ATRAPAR EL SOL. SOBRE COMBATES, DE EDNODIO QUINTERO

Ernesto Pérez Zúñiga



Hace unos meses visité Mérida por primera vez. En mi primera noche soñé con que recorría la montaña a caballo, como si fuera un personaje de un cuento de Ednodio Quintero. Bajo del páramo que era una leyenda contada por él. Descendí entre las altas laderas, como regresando por los años que hace que le conozco y que le leo. Sobre el pico del Águila quedó una plaza de Madrid, donde le conocí hace una década como si él hubiera vivido en todas las ciudades y en todos los libros. Me regaló La danza del jaguar, desde entonces he viajado en esa danza.

Ahora voy a leer lo que ya leí en una librería de Mérida, La ballena blanca; desde aquí la saludamos; dos librerías que comparten también el sueño de los libros; una que sueña desde Mérida la literatura española; y otra, con nombre Juan Rulfo, que sueña la literatura de América.

Leo lo que soñé en Mérida, para despertarme aquí, en Madrid, ya fundidas una vez más la literatura con la vida.

Hay escritores sin mundo, arquitectos de lo que inventan. Hay otros que despliegan en las páginas colinas, sueños y gentes, demonios inacabados, habitantes de un país interno que sólo puede pertenecer al que rige o es regido por él. Es el caso de Ednodio Quintero. Su literatura es única.

Vayamos a Combates, el primer volumen de sus cuentos completos que felizmente ya está publicando Candaya, que recoge textos escritos entre 1995 y 2000, divididos en tres partes, las dos primeras libros ya publicados: El combate, El corazón ajeno, y Últimas historias.

Desde el primer cuento, sorprende una prosa poética que exhibe una actualización del simbolismo para el siglo XXI, un desarrollo narrativo de los hallazgos de Ramos Sucre y de Poe, una galería hacia la más pura de las matrices literarias, donde se funden la conciencia y el sueño. Las historias de esta primera parte parecen conectar con el inconsciente telúrico de la existencia, como si la mano del narrador convirtiera lo soñado en naturaleza o, a fuerza de imaginación y originalidad, un territorio mítico cobrara vida en un espacio primigenio pero arbolado de modo ultramoderno. Es como si uno leyera a la vez a Kafka, a Rulfo, a Ray Bradbury, los relatos metafísicos de Poe, bajo una iluminación fabulística que mezcla la luz de todos ellos pero que sólo pertenece a Ednodio Quintero.

Hay temas míticos revisados, cada uno con su vuelta de tuerca: el nacimiento, el combate –y ésta es una constante, la lucha contra algo o alguien externo que también es un enemigo interno-, la caída luceferina y miltoniana, la bajada órfica a los infiernos, con una visión que, acercándose a la literatura fantástica, toca también la naturalidad con la que los griegos imponían la presencia de sus fantasmagorías. Se acerca pero no es literatura fantástica al uso. Más bien, se parece a la visión alegórica de Melville o de Kafka. Siempre, el punto de vista es contemporáneo, maduro en el uso de las técnicas por las que el lector va pasando como en un bólido de última tecnología, entre edificios de suma originalidad y belleza.

Esta facilidad técnica afecta también a la estructura de los relatos de este volumen, que, gracias a sus ingeniosos giros, consiguen anular la diferencia entre lo soñado y lo vivido, entre los temores inconscientes y la acción brutal de la realidad: no se pierdan La caza o, ya pertenecientes a la segunda parte, El corazón ajeno, El otro tigre, o Un rostro en la penumbra, que, en la atmósfera de un cuento de Maupassant, versiona el tema de la otredad que hay en un conocido cuento de Borges. Pero Borges no había leído a Murakami, ni aprendido la manera diagonal de recibir ese otro lado de lo fantástico y de lo inquietante que nace de la penumbra de los yoes ocultos, uno nunca sabe dónde, en algún inconsciente que nos pertenece a todos.

Como si fuera nuevo. Ednodio Quintero tiene el don de los creadores puros. Cuando uno lee El sur, el primer relato de la segunda parte, uno recupera el entusiasmo de cuando leía a Jack London, a Stevenson, o más recientemente, a Guimaraes Rosa, recibiendo, sin embargo, un tipo de magia que sólo pertenece al autor de Combates. Las estructuras de sus relatos fluyen barajando el presente, el pasado y el futuro, tiempos fundidos en uno solo, el literario, donde podemos permanecer estables y sorprendidos mientras sigamos leyendo. Dos afirmaciones del narrador de El corazón ajeno nos dan dos claves importantes del arte de Ednodio Quintero:

“Un relato, cuando se propone como tal, va siempre acompañado –al igual que el pájaro y su sombra- de una segunda intención. La más de las veces desconocida para el autor”.

“Un relato que se respete debe contener en sí mismo, a la manera de un kamikace de papel, el germen de su destrucción”.

Estas dos lecciones recorren todo el libro hasta sus “Últimas historias”. Me parecen cinco relatos que contienen y concluyen el abanico de las destrezas y de las temáticas anteriores.

Ojos de serpiente, versiona la estructura de El otro tigre, basada en la otredad y en la violencia.

El intenso erotismo que inunda todo el universo de sus narraciones, se concentra en La hora del ángelus, cuya voz me recuerda al de un marqués de Bradomín con reloj de última generación.

Una pelea con el demonio saca fuera la turba del inconsciente poniéndolo en pie, con naturalidad, en forma de argumento y personaje.

El último, Owner of a lonley heart, encadena con su prosa poética y su trasncripción onírica con el primer sueño de este libro, Sobreviviendo (un sueño de Kwrosava según Gregory Zambrano; frente al sueño producido por una canción de Yes).

Me quiero despedir, sin embargo, con el cuento penúltimo, Un rayo de sol, acertadamente desgajado de Mariana y los comanches, por su importancia sola.

Una vez me dijo Ednodio Quintero que éste libro contendría, para siempre sus últimos relatos.

Si fuera así, Un rayo de sol sería un testamento, un secreto legado en la forma y en la luz de una mancha de sol fija en el suelo, y que intenta atrapar la mano de un niño. La mancha flota sobre la superficie de la piel, nunca bajo ella, fugitiva otra vez, unos centímetros más allá, según pasan las horas. El espacio es nítido y el tiempo es lento. La vida es evidente e inexplicable, justo como ese disco del sol sobre el suelo. La mano del niño intenta taparlo, atraparlo. Pero nunca lo logrará dentro del cuento. Habrá que esperar, sin embargo, una mano ya adulta, gastada en muchas batallas, que decida reinventar aquel instante mediante palabras capaces de crear y hacer regresar la realidad misma. Es sólo la literatura –una gran literatura como la de Ednodio Quintero- la que logra atrapar el borroso disco del sol sobre el suelo.