VENGANZA

Nicolás Melini

foto de Erik Molgora


Dije a mi padre que tenía que comentarle algo. Me acompañó a mi habitación. Sentados en mi cama, aguardó mis palabras. “Creo que soy gay”, dije y sonreí. No pude evitarlo, el alivio, la histeria… En frente de mí tenía el rostro severo, entristecido, herido, confundido, de mi padre. Con mis palabras me había quitado de encima, de un plumazo, sus grabaciones en vídeo a mis nueve años (para que comprendiese “lo exagerado” de mis andares y los corrigiera, “por mi bien”); su frase latiguillo y de mal gusto, que decía continuamente, “yo, por ahí, ni el pelo del bigote de una gamba” (con la que parecía pretender infundirme no sé qué orgullo de su hombría, transmitiendo de paso que un hijo suyo no podía ser maricón, la cosa más infame de la tierra); su convicción de que mi amaneramiento se debía a algún problema endocrino (las visitas a todos aquellos médicos… logopedas, psicólogos, neurólogos); y su diagnóstico irrefutable, leído acaso en algún foro de Internet, de que si yo había sentido algún tipo de “confusión sexual” se debería a mi recién estrenada esquizofrenia, a mis brotes psicóticos, que todo ello era por la enfermedad mental. Sentados en mi cama le dije “creo que soy gay” y sonreí y escruté su rostro descompuesto. Supongo que en aquel instante buscaba nuevos argumentos o se convencía de la vigencia de los antiguos. Por fin se rehízo de su tristeza y habló con voz confiable: “Es normal que pienses eso. Has tenido un brote psicótico. Estás tomando una medicación muy fuerte. Ahora no debes pensar en esas cosas, ¿de acuerdo, hijo? Confía en mí. Tú no eres gay. Ya verás cómo al final todo irá mejorando poco a poco”. Y yo asiento y me muestro obediente con sus palabras. Pero lo miro y pienso: pobre imbécil. Por fortuna, mi madre siempre ha sido otra cosa.

Cuento escrito para el proyecto 54 semanas, fotoblog de Erik Molgora