EL DADOR DE VERSOS

Juan Carlos Chirinos

foto del autor: ©Vasco Szinetar


Leído en la presentación del libro Todos han muerto (Candaya, 2006), de José Barroeta, Casa de América, 6 de junio de 2007

Las dos ocasiones en que vi a Pepe fueron luminosas e iluminadoras. La segunda, aquí en Madrid hace 3 ó 4 años, me permitió descubrir al escritor cuyos versos le eran dados, tal como comenta Eugenio Montejo en su presentación, esos infrecuentes versos que parecen imponerse «de modo autónomo y con pleno adueñamiento de su voz». Y así como los recibía, los daba, quizá porque todo gran poeta sabe que «uno de los indicios de la falsa poesía es la ausencia de versos dados», y si es así en la escritura, ¿cuánto más no lo será en la vida? Recorrimos las calles (y el vino); de hecho, creo que frente a los espejos deformantes del callejón de Álvarez Gato brindamos por Valle-Inclán. Y hablamos de poesía, de Trujillo, nuestra tierra, dime tú, de Pampanito, su patria chica y la de mi familia materna. Recuerdo que estuve tan sorprendido de que supiera muchas cosas cercanas a mi infancia y al mismo tiempo tuviera el aura de quien conoce con los ojos muchos lugares; que su rostro me fuera familiar, porque era el propio de un trujillano de montaña, con los mismos ojos claros y timotocuicas que descubro en mis tíos, en mis primos, en mi abuelo materno, ese señor feudal imitador del abuelo de Heidi. Y, sin vernos casi nunca, nos unió la misma gente: Ednodio, Domingo, Adriano, Diómedes, Octavio, Vasco. Pero ahora mi recuerdo más vivo es del primer encuentro con él: visitaba la escuela de Letras de Mérida en 1991, y llegamos justo para una alborotada asamblea de estudiantes en la que él, como director de la escuela, iba a intervenir. Sus palabras —incendiarias y contemporizadoras al mismo tiempo— parecían más animadas para la refriega y la protesta que las de los estudiantes, quizá para recordarnos que los venezolanos somos rebeldes por naturaleza y no aceptamos los dictámenes arbitrarios de la bota militar de ninguna revolución por bonita y roja que sea. La poesía se hizo para subvertir el orden de las cosas, y por eso Pepe será siempre el «dador de versos» que justifican nuestra existencia. Como lectores. Como ciudadanos. Como país.