EL REGRESO A ROMA

Luisgé Martín



Cuando cumplió diecisiete años, los doctores le aconsejaron al marqués Albert Ludovic de la Villiers que hiciera un viaje para curar su melancolía. El muchacho, que tenía el rostro macilento y el cuerpo enflaquecido por la anemia, se pasaba las horas del día y de la noche tendido en la cama. Sólo tenían permiso para entrar en su cámara los mayordomos, que cada mañana le daban friegas en la carne con agua tibia para quitarle los olores, y el cardenal de París, con quien el joven se confesaba de sus pecados. La señora Fabignon, su preceptora, le visitaba también algunas tardes y le leía novelas de aventuras para vivificar con ellas su espíritu y azuzarle a emular las hazañas de sus héroes, pero ni D’Artagnan ni Julian Sorel le remediaban el ensimismamiento y la pesadumbre.

Fue el cardenal, quebrantando con prerrogativa papal el secreto de confesión, quien les explicó a los doctores el origen de los males del marqués: el muchacho, huérfano de padre y madre desde muy pequeño, tenía un miedo aterrador a la muerte y creía que los aires del mundo sólo servirían para enfermarle. Soñaba cada noche con la guadaña y sentía en la piel el corte frío de su hoja afilada. En una ocasión se despertó incluso con una tajadura sangrante en el brazo, y aunque el mayordomo aseguraba que se la había hecho descuidadamente durante el sueño con un hierro suelto del dosel de la cama, él estuvo siempre convencido de que había sido obra de la Muerte, quien esa noche había logrado acercar más su segadera y había estado a punto por fin de llevarse su pellejo.

Desde niño, Albert Ludovic había buscado panaceas que le permitieran vivir eternamente. A los doce años había ingresado en una hermandad de alquimistas que experimentaban con la planta del cacao, con excrementos macerados en alcohol y con hígados de yeguas para elaborar un ungüento maravilloso que, bebido, debía regenerar todos los humores del cuerpo y dispensar la salud perpetua. Dos años más tarde se unió a una cofradía de monjes gnósticos que aseguraban que leyendo los capítulos del Antiguo Testamento en un orden determinado se alcanzaba la purificación más alta y se conseguía la vida eterna sin necesidad de cumplir el trámite de la muerte. Y a los quince años, por fin, hizo amistad con un astrónomo soñador que estaba dibujando un mapa de las estrellas porque tenía la convicción de que los hombres, como la virgen María, podían ascender al cielo sin haber muerto.

Ninguna de estas filosofías alivió las congojas del marqués, que vio morir en pocos meses, sin componenda, al patrón de la hermandad de alquimistas, a tres monjes gnósticos emponzoñados por el tifus, al astrónomo, ya anciano, y a su tío abuelo Dominique, que había sido capaz de sobrevivir en la Corte a las intrigas de Robespierre y de Fouchet pero no había podido librarse luego con bien de los daños de una hidropesía. Albert Ludovic se encerró entonces en su palacio, desinfectó los muebles y los muros con detergentes, y se puso a gemir dolientemente mientras buscaba en los libros de su biblioteca, más metafísicos que los que le leía la señora Fabignon, una solución a la muerte.

Cuando los doctores le examinaron, después de un desmayo, llegaron a la conclusión de que su enfermedad no era sanguínea, sino mística. Uno de los cirujanos lo expresó sin palabrería: “Al marqués se le ha chiflado la cabeza”, dijo. “No se le puede curar con cataplasmas, pócimas y bebedizos, sino con fantasías. Búsquenle una hembra que le aturda o llévenle a un lugar exótico en el que se olvide de sus penas”. La preceptora Fabignon, que tenía propensión a tomar decisiones categóricas, mandó empacar de inmediato la ropa del muchacho en un baúl, dio instrucciones a los cocheros para que prepararan el carruaje y escribió cartas a una prima suya que vivía en Roma anunciándole su visita y rogándole que tuviera avisados a los mejores médicos de la ciudad por si acaso se producía algún contratiempo con la salud del marqués durante el camino. Albert Ludovic, con el gesto descompuesto por el terror, se negó a salir del palacio con rumbo tan lejano, pero la señora Fabignon, perentoria, amenazó con envenenarle las comidas si no obedecía, de modo que el muchacho, que conocía el temperamento agrio de su preceptora, eligió de entre las dos muertes la menos cierta.

Emprendieron el viaje sin más tardanza. En el equipaje, además de las ropas, las pócimas curativas y los pertrechos, Albert Ludovic llevaba hasta cien libros de nigromancia y de teología en los que esperaba encontrar, a tiempo todavía de salvarse, un auxilio o un consuelo. Cuando el carruaje arrancaba cada mañana, él, molido por las pesadillas de la noche, se acomodaba entre los cojines de la cabina y comenzaba a leer algún tratado sentencioso para instruirse. Poco a poco, sin embargo, fue distrayéndose con el paisaje. A la altura de Burdeos, después de varias jornadas de trayecto, se dejó embeber por el verdor de los bosques y la turbulencia de los ríos que vadeaban. Sus cavilaciones no se volvieron más amables, pues a cada instante pensaba que toda aquella hermosura que veía a través de la ventanilla se malograría pronto, pero su rostro, extenuado y pálido, empezó a engordar y a atezarse por el sol.

Recalaron en Marsella, donde el marqués vio por primera vez el mar, que le llenó de nuevo de melancolía. Desfilaron por los Alpes, nevados y fragosos. Durmieron en Génova y en Pisa. Recorrieron la campiña toscana, que tenía, a principios ya de otoño, colores escarlatas y rosáceos. Y llegaron por fin a Roma, la ciudad de Dios, donde Albert Ludovic esperaba encontrar alguna señal de sus quimeras. La prima de la señora Fabignon les alojó en un palacio renacentista desde el que se podían ver las aguas grises del Tíber y más allá los muros circulares del Castillo de Sant’Angelo y la cúpula blanquecina del Vaticano. Al asomarse a la ventana de su alcoba la primera noche y contemplar aquel paisaje iluminado por el fuego de hachones gigantescos, el marqués se puso a llorar desconsolado. Cuando el paje italiano que habían contratado para que le atendiera acudió alarmado a preguntarle qué le disgustaba, Albert Ludovic le mostró los ojos llenos de lágrimas y, mientras señalaba por la ventana todo lo que iba enumerando, le explicó que aquellas pupilas pronto estarían mordidas por gusanos, descompuestas, y no podrían ver ya los tejados de las casas, ni los pretiles de los puentes, ni los ropajes coloridos de los romanos que jaraneaban en la plaza que había frente al palacio. El mozo, asustado, le sacudió el colchón, le calentó la ropa de la cama con bolsones de agua caliente y se fue espantado.

Albert Ludovic, que a pesar de su aflicción tenía la salud muy mejorada desde que salieran de París, visitó los mausoleos, los panteones y los capitolios, pero enseguida comenzó a citarse con personajes estrafalarios que, como él, anhelaban la inmortalidad. Un militar lombardo, que había luchado en Oriente como mercenario, le contó que una doctrina siria sostenía que el hombre que fuera capaz de eliminar de su cuerpo el semen hasta la última pizca quedaría purificado por completo y no tendría que sufrir la pudrición de la carne. Un cocinero que servía en los fogones del Papa le aseguró que no era el ayuno, sino la glotonería, lo que purgaba las vísceras de sus corrupciones. Y un ermitaño que vivía en las afueras de Roma, al lado del mar, le mostró las sangrías que se hacía en la piel, rebanándola para que los demonios se fueran del cuerpo. Albert Ludovic escurrió su semen, comió hasta indigestarse y se hizo heridas sangrantes en los brazos, en el vientre y en las piernas, pero todo eso, más que ayudarle en sus desvelos, le debilitó aún más.

Un mañana de comienzos de diciembre, el marqués, que paseaba por la ciudad apoyado en un bastón, vio cómo una dama anciana arrojaba una moneda de oro en una fuente gigantesca y de piedras atronantes que llamaban Fontana de Trevi. Sorprendido por el gesto, que no sabía si era de demencia o de filantropía, se acercó a ella para observarla, y como oyó que hablaba en francés con sus criados, la saludó ceremoniosamente y le preguntó por qué había arrojado una moneda de tanto valor a una fuente callejera donde cualquier mendigo podía robarla. La dama le explicó entonces que con ese acto se aseguraba de que regresaría a Roma algún día. “La Providencia, caballero, garantiza a quien arroja una moneda en estas aguas que volverá a la ciudad antes de morir”, le dijo afablemente.

Al marqués le impresionaron aquellas palabras, pues creyó encontrar en ellas, misteriosamente, la respuesta a sus plegarias. Con la cabeza desovillada por aporías, silogismos y jeroglíficos, fue hilando un razonamiento en el que se figuraba que podía estar la eternidad: si lanzaba una moneda a la fuente antes de marchar a París, no moriría hasta regresar a Roma, de modo que para seguir vivo bastaría con no regresar nunca. Mientras tejía esas conjeturas y deducciones, de camino a casa, comenzó a sentir un júbilo extraordinario. Entró al palacio dando órdenes a todos para que comenzaran a recoger el equipaje. Él mismo se puso en faena con un brío que la señora Fabignon no le había conocido nunca.

A la mañana siguiente, con las primeras luces del día, Albert Ludovic, que no había podido conciliar el sueño, dio orden de que cargaran los baúles en el carruaje mientras él iba a la fuente a arrojar la moneda. Se llevó la faltriquera llena para amarrar mejor su destino: si una moneda era el precio tasado por la Providencia, un puñado de ellas garantizaría más aún el derecho a regresar a Roma. Al llegar a la fuente, emocionado, tomó en un puño los francos de oro, se acercó a la barbacana que rodeaba el agua y arrojó con decisión las monedas, que brillaron durante un instante en el aire y chapotearon luego retumbantemente. Hicieron ruido como de lluvia fuerte o de granizo, pero Albert Ludovic no pudo oírlo, pues un corcel que se había desbocado cruzó al galope la plazuela de la fuente y le arrolló. Su cuerpo quedó tumbado bocabajo en el empedrado, con la nuca partida en dos trozos por una de las herraduras del caballo. Uno de los limosneros que rondaban por allí le cerró los ojos piadosamente y luego, con los pantalones remangados, entró en la fuente a por las monedas.