LINA

Anelio Rodríguez Concepción



Para Anelio Rodríguez Candelaria


Vamos, dijo el viejo y enseguida Lina se metió en la camioneta, como siempre antes que él y sin rechistar, observándolo de reojo con templanza de esclava.

Cuando la cabina empezó a trepidar sobre el trémolo del motor, a Lina se le escapó un suspiro oscuro. Llevaba rato esperando bajo el nogal del huerto, estática e incapaz de probar bocado, y ahora el temblorcillo del asiento la obligaba a cambiar de posición una y otra vez. Contagiado por el aplomo de la amortiguación hidráulica sobre las roderas del primer trecho del camino, el viejo se mantuvo abstraído estirando el cuello para atenuar el hormigueo en las cervicales; de hecho apagó la radio y ni siquiera silbó una de las rancheras mexicanas con que suele acompañar el recorrido de las manos sobre el volante. Quizá por ello Lina se amustió al ver discurrir al otro lado de la ventanilla un sinfín de formas melladas y vibrátiles que arreciaban en el aire entre troncos, ramas, claroscuros y perfiles de montañas apenas reconocibles en sentido contrario al de la camioneta.

Ante ellos se desovillaba la nube que durante dos horas venía abalanzándose como una perezosa tromba de merengue desde lo más alto de la cumbre, muy por encima del túnel, hasta el llano de la relva donde el declive se remansa y las antiguas lindes se legitiman en sus respectivos muros de piedra. De lejos el efecto de derrumbe de la bruma entre pinos, viñátigos y castaños al atardecer subyuga a los turistas y sigue inspirando a los poetas locales, pero aquí abajo, al pie de la carretera, tanta blancura se esfuma en una decepcionante corriente de aire húmedo. En medio de la nada, el agua irrumpía como el soplo de un espectro envolviendo el haz de los faros antiniebla: al arremeter contra el parabrisas, de la nube en descenso no quedaba sino una irregular afluencia de rocío que contradecía la llegada del verano. Las luces de las casas salteadas aparecían y desaparecían inexpresivamente a ambos lados, fuera de la onda expansiva de la neblina.

La camioneta se detuvo en el cruce que anuncia el borde del primer barranco. El viejo se dio media vuelta y palpó en el asiento trasero, bajo una manta, la dureza y el largo del caño de su escopeta. Lina recibió el gesto con una sonrisa, ladeando la cabeza como un pajarito.

¿Tienes ganas de cazar?, le preguntó el viejo.

A unos les da por perpetrar ocasionales apaños de carpintería o por enjalbegar paredes y techos en su propia casa para satisfacer la íntima necesidad de sentirse útil, por no decir imprescindible, en la ilusión del bienestar doméstico. Otros prefieren despilfarrar las horas muertas entre las mesas del Bar Central, tomando vino del país y jugando a la baraja con cualquiera de esos conocidos que te sacan los colores por una sota mal administrada. En cambio a él, igual que a unos cuantos vecinos en la zona alta del barrial, lo que le gusta es salir de cacería, lo mismo en grupo los domingos que a solas los jueves, en cualquier caso junto a sus perros, esos podencos esmirriados y juiciosos que entienden el significado de una mirada fugaz o de soslayo, un chiflido en sordina, la manera de abrir o de cerrar las puertas según a qué hora del día y de la noche. Como él reconoce con los párpados caídos, la cacería es un vicio y no se hable más, un sinvivir que te trae y te lleva casi en volandas por los recovecos más impresionantes del monte y de las medianías, y ya sólo por eso… Un vicio del carajo, se repite a sí mismo mientras se rasca el codo. Menos mal que en período de veda, quizá porque no abundan las horas de sol, apenas quedan ratos libres de las exigencias de la cosecha. Parece que también Dios es un cazador avezado y, como tal, en la espera no desea ver a nadie aburrido ni impaciente, de modo que en invierno y en primavera siempre hay una huerta que labrar, una carga de tagasaste que traer, un tronco abatido que partir y otras ocupaciones pendientes e insoslayables. Sin embargo en junio, cuando el paisaje alcanza en su vastedad esa deliciosa armonía con que el tiempo escande el rumor de todo cuanto crece y se mueve por libre, en buena lógica se impone un plan de entrenamiento diario porque los perros empiezan a ronronear alrededor de sus amos en demanda de nuevos zafarranchos, nuevas batidas en pos de esa pieza escurridiza que corre entre matorrales y rocas para que la persigan hasta la boca del infierno. Campo a través, el instinto se inflama en el fervor por la aventura. En junio los hombres se vuelven astutos como perros, y los perros, maliciosos como hombres.

Durante este período de adaptación, la noche de los jueves se reserva en exclusiva para Lina. Si bien se trata de una costumbre o más bien una manía compartida por dos amigos que se resisten a pasar por alto el sentido de la lealtad que en su día se prometieron, desde que hace un año Lina enfermara hasta perder algún que otro kilo y buena parte de su genuina arrogancia, este paseo a solas se ha convertido además en una necesidad para ella. La cercanía de los otros perros del viejo, ante los que Lina ya ha cedido su jerarquía de antaño, puede resultarle peligrosa. Ley natural. A la mínima la amedrentan con mordiscos y arañazos para recordarle que no sólo ya no le deben pleitesía, sino que en justa e inversa correspondencia ahora le toca a ella padecer en su propio pellejo la condición del más débil. Por lo demás, en estas caminatas el viejo recobra la intrepidez con que fuera criado junto a sus abuelos, entre vacas y cabras que había que ordeñar y llevar al pasto todos los días. De niño correteaba por ahí sin zapatos, como un tarzán conocedor del alfabeto de los animales. Este ha sido su reino absoluto, territorio de nombres ancestrales, desfiladeros, covachas, atajos ocultos, pasajes ciegos y albures que sólo él puede conjurar. Una vez, durante la guerra, ayudó a un prófugo a esconderse en la inaccesible cornisa del risco, y desde entonces asume con gusto su condición de oveja negra creyendo ingenuamente que vive al margen del dictado de los gobernantes, sean del signo que sean. Como le encanta sentirse dueño de su tiempo y de sus pensamientos, cuando sale con Lina lleva en el bolsillo un pequeño transistor para escuchar boletines informativos, entre otras razones porque bajo el sordo crepitar de las estrellas se intuye mejor dónde acaba la verdad y dónde empieza la patraña en todo lo que cuentan los periodistas. A mí no me la dan con queso, apostilla al oír las informaciones sobre política nacional e internacional.

Después de la cena de cada jueves, Teresa lo despide sin entusiasmo y le pide que tome sus precauciones y que si se bajan a andar por ahí, aunque sea cerca del camino, deje la camioneta en un lugar transitado, no sea que vaya a necesitar auxilio en medio de ninguna parte. De todas formas se queda tranquila delante de la tele e incluso se acuesta sin esperarlo pues no le cabe duda de que en compañía de Lina los misterios de la oscuridad no son tantos ni tan escabrosos. Aun así y por si acaso, Marite les ha regalado un teléfono móvil para que en caso de apuro se pidan ayuda el uno al otro. También Teresa puede sufrir cualquier percance, por qué no. Por ejemplo aquella noche en que se cayó la plancha ardiente y le majó un dedo del pie; se hallaba sola y tuvo que llamar a los vecinos. Mientras se la llevaban a Urgencias, el viejo regresó del monte y, antes de reparar en la nota escrita que Teresa le había dejado sobre el poyo de la cocina, acusó el silencio de la casa como una amenaza y supo lo devastador que puede llegar a ser el arañazo del desamparo (mientras deambulaba por el pasillo llamándola en vano y temiendo encontrársela caída en el dormitorio, sucumbió al cloqueo de las tripas desnerviadas: parecía escurrirse todo él por la impenetrable espiral de su propio intestino). De ahí que estos últimos meses, con el móvil en el bolsillo, aunque no hayan requerido su uso, se sientan más confiados. Así él sale sin miedo en cualquier momento a enfejar hierba o a cambiar la bombona en la gasolinera del pueblo. Da igual la hora. Me llamas si hay algún problema, le recuerda a Teresa desde el portalón.

Con la esponjosidad de la brisa, esta noche la luna se columpiaba protectora. En un momento en que cesó la garúa, los dos salieron a la intemperie ansiosos y ufanos. Lina holló la alfombra de pinocha, removida de una cuneta a otra por el aire, y olisqueó la zona antes de orinar sobre la base de un tronco renegrido por el incendio del noventa y nueve. El viejo no olvida la fecha: fue en aquel verano cuando nació Olguita y, no sólo porque el médico se lo aconsejara, Marite volvió al nido primigenio para entregarse a los cuidados de su madre. Marite y Olguita, que apenas medía un par de palmos, se pasaban el día durmiendo, cuando no enchufadas la una a la otra por la teta, delante de José Francisco, que las examinaba sentado a los pies de la cama en actitud de oferente. Teresa entraba y salía del cuarto atareada como nunca, afuera el viejo se dedicaba a arreglar la huerta y Lina, la única perra que han dejado moverse a sus anchas, vigilaba en la escalera porque por el olfato sabía que allí dentro balbuceaba una cría intocable, sagrada. A mediados de aquel agosto se produjo el incendio, auspiciado por un antipático viento de levante. Los telediarios dieron noticia del colosal desastre que se cernía a pocos kilómetros de su casa, pero a decir verdad nunca se temió nada peor que la pérdida temporal de la fronda. En la estación siguiente brotaron ramas desde el corazón de los troncos ahumados, y para cuando Olguita empezaba a gatear, el bosque ya había recuperado casi todo su verde esplendor.

Las copas de los árboles ahora braceaban al borde de una ventolera imposible. El viejo llamó a Lina para subirla en brazos al montacargas. Le palmeó con suavidad el hocico, todavía estriado por el sálamo, y no sin prevención le palpó aquel bulto semiesférico del tamaño de una pelota de tenis húmeda y casi en carne viva sobre el cogote.

Ay, Lina, le musitó con toda la ternura de que puede disponer un hombre de manos duras y agostadas.

Sacó del morral un frasco de yodo y vertió varias gotas sobre la hinchazón sanguinolenta que en las últimas semanas no había dejado de crecer.

Luego, lo de siempre. Anduvieron cincuenta metros hasta los matojos del primer repecho, y por más que ella zangolotease con el rabo enhiesto, estaba claro que en aquel paraje poco o nada de interés iban a encontrar. Hacía tiempo que el viejo había dejado de confiar en las facultades olfativas de Lina. En ese aspecto, como en otros no menos determinantes para el arte de la caza, apenas se parecía a la campeona que había llegado a ser y que por méritos propios se había granjeado en todo el barrial la admiración de cuantos fueron testigos de su perspicacia, elasticidad y furia contenida. Una vez le ofrecieron al viejo nada menos que cien mil pesetas por ella. No señor, ni por mil millones me desprendo de esta monada, respondía él con orgullo no disimulado.

Cuando tras husmear sin éxito la perra volvió hasta los tobillos del amo, este intentaba, de pie en medio de la nada, captar en el transistor la sintonía de algún programa informativo de medianoche. El diminuto punto en que se detuvo el dial tan pronto se iluminaba de naranja como se fundía con zumbidos de juguete roto. El viejo escupió una palabrota mientras Lina, acaso sintiéndose culpable, lo observaba con ojos canelos. Las arrugas del hocico se precipitaban en una expresión de mayestática pesadumbre.

Venga, Lina, busca, busca, la conminó sin esperanza, a lo que ella reaccionó andando hacia atrás.

Nadie creería que esta fuese la misma Lina que durante años comandó a los perros de los vecinos en cada salida conjunta: había que ver cómo se les imponía sin aspaviento, con tan sólo levantar la nariz en plan mariscal de campo que pasa revista a su tropa y aspira el vaho de la madrugada antes de la carga definitiva. La misma fiera magnánima que cada sábado a la sombra del nogal se dejaba achuchar por Olguita cuando daba sus primeros pasos y se le venía encima del espinazo igual que un jinete intenta trepar al lomo de una montura resignada a su suerte. Sólo Olguita se ha permitido con ella los más indignos excesos de cariño: le ha tirado de las orejas, la ha tumbado de costado, ha palmoteado el tambor de su vientre, le ha dedicado graciosas pláticas mal hilvanadas en el ceceo de quien aún no tiene todos los dientes de leche.

El viejo saltó por encima de la cuneta y, exactamente a veinte pasos de la carretera, apoyó la escopeta en una gran roca atacada por el musgo al lado de la cual pudo despejar con la puntera de la bota un pequeño margen de tierra húmeda. Veía bien lo que hacía porque la luna festoneaba las montañas al otro lado del barranco. Erguido, de espaldas al mundo, por última vez intentó extraer en vano alguna palabra, alguna música del transistor, hasta que, sin prisa, volvió a la camioneta con las manos vacías.

Pero qué haces, le dijo a Lina. ¿Por qué no golisneas por ahí, bobita? Anda.

Para animarla, le dio media galleta de trigo.

¿Quieres más?, ¿eh, bonita mía?

Ella resopló cabizbaja, como si le pesara un horror el cráneo pelado.

A mí también cada vez me cuesta más tragar esta porquería, le confesó el viejo al tiempo que entraba a la cabina y encendía la radio de la camioneta. Aún disponía de unos minutos para escuchar con la debida circunspección el resumen de las noticias del día.

Poco después la buena de Lina, que entre cautelosas idas y venidas se había retirado hasta las inmediaciones del tronco calcinado, al darse cuenta de que el viejo volvía a salir de la camioneta, esta vez cargando una azada al hombro, se le puso enseguida tras los talones en dirección a la gran roca musgosa, prolongándole aun más la sombra de gigante de cuento, sombra frágil o emanación de un arcano que se descomponía entre piñas de pino, tallos tiernos de balango y ramitas de amorsécalo.

¿Te acuerdas, princesa, cuando atrapaste dos conejos de una sola atacada?

Al oírle la voz, Lina se limitó a menear el rabo.

Sí señorita, detrás de esa loma, ¿verdad?, hace ya lo menos cinco años, y cuando te me acercaste con los dos conejos en la boca, vaya, la cara que se les puso a Floren y a Pepe, y a Luis, Luis Sosa, que se unió a nosotros aquel domingo, y por cierto no trajo nada de beber, ni de beber ni de comer, menudo frescales el Luis.

Sin dejar de hablar, anduvo en línea recta hasta el rincón donde antes había removido la tierra con la suela de las botas. Abriendo y fijando bien las piernas, hizo uso de la azada, primero con suaves oscilaciones para el desbroce de la superficie de la tierra, cada vez más húmeda, y a continuación con los redaños de quien sabe cavar hondo en un santiamén y hacer trampas a ras de suelo. Sentada enfrente como una figura de escayola, la perra seguía la faena subiendo y bajando la cabeza, pero cuando él se detenía para enjugarse el sudor y la miraba en silencio, al punto alzaba el hocico y rehuía aquellos ojos, diríase que con vergüenza, no porque fueran del amo sino por vehementes, por confusos. Así y todo, en cuanto el viejo la llamó hincado de rodillas, ella se acercó a lamerle las manos sin poder contener un gañido.

Mi perrita buena, qué le pasa, eh, cómo está usted.

El hombre volvió a palparle en el cogote los bordes del bulto pocho e irreductible que exudaba una rara especie de melaza, como el envés de las hojas de tabaco verde. El otro día, si él no lo llega a impedir cogiéndola en brazos, Olguita, movida por la curiosidad más perversa, hubiera tocado aquello.

Ay, Lina, Lina, susurró, dejándose lamer también el cachete y la barbilla.

De repente una doble ráfaga de viento lo despeinó, le reviró las puntas del cuello de la camisa y lo forzó a mantenerse en la misma posición al borde del hoyo, sin soltar a Lina. Miró hacia la roca para comprobar que la escopeta no se había caído y seguía en la posición y en el hueco en que antes la había dejado, casi vertical como una estaca.

Se ha hecho tarde, murmuró.

Como las nubes del norte se abrazaban sin apremio, supuso que en menos de una hora la brisa empezaría a amainar para disiparse del todo antes del amanecer. Seguro. Nadie mejor que él ve venir de lejos los antojos del cielo. A partir de ciertas tonalidades en el crepúsculo es capaz de calcular las temperaturas extremas del día siguiente, y para predecir a pleno sol la inminencia de una lluvia que nadie espera, le basta con vislumbrar un rizo de nubecilla alongándose desde el último recorte de la cumbre. No hay nada mágico ni enigmático en ello. Es sólo experiencia. Observación de lo que se cae de maduro. En realidad a lo largo de su vida no ha hecho más que advertir el paso del tiempo. En el contorneo de las coles abiertas, en el viso del plumaje de los pollos, en la espalda de Teresa y su inverosímil arco.

Ya de regreso tomó por otro camino más angosto, esta vez bordoneado de pajeros en penumbra. No fue lo que se dice una idea feliz: cerca y lejos de la camioneta, allá por donde pasaba con el traqueteo del diésel en segunda marcha, se desencadenó el acompañamiento de decenas de aullidos de perros invisibles que parecían haber recibido a la vez el eco de un aviso y el ruego de su instantánea propagación, como cuando presienten que de un momento a otro van a salir de cacería o que un volcán está a punto de explotar a no muchos kilómetros de distancia.

Envuelto en tan turbia cantilena, el viejo llegó a su casa con un ardor de garganta que lo forzaba a murmurar entrecortadamente. Al bajarse sigiloso, gracias a la única luz de la farola del cruce próximo comprobó que el cordón de una bota se había desanudado solo. Apoyó el pie en la rueda delantera para hacerse un lazo doble. Detrás, desde el interior del muro, se oyó un crujido. A la mañana siguiente tendría que echar entre las piedras veneno para murgaños. Es lo único que los pone en su sitio. Si lo prueban, se les seca el estómago y luego se dejan ver zigzagueando como borrachos a plena luz del día.

También él empezaba a sentir desde las entrañas cierto escalofrío que pugnaba por extenderse hasta las extremidades como un íncubo majadero. Buscó en los bolsillos del pantalón alguna llave o algún pañuelo o cualquier otra nimiedad que al tacto lo librase de aquel temblor en el pulso, pero lo que lo asaltó como un calambre desde la yema de los dedos hasta la nuca fue la certeza de que pasado mañana Olguita vendría corriendo a su encuentro junto a la huerta. ¡Abuelito mío, abuelito mío, mío, mío! Dios. No podría resistir las preguntas de Olguita. Él ya no mantiene el tipo como antes. Si las gracias de la nieta le reblandecen el corazón, qué no sucedería con un gesto de inquietud o un amago de llanto. Mejor llamar antes a Marite, sí, Marite sabría encontrar el modo de que la niña se hiciese a la idea poco a poco, sin sobresaltos. Convendría empezar por una mentira. Eso. Valdrá para el primer sábado. Al siguiente ya veríamos.

La explicación de que Lina se ha perdido quizá sea la única convincente, y no por que aluda a una posibilidad contemplada en las amonestaciones que siempre le han transmitido a la niña acerca de la conveniencia de no andar sola ni alejarse demasiado de la verja. Ahora bien, mientras la versión de los hechos no encaje sin fisuras con la dolorosa realidad de una ausencia prolongada en exceso, el viejo no podrá referirse a los perros ni a las cacerías, no delante de la nieta, eso jamás, ella acabaría notándoselo, esa niña es un lince, se las sabe todas e interpretaría cualquier palabra de más y sobre todo cualquier palabra de menos como prueba del horror absurdo e innombrable que suele ocultárseles a los inocentes.

Evocó la risa en cascada de Olguita, germen e irradiación de una personalidad de diosa que se planta de brazos cruzados y dice aquí estoy yo, qué pasa, a ver. Se siente subyugado y protegido por la fuerza mental que, sin saberlo, la niña exterioriza en cada carcajada, en cada arrumaco, en cada pataleta, oh sí, la muy pilla claro que las tiene de vez en cuando, igual que Marite. A Marite no la doblega nada ni nadie por las bravas, al menos él nunca ha podido imponérsele si no es con una mirada de corderillo, lo único que la hace bajar la guardia. Ya en el banquete de boda el viejo le aconsejó a José Francisco que bajo ningún concepto discutiera con ella por tonterías si no quería que un vendaval se llevase por delante las cuatro paredes de su casa con apliques, ventanas y puertas. Pero aquel día José Francisco se pavoneaba en el limbo, con su bigotito de currutaco y su corbata roja, demasiado eufórico para tomarse nada al pie de la letra excepto las recomendaciones de que tuviesen cuidado en llegar al aeropuerto una hora y media antes de la salida del avión, no fuera a chafárseles la luna de miel por culpa de un tonto retraso. Luego pasa lo que pasa. Y no, el avión desde luego no lo perdieron, pero si José Francisco le hubiese hecho caso, otro gallo le habría cantado. A José Francisco y también a Marite. Así les ha ido. Pronto se acostumbraron a reñir por esto y por aquello, que si sí que si no, y aunque no se hayan faltado el respeto, por sistema se repelen como dos imanes confrontados por el revés, y lo peor es que, al romperse, la cuerda se ha cernido sobre la niña como un látigo que en cualquier momento puede hacerle pupa, hombre, dónde tendrán la cabeza, debieron haber pensado en Olguita antes de dar ningún paso en falso.

Los otros seis perros del viejo, al oírle el andar cansino, gimotearon al unísono, con los bozales puestos, desde su caseta de mampostería encajada entre la conejera y el corral. Aquella vigilia colectiva y azuzante era una forma de reclamación en toda regla. Cuando el amo, atónito junto al postigo de la lonja, expelió por sus labios ahuecados una larga ese de silencio, los perros decidieron redoblar, todos a una, la estridencia de sus quejidos. ¿Y Lina?, parecían preguntarle.

Ya está bien, les respondió el viejo con el puño en alto y la voz agria, rugosa, pero los perros siguieron instigándolo desde la sombra con sus vagidos de plañideras fuera de quicio. No siempre se les domina con un escueto gesto de enfado. No es fácil hacerles ver la realidad. No necesitan ver la realidad. La huelen. Y lo que el olfato les dicta es algo que no admite contestación ni paños calientes.

Condenados animales. Marite les ha pedido mil veces a sus padres que supriman el tejemaneje de las cabras, las gallinas, los conejos y los perros, sobre todo los perros, y que si tanta ilusión les hace seguir en el tajo, se dediquen sólo a cuidar una parte de la huerta por no perder la costumbre ni el derecho a comer verdura ecológica. No es lo mismo echarse al hombro un guacal de papas con cincuenta años que con setenta y tantos. Por eso no se cansa de recomendarles que aprovechen los viajes del Inserso, que vayan a la playa cuando les apetezca, que se acostumbren a dormir la siesta y a tomar café bajo el nogal. Como siempre Teresa parece dispuesta a ceder pero su marido replica que ese asunto tiene miga, tú ya sabes, te paras en seco y se acaba el cuento y la cuerda, y entonces, hey, enseguida al cementerio, con los pies por delante. Al viejo le incomoda la idea de la muerte, algo que evita con un chasquido de la lengua, y no por miedo sino sencillamente porque cree injusto tener que separarse de Olguita antes de mostrarle buenos modales y de comprobar que crece como es debido. Pronto remontará vuelo con alas y garras propias, pero puede acabar privándose de algunas linduras fundamentales que parecen condenadas a desaparecer delante de sus narices, como la empleita de latón, la mantequilla hecha a mano, el riego con calabazo o los verbos “fechar”, “aquellar”, “emborcar”. Él quisiera enseñarle tanto. Pero tanto.

El viejo sacó la escopeta envuelta en la manta y la depositó en su escondrijo habitual, dentro de un falso cuarto de pileta cerrado con dos candados. Luego se dirigió a la puerta de atrás, la que más pesa y chirría. Antes de abrir, miró hacia el nogal. Teresa tiene razón, el nogal se tuerce sin remedio y puede dañar el falso alero de la azotea. El jodido nogal. Tanto ramaje impide divisar la montaña desde el dormitorio. Un día de estos tendremos que serrarlo, se dijo al darse la vuelta. Cuando en diciembre se hayan caído las hojas, habría que empezar por desmochar las ramas con calma, de una en una, a base de machetazos, y después le pediría a Dionisio que se trajera la motosierra y le troceara el tronco en grandes tocones.

En medio de la oscuridad, le vino a la mente la imagen de Lina dormitando entre los abultamientos de las raíces del nogal, como acurrucada en brazos de alguien, y por un segundo allí mismo la buscó con los ojos entrecerrados.

Dio un respingo al tomar conciencia del lapsus. Dijo para adentro algo así como “Jesús”.

Fue entonces cuando supo que el aire iba a estirarse, pertinaz y correoso como un sueño mal resuelto, y sintió que la nariz se le contraía entre los mejillas de pronto endurecidas, y que un moqueo incontenible lo obligaba a pasarse la mano sobre los párpados. No quería llorar. No, llorar no. Él no. Y la presión de los dedos le trajo minúsculos fuegos fatuos, el centelleo de una aurora violácea más acá del tabique nasal, dentro del cráneo, en la respiración entrecortada, espumosa.

Los perros habían callado y ahora en efecto sólo rumiaba el aire por el suelo, en dirección sur, hacia el camino que conduce a la carretera general, para descender más lento que los coches y más rápido que la madrugada, hasta el fondo del valle e incluso por debajo de las últimas terrazas de plataneras, desde donde con un poco de suerte ya se podía distinguir la mancha aplastada del mar al borde del horizonte. Si el viejo hubiera visto el peso ceniciento de esa mancha a lo lejos, habría acertado al vaticinar una amanecida de viernes lluviosa de punta a punta de la costa, pero no aquí arriba, a dos pasos del monte. Aquí le tocaría al sol retumbar como una mano de almirez.