VAYA, ASÍ QUE LAS PERSONAS MUEREN SIN DIENTES

Nicolás Melini

Paranoiac visage (1935), Salvador Dalí


Me he puesto a escribir este libro sólo porque quería hablar de esto y de lo otro, de nada en concreto, sólo de esto y de lo otro.

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“Vaya, así que las personas mueren sin dientes…”, es una frase que debí de decirme un día, no hace mucho, por ver morir a mi madre, y que ha cobrado no sé qué extraño significado para mí; una frase irónica, pero que no alcanza a conjurar el dolor; y tal vez por eso el tumulto, el sentimiento contradictorio. “Vaya, así que las personas mueren sin dientes…”, extraña ocurrencia al constatar que llegado ese momento de la agonía, en el hospital, cualquier cosa en la boca que no esté sujeta a la carne resulta un estorbo para los tubos, además del riesgo de ingestión, o de asfixia. Ocurrencia provocada por la visión de un diente solitario en medio de cualquier encía, un diente que llama la atención sobre la ausencia de todos los demás. Y sin embargo lo marcado en la memoria no es sólo esa imagen, sino su olor, sobre todo su olor, que te alcanza desde allá adentro de la boca de tu madre, desde más adentro que el diente solitario en la encía de arriba o en la encía de abajo. “Vaya, así que las personas mueren sin dientes…”, como quien dice, qué curioso, así que esta mujer tenía dentadura postiza. Me he tenido que poner a Grapelli para sobrellevar la escritura de este párrafo. Este año he perdido a mi madre. Hice el viaje de regreso sabiendo lo que me iba a encontrar. “Ven cuanto antes”, me habían dicho mis hermanos, “acaban de decir que la van a sedar”. Un viaje de dos horas y media en avión sabiendo lo que me encontraría en el hospital. Me dejaron a solas con ella en la habitación. Despedirse… era el momento de la despedida. Hubiese preferido que estuviese consciente. En realidad ya está muerta, pensé. Su respiración parecía mecánica. Le hablé, como me habían dicho que debía hacer (“ella te oye, ella te oye, háblale”), pero me sentí absolutamente ridículo, y confundido porque la miraba y no la reconocía, no reconocía el rostro de mi propia madre, no parecía ella, no era ella… Ya no. Y ya no estaba su voz, la voz que había escuchado por última vez tres días antes, al teléfono, cuando le pregunté desconcertado qué le pasaba y me respondió: “¡Que qué me pasa, muchacho!, ¡qué me va a pasar!, ¡anda, anda, háblame de Aisatu, háblame de tu hija!”. Hacía tan sólo dos meses que la había visto por última vez –contenta a pesar de todo, pasando sus últimas navidades—, y ya no la reconocía. La miré un rato mientras le decía unas palabras que no podría repetir y me sentí ridículo pues no era ella o ella ya no estaba allí. “Háblale, háblale que ella te oye”, pero yo no podía, “háblale que ella te oye y tócala, tócala”. Fue entonces (tócala) cuando aparté un poco la sábana y descubrí su mano, más delgada que nunca y sin embargo sí, su mano, y la cogí y la miré y ya no miré su rostro sino su mano. Escondí la mirada en su mano y así me quedé un buen rato, en silencio, sólo mirando y acariciando su mano.

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El jazz –cierto jazz— viene en mi ayuda; siempre pienso que me gustaría escribir igual;
cómo salta la música de una neurona a otra.

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Me encontraba en uno de esos saraos que organizan los festivales de cine por la noche, en una terraza de verano, en Las Palmas. Creo que he ligado…, comenté a una amiga que se encontraba a mi lado. ¿Ah sí…?, dijo ella. Sí, creo que he ligado… con una embarazada, añadí provocando que ella buscara con su mirada en la dirección que esquivaba la mía… Hasta que la atisbó. Se encontraba a unos 15 metros, la barriga oculta por un arbusto. De hecho, al principio pensé que había ligado, a secas, abrumado por la insistencia de su mirada y su indisimulada sonrisa. Sólo entonces había buscado el talle de su cuerpo tras el arbusto y añadí aquello de… “con una embarazada”. Vaya, comentó mi amiga, creo que tienes razón. Sí, me temo que… Cómo era posible, no lo sabía. Debía de tener unos treinta años, rubia, ojos claros, y se volvía y me miraba y me sonreía insistentemente. Le correspondí, a ver qué pasaba. Y tras un instante echó a andar en mi dirección, mondada de la risa ella sola, como si me conociera. Cubrió la distancia que había entre nosotros y dijo: ¡Hola!, sin perder aquella sonrisa. ¡Hola!, dije yo. Supongo que la interrogué de alguna manera, aunque sólo fuese con mi forma de mirarla. Aún así no apresuró una explicación, continuó mirándome y sonriéndome y se presentó. Sólo después dijo, por fin, que había coincidido conmigo en tres o cuatro sitios aquel día: en la sala de cine por la mañana, en el Gabinete de Prensa, en el restaurante de Las Canteras a medio día… ¿Era aquella la razón de tan elocuente abordaje? Yo no había reparado en ella en ninguna de las ocasiones. Sabía quién era yo y que tenía un trabajo, un corto, en el festival. ¿Era una grupi, o una joven grancanaria que se había acercado al festival y que estaba disfrutando del mundillo que se había encontrado? Me dijo que se dedicaba a la representación de actores. Era de allí, de Las Palmas, pero vivía en Madrid. Yo seguía tratando de dilucidar a qué venía aquella forma tan enigmática y prometedora de forzar la situación para conocerme, ¿se debería a un interés sólo profesional? Conversamos un rato. Era muy agradable. Le pregunté por su embarazo. Estaba de siete meses, sería una niña, no tenía pareja, había decidido tener a su hija ella sola. Le dije que yo acababa de ser padre. Hablamos de ello sin que pudiéramos evitar continuar cierta tensión sensual ya establecida: ¿mujer embarazada sin padre para su hija repara en hombre con la paternidad a flor de piel?, bromeamos un poco en torno a esa idea, aunque a ninguno de los dos nos parecía imprescindible que diese ese paso con un hombre al lado, se trataba más bien de seguir compartiendo la fantasía, con muy buen sentido del humor. Luego hablamos más seriamente de su profesión y de los jóvenes actores a los que representaba. Aunque estuve alerta a si colaba en su discurso alguna muestra de interés profesional, no lo hizo. Aquello me dejó sin gran cosa a la que agarrarme para entender su forma de abordarme. Y así seguía cuando nos despedimos… Y no la volví a ver nunca más.

Me encontraba viendo la tele un día que recuerdo como si fuese de fiesta o fin de semana, aunque en realidad se trataba de un miércoles laborable de agosto. De pronto se interrumpió la programación, o el informativo, y el presentador dijo algo acerca de un avión que se había salido de la pista en Barajas. Aún estaban recabando toda la información, pero todo parecía indicar que no había que lamentar ninguna víctima. La única imagen que emitían del aeropuerto era un plano muy lejano, en el que se podía apreciar un poco de humo. Era una imagen tomada por alguien que se encontraba no sólo muy lejos del avión siniestrado, sino en un lugar en las inmediaciones del aeropuerto, fuera de éste. Me extrañó que, tras el paso de los minutos, no se produjera una imagen “oficial” más próxima… Me levanté del sofá y caminé hacia la terraza. Por entonces vivía en un piso 16, y aunque el edificio se encontrara allá abajo junto al río Manzanares, podía atisbar desde allí todo Madrid, incluso más allá de los edificios emblemáticos de la Gran Vía y la calle Alcalá, Colón, Azca y así sucesivamente... Todo a ras del romo skyline de Madrid. Me acerqué a los cristales y busqué más allá de la ciudad, por encima de ésta, hacia donde intuía que podía encontrarse el aeropuerto de Barajas: entre el Pirulí y el edificio Iberia de Avenida de América, justo por encima de la mancha verde de El Retiro, y mucho más allá que éste, observé una columna de humo. Era un humo oscuro y espeso, pero, tan lejano, que pasaba desapercibido en el conjunto del paisaje. Viéndolo desde donde me encontraba no resultaba alarmante, pero intuí que aquella imagen tan poco siniestra desde allí podía entrañar un horror muy distinto en el lugar del que provenía el humo. Y regresé al televisor inquieto, con la sensación de que podía haber sucedido algo mucho más grave de lo que se relataba hasta aquel momento en éste. Zapeé un poco, ya había varias cadenas ocupadas con el asunto. Y así permanecí un rato, observando y escuchando a unos y a otros, en una cadena y en otra, hasta que llegó un momento en el que una dio un pequeño número de víctimas… la otra confirmó un número similarmente pequeño… la primera abrió la posibilidad de que el avión hubiese iniciado la maniobra de despegue y luego se hubiese desplomado, y exhibía datos que parecían más que fiables de que así había sido… mientras que en la otra, aún, el presentador repetía una y otra vez que el avión sólo se había salido de la pista. Aquello mi irritó, porque comprendí que estaban haciendo todo lo posible por dosificar la información, intentando prepararnos para lo peor. Se trataba de un avión que se dirigía, desde Madrid, a Gran Canaria. Y yo, aunque no soy de esa isla en concreto, soy de las islas y tengo familia, y muchos amigos, allí. Quería saber, cuanto antes, lo que había pasado. Comprendo que los medios tengan que adoptar este tipo de medidas para no traumatizar a la audiencia, pero yo lo que quería era que me informaran.

Resultó tratarse de una catástrofe aeronáutica brutal, en la que falleció toda la tripulación y casi todo el pasaje.

Durante aquel y los siguientes días, mientras se producían los escalofriantes relatos en la prensa y la televisión, yo esperaba el momento aciago de que alguien me informara de que tal o cual persona, amigo o conocido (ya que los familiares comprobé enseguida que no se encontraban en ese avión), había fallecido en el siniestro. Pero no. Pasaban los días y sólo recibí llamadas de amigos que se preocupaban por si yo o cualquiera de los míos hubiese tenido la mala suerte…, y a pesar de mi extrañeza –resulta raro que uno viaje a cualquiera de las islas y no se encuentre con algún conocido en el aeropuerto, dispuesto a viajar en el mismo avión—, todo aquel horror se produjo sin el sobresalto añadido de tener que lamentar la pérdida de algún conocido.

Casi un mes después, charlando con Benito Zambrano, se interesó por si algún familiar o amigo había sufrido alguna consecuencia del siniestro –ya lo había hecho por correo electrónico, inmediatamente, pero ahora, la primera vez que hablábamos desde la fatídica fecha, lo hacía por teléfono—. Le dije que no y, cuál fue mi sorpresa, él comentó que en su caso sí, que justo el fin de semana anterior al siniestro, tres días antes, había estado cenando en casa de unos amigos, y que también se encontraba allí otra chica, con su hija pequeña, de dos años, y que ambas habían tenido la desgracia de encontrarse en ese avión y fallecer. La idea de que hubiese cenado con una chica y su niña –apenas unos meses más pequeña que mi propia hija— y que tres días después no fueran más que cenizas en el accidente de aviación me golpeó, pero Benito continuó: la joven se dedicaba a la representación de actores, estaba empezando en eso, y había tenido aquella niña siendo madre soltera.

***


En el televisor, la música no es sólo música sino una combinación de espectáculo erótico, danza genital, exhibición de lozanía, pase de modelos –cada artista aparece con un vestuario distinto en cada uno de los planos de los videoclips—, pose y, finalmente, melodía.

La música una excusa para el espectáculo, no una música espectacular.

Nada que objetar, también me gusta la “imagen”, y la chicha convulsa me resulta absolutamente hipnótica.

2 comentarios:

crs dijo...

Ay Nicolás, qué escalofrío. Porqué tienen que tan a menudo unidos la belleza y el dolor.

Anónimo dijo...

A veces pasa, Crs, gracias
Nicolás