PROYECCIÓN EN EL KURSAAL

Nicolás Melini



No sé por qué a veces me muestro apasionado por el cine o la literatura.
¿Podría vivir sin escribir? Sospecho que sí. Dejé el fútbol que tan feliz me hizo.

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Proyección en el Kursaal. La película belga Le jour où Dieu est parti en voyage (El día que Dios estuvo de viaje). Sobre la masacre de Ruanda. Ganadora del premio a los nuevos realizadores.
Pero no es de cine de lo que quiero hablar. Ni de festivales.
La película es tremendamente dura, no sólo por lo que se cuenta en ella, sino por todo lo sugerido y que sucedió: 800.000 personas pasadas por el machete. Termina y llega el momento del aplauso. El público heterogéneo que llena la sala (los críticos y los periodistas ya la han visto en proyecciones anteriores) decide de manera espontánea, al unísono, en el instante, no aplaudir.
Les ha gustado la película. Pero no aplauden. Y ni siquiera parece que le den la menor importancia a la decisión.
Sencillamente, no se puede aplaudir la representación del dolor de tantas personas.
Supongo que es lo que sucede cuando la historia está contada con honestidad. Al fin y al cabo no se trata de un espectáculo. Ni siquiera es un melodrama.
Ante la verdad del dolor que encarna la protagonista, el aplauso, sencillamente, no procede. Queda desactivado.
Y es lo que me hace sentir a gusto entre estas personas mientras descendemos el inclinado patio de butacas y nos dirigimos, como un río, casi en silencio, a desembocar en la ciudad.