CUENTO DE LAS BALAS

Ernesto Pérez Zúñiga



Había tres hermanos en una de las ciudades del sur, hijos de familias que cruzaban la vieja aristocracia con una burguesía triunfante, implicada en la sociedad. El más joven de ellos, al que yo le debo el nombre, tenía veinte años en 1936. Pertenecía a la Falange y estaba preso en ideales de reforma y acción. Se unió de inmediato a la rebelión de uno de las espadas del Gobierno, el traidor Francisco Franco, e intentó levantar la ciudad en zona firmemente republicana.

Fue arrestado y encarcelado de inmediato. Yo no he visto retratos suyos, sí su tumba, pero dicen que era valiente. Logró fugarse junto a un compañero de celda y se internaron de noche en la sierra para cruzar hacia la zona nacional. La sierra sí la conozco: despiadada, hecha de barrancos. Dieron vueltas en el zigzag de sombras y veredas, y acabaron en la luz encandiladora de un cortijo donde pidieron agua antes de seguir camino adelante. Pero no había camino, sólo el límite de la sierra áspera, y una cueva donde decidieron esperar el amanecer.

Unos cuantos hombres de la Guardia de Asalto rastreaban el polvo que habían pisado los fugitivos. Cuando se toparon también con el cortijo, sus habitantes señalaron la cueva, el Refugio de los Maleantes. No sé si mi antepasado y su compañero iban armados, pero ya no bajaron de la cueva. Bajaron sus cuerpos con peso de balas.

Amanecía para otros cuando los llevaban a caballo por la ciudad.

No he oído qué hicieron con su compañero. El cadáver de aquel joven al que debo el nombre fue atado a una de las cabalgaduras y arrastrado por las calles principales, para escarmiento de latentes, lección de militantes y dolor invencible de su familia.

Su hermano mayor, mi abuelo, era funcionario en un ayuntamiento de la costa. Hacía años que tenía el carné del Partido Socialista y se acababa de afiliar al Comunista sin desvincularse del primero.
La costa rocosa y árida. Cerca de la orilla se levantaban nefastas islas de piedra, que los pescadores driblaban. El pueblo pequeño y blanco. La gran chimenea de la fábrica de carbón una deformidad de la naturaleza, un falo bastardo de ladrillo que crecía al pie de un monte.

Eran las noches de la precaución y de las rondas. Eran las noches de la revancha y golpeaban los puños en las puertas. Había que limpiar el pueblo de levantiscos. El alcalde no iba a permitir que ningún desalmado se saliera de madre, madre república y madre revolución.

Mi abuelo veía ir y venir a su jefe por los pasillos del pequeño ayuntamiento.

- Hay que ir a por ese –oía.

- ¿Y por qué a por ese?

- Porque es un mamón fascista.

Algunos eran ricos, y alguno patrón, y otros iban demasiado a misa. Mi abuelo los conocía.
Un pueblo pequeño, todos vecinos, todos nerviosos.

Mi abuelo era un joven bastante tranquilo, uno de los mansos, comprometido con la República, religioso del Cristo Humilde.

Se juntaron en la playa de madrugada, a espaldas del sueño. Todo el pueblo se había despertado.

En la orilla pedregosa, de pie, estaban el panadero, otro con el doble de tierra, y el beatico de las misas.

Las pistolas delante, desenfundas. El alcalde, al mando.

Mi abuelo había tomado un cuchillo de cocina y había corrido hacia la orilla.

- Aquí no hay por qué fusilar a nadie –se interpuso entre los reos y los justicieros.

El cuchillo quería óxido del mar frente a las pistolas temblonas, decididas a sonar en la noche.

- Aquí contra quien hay que disparar es contra los soldados de la zona nacional. Allí es donde hay que ir.

Dijo mi abuelo.

- Yo soy tu jefe –respondió el alcalde.

- Eres mi jefe, y aquí la sangre es un capricho.

Un cuchillo que no se sabe usar frente a balas que quieren ser usadas.

No sonaron esa noche.

Pero al tiempo vinieron, en efecto, los soldados de la zona nacional, que iba completando España entera.

Muchos escaparon en el laberinto pedregoso que dejaba atrás los tejados del pueblo.

Otros acabaron dentro de un camión, mi abuelo entre ellos.

El camión traqueteaba por la carretera y hacinaba aún más a los hombres, inquietos en la parte de atrás, descubierta. Las curvas se iban sucediendo camino de la ciudad.

El camión pasó junto a la plaza de toros y algunos, que nunca habían visto una, sintieron una primera curiosidad, que se transformó en miedo cuando el vehículo giró hacia la puerta grande, por donde en otros tiempos salía el triunfo de los toreros.

Un miedo que adivina pero todavía interroga. Un miedo que conoce brutalmente pero que se agarra a la sutilidad de una esperanza.

Mi abuelo y los demás pisaron el albero: una tierra mala, manchada de sangre.

“La sangre es un capricho”.

El cielo arriba, sin una nube, enmarcado por el graderío redondo y vacío.

Apenas habían recobrado la estabilidad, el peso y equilibrio del pie en el suelo después del incomodísimo viaje, el camión se apartó hacia el otro lado de la plaza.

Los soldados nacionales en frente.

La plaza, el óvalo amarillo del ser y no ser.

El movimiento y su ruido, los fusiles.

La oscuridad para cada uno de los presos en el interior de los cañones que les estaban apuntando.
Como parte de la estupefacción y el sinsentido, sintieron la metralla un segundo antes de oír “fuego”.

El tercer hermano, comunista, se había hecho cargo de la familia de mi abuelo, que no había querido abandonar el ayuntamiento hasta el último momento; él representaba la legalidad frente al desorden y su deber era resistir para que el pueblo no dejara de intentarlo.

Le dijo a su hermano:

- Quedamos nosotros dos y apenas hemos tenido tiempo de llorar al pequeño.

Al arrastrado.

Me contaron que su madre llevó luto por él ya toda la vida, que fue muerte.

- Id a Madrid, yo os buscaré.

Dijo mi abuelo muerto.

Y su hermano cuidó de mi abuela, que viajó con un niño de un año, mi padre, pueblos y pueblos todavía republicanos, sorteando el frente y las traiciones.

Mi tío abuelo participó en la defensa de Madrid. Herido, no supo huir de la capital conquistada pero sí esconderse y cuidar del que sería mi padre. Mi abuela murió al poco de conocer, después de fracasados intentos, que habían fusilado a su marido. Balas el conocer.

En un barrio pobre montaron una tiendecita después de la Guerra Civil y, borrando el pasado, pasaron décadas.

Un día fui a visitar lo que quedaba de aquellos ultramarinos: una persiana herrumbrosa rodeada de unas paredes grises, descascarilladas. Detrás de la persiana, nada, apenas lo que imaginé: polvo, unos cuantos estantes vacíos.