EL DOBLE ARTE DE MORIR

José Balza

Sin título, Roberto Obregón (detalle)


1
Desde la cama Benito puede ver la luz fugitiva del sol que, como una crema, tiñe los bordes de la montaña y las partes altas de los otros edificios. Acaba de tener el cuerpo cálido y jugoso de Marina Luz, sus murmullos de gusto, de sueño. No hay duda, ha encontrado por fin a la mujer indicada, fuerte y permeable, siempre dispuesta al goce y a las responsabilidades. Con ella, se dice, ¿hasta el fin?

La deja dormir y salta desnudo hacia el baño; pulsa el control: por la televisión las imágenes de una mujer que ha velado durante un mes, encerrada, a su hermano muerto.

Al salir, ve que Marina Luz gira y que las sábanas son una invitación a quedarse junto a ella. Los pliegues reciben zonas doradas que el amanecer envía desde la montaña. Duda por un momento, pero va a la cocina. Le dejará café hecho. Por la radio el locutor comenta la muerte de un taxista, cincuenta años, afecto al gobierno. Apareció por Quebrada Honda, sin señales de violencia y tenía puesto un condón. De manera automática, Benito se ríe. Apaga los dos aparatos.

Sale del apartamento; es temprano, pero la luz ya no corona los montes. Hoy no usará su auto. Es curioso, desde su ventana la urbanización está nutrida por árboles y la calle se ve impecable, pero basta un pequeño recorrido para que el barrio de viviendas pobrísimas y escalinatas rotas, aparezca. En un kiosko lee los titulares: mientras medio país recoge firmas para echar al presidente, el otro medio país lo respalda.

Aprieta el maletín de piel, como si protegiera en exceso los papeles habituales. Aún resultaría fácil abordar el bus, lo cual le permitiría gozar un poco más de la claridad y de esta, todavía, hora dulce de la ciudad. Se detiene en la parada, pero la cola es mayor de lo que imaginaba, y los vehículos pasan llenos.

Mejor el metro, se dice; sólo tiene que recorrer tres cuadras. Sin embargo, cuando apenas ha avanzado, encuentra un tumulto: gente que grita, manotea, se insulta entre sí y mira hacia la ventana más baja de un edificio. Quiere alejarse, cruzar la calle. Pero otro hombre, como de su edad, que sale del edificio, murmura solo. Benito se detiene, lo escucha y le atiende, como si fueran amigos. Una buena manera de saber lo que pasa.

—¡Quería vender a la niña! Se le fue la mano.

—¿Qué pasa, de qué se trata?

—Nada, el travesti del 7B que había secuestrado, vestido de enfermera, a una recién nacida. Parece que quería venderla por varios millones. Pero ¡qué bolas! Lo descubrieron por el llanto de la niña, ¿no se le pudo ocurrir algo mejor?

2
Una semana después, todo le sucede cuando ya se marchaba.

—He perdido un amigo –se dijo.

Y también: “Y con él, la mejor forma de morir”.

Para colmo, el ascensor tardó en cerrarse, de tal manera que el rostro de su amigo aún le sonreía desde adentro, junto a alguna otra cara de la oficina.

¿Cómo podía haberle indicado, apenas unos segundos antes: “Tengo algo de que hablarte”, con tono urgente, y sin embargo haber entrado al ascensor en vez de detenerse un momento y hablar de lo que fuera?

Su pensamiento se aceleró y a medida que caminaba hacia el sótano donde estaba el auto, de algún modo volvió a repetir que se trataba de una despedida o, por lo menos, de un cierre para su vieja relación.

La frase también hubiera podido sugerir que lo llamara más tarde, y en otras circunstancias no habría dudado en hacerlo. Pero el encuentro en el ascensor estaba ligado a importantes pequeños detalles. Y a pesar de su ambigüedad, para él aquélla era concisa. “Hablar” en este caso quería decir que no tenían por qué hacerlo. El motivo importante habría requerido de que el otro saliera del ascensor y soltara unas pocas palabras. Su mensaje era una negación.

Ramón Antonio es uno de sus amigos más antiguos. Aunque en disciplinas diferentes, la agitada vida política de la universidad, hace tiempo, los reunió dentro de un grupo de activistas contra las dictaduras militares.

Meses atrás conversaron como tantas veces:

—Pero, Benito, ¿vas a casarte otra vez? ¿Tú crees que eso es un deporte?

—Mira, ya sabes que no me gustan las parejas momentáneas. Me gusta tener una mujer para mí y la comodidad del hogar.

—Pero Marina Luz es muy joven para ti, y perdona que te lo repita.

—No importa, Ramón Antonio, si la cosa no resulta, me divorcio.

—Por eso te lo digo. ¿Por qué no viven juntos y después se casan? Así no tendremos que calarnos tu despecho cuando se separen. ¿Cuántos divorcios llevas ya, de verdad?

—No importa. Mejor es no recordar eso, amigo. Bebamos algo y hablemos de otra cosa.

—¿De política? Ya no me interesa. Cada movimiento nuevo, ofreciendo que todo será distinto, lo que hace es dañar más a la gente.

—Bueno, la política es para jóvenes obsesivos o para viejos zorros. Tampoco yo te hablaría de eso.

—¿Entonces?

—Sé que estás muy bien, que tus hipótesis sobre el desarrollo deportivo del país no sólo se han cumplido, sino que parecen materia de exportación para el resto del continente. Cómo me complace, hermano, ver tu nombre en la prensa y saber de tus éxitos. Pero aunque quiera casarme y aunque me siento casi perfecto de salud, ¿me permites volver a un problemita del que hablábamos en nuestra juventud?

—¿Cuál de tantos?

—Oye, a pesar de que fuimos a la vez muy locos y disciplinados, y aunque nos propusimos mil cosas, hubo una de la cual no hemos vuelto a hablar y que cada vez me parece más importante…

—A ver…

—Aquella cosa de morirnos. Tuvimos amigos que murieron por el alcohol, otros por drogas, accidentes y hasta del corazón. Pero nosotros hablábamos, ¿recuerdas?, con cierta lucidez…

—De lo que ahora llaman eutanasia o algo así.

—No exactamente, creo.

—Mira, ya que tocas el tema…voy a decirte algo muy privado. Fíjate que mi hermano, ¿te acuerdas de él?, el menor de todos en mi familia, el médico, ha hecho algo que me parece admirable y que en nuestra época hubiéramos celebrado casi públicamente. En cambio, es un secreto, por supuesto. Nuestra viejita, la abuela, venía en un taxi con mi hijo, hubo un choque, hace meses, y quedó viva pero muy mal. Mi hermano nos consultó y estuvimos de acuerdo, había que evitarle el sufrimiento. Él la ayudó a morir.

—¡Ramón Antonio! Pero si de eso se trata. Hay que morir antes de enfermarse. Y no me refiero al accidente de la abuela. De morir en el momento oportuno, de no llegar al deterioro –físico o mental—, aunque eso tampoco importa, lo esencial es saber desear y elegir el momento, el minuto decisivo de tu voluntad.

— Es distinto.

—No, amigo, se trata de aquello que tanto mencionamos en nuestra juventud.

—Bueno, ¿y quién querría hacer hoy tal cosa?

—Yo.

—Es interesante, pero ¿por qué?

—Por nada, por estar bien y querer desaparecer inteligentemente, sin atravesar el sufrimiento propio o el de los demás, con la ayuda de un médico muy consciente y de alguna adecuada medicina, sin dolores, como te decía, sin traumas, en paz.

—¡Qué cosas se te ocurren!

—Hablo en serio, Ramón Antonio. ¿Me pondrías en contacto con tu hermano, podríamos hablarle de esto?

—Pidamos una copa más. No veo inconveniente, Benito.

—Cómo te lo agradezco, claro que beberé esta y la otra. ¿Prometido el asunto?

—¡Sí!

—Bueno, te llamaré en el momento oportuno. Y perdona que insista un poco más sobre el tema, para que no creas que, además del matrimonio, hay otra cosa que me haya vuelto loco. Es que lo he pensado. Creo que todos hemos escuchado aquello de que pensar en la muerte es cosa de hombres sabios, de filósofos. Ni tú ni yo lo somos. O a lo mejor tú eres más sabio que yo.

—No te burles, digamos que estamos por graduarnos en eso.

—Acepto el chiste, significa que nos entendemos.

—Por supuesto.

—Pero la conclusión a la que llego, hermano, es que, y no te rías, morir es un arte. Recuerdo que algunos antropólogos estudian el tema, en tribus. Y que entre los romanos y japoneses antiguos era una tradición. ¿No?

—Es verdad.

—Pero allí intervenía un factor de honor, de castas, de orgullo. Eso no me interesa. Tampoco la loquera de quien se cuelga por despecho, como en las teleculebras.

—¿Si? ¿En las serias, las hay?

—No lo sé, debería haberlas. Y no me vengas con otra gracia, Ramón Antonio. Lo que creo es que la muerte se ha banalizado, aunque llegar a su límite sea una experiencia irreversible, definitiva. ¿Quién le tiene miedo a Dios? ¿O al vacío infinito?

—Tal vez yo.

—Pero se trata de mí. Te lo digo de otro modo: el suicidio ya no es una forma adecuada de morir. O lo es en el mundo rural; imagínate el fastidio de todo eso en estas ciudades. ¿Por qué meter a familiares o amigos en esa complicación?

—Estoy de acuerdo. ¿Y qué propones tú?

—Por lo menos, lo higiénico, lo civilizado. Y también el gusto o el arte. Quien va a morir, con la ayuda necesaria, elige día y hora, sitio, comodidad. ¿Bebe un poco de champán horas antes? ¿Escucha su música preferida? ¿Hace el amor? Y quien esté en el secreto, colabora con la eficacia del acto, algún documento, etc. Para nacer no nos consultan, Ramón: es algo primario. Morir requiere de equilibrio, de una convicción. Es un gesto elemental, pero importante. Elaborado como un deseo supremo. No se trata de algo para desesperados, para locos. Te lo digo, es un gesto de juicio, estético tal vez. Al fin y al cabo acoge nuestro máximo grado de voluntad. Tampoco es un consuelo contra el mundo, el mundo es magnífico, pero cansa. No entiendo por qué no se ha establecido una Sociedad –secreta, por ahora—para la práctica de este arte.

—¡Qué discurso, Benito! ¿Y tú vas a casarte con esa chica tan bella y joven?

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Ella lo comprendería, pero es un asunto mío.

—Ya veo.

—¿De verdad reconoces lo importante de mi conversación con tu hermano?

—Sí.

3
Eso habían acordado, pero aunque encontró otras veces en fiestas de amigos o en este mismo edificio, a Ramón Antonio, cordialísimo siempre, no hablaron mucho.

Claro que él volvió a casarse y todo va bien. La chica es una compensación maravillosa. Y considera que aún no ha llegado el momento de solicitar la conversación con el hermano de Ramón Antonio. Pero hace un año pensó que su amigo parecía evadirlo. Lo vio venir por un pasillo y de pronto desapareció; semanas después, en un restaurante, notó que el otro se retiraba con disimulo cuando él entró.

Por último, hoy casi fue rechazado por el amigo a las puertas del ascensor. La sutil frase no podía engañarlo. Ramón Antonio tiene miedo de hablar con él, de que le pida cumplir con el compromiso.

—Pero el asunto ni siquiera es con él. Qué atrasado, ¿cómo puede acabarse una amistad por algo así?—se dice Benito, moviendo la cabeza—No sabe que ya vivimos el tiempo de ganarle a la muerte, de anticiparnos.

(Publicado en El doble arte de morir, Caracas, Ediciones B, 2008)