UN ESCRITOR EMINENTEMENTE RARO

Juan Carlos Chirinos



En 1996 escribí un texto con título semejante a este, parafraseando un texto de Gracián en el que dice que los sujetos eminentemente raros a veces no nacen en el tiempo que les corresponde —quizá se refería a sí mismo—, pero concluye que lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, «y si no es este su siglo, muchos otros lo serán». Ese texto de hace trece años termina diciendo algo que sigo pensando aún: «los textos de José Balza me están diciendo muchas cosas todo el tiempo; la posteridad dirá a ustedes con más fuerza otras». Por fortuna la obra de este escritor va con su siglo, y estoy seguro de que muchos otros siglos la leerán con provecho. Los que compartimos su tiempo, hemos tenido la suerte de toparnos con él, y aprender de primera mano.

Quizá fue en 1985 la primera vez que visité a José en su casa de Santa Mónica. No recuerdo la fecha exacta, pero sí recuerdo la hora, las cinco de la tarde. Y recuerdo la música: Bola de Nieve, al que no conocía, y del que soy devoto desde entonces. Fue una sesión respetuosa, escuchando obediente cuanto me ponía en su moderno equipo de sonido, consumiendo poco a poco la bebida, fría y vivaz seguramente a esa hora de la tarde, preguntando todo lo que seme ocurría, jurungando los libros de su —para mí— infinita biblioteca. Tal vez fueran las ocho de la noche cuando bajé la colina y esperé la camionetica que hacía la ruta Santa Mónica-Plaza Venezuela, donde estaba el metro que me regresaría a mi casa.

Cada visita, cada encuentro con José Balza es para mí un tesoro. Una ocasión para la sabiduría y el afecto; la risa y la complicidad; el aprendizaje; y la magia. Sólo la lectura de sus libros, sus cuentos, sus novelas, sus ensayos son comparables con la amena conversación y la alegría de compartir a su lado.

Hay una tercera manera de disfrutar de este hombre eminentemente raro, y no han sido pocos los que lo han hecho: escuchando sus clases de literatura que son más que eso, son la revelación de que el arte, si no se puede enseñar, al menos se puede mostrar en todo su esplendor para que los alumnos, espectadores asombrados, presencien el don que exhiben los sabios del futuro.