TEN CUIDADO, LOBO

La abuela de Caperucita
Anelio Rodríguez
La Caja Literaria, Tenerife, 2008
295 p.|10,40 euros|ISBN:9788479852733|

La aparición de una nueva novela en Canarias siempre es una grata sorpresa y una gran noticia. Se trata de una comunidad de abundancia poética y menos narrativa (mucho más cuento que novela). Aunque ahí quedan “Los Puercos de Circe”, de Luis Alemany, autor que posteriormente no ha vuelto al género, y cuyos cuentos de finísima ironía han llamado inevitablemente la atención del primer Anelio (el de “La Habana y otros cuentos”); los fetasianos Isaac de Vega y Rafael Arozarena (ya con el Premio Canarias de las Letras en su haber), el primero el más irredento e incombustible novelista canario de todos los tiempos (si salvamos a Benito Pérez Galdós), y eso a pesar de su escasísima difusión –pues lo suyo es casi épico, singular, a contracorriente, de quitarse el sombrero—, y el segundo el que más éxito ha cosechado, con su primera novela (“Mararía”) y no con la segunda, que el autor afirma que es su mejor novela (“Cerveza de grano rojo”). También han insistido en el género otros autores del boon canario de los 70, Luis León Barreto, Víctor Ramírez, y, desde el ámbito del mercado nacional, Juan Cruz y Armas Marcelo, el primero más cronista que novelista, desde su ya legendaria “Crónica de la nada hecha pedazos”. De las generaciones inmediatamente posteriores, han hecho novelas Sabas Martín (que recientemente ha visto traducida al alemán e italiano varias de sus obras), Agustín Díaz Pacheco (el de prosa más obsesiva y exigente), y Víctor Álamo de la Rosa, el más joven y con mayor repercusión fuera de las islas, que se ha internado tímidamente en el mercado nacional a través de Espasa Calpe y que ha visto traducidas novelas suyas al francés y portugués.
Pero la propuesta de Anelio Rodríguez Concepción está dotada de una frescura bien diferente, rompiendo en cierto sentido con la escasa tradición novelística canaria. Si el más joven, Victor Álamo de la Rosa, ha optado por continuar rigurosamente con la narrativa precedente, ahondando en ella con novelas como “Campiro que” o “El año de la seca”, Anelio Rodríguez Concepción pertenece a la estirpe de los autores que se desmarcan por otros derroteros, como es el caso de la recientemente desaparecida Dolores Campos-Herrero en sus cuentos, de la escueta cuentística de Daniel Duque; si no de la más reciente del propio Alemany –y refiero cuentística porque es mucho más difícil encontrar novelas de cierto fuste literario en las que se dé esa ruptura.
Hablamos del único autor canario que ha obtenido el premio nacional Tiflos de libros de cuentos, con “El Perro y los demás” (probablemente la obra suya que me ha hecho disfrutar más hasta la fecha, pero sin menoscabo de esta última); y el único cuentista canario incluido por Andrés Neuman en su antología del cuento en español, Pequeñas Resistencias, aunque sólo fuera mencionándolo en el prólogo. Anelio Rodríguez Concepción ha publicado libros de poemas, un bestiario con dibujos de su hijo –de cuando éste era pequeño—, y hasta un estudio etnográfico sobre el cultivo del tabaco en la isla de La Palma; pero para sus lectores, como yo, desde los cuentos de aquel primer libro, “La habana y otros cuentos”, eso es lo que más se hace esperar: sus cuentos. Anelio es un cuentista encantador, singular, con una voz propia; de su oralidad al papel con indudable saber hacer. Leerle es como escucharle y escucharle (pregunten a quienes han atendido a algún acto en el que haya participado) es siempre un acontecimiento regocijante, un vacilón. Cuando pienso en sus narraciones se me ocurren varias palabras: ternura, ironía, bonhomía. Su estilo es limpio, trabajado hasta la sencillez, culto sin que lo parezca, aunque acaba pareciéndolo y lo es.
Y es todo eso lo que nos encontramos en esta su primera novela, La abuela de Caperucita, pero en mayor abundancia, y mejor, completado, desarrollado, en plenitud, con su inefable soltura y un finísimo sentido del humor que lo barniza todo elegantemente, para narrar la insólita historia de una señora, trabajadora por horas en la limpieza del portal de una finca, que se destapa como una gran actriz porno, “La abuela de Caperucita”. No les quiero contar más. nm