LA DESPEJADA TRANSPARENCIA

Ignacio del Valle



Si el Sol y la Luna dudasen, se apagarían inmediatamente.
William Blake


La calma helada del cerco de alambre bajo un cielo que se va apagando. El sol, encogiéndose, que se hincha y se vuelve rojo, como si estuviese a punto de implosionar. En este noviembre se siente ya la presencia del crepúsculo, esa lenta divagación del atardecer, esas sospechas de oscuridad que perforan la luz, que poco a poco va retrocediendo y alargando los objetos. Es ese aspecto violento y cambiante de la vida lo que me obsesiona, su absurdo, su historia que escriben y reescriben las mujeres y los hombres de este planeta, a la medida de sus sueños, esfuerzos y voluntades. Las pocas especies que sobreviven a tantos años de evolución, lo han hecho porque han sabido adaptarse a un medio en transformación. De nosotros depende lo que nos vaya a suceder. De nuestra potencia de alma, como dicen los filósofos, de la memoria, del entendimiento, de la voluntad. Porque todo es una sucesión de verdades provisionales, y en medio de ese curso, yo soy un profesional de la resistencia, una certeza que va en dirección contraria a las agujas de la historia y que decide empezar de nuevo cada noche, generar una energía capaz de renovar el mundo. Y cada vez queda menos luz, con cuentagotas ya, mientras la negrura se va esculpiendo sobre un mundo cruel y compasivo. Tijeretazos de sombra que la van recortando. Y los animales, unos que se van aletargando, otros que se desperezan, con movimientos lentos, vagos. Algunos se quedan paralizados durante unos segundos, tensos, magníficos, observando el instante misterioso en que todo va desapareciendo. ¿Cómo buscar defectos a esta vida?, no se puede, porque ella no es obra, y sólo puede juzgarse aquello que ha sido hecho, no lo que ha nacido. Por eso a mí no se me puede juzgar, ya que existo como la naturaleza, ambos progresando no por la duda, sino por la convicción, lo que nos libra de la soledad, porque esta sólo comienza cuando no sabes lo que quieres. Y de repente la noche, que llega por fin. Sobre la estepa y la tundra, sobre las montañas, los bosques, las aldeas y los palacios, las tumbas, los pecados y los hombres. Y es entonces cuando yo salgo de mi ataúd y la miro, con los ojos muy abiertos, sin párpados. Pálido, melancólico, voluptuoso. Y le agradezco al mundo no sólo su sangre, sino todos sus deseos, todas sus opiniones. Todo ese torbellino de cálida vida en la que yo vivo, y que dulcemente muere en la mía. Sí, ¿cómo decirles?, ¿cómo explicarles?, que contra su era llena de misterios, les redimo con mi decidida y despejada transparencia.