LA PRISIONERA

Carlos Franz

ilustración de Laura Gulino


Boris Mamani cruzó el antejardín de la comisaría. Siempre lo alegraba la voluntad que emanaba de ella: el alba inocencia de las piedras encaladas, ordenadas en filas, y el mástil en cuyo tope flameaba la bandera tricolor, incrustada en el cielo azul incandescente. Este nuevo edificio del retén había sido una de las obras principales de su alcaldía. Y él lo visitaba como quien frecuenta la casa de sus hijos, sin querer entrometerse y, a la vez, incapaz de desentenderse de su destino. El carabinero de guardia se asomó en la estrecha garita del centinela y se llevó la mano a la visera, saludándolo respetuosamente. O quizá sólo lo hacía para respirar un poco: la amplia mancha de sudor bajo su axila quedaba a la vista. Mamani le devolvió el saludo con un asentimiento de la cabeza, sin detenerse.

Boris Mamani era un hombre de piel cobriza y pelo liso y negro, sin una cana a pesar de que ya frisaba la cincuentena. Era bajo y robusto. Pero no gordo, sino más bien macizo, sólido como los troncos de los algarrobos achaparrados en la linde del oasis con el desierto. Se movía administrando su centro de gravedad con tanto cuidado como hacía con su poder e influencia. Visto de lejos, se desplazaba con la ligereza de un planeta en el espacio, suave e inaudible. Pero cuando se detenía en algún sitio, nadie podía dejar de sentir la atracción compacta de su masa, que obligaba a otras vidas más livianas a girar como satélites en su órbita. Había sido alcalde por tres períodos en Pampa Hundida. Era dueño de tantos negocios como aquellos otros que controlaba sin que se supiera. Desde los viñedos de exportación que producían dos vendimias al año, en ese perpetuo verano del trópico seco, hasta las explotaciones de yodo en los salares que rodeaban al oasis. Y toda esa importancia la había construido sobre los fundamentos de la pobreza casi absoluta que sufrió en su niñez. Los ciudadanos más viejos -es decir, los capaces de ver en cada destino el cumplimiento de una profecía- solían recordar al jovencito, hijo de una familia indígena de caciques empobrecidos, que trabajaba de aprendiz de carnicero en el mercado, destazando llamas. Algunos aseguraban que ya en aquel entonces habían reconocido, en el modo suave y hasta cortés que tenía de degollar al animal, tapándole los ojos con la otra mano, un atisbo del modo en que Mamani llegaría a controlar los destinos del oasis, restaurando la tradición de sus antepasados curacas, cortando las gargantas de sus enemigos, no sin antes distraerlos para que no se dieran ni cuenta. Y todo sin subir jamás la voz, ni bajarse de esa urbanidad tan distante -suya, o de su raza.

Mamani cruzó la sala de guardia y golpeó con dos dedos en la puerta del oficial al mando, el teniente Acuña. Estaba abierta, pero él se quedó en el umbral, aguardando con innecesaria modestia la autorización para entrar. El oficial salió de atrás de su escritorio y vino a recibirlo:

—Don Boris, gracias por la puntualidad.

Era un oficial joven, moreno y puntilloso, y éste era su primer puesto de mando. Las mejillas recién rasuradas despedían, desde ciertos ángulos, un brillo acerado. Lo que le daba al rostro un aire de santidad. Parecía el candidato perfecto a un martirio profesional —y Mamani lo apreciaba por eso—: uno de esos carabineros que se arrojan a las vías, al paso de un tren, para salvar a un niño. Y luego reciben una medalla póstuma, depositada sobre el ataúd envuelto en la bandera nacional.

El joven teniente se volvió hacia la mujer que ocupaba una de las dos sillas de metal, frente a su escritorio, y se la presentó:

—La asistente social de la Dirección de Prisiones, señorita Brígida Cabañas.

Boris Mamani se inclinó cortésmente, recogió una mano regordeta, observó a la mujercilla apretada en un vestido de gasa celeste que hacía juego con sus ojos azulinos, e intentó no ver –o que no se le notara que veía- la caspa de la soriasis que le descascaraba el rostro rojizo, el cuero cabelludo visible entre los dorados del alto peinado, en forma de casco.

—Encantado —murmuró, delicadamente.

Luego tomó asiento en la otra silla. Estiró el brazo, descorriendo la manga de su traje color vainilla hasta descubrir el reloj de oro y controlarlo de reojo, estipulando:

—Me tienen a su disposición. ¿Ya llegó la prisionera?

—La señorita Brígida la trajo desde la cárcel de Iquique, esta mañana. Está en la celda de aislamiento.

—Habrá papelería que firmar, me imagino. Quizás la señorita asistente querrá explicarme mis deberes, como empleador.

El teniente y la asistente social se observaron por sobre el escritorio.

—Por supuesto, la señorita Brígida...

—Estoy a cargo de este programa de rehabilitación de prisioneros -lo interrumpió la asistente social, sonriendo con cierta rencorosa humildad, como si se excusara por obligarlos a mirar su rostro descamado-. En la Dirección de Prisiones estamos muy esperanzados con este plan piloto. Y muy agradecidos por su voluntad de colaborar en esta primera experiencia, señor Mamani. Se trata de prisioneros o prisioneras sin una peligrosidad especial...

Boris Mamani pensó en Matilde, la esmirriada muchacha, casi una niña desnutrida, que no pesaría más de cuarenta y cinco kilos cuando la conoció en el prostíbulo de la Rosita. Sonaba extraño afirmar que no era especialmente peligrosa, cuando había ido a la cárcel por matar a un hombre. Quemándolo vivo.

—Sé lo que está pensando. Matilde fue condenada a veinte años por homicidio. Sin embargo, durante estos cinco años en la penitenciaría ha sido una presa ejemplar, trabajadora y respetuosa. Por eso se la escogió para esta primera experiencia. Y además, como sabe, aquello fue un crimen pasional.

La asistente dejó escapar esto último con un extraño arrebato, como si envidiara -y a la vez le repugnara-, la palabra “pasión”. Mamani recordó el expediente que le habían mandado un mes antes, cuando le escribieron proponiéndole contratar a Matilde. La hoja de su sentencia resumía el crimen: había asesinado a su “compañero sentimental”, un delincuente conocido como el Cara de Hombre, en la cama, mientras éste dormía la borrachera. El informe no daba detalles, pero Mamani los conocía de mucho antes. Lo había atado a la cama con cinta de embalar, lo había rociado con parafina, y después le había prendido fuego. El juez le dio sólo veinte años, considerando su juventud al momento de cometer el delito -tenía veintiún años- y las metódicas palizas que el Cara de Hombre le propinaba. Luego de cinco años de buena conducta, Matilde se había hecho “elegible” para este plan de rehabilitación. En alguna entrevista, la asistente social había logrado sacarle, muy a regañadientes, el nombre de alguien que, quizás, pudiera dar buenas referencias suyas y, tal vez, ofrecerle un empleo: don Boris Mamani, ex alcalde y permanente magnate de Pampa Hundida.

—Me he informado -le respondió Mamani, suavemente, a la asistente social–. Quizá podríamos ir al grano: yo dispongo de un empleo para ella. A prueba, naturalmente.

Las miradas del teniente Acuña y de la señorita Brígida Cabañas volvieron a encontrarse por sobre el escritorio. Finalmente el teniente carraspeó, visiblemente incómodo, y estiró la mano en dirección a la asistente, invitándola a explayarse. Ésta enrojeció aún más, barriendo con su manito regordeta, de uñas barnizadas, la pechera de su vestido de gasa celeste. Era un mal color para disimular la caspa, y Mamani lamentó tener que mirarla.

—Sentimos tanto haberlo hecho perder el tiempo. Ha surgido un problemita, don Boris -musitó la asistente social.

—¿Qué clase de “problemita”?

—Es un poco embarazoso... En fin, ahora la interna, bueno, Matilde, no quiere ese empleo con usted.

—¿Y entonces qué quiere? ¿Seguir presa?

La asistente social buscó ayuda en la figura del joven carabinero, sentado muy recto al otro lado del escritorio. Su barbilla impecablemente rasurada subió y bajó sobre la nuez, mientras el oficial tragaba la saliva amarga del deber. Por último, clavó la vista en un punto indefinido del espacio, levemente sobre el hombro derecho de Mamani, y le dijo de un tirón:

—La prisionera cambió de parecer. Ahora dice que no quiere emplearse, sino que quiere casarse.

—Casarse -refrendó lentamente Mamani, por si, al repetirla, esa palabra ganaba en significado-. ¿Y con quién?

El oficial desvió un segundo la vista fijándola en él y le contestó, con un hilo de voz:

—Con usted.

Hubo un silencio, triangulado por las miradas de los asistentes que se encontraban y se evitaban, rebotando hacia las desnudas paredes de concreto, hacia el anaquel sin libros, ocupado por unos galvanos en testimonio de algún olvidado mérito policial. Por fin, el teniente agregó:

—Durante el viaje hacia acá, por el desierto, la prisionera dice haberse dado cuenta de que no podría trabajar en un negocio suyo, don Boris. No podría sin, bueno, es un poco absurdo repetirlo, sin sentirse atraída hacia usted. Y entonces una cosa llevaría inevitablemente a la otra y, según ella, terminaría siendo su amante, cosa que su dignidad no le permite. Por lo tanto, afirma que el único contrato que aceptará con usted es uno...

—...de matrimonio —intentó abreviar Mamani—. Déjeme ver si lo entendí: ¿esta prisionera me pide matrimonio?

—Afirmativo, don Boris -exclamó el joven teniente, respirando aliviado; pero enseguida se mojó los labios con la punta de la lengua, se corrigió-. O más bien, no. Negativo. La prisionera no ha dicho que ella lo pide; sino que usted debe pedirla en matrimonio. Si es que quiere que se quede.

Mamani se reacomodó en la silla, como hacen las personas robustas, levantando una nalga primero y luego pasando el peso a la otra. De pronto sentía que su cuidadoso centro de gravedad, el pivote sobre el cual había hecho girar su existencia, se había movido: un leve desplazamiento hacia un universo paralelo, más allá de la lucha por el poder. Leve, pero bastaba para hacerlo sentirse confundido. Era como si, por una vez, el sol experimentara la atracción de la tierra, y no al revés. Nunca había pensado en casarse, nunca se había dado el tiempo. Siempre estuvo demasiado ocupado, con proyectos nuevos que no terminaban de realizarse cuando ya eran antiguos y había que pasar a otros. La tarea del niño matarife, que degollaba crías de llamas tapándoles los ojos para que no sufrieran, nunca terminaba. Era una misión de por vida, más antigua que él, venía con su linaje de caciques empobrecidos. Nunca había tenido el tiempo, ni la indulgencia consigo mismo, para pensar en otra cosa que trabajar.

Boris Mamani miró de hito en hito al teniente y a la asistente social. Luego se puso lentamente de pie. El teniente lo imitó, atrás de su escritorio de metal:

—Lamento haberlo hecho perder el tiempo, don Boris.

Mamani lo exculpó con la mano izquierda. Y al mismo tiempo estiró la otra hacia la señorita Brígida Cabañas. Ésta se quedó observando la mano fuerte y cobriza tendida frente a ella, sin tomarla. Y luego los ojos azulinos subieron hasta los del hombre, cargados de una humedad que casi los embellecía, que casi hacía olvidar la caspa en la frente:

—¿Ni siquiera va a ir a verla?

—No lo creo procedente.

—Usted es un caballero -pronunció la asistente social.

—¿Y eso qué tiene que ver? -le objetó Mamani, bajando un poco más la voz; cuando se irritaba, se obligaba a sí mismo a ser todavía más suave y humilde.

Aunque antes de que le respondieran sospechó lo que tenía que ver. Se imaginó a la solterona construyéndose, grado a grado, una carrera en el escalafón penitenciario. La supuso entrevistando a Matilde, fascinándose con la historia de esa asesina pasional, encariñándose con esa mujer de aspecto infantil. La sospechó armándole un expediente de buena conducta que pudiera devolverle la libertad, proponiéndola para ese plan piloto de rehabilitación. Seguramente, la redención de Matilde era su proyecto más acariciado. Y la señorita Brígida Cabañas no podía figurarse una redención más completa que la de una historia de amor. Con un “caballero”.

Mamani sospechó todo eso. Y al mismo tiempo experimentó una extraña, repelente y, a pesar de ello, poderosa solidaridad con la funcionaria regordeta y casposa. Debía tener su misma edad, y había trabajado toda su vida en una prisión. Le resultó desagradable y misteriosamente fácil evocarla: sentada a solas en el tocador de un dormitorio lleno de gatos, macramé y novelas rosa, untándose cremas nuevas para su soriasis, y luego dejando que el atardecer del día domingo, en el espejo, fuera apiadándose de su desollado rostro de solterona. De algún modo, no eran tan distintos.

- De acuerdo. Voy a ver a la prisionera -se resolvió de pronto, pero aclarando-: Sólo para convencerla de que está pidiendo una estupidez.

*


Matilde estaba sentada en el borde del camastro de concreto, en la celda de aislamiento. El colchón de espuma, con forro floreado, le agregaba al ambiente una extraña obscenidad. A no ser por la reja, el lugar podría haber sido un cubículo en el prostíbulo de la Rosita. No era una asociación tan descabellada, pensó Mamani. Desde otra celda venía una cantinela, un solo verso de esos huaynitos tristísimos, del altiplano, rumiado y rumiado por la lengua de un borracho. La libertad puede llegar a ser inalcanzable y dolorosa como el deseo. Pero al menos éste era un recinto más moderno y limpio que los del burdel. Lo iluminaba una claraboya enrejada, en el techo, de la que caían cinco o seis rayos de sol pesados y macizos, como otros tantos barrotes, rodeando y nimbando a la mujer sentada. Mamani la estuvo contemplando por unos segundos, bajo esa luz cenital. Matilde cruzaba las manos sobre el regazo de un vestido blanco que contrastaba con su piel mate, e inclinaba la cabeza medio velada por su pesada melena de pelo castaño. Con sus zapatos de taco alto, la falda estirada hasta las rodillas, y el escote discreto, Matilde parecía la imagen de una muchachita en busca de empleo. Y sólo entonces, sólo después de dejarse contemplar de ese modo, ella alzó la mirada hacia Mamani. Llevó hacia él los ojos oscuros, un poco achinados, y le sonrió.

Mamani pensó que estaba igual. O aún más hermosa, si fuera posible. Era de esas mujeres morenas, cuya piel no la estraga el tiempo, sino que más bien la bruñe. Y sólo la sonrisa había cambiado. Una década antes, a sus dieciséis años, en el prostíbulo de la Rosita, era esa boca ancha, llena de risa, la que lo recibía en el patio de baldosas coloradas, bajo la parra. La risa siempre a flor de boca. Y ahora se trataba apenas de una sonrisa, delineada con las comisuras de los labios, sin dejar ver los dientes. No se podía decir, sin embargo, que hubiera tristeza o reserva en esa sonrisa. Más bien, experiencia. Era una sonrisa que equivalía a todo lo que no se puede contar de una vida.

—Pensé que no iba a querer verme, don Boris.

—Me dio un poco de susto. Pero lo vencí.

—Usted siempre venciéndose a sí mismo.

Matilde golpeó suavemente con la mano el sitio junto a ella en el camastro, indicándole que se sentara. Él lo hizo, cuidando de no rozarla. Ahora parecían dos pasajeros en el compartimiento de un tren, sólo que éste no se movía, y el muro contiguo, en lugar de una ventanilla, dejaba ver un tosco corazón grabado en el enlucido.

—Estás igual -le dijo Mamani, por decir algo-. Incluso más linda.

—Antes nunca me dijo linda. Decía que me encontraba rica. ¿Se me ha puesto sentimental, con los años, don Boris?

Rica, sí. Como un alimento, como un trago de buen vino que se olfatea, y se paladea, y luego se traga. “Putita rica”, le decía, porque ella le pedía que la llamara de ese modo, cuando estaba debajo de él. Mamani sintió que enrojecía un poco, las palmas de las manos le transpiraban, y tuvo que sacar el pañuelo blanco del bolsillo del pecho, para secárselas.

—¿Lo hago sudar? -le preguntó ella, sonriendo sólo un poquito más.

—Quizá no les pusimos suficiente aireación a estas celdas. Me preocupé de cada detalle, pero...

—En la Perrera –“la Perrera”, llamaban las niñas, quizás por qué, al prostíbulo de la Rosita- yo tenía que cambiar las sábanas después de estar con usted. Las dejábamos empapadas.

Mamani prefirió mirar el tosco corazón, grabado en la pared. Y se le escapó un:

—Lo siento.

A la distancia de una década parecía grotesco, y sin embargo casi imperativo, excusarse.

—¿Pero por qué se disculpa, si a mí me gustaba? ¿Ya se olvidó?

No, claro que no lo había olvidado. Esa muchacha flaca, esa niña casi, gustaba de ponerse encima de su cuerpo desnudo, empapado después del sexo, y jugaba a resbalarse sobre él, deslizándose en su sudor, y le lamía las tetillas y bajaba hasta la hendidura de su vasto ombligo, y bebía de allí, y luego se escurría aún más hasta quedar entre sus piernas, y allí se echaba su miembro lacio a la boca y lo masticaba suavemente, hasta reanimarlo.

Mamani intentó disciplinarse, pensando en otra cosa. Era bueno para la disciplina. Se trataba de concentrarse en la faceta menos agradable de cada situación, y mirarla fijamente hasta que fuera posible abarcarla y controlarla.

—Me contaron de tu condición.

—Mi exigencia.

—¿Te das cuenta de que te estás farreando tu oportunidad? ¿De que te condenas a seguir en la cárcel?

—No puedo trabajar para usted. Terminaríamos en la cama. Y una vez usted ya me echó de ahí.

—Trabaja para otro, entonces.

—Me interesa usted, no la libertad.

—Lo que pides es absurdo, una locura.

—¿No era eso lo que tuvimos entre nosotros?

—¡Nadie me va a obligar a mí!

Mamani se sorprendió subiendo la voz; y tuvo que respirar hondo, enderezándose, para detener las palabras que seguían y tirar de ellas hacia abajo.

Nadie lo obligaría... Boris Mamani miró los pequeños pies de Matilde, calzados en sus zapatos de taco alto, y por algún motivo pensó en los pies desnudos de su madre, escarchados, descongelándose junto al fuego que ella misma encendía cada mañana. Pensó en las ojotas de tiras de neumático de su padre, inquilino en tierras ajenas. Pensó en sus nueve hermanos que también habían trabajado para otros. Pensó en los rebaños de llamas que alguna vez había carneado sólo a cambio de la comida, y que luego fue comprando uno a uno. Tal como había adquirido, de parcelita en parcelita, las tierras ácidas del oasis para poner a su clan a laborar en ellas. No, nadie lo había obligado a trabajar así, de sol a sol, en proyectos de irrigación, de regadío gota a gota, computarizado, hasta criar esos racimos de uva de mesa cónicos, gigantescos y dulcísimos, sin pepa, utopías del desierto, que ahora se vendían a precio de oro, en medio del invierno, en la costa este de los Estados Unidos. No, nadie lo había obligado tampoco a permanecer soltero. Sólo el mandato de su voluntad que le decía que el matrimonio era una versión innecesariamente complicada -y más onerosa- de su visita semanal al mejor prostíbulo de Pampa Hundida, donde había conocido a Matilde. No. Había hecho todo eso justamente para que nadie pudiera poseerlo, como habían poseído a sus padres.

—Nadie me va a obligar a nada -repitió él, en voz baja-. Y menos a casarme.

—Sólo usted puede obligarse, ¿verdad, don Boris? Tanto que se ha obligado, toda su vida.

Mamani no supo qué era peor, si la sonrisa de labios apretados, inescrutable, de la muchacha, o la transparencia con la que ella podía leer sus pensamientos. Era extraño, pero, de pronto, motivado quizás por esta desnudez que experimentaba junto a Matilde, Boris Mamani aceptó la verdad de esa “locura” que ella había mencionado. La sintió con claridad, como no la había sentido en una década desde que dejó de pedir a la muchacha en el prostíbulo. Sintió la locura que había sido poseerla y dejarse poseer por ella. La locura de entregarse a esa niña delgadísima, adolescente y a la vez madura, y dejarla hacer con su cuerpo cosas que él ignoraba haber siquiera deseado. Cosas que tampoco podía entender dónde y cuándo había aprendido ella. En qué sitio innombrable de una infancia de la que no quiso saber nada, pero que supuso parecida a la suya. Cosas, en todo caso, que ella, la niña, le enseñaba a él, el hombre, el Alcalde, el cacique. Y que no sólo se las enseñaba en la práctica, sino que también se las decía al oído, susurrándole mientras jadeaba debajo de él: “Pídale con confianza a su putita rica, pídale más de esto a su putita”. Y luego no sólo él, sino ella también, acababa, se venía, y se reía con esa sonrisa de oreja a oreja que tenía entonces, y le decía: “¡Ya me pasó un gol!”.

—Usted me pasaba goles, don Boris. Siempre. ¿Ya se olvidó?

“Goles.” Así llamaban las putas a un orgasmo involuntario, que se les escapara con un cliente.

Mamani volvió a sentir un acceso de deseo. Un vacío en el pecho que nacía de las raíces del escroto. Creía haber dominado esa parte de su cuerpo, hacía varios años, pero ahora éste, completo, se le rebelaba. Su cuerpo volvía a estar junto al de la muchacha de senos pequeños y duros como manzanas, siguiendo sus instrucciones: su mano derecha volvía a estar insertada en esa vagina apretada, aferrando entre el pulgar y los cuatro dedos el hueso de su pelvis, masturbándola. Mamani sintió una casi insoportable tirantez del pantalón, en las ingles, y tuvo que suspirar, conteniendo la ira de desconocerse.

Matilde le palmeó la rodilla, suavemente, deteniendo el bamboleo nervioso de la pierna de él:

—Ya. Ya va a pasar. Respire hondo.

—¿Así lo haces tú, en la cárcel? -le murmuró Mamani, rabiosamente-. ¿O te pajeas?

La sonrisa inescrutable se extendió un poco. Un matiz más cerca de la tristeza:

—Así me sentía yo, cuando usted dejó de pedirme.

—Es por eso que viniste, entonces. Me guardas rencor.

—Menos del que se tiene usted mismo.

—No hay compromisos entre putas y clientes. Yo nunca te ofrecí nada más.

—No se ofrece sólo con palabras.

—Dejé de pedirte porque me cansé de ti. Quería variar.

Matilde se enderezó en la punta del camastro. Tras los barrotes de luz, que caían de la claraboya enrejada, su sonrisa osciló de nuevo, ahora hacia la dicha:

—Todo lo contrario. Dejó de pedirme porque sintió que ya no iba a querer pedir a ninguna otra. Nunca más. Y eso le dio miedo.

Mamani la observó, desconcertado. ¿Sería cierto? ¿Y sería cierto que la muchacha lo había sabido, todo el tiempo? ¿Sabría la prisionera que ella era libre, y él no? ¿Sabría que era esa libertad lo que él más deseaba de ella? Esa libertad en el prostíbulo o la cárcel, esa libertad en la prisión. Esa libertad, también, de sí mismo, a la que ella lo asomaba. Esa muchacha de risa infantil había tenido una llave que él nunca tuvo, la que abría la puerta de su propia celda. Y la mujer de sonrisa inescrutable seguía teniéndola.

De pronto lo invadió una sensación amarga, de profunda miseria, como no la experimentaba desde su primera adolescencia, cuando se levantaba antes del sol para ir al corral del matadero a seleccionar las llamitas que degollaría ese amanecer. Toda su riqueza y su poder, tan laboriosamente acumulados, no lo habían separado de esa miseria. Su vida había consistido en degollar, dentro de él, con el cuchillo de su voluntad, al pequeño animal de su deseo, que pujaba por liberarse y escapar.

Matilde estiró el brazo, a través de los barrotes de sol, llevando su mano hasta acariciar la mejilla de Mamani. Lo hizo como si, más que intuir, pudiera ver y tocar a ese animalito que luchaba por escapar, como si pudiera inclinarse sobre la humillación y el sojuzgamiento. Y acariciarlo, liberarlo. Mamani evitaba moverse, consciente de que un pequeño giro de su cabeza bastaría, y se encontraría besando esa mano.

Ella le dijo:

—¿Se acuerda de cuando usted me pagó el arreglo de los dientes, don Boris?

Mamani tuvo que hacer un esfuerzo para salir de su amargura y recordarlo. Diez años antes, la sonrisa ancha de la muchacha era lo único en ella que no parecía perfecto. Una quebradura, alguna caries, un hueco en una comisura por donde se atisbaba esa infancia de la que él no había querido saber nada; salvo que podría haber sido como la suya. No supo por qué lo hacía, pero, en algún arrebato, junto con la paga de una noche, le dio dinero para el dentista.

—No fue nada.

—Para usted, quizás.

—No me debes nada.

—No. Pero años después, cuando el Cara de Hombre me rompió los dientes... -un destello agrandó los ojos de Matilde-. Por eso fue que lo maté.

Mamani se puso de pie. Quizá lo hizo demasiado rápido, porque sintió un pequeño mareo, le costó volver a su centro de gravedad. La mano de Matilde quedaba en el aire, en el lugar que había abandonado la mejilla de él.

Intentando no voltear a mirarla, Boris Mamani caminó hacia la puerta de la celda, y se detuvo en el umbral. Una luz abrasadora, sólida como una muralla en llamas, lo aguardaba en el patio. Y en alguna parte de ese fuego estaba el cuchillo de su voluntad, esperando para degollarlo, nuevamente. Desde la puerta, sin volverse, le preguntó a Matilde:

—¿Es tu última palabra?

—Si quiere tenerme, tendrá que pedirme matrimonio.

Ahora, Mamani se volvió a mirarla. En la semipenumbra de la celda, sus ojos deslumbrados distinguieron una cosa, solamente: la sonrisa de Matilde, cada vez más ancha.

Del libro: La prisionera, Alfaguara, 2009