ALBERTO

Ernesto Pérez Zúñiga

Escher's 'Relativity', tomado de Andrew Lipson's LEGO® Page


Quiso acompañarme porque yo no conocía el laberinto. Lo había visto unos minutos antes en la escalera, barnizándola. Yo era una extranjero que ponía mi casa en el edificio donde él vivía desde hacía años, pero se ofreció a ayudarme. Salimos al callejón donde permanecían los puestos de pescado: calamares, salmonetes, cabezas cortadas de pez espada, que pinchaban el aire con olor a mar, y a mar que moría. Cayeron las primeras gotas. Alberto tenía mi edad, más de 30 años, y caminaba delante. Más alto que yo, su ropa costaba diez veces menos que la que yo llevaba. El pelo moreno; ojos hacia la frente, risueños; nariz y boca grande, también risueña. El suelo salpicado de escamas; los gatos comían restos de gambas viejas. La lluvia arreciaba. Los colores de los puestos de fruta quietos contra los muros de las casas bombardeadas. Naranja, verde, plateado, muy quietos. Y las voces del mercado apagadas por la fuerza del granizo. Alberto caminaba medio metro por delante. Sorteamos calles apretadas, el tráfico que tenía prisa por atropellar el asfalto mojado hacia alguna libertad. Entramos en el inmenso callejón de los puestos de ropa: calcetines, bragas, pañuelos, cordones, bobinas de lana, camisetas, pantalones, manos que movían marionetas bajo las lonas bajo la lluvia. Alberto y yo nos detuvimos en mitad del laberinto. A la izquierda se levantaba un palacio normando. A la derecha la larga fila de fachadas en ruinas. Nos habíamos empapado y las gotas resbalaban por la cara. Alberto señaló hacia el norte y reanudamos el camino. Me ayudaba a preguntar en cada una de las tiendas. Las casas le saludaban. La gente le sonreía con complicidad –una complicidad irónica- por guiar al extranjero entre las ruinas y la lluvia, pero tuvo que discutir con varios viejos que reclamaban indiferencia. Dejó de llover. Al día siguiente Alberto me buscó a primera hora de la mañana para llevarme en su moto a las viejas catacumbas. Le aseguré que ese día me era imposible pero que al siguiente iría con él. El laberinto me atrapaba alrededor, pero Alberto no comprendía mi prisa por salir de él. Dentro del laberinto el tiempo es lento, me dijo, ni siquiera lento o rápido, sólo un suceso. Alberto sonreía y al rato seguía barnizando la escalera. Anoche le vi por última vez. Volvió a sonreír. Su mano abrazó la mía. Tienes que volver pronto, me dijo. Tienes que hacerlo. Todos los puestos de pescado ocultos en la noche. El barrio inspiraba desolación pero expiraba una alegría intensa. Los ojos de Alberto volvieron a ofrecerme su ayuda. Regresa, me dijo, el laberinto quiere que vuelvas.