se alojan los señores mientras les terminan la casa nueva y para el desconcierto de éstos, se espera a ver a Julius para darle un regalo de cumpleaños, sin querer comprender que pese a la amabilidad de Susan, allí está de más, creando una situación incómoda: “Así hasta que el asunto empezó a parecerse demasiado a viaje de reina a sus colonias y ya no les quedaba nada por decirse” [320]. Juan Lastarria, que no entiende nada, la disminuye a duquesa: “Susan my duchess”, le dice [110].

A pesar de las transformaciones en su vida y de haber sido subyugada por Juan Lucas, Susan retiene durante toda la historia bastantes rasgos de su pasado familiar y de unos esquemas mentales procedentes de la encomienda. Cuando Julius le cuenta de su amigo el conductor del autobús del colegio, el elegante negro Gumersindo Quiñones, “Susan le dijo que efectivamente el chofer era muy atento, lo había visto una vez, así son los negros descendientes de esclavos, continúan muy leales, muy nobles, viven felices con el nombre de sus antiguos amos” [204]. Entonces aparece Juan Lucas, que para decir algo sobre el tema cuenta un chiste tremendo y se burla de ella, como siempre que la sorprende en alguna debilidad con inferiores o en tratos con la Iglesia. Del paternalismo encomendero, aquí feminizado, se pasa bruscamente al racismo sin paliativos.[xii]

Susan oscila en sus relaciones con el clero, evidentemente no le interesa el asunto religioso, pero como rescoldo de su educación puede aburrirse en los eventos de las monjas del colegio de su hijo u ofrecerse voluntaria para ayudar a familias pobres o incluso es capaz de madrugar para ir a misa, aunque siempre movida por un placer personal y dentro de los límites de lo soportable: “No habría tolerado un iglesión oscuro-colonial con mendigos en la puerta y altares barroco-complicados desde que pasas la puerta. Un letrero PROHIBIDO ESCUPIR EN EL PISO DEL TEMPLO, a esa hora, la hubiera liquidado. Pero en su parroquia no había mendigos porque había reparto parroquial organizado” [243]. De esta manera se nos da a entender el proceso de distanciamiento del personaje de la sensibilidad barroca, que se presenta fundida con la miseria desde que los mendigos se integran en la descripción como si fueran parte de la decoración arquitectónica.[xiii]

El trato amable que Susan prodiga a la servidumbre en nada se aproxima al de Juan Lucas, que entiende que no tiene por qué fingir, para eso es el señor, si ambos comparten un mismo concepto sobre la inferioridad de los pobres y a ninguno interesan sus vidas miserables. La escena en que Susan está contando a los criados cosas de Europa mientras la miran burlándose Juan Lucas y sus hijos mayores [157] ilustra perfectamente esta diferencia de actitud, debida únicamente a una delicadeza aprendida y un cierto y efímero complejo de culpa en Susan. Es lo que tenemos en el momento de la muerte de Arminda: “Poor thing, pensó Susan, pero maldijo saber inglés y sintió una pena horrible” [501]. El inglés es una vez más un elemento anglosajón funcionando como vehículo de un pensamiento deshumanizado, desprovisto de afecto; podríamos añadir, empleando el léxico de Juan Lucas, funcional.[xiv] La relación con los empleados del palacio sigue para Susan aquel modelo colonial que entendía la casa señorial como “casa poblada” y que fundamentaba gran parte del prestigio del señor en la cantidad de personas a su cargo: hijos, familiares, invitados... y por supuesto sirvientes. Juan Lucas en cambio está deseando deshacerse de todos ellos, contratar un servicio de restaurante de un hotel o un cocinero de escuela, conducir él mismo su deportivo, no verlos interrumpiendo con sus caras de cholos y su fealdad la elegancia de su entorno [175].

La servidumbre
Como no deja de apreciarse en el texto, el vínculo con la familia de la cocinera Nilda, la lavandera Arminda, Carlos el chofer, Celso y Daniel los mayordomos y las niñeras Berta y Vilma está basado en la afectividad antes que en el dinero: toda la servidumbre llora sinceramente la muerte de Cinthia, todos adoran al niño Julius y se disputan su atención, le hacen regalos, nunca olvidan su cumpleaños. Cinthia y Julius corresponden a este afecto, pero los hermanos mayores y los adultos son diferentes. El chofer Carlos, por ejemplo, cuando a Julius le pega Sánchez Concha, piensa en ir a meterle un par de cabezazos al chofer de Sánchez Concha, como si estuviera en una comedia lopesca [396]. Esta dinámica se advierte como una de las particularidades de la construcción narrativa y el narrador la hará explícita como veremos en un momento.

La llegada de Juan Lucas priva a los personajes de la servidumbre del sentido de su trabajo / vida (superpuestos, identificados, revelando una dolorosa realidad): Nilda primero está ofendidísima porque se encarga comida para las reuniones al hotel Bolívar [163] pero terminarán por deshacerse de ella, entonces, lo sabremos mucho después, todo empieza a irle mal, muere su hijo enfermo, su vida se arruina completamente. No es la única, Arminda queda sin hogar cuando los señores se trasladan al hotel mientras se termina la casa nueva, tiene que mudarse a casa de su comadre Guadalupe para no quedarse en la calle. Vilma había salido de la casa por culpa de Santiaguito pero su destino será la prostitución, invalidando la sentencia esperanzadora de Nilda en el momento de su despedida: “Vilma subió al Mercedes mientras Nilda pronunciaba una frase digna de Lope de Vega, pero mal dicha y en nuestros días, algo como el honor del pobre ha quedado bien alto en esta casa” [178].

La sustituta de Vilma, Imelda, será impopular entre sus compañeros “porque no había visto nacer a nadie en el palacio y no se identificaba a fondo con nada de lo que ocurría, ni siquiera conversaba con ellos en la repostería”, no se implica en la vida familiar, para ella este trabajo es meramente un empleo temporal, no su vida, sólo piensa en terminar sus estudios de corte y confección y cuando lo consigue, se va sin sentimiento, como todos sospechaban que sucedería, nada que ver con la marcha de su antecesora [176-178]. La última de las amas de Julius, la Decidida, “Deci”, es una profesional del servicio, por lo tanto se integra sin problemas en el funcionamiento del palacio. Ella, como Vilma, también será acosada por un hermano de Julius, aunque el diferente desarrollo de los acontecimientos dará lugar a un desenlace mucho menos trágico.[xv] Nos interesa destacar desde este dato que las mujeres jóvenes especialmente forman parte de la casa a la manera feudal que se prolongó en América durante la Colonia: el derecho de los chicos sobre las empleadas no es sino un privilegio ancestral implícito en su clase social. Juan Lucas, tan moderno en otros gestos, no ve nada extraordinario ni anticuado en este comportamiento de sus hijastros, los justifica, los apoya sin reservas... para eso están en la edad y son hombres, salen con chicas pero en Lima no es fácil, tienen que desahogarse, es natural [173].

Racismos de ayer y hoy
La injusticia histórica es el punto en que confluyen la herencia colonial y la etapa recién inaugurada. El mundo como lo explican los libros de Julius, desde que pasó al comedor de las personas mayores ya no es como la cocinera o los mayordomos le habían contado: “Ya no era como antes. Nilda se comía las uñas cuando él hablaba de los Mochicas y de los Chimú” [207]. La cultura oral de los cholos va quedando desprestigiada a medida que el niño va acercándose al saber escrito, pero no hay nada que hacer, los sirvientes se quedan sin voz, enmudecen ante la versión oficial del colegio norteamericano de lo que es el mundo rural, la selva, la sierra, lo indígena.[xvi] La educación que está recibiendo Julius en la segunda mitad del siglo XX mantiene los valores de la aristocracia virreinal en alianza con los gringos. El colegio del Inmaculado Corazón es de monjas estadounidenses, desayunan Corn Flakes [386], enseñan en inglés y a tocar en el piano el himno de los Estados Unidos [387], y el ómnibus es de carrocería americana. Las monjitas hacen un inmenso sacrificio para dejar su país y venir al Perú a educar a los mejores niños peruanos [389] y su moral coincide completamente con la más rancia tradición colonial: Gumersindo Quiñones, el chofer, le pone la mano en la cabeza cariñosamente a Julius el día de su primera comunión cuando sube al autobús escolar, el niño “se bañó en lágrimas: así debían sentirse los santos, algún día él le iba a poner la mano en la cabeza a todos los negritos del África y a todos los indios del Perú, qué lindo sería ponerle la mano en la cabeza a los pobres y volverlos buenos” [216]. La escena no precisa comentario, sin embargo no queremos dejar de notar que las razas negra e india, la pobreza y la maldad van unidas en el discurso inocente del Julius más santo, de la misma forma que todo el texto plasma la correlación entre ser blanco y rico.[xvii]

El racismo como rasgo de la sociedad limeña queda patente a lo largo de toda la obra, sin embargo hay momentos de especial intensidad. El personaje de Ernesto Pedro de Altamira, el germanófilo “en el mal sentido” [333] encarna una obsesión por la raza aria que conecta el ideario nazi con la sensibilidad virreinal [347]. Este amigo de Susan y Juan Lucas se había casado con su mujer Finita, modelo de esposa devota del orden tradicional “para tener hijos finos y bellos, no para quererla” [333]. La sueca liberada que su hijo ha traído de su viaje de estudios de Europa está bien, pero nada de presentarla en las casas decentes de Lima:

[…] había fiesta en casa de una prima del Villa María y ahí ni hablar de llevar a la sueca, en Europa sí, pero en Lima, ni hablar, además en Europa era bestial lo de las suecas y los negros, pero el otro día la habían llevado a la hacienda y se portó pésimo, claro que ni Finita ni Hitler se enteraron, pero la muy bruta parece que se aburría y se largó con José María, el negro que arregla los tractores [335].

Conocemos a Ernesto Pedro en la fiesta de inauguración de su casa, a la que acude el Premier, el primer ministro. En esa reunión está también el historiador Lalo Bello, pariente pobre de Juan Lucas, respetado porque conoce el verdadero abolengo de la gente; ante Juan Lastarria da un soplido “cargado de desprecio cuyo origen se remontaba indudablemente al virreinato” [339].[xviii] De modo que el filonazi, el poder político y la memoria nostálgica del pasado colonial aparecen alineados en la misma fiesta.[xix]

Otro detalle que nos hace remontarnos al prestigio racial en el imaginario limeño es la figura de Frau Proserpina, la profesora de piano de Julius recomendada por la tía Susana que Juan Lucas presenta al niño como la nieta de Beethoven y a la que su anciano inquilino judío delata como loca arruinada [460-461]. La Frau vive en un edificio ruinoso lleno de vecinos pobres, caminando por el largo corredor que lleva a su departamento, Julius va pensando: “pobrecita Frau Proserpina, hablar alemán y vivir aquí” [399].

El culto al cuerpo y la disciplina del deporte son otros conceptos que enlazan el universo “germanófilo en el mal sentido” con el modo de vida norteamericano al que se han adherido marcialmente Santiago y Lester Lang recién llegados de Estados Unidos. El ejercicio, la piscina o las pesas remiten al deporte como ocio pero también y sobre todo a la economía, al cálculo: la distancia con el tradicional modo de vida peruano se evidencia a través de la reacción de Bobby, que ya adelantábamos:

Maricones parecían con tanta alharaca por un milímetro más o menos de caja torácica que el mes anterior […]. ¡Había que ver cómo se cuidaban!
¡Y después los duchazos!¡Y los jugos de toronjas!¡Y el número exacto de vitaminas!¡El de calorías!¡El desayuno norteamericano!¡Descanso y digestión!, después...
“Maricones, parecen maricones” […] Bobby llegó a tener sus dudas, pero eso de que se tiraran a varias de las chicas que Tonelada les puso en bandeja lo tranquilizó. Era técnico el asunto, frío, cultura física, ¡exacto!, ¡claro!, cultura física. ¡Felizmente! [560]

Bobby va comprendiendo que el extraño comportamiento de los mayores es una estrategia para no envejecer prematuramente, el control de los placeres proporciona la distinción, que es una necesidad, pero sobre todo se alegra de que su hermano no sea homosexual, encarnando otra de las fobias de su grupo social.

Utopías civilizadas
El referente de Estados Unidos como espacio utópico de civilización, salud y placer, se dispersa en el discurso de las monjitas del Inmaculado Corazón o el Villa María y en personajes refinados como los socios norteamericanos de Juan Lucas [162, 288], Lester Lang III y su hijo, o los niños de diplomáticos estadounidenses (King, 183) y canadienses (Peggy, 196). Otros gringos o extranjeros, como las esposas de diplomático europeo o norteamericano con quienes Susan comparte sobremesa en el golf [199] o en casa [232] o incluso la sueca de los vaqueros, van apareciendo de vez en cuando, hablando de preferencia en inglés.[xx] Los elegantes socios de Juan Lucas tienen fábricas [158], se insinúan como inversionistas en Perú: Cerro de Pasco [295] o Tingo María [526] tienen duras resonancias mineras y bananeras, sin mencionarlo se alude al petróleo, a las compañías fruteras y de flores.[xxi] Este trasfondo imperialista carece de detalles, de tal forma que el lector puede identificarse con la posición de los ricos y seguir tomándose un gin-tonic o una coca-cola helada en la terraza sin mayor problema o, como Julius, llenarse la cabecita de preguntas. En cualquier caso los socios norteamericanos han sido ya caracterizados y lo mismo los negocios modernos de Juan Lucas, que le permiten usar sus haciendas como recreo y no como medios de producción.

Hemos retenido también otro modelo de gringo nada aséptico con el que simpatiza el narrador por aportar al mural peruano el concepto de libertad individual, quizá de higiene moral. Primero está el pintor extranjero amigo de Julius, en Chosica, que se relaciona con total simpatía con la gente del pueblo; no olvidamos a la sueca, con su coche y sus vaqueros, enseñando a los invitados del cóctel el efecto beneficioso de la natación en la firmeza de sus senos, se le concede el beneficio de la duda entre que sea por putería o por salud [334], algo que no se plantea en el caso de la mujer nacional: la adolescente Carmincha es directamente “medio putillona, su mamá está divorciada y todo” [376] desde que, siendo novia de Pepe, se sospecha que puede gustarle el gringo que salta continuamente del trampolín de la piscina del Country Club [297], al que los chicos del club nunca sacan la mugre pero siempre están a punto de hacerlo. Él no ve a los enemigos ni sus amenazantes colillas ardiendo bajo sus pies invulnerables, sin embargo los muchachos peruanos sólo están pendientes del gringo, totalmente acomplejados ante su indiferencia. Cuando finalmente corteja a Carmincha como lo hubiera hecho Tarzán, el extranjero no entiende del pudor ni de por dónde agarra a la chica en la piscina [383], sólo la levanta y la sube al trampolín, dejando ver que hay otra forma de entender las relaciones de pareja menos enfermiza que la que permite la tradición en el Perú de los niños bien.

España en el corazón
En nuestra propuesta de lectura hay, por último, un interés por la función que desempeña el referente español cuando aparece en el mundo de la novela. Ya hemos visto que la era Juan Lucas es anglosajona (aunque también se hable perfecto francés), capitalista, aconfesional y que los personajes que todavía atienden de forma estricta al modelo hispánico quedan disminuidos. Sin embargo, lo español como valor metropolitano persiste en algunos tópicos que reconocemos desde la mirada de Susan pasados por el filtro de Hollywood (Ava Gardner, probablemente en La condesa descalza, 251) y en otros casos como restauración explícita y afirmativa del origen peninsular de una clase que nunca dejó de ser la heredera de los conquistadores.

Pensamos en los amigos madrileños de Juan Lucas, en que Madrid sea el punto de llegada para seguir viajando por Europa, en que a los señores peruanos les queden bien las palabrotas con acento español [412], especialmente cuando entienden de toros (algo que se lleva en la sangre, como explicaba Juan Lastarria). El vino y los pasodobles [250] también aportan identidad criolla.[xxii] Juan Lucas durante la feria de octubre (época en que le gusta tomar gazpacho, 279) nos proporciona un recuerdo del señorito andaluz en la juerga flamenca, acompañado de una ensoñación de Susan como si estuviera en un cortijo en Andalucía [284, 348]. Lo vemos claramente en el extracto siguiente:

Un mayordomo los esperaba para hacerlos pasar, y ahora sí ya se escuchaban todas esas voces bien varoniles, todos esos acentos españoles, todas esas expresiones del tipo cojones o me cago en veinte, que hombres de mundo habían aprendido en círculos taurinos españoles y que hoy, en Lima, pronunciaban sin temor a que pareciera falso porque eran en el fondo como transfusiones de una sangre nueva que sus biografías les habían exigido con el transcurso de los años [257-8].

Esa exigencia de retorno al origen de sus privilegios, la voluntad de no olvidar cómo se construyó de una vez para siempre la sociedad limeña, hace que a pesar de que la vida cotidiana sea ya importada de Estados Unidos, el mundo criollo de la fiesta precise de estos ritos arcaicos de autoafirmación social donde lo español se revaloriza como seña de identidad recuperada. Con esta última mirada sobre la noche de una Lima atemporal concluimos:

Más tarde, ya de noche, el íntegro contenido de las páginas sociales de los diarios se va trasladando a los mesones, que son como pedazos de coloniaje incrustados muchas veces en modernos edificios de Lima la ciudad de los virreyes y los villorrios [269].

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NOTAS
[i] Las citas y las indicaciones de páginas para el seguimiento del texto comentado remiten a la siguiente edición: Alfredo Bryce Echenique, Un mundo para Julius (edición de Julio Ortega), Madrid, Cátedra, 1993. El número de página irá entre corchetes y las observaciones propiamente textuales en este espacio de notas.
[ii] El narrador desarrollará el plano urbanístico de Lima como huella material de su historia, proponiendo así la lectura de los mapas y edificios en clave cronológica también: “la Lima de hoy, la de ayer, la que se fue, la que debió irse, la que ya es hora de que se vaya, en fin, Lima” [326]. El estancamiento social de la ciudad será presentado, por ejemplo, desde la vivencia femenina de una Susan castigada momentáneamente por la infidelidad de Juan Lucas, situación ante la que se sabe indefensa: para una mujer quedarse en Lima es morirse, enterrarse en las costumbres del virreinato y retroceder hacia un mundo claustrofóbico que parecía perdido [373].
[iii] Otras grandes familias no siguieron la misma suerte, probablemente por no saber adaptarse a los cambios [448].
[iv] El funeral del padre de Julius lo presenta vinculado al gobierno de la república, es la descripción de un entierro oficial [89]. Por otra parte la relación de Susan con el primer ministro se sugiere muy cercana desde que para ella el Premier es “Dodó” cuando se encuentran en la fiesta de Ernesto Pedro de Altamira [337].
[v] El niño es el eterno antagonista de Juan Lucas, disuelve el límite simbólico entre las clases sociales para que lo atraviese el cortejo fúnebre de Arminda, la lavandera [503], que sale por la puerta principal en tácito homenaje a Berta, la primera sirvienta muerta en palacio. El gesto se produce en complicidad poética con Cinthia, la hermana desaparecida que iba a ser como Julius.
[vi] Entre las secciones del palacio está el salón tanatorio: “hasta en eso había pensado el arquitecto”, apunta entre paréntesis el narrador [78]. La casa va esbozando su funcionamiento como castillo feudal, al margen de los derechos y deberes públicos: obsérvese que todas las necesidades de la familia están contempladas en el interior de sus muros y que esa autarquía hará, entre otras cosas, que en la primera parte de la novela Julius no vaya todavía a la escuela estando ya en la edad de escolarización prevista por las leyes[122].
[vii] Relacionado con el tema de los indios y su tratamiento, que tiene tan en vilo a Julius, añadiremos que la puerta del dormitorio del niño tiene un cartel que reza “Fort Apache” [83].
[viii] Entre los rasgos demodés de la tía Susana está su aversión al sexo: “no había valido la pena tanta cochinada para terminar con sólo dos hijos”: “Juan reptando entre sus piernas con una cara rarísima, demorándose en inmundicias” [417].
[ix] El trabajo no es digno para la nueva-ancestral élite, además de Lastarria, tenemos el caso de Pericote Siles, al que nadie tomaba en serio “y eso que era abogado y honrado y trabajador” y gana dinero [299]
[x] En la fiesta de Rafalito los niños invitados comen “sus dulcecitos hechos por monjas de antiguos conventos de Lima” [101], la personalidad colonial de la tía Susana se prolonga y distribuye también a través de los bizcochitos. Monjas de diferentes nacionalidades y golosinas relacionadas aparecen a menudo en el texto [129, 225, 388], así como las labores y primores conventuales [236], vestigios de la edad preindustrial.
[xi] Bryce Echenique nos propone en esa secuencia el ejercicio de la escritura, concretamente de la parodia, como medio de los débiles y sus aliados para desacreditar a los eternos poderosos. Desgraciadamente la estrategia de Julius, que consigue desconcertar a Fernandito y humillar la figura de su padre, no es comprendida por Cano, que insiste en enfrentarse a su enemigo en el terreno en que el otro es más fuerte, por eso está condenado al fracaso.
[xii] También en este sentido se orienta el pensamiento de Susan respecto a Vilma, el ama de Julius, “hermosa la chola, debe descender de algún indio noble, de algún inca, nunca se sabe” [79].
[xiii] Advertimos una concordancia de sentido entre este momento con otro en que Julius y su familia van en el Mercedes por la avenida Abancay. Susan se pone sus gafas de sol porque “le daba flojera acordarse de la pobreza después de un almuerzo tan pesado y con tanto vino” [263]. Sin embargo la miseria entra en el coche: un negrito introduce por la ventana la cabeza y explota un globo de chicle; un manco que vende billetes de lotería asoma su muñón... [264]
[xiv] Nótese que, salvo Susan, las demás señoras peruanas no lo hablan, parece ser un rasgo de la educación cosmopolita todavía propia de los hombres en esa generación. La siguiente ya es distinta, la Piba amiga de Santiaguito y Lester ya es bilingüe [554].
[xv] Hay en la novela un momento de terror provocado por la circularidad histórica (es decir, atemporalidad) de las agresiones a las criadas, el protagonista es Carlos, el chofer, que acaba de enterarse de lo que Bobby ha intentado con Deci: “sintió un escalofrío, peor todavía, sintió que ese escalofrío se le juntaba por un hilo tan inexplicable como helado con otro escalofrío en la repostería el antiguo palacio, por el mismo hilo regresó tembleque a la nueva repostería, y hasta hubo un momentito en que era allá el verdadero escalofrío y el de ahora lo estaba profetizando” [492].
[xvi] La institutriz de Julius, la señorita Julia, intimida a Vilma con su “castellano significante”. Los conocimientos culturales de la maestra la colocan sin lugar a dudas por encima de los criados serranos, aunque para Susan, que nunca dice ni pío cuando le habla de Rubén Darío y de César Vallejo, no parece ser sino otra persona más a su servicio, cuyo lugar de tomar café está en la repostería, no en las salas donde se recibe a invitados [149].
[xvii] Cuando Julius va a la obra de la casa nueva, el narrador menciona a Blanquillo, un albañil que era “blanco como Julius pero obrero incomprensiblemente” [272], “blanquísimo, incomprensiblemente obrero e hincha de la U” [275]. Respecto a las cualidades morales de los pobres, subrayamos la respuesta de la niñera Berta a Julius para la pregunta de por qué dice su madre que las mujeres del pueblo rara vez tienen canas: “Entre la gente pobre el indicio de mortaldá es más alto que entre la gente decente y bien” [87]. Lo feo, lo odioso y lo pobre son sinónimos en alguna otra ocasión [125].
[xviii] Seguimos a Lalo Bello durante el cóctel, lo vemos poco después “dejando escapar un enorme, caliente y virreinal soplido de satisfacción” antes de pensar en Plutarco y las vidas paralelas y en una langosta y buen vino que va a disfrutar dentro de un rato en el Aquarium. Dice el narrador que esa comida, o quizá sólo el vino, es para “seguir imaginándose cosas que tal vez iba a escribir” [342]. ¿Significa eso que este historiador es un fabulador? De cualquier modo, su estancamiento en la Colonia lo hace despreciar la presencia yanqui en los lugares aristocráticos de Lima [360].
[xix] Juan Lucas se reúne con el ministro de hacienda y otros pesqueros en la página 318. La relación de gobierno y empresarios está clara, así como el papel de los gringos en el negocio.
[xx] La influencia anglosajona en Latinoamérica queda sugerida en un personaje puntual, el niño nicaragüense Winston Churchill [394].
[xxi] El tema se desarrolla a través de la historia de la orquídea para la chica de Bobby, que provoca un esfuerzo logístico con avioneta especial y todo.
[xxii] Es interesante notar que Susan mirando una etiqueta de jerez lee “lo de Jerez and London y siente algo familiar, como el resumen de su sangre” [252].