UN VIEJO MANUSCRITO

Liliana Lara



Cuando despertó, comprobó que se había quedado dormida en una mecedora de mimbre, pero no recordaba ni dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Era algo que solía sucederle desde que tenía uso de razón, por eso odiaba dormir siestas. Su madre insistía en que durmiera, le leía una colección de cuentos rusos bellamente ilustrada que la llevaban de inmediato a deambular por estepas blancas y heladas. Cuando dormía desaparecía la realidad y venían príncipes y hadas flotando en el vapor de las teteras a limpiar cada ruido o a aplacar el hambre. Dormir en la tarde era como desaparecer de la vida, abandonarse a la nada. Por eso siempre se despertaba sin saber ni qué día ni qué hora era, entonces daba un brinco lleno de angustia y caía en el piso, de pie como caen los gatos, como si así pudiese caer en la realidad, la suya, su día y su hora, su nombre, su casa. Esta vez quiso brincar como en su niñez, pero tenía el cuerpo tan pesado que fue imposible. Sólo pudo levantarse lentamente, despegarse muy despacio del mimbre caliente y sudado, posar sus pies en un piso de granito que no recordaba.

—El piso era de madera oscura – dijo en voz alta, pero para sí misma.

Enseguida vinieron dos gatos a lamerle los tobillos y a restregarse en sus piernas, mientras rechinaban de amor. A ella se le llenó el corazón de alegría. Tal parecía que eran suyos, pero está visto que los gatos suelen prodigar cariño también a los extraños. No era asombroso que se comportaran como si ella fuese la dueña. Y ella empezó a comportarse como si fuesen sus gatos, mimándolos e inventándoles nombres.

—Tú, Krommer y tú, Smetana – dijo y se río porque le pareció un gran chiste.

Pasó un rato sumergida en los gatos, en sus juegos y sus uñas, hasta que volvió a sentir esa angustia de su niñez ahora redoblada porque sabía que había transcurrido un tiempo más o menos largo desde que se despertó hasta ese momento y todavía no lograba determinar ni qué día era, ni qué hora y mucho menos dónde estaba. Se puso una mano en el pecho como quien quiere así calmar a un corazón que brinca de miedo. Con pavor descubrió unos senos fofos y melancólicos, dos peritas pasadas de las que no tenía conciencia. Se metió la mano dentro del sostén y comprobó que los pezones apuntaban hacia el suelo con una nostalgia que ella no recordaba. Era como si lloraran y ella estaba a punto de comenzar a llorar también, el alma enlutada por una decrepitud recién descubierta. ¿Cuándo había pasado esto? Más que saber el día, quería saber el año. ¿Qué año era ese? ¿En qué año había nacido ella?

—El 8 de mayo de 1906 – dijo.

Recordaba la fecha con claridad y le venían a la cabeza también algunas imágenes: ella apagando las velas de un pastel cremoso, su madre cantando canciones de cumpleaños con una voz en falsete mientras un hombre que no era su padre descorchaba una botella de algo espumante. Algo que ella no debía beber porque aún era una niña, pero que igual le ofrecían en una copa sucia. Tal vez fue en 1920, acababan de llegar a Palestina y su madre había conseguido un buen trabajo, por eso la celebración había sido doble y despreocupada. Ella tomaba de aquella copa, encantada, como quien toma el elixir de la adultez, porque ésa era una invitación a ser grande, que era lo que ella quería con todas sus fuerzas. Aunque ahora se sentía como esas frutas que van de verdes a podridas, sin pasar por el esplendor o la lozanía.
El apartamento olía a orín de gatos y era un completo desorden, tal como si unos ladrones hubiesen estado buscando objetos de valor para llevárselos y no hubiesen encontrado nada más que pacotilla. El contenido de gavetas y repisas descansaba en el piso, junto al reguero de los gatos. Ninguna silla hacía juego con la otra, ningún tapete estaba limpio, las cortinas eran un tejido de polvo y hollín que apenas dejaba entrar la luz o mirar hacia afuera. Caminó hasta la cocina, esquivando pelotas de lana y periódicos destrozados, y abrió la nevera. No estaba vacía, como ella suponía. En cambio, había varios yogures sin azúcar, jugos, algunos vegetales y una conserva de dátiles. Estaba a punto de servirse de la conserva, cuando se le ocurrió mirar la fecha de vencimiento de los yogures.

—15 de julio de 1998—leyó en voz alta y se miró empequeñecida y gris en el reflejo turbio de la ventana.

Seguramente no era la primera vez que su memoria se extraviaba y aquel terror al abandono de las siestas de su infancia era una premonición que no supo entender. Y si esto era recurrente, lo más probable era que en algún lugar ella hubiese escrito algunos datos importantes que era conveniente recordar cuando despertara, porque ella era de esas que lo escriben todo, muy ordenada, muy razonable. Incluso, alguna vez había sido secretaria de alguien importante. Pero si ésta era la primera vez que le ocurría, entonces no tendría nada escrito y tendría que reorganizar su propia vida como quien arma un rompecabezas o como un biógrafo tratando de escribir la biografía de un desconocido. Toda una vida tratando de olvidar amores, traumas, pesadillas. Toda una muerte tratando de recordar cualquier cosa.
Biógrafa de sí misma, se encaminó al cuarto en busca de algunas pistas. Necesitaba llenar algunos datos urgentes como su nombre y, en vista de su avanzada edad, si requería tomar algunos medicamentos. A pesar de que la sala era pequeña, ella se movía con lentitud no sólo porque el piso estaba atestado de cosas, sino porque sus piernas eran dos columnas difíciles de trasladar. Era como un barco descomunal tratando de atravesar un arroyo lleno de rocas. O más bien era ella el frágil arroyo que estaba siendo atravesado por el barco oxidado de la desmemoria.

El aullido del teléfono detuvo el periplo. La voz en el auricular preguntó por Esther Roffé y ella supuso que ése era su nombre. Eti, gritaba su madre desde un sótano oscuro o en una cama llena de los escorpiones de la enfermedad. Eti, gritaba un hombre en medio de sábanas y manuscritos ajenos. “No se encuentra, si quiere dejarle algún recado” – dijo porque no sabía qué más decir. La voz -era una voz de hombre—pidió con suspicacia que le dijera que se pusiera en contacto con él en la Biblioteca Nacional. ¿Cuál es su nombre? – preguntó ella, con eficiencia secretarial. El dio un nombre extranjero y colgó bruscamente, ni siquiera le dio tiempo de anotar. Se encogió de hombros y continuó la travesía. Sus piernas estaban llenas de venas muy negras y muy gruesas.

El cuarto estaba atiborrado de frascos vacíos, remedios, cremas humectantes. En la peinadora descubrió una lata de caramelos chinos que era usada como pastillero. Algunas pastillas sueltas, todas de la misma forma y tamaño: ese era el medicamento que debía tomar diariamente y con urgencia, pero ¿cuántas pastillas?, ¿a qué hora? Decidió no tomar ninguna.

En un rincón del closet estaban las fotos en álbumes apiñados uno arriba del otro. Fotos viejísimas, en blanco y negro, ella con sombrero y dos niñas, cenas familiares, playas y paseos. La vida que fue registrando en fotos opacas para los otros, en todas ella fingía una sonrisa, en ninguna se reconocía a sí misma. Entonces pensó en esos recuerdos que se guardan en compartimientos secretos, esos que son los verdaderos registros de nuestra vida. ¿Dónde estaría la caja de sus verdaderos recuerdos? Sacó zapatos viejos y gastados. Un paraguas. Botas de lluvia. Todo lo que estaba en el suelo del closet, ahora cubría la alfombra de la habitación. ¿Dónde estarían esos papeles? Si acaso existían, porque también estaba la posibilidad de sólo ser una vieja plana, en blanco y negro como esas fotos
El teléfono la asustó nuevamente. La voz al otro lado de la línea la llamó “mamá”, pero ella no sintió ninguna alegría. Pensó en la foto forzada, su cuerpo en el centro de dos niñas más bien obesas. La voz inició una cantaleta sin pausa: “te tomaste los remedios, necesitamos más plata, no has encontrado esos papeles, voy a entrar en tu casa a la fuerza, no podrás negarte, voy a llamar a una asistente social para que te saque de allí, te voy a poner en un asilo para que te pudras, busca esos papeles o voy a pagarle a un hombre para que te asalte”. Cuando pudo decir que no recordaba nada, del otro lado de la línea la mujer enfurecida gritó "mañana te vuelvo a llamar, te llamaré incluso después que te mueras" y tiró el teléfono con violencia.

¿Dónde estarían esos papeles? Esa llamada había iluminado su búsqueda. No en vano había pensado en recuerdos ocultos, los verdaderos. Su memoria no estaba del todo vacía si podía recordar papeles muy antiguos que soportaban el secreto de su vida o de la vida de otros. Se dirigió a la cocina nuevamente, está vez sabía dónde buscar: sacó las cajas de comidas para gatos, los detergentes, los insecticidas y encontró una segunda puerta al final del gabinete esquinero. Allí estaba el cofre. Era el mismo en el que los había guardado un día de diciembre de 1968. Un hombre había muerto, ella lo había llorado en silencio ese día. Luego, vestida de oscuro, había ido a su oficina y había tomado esos papeles. Ese hombre la llamaba Eti, le hablaba en checo y le había pedido antes de morir que quemara lo personal y vendiera lo histórico. Ella no había hecho ni lo uno ni lo otro. O por lo menos no había vendido todo, porque allí estaban los manuscritos y las cartas todavía. Temblando, se sentó a leer su vida en esa caja.

—Detrás de esa cara de palo de las fotos – dijo en voz alta, para sus gatos – había corrido sangre.

Y como quien lee una ficción de sí misma, leyó cartas y diarios toda la tarde: lloró, sintió celos y finalmente se maravilló al comprobar que su vida había sido un poco más interesante que ese deambular por un apartamento inmundo, lleno de mierda de gato. Allí, entre las cartas y los diarios de aquel hombre que había sido su amante, también estaba ese viejo manuscrito en alemán que añoraban sus hijas y el bibliotecario. Él lo había heredado de un escritor atormentado y lo había traído desde Europa hacía mucho tiempo, cuando había tomado rumbo hacia el Levante huyendo de la guerra.

Devolvió los papeles al compartimiento secreto del gabinete de la cocina en el que los había encontrado, también las cajas y los insecticidas y mientras se comía la conserva de dátiles se sintió orgullosa de sus andanzas, reina de secretos literarios, históricos. Afortunada por haber leído aquellos clásicos en sus versiones manuscritas, aunque su alemán ya no era tan bueno, además de la dificultad de descifrar una letra abrumada en un papel que se iba convirtiendo en pergamino. Vendería todo a un precio que no cabía en su imaginación y se buscaría una enfermera filipina, un par de muletas y saldría a caminar todas las tardes por el bulevar Rotschild como una vieja emperifollada. Lejos de sus hijas que la asediaban como aves de rapiña. Seguramente eran dos señoras muy gordas que vivían de la plata que ya le habían robado tras la venta del primer manuscrito, mientras ella con sus tetas escurridas vivía en la miseria sin siquiera una ayudante que viniera a poner en orden ese apartamento o a sacarle las pulgas a los gatos. La sangre se le revolvía furiosa en el pecho tras estos pensamientos y para no tener un colapso se empeñó en ocupar la mente en otra cosa. Puso la radio y se sentó a aplacar su corazón con el ronroneo de una emisora mal sintonizada. Alertaban sobre una oleada de medusas en el Mediterráneo. Comentaban el último atentado. "Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos" – citó de memoria y podría haber seguido recitando aquel viejo cuento completo, pero el cansancio de la búsqueda y la angustia del olvido la hicieron abandonarse a un leve sueño.

Cuando se despertó comprobó que se había quedado dormida en una mecedora de mimbre, pero no recordaba ni dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Era algo que le solía suceder desde que tenía uso de razón, por eso odiaba dormir siestas. Apenas puso los pies en el suelo, dos gatos ajenos corrieron hasta ella.

—Tú, Vorisek y tú, Zelenka—dijo y se río porque le pareció un gran chiste.

1 comentario:

La Mano dijo...

¡Una belleza!
¿Otro desvío?
La ausencia de la memoria en clave de ternura, de ironía, de tragedia. Gracias por dejar que lo leamos.