PIEL Y RÍO

Juan Carlos Méndez Guédez



¿Por qué no colocar afuera el territorio que ya llevo dentro?
Bararida, la isla en la que estoy ubicando las historias de un pequeño bestiario que voy trabajando junto con otros proyectos. Una isla de imprecisa geografía, que puede ser vista en medio del Río Turbio, o frente a La Guaira; o cerca de Cádiz o incluso al sur de Tenerife.
Lograr para la escritura ese territorio en el que me muevo al dormir: cuando todas las ciudades, las personas, las voces, los tiempos, se entrelazan como un tejido que crea una imagen que contiene todas las imágenes anteriores y (lleva) en sí mismo una imagen inédita.

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Hace unas horas: sin aparente razón: un ramalazo. Pensé en aquella perra mía que enfermó un fin de semana y que llevé al veterinario sintiendo cómo temblaba dentro de una bolsa. El momento se despliega frente a mí con nitidez. No es un recuerdo doloroso, es un dolor inmediato. Palpable. Permanezco unos segundos intentando recordar el instante en que dejé a la perra en la clínica, ya sabiendo que no volvería a verla, los ojos un poco extraviados, esa pata que vibraba, la pelambre oscura pero a un mismo tiempo mustia, reseca.
Me gustaría recuperar la exactitud de esa desolación.
Luego me pongo a leer. Me asusta asomarme sin control a esas magulladuras de la infancia. Pienso que es cómo hacer equilibrios sin malla.
Al final concluyo que puedo usar esas sensaciones para entregarlas al personaje de la historia que estoy escribiendo ahora mismo. Un personaje que ve morir a su padre.
Puede parecer extraño que intente asociar ambos momentos. No lo es tanto. Pero claro que lamento la comparación: adoro a los perros.

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Veo a Katharine Hepburn en una película con Cary Grant. Unos segundos: unos instantes. Su rostro parece de bruma, de niebla, como si un brillo tenue que sólo puede vislumbrarse con la lucidez de una vista fatigada, la envolviese y la preparase para la eternidad.
Ojalá los personajes de lo que uno escribe tuviesen esa calidad temblorosa, como si su piel fuese la piel de un río. Piel con cicatrices que siempre se reconstruye y que aguarda la dulzura de nuevas heridas.