UN DIARIO, UNA FANTASÍA

Nicolás Melini

Manssur, Senegal, 2007. Foto: Nicolás Melini


Me gusta en literatura todo lo que suponga cierta tensión entre ficción y realidad. Disfruto, por ejemplo, cuando de pronto, en medio de una novela, dudo y me pregunto si lo que el autor me está contando lo habrá recogido de su propia vida. Y me gusta esto de la autoficción, que vendría a ser como darle la vuelta a ese calcetín –el calcetín de Bukowski o de Naipaul o de Coetzee—: parece un diario pero el autor te advierte que, cuidado, está novelando, y a partir de ahí te encuentras instalado en arenas movedizas. Lo que me entusiasma menos es la memoria pura y dura, nunca he sido lector de ese género. Quienes escriben este tipo de cosas acaban, normalmente, diciéndonos, no lo que es, sino lo que les gustaría que pensáramos que es, adaptándolo todo a lo que quieren que creamos de ellos, y eso lo convierte en un género muy falso.

A menudo escribo cuentos que parecen absolutamente ficticios y sin embargo son completamente autobiográficos. Ahí, tal vez, la tensión entre realidad y ficción es más de puertas para adentro. Algo que cualquier lector no tiene por qué percibir. Y cuando he escrito indisimulados textos autobiográficos no aparto ni un segundo la certeza de que la verdad absoluta no existe y todo, aunque haya sucedido, atesora cierto grado de ficción en cuanto lo escribimos, más aún para quien lo lee.

El cierto caso es que, fabulemos poco o mucho, escribamos novelas que de pronto se entreveren de autobiografía o diarios que en realidad sean pura invención; lo mismo si tratamos de convencer a los demás de que somos lo que decimos, que si inventamos alter egos; escribamos memorias, cuentos, novelas, poemas, obras de teatro, diarios o autoficción…, la realidad resulta ser la referencia para la medida.

La referencia para la medida no es el grado de fabulación, como parecen pensar muchos.

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Mi sobrina Aisha –cinco añitos— en menos de un año en Madrid ya habla español perfectamente. Pero a mí me llama "tonton", tío en Wolof (¿?). Me encanta. Del mismo modo que me encanta que mi hija le diga a su madre "ina", mamá en Diola. Y hay expresiones que yo mismo, a base de escucharlas, he adoptado, sobre todo del Diola, como la propia “ina” o cuando mi hija se pega mucho al televisor y le digo: "Aisatu, puntotu", sepárate –lo escribo fonéticamente pues no sé si “pun” es una palabra y “totu” otra, ni si sería “totu” o “totou”—, y mi hija se separa del televisor. Es como magia. Decir una palabra en un idioma que no manejas y que tu hija te entienda. Ah, se me olvidaba: “tonton”, por supuesto, es francés, pero, si se lo preguntas a mi sobrina, te dice que es Wolof, y en Wolof la utiliza, no podía ser de otra manera.

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Hay una expresión maravillosa sin traducción en español –“dengaa”—, que comencé a utilizar en cuanto la descubrí, aunque sea algo que sólo Mama y yo comprendamos (lo cual está muy bien, porque lo hacemos con mucha complicidad). Se trata de un vocablo en Wolof que según Mama sólo se escucha en ambientes rurales de esta etnia, y que viene a significar algo así como “qué habrá querido decir”, y se utiliza cuando alguien dice alguna tontería, o desarrolla un razonamiento obtuso, incomprensible, y, tantas veces, incomprensiblemente hiriente; en especial si se trata de alguien muy pedante que llega con la pompa de un razonamiento grandilocuente pero mediocre al fin y al cabo. Dengaa. Por supuesto, le dimos nuestro uso particular. Así cuando nos encontramos viendo la televisión y alguien pretendidamente progre utiliza, en su candidez, una expresión racista o xenófoba, nos miramos y decimos: Dengaa, con la mayor de las ironías. Supongo que es de justicia poética utilizar una expresión propia de campesinos Wolof para señalar nuestras propias estupideces de sociedad “avanzada”, “desarrollada”, “civilizada”. También, al principio de nuestra relación, recuerdo que esta expresión nos sirvió alguna vez para afrontar esas manifestaciones de personas que, con el mejor de los ánimos hacia nosotros, se veían delatadas por un lenguaje minado por prejuicios (dengaa); si no como conjuro cómplice ante las típicas inconveniencias de algunos familiares y amigos que, sin saber cómo manejarse ante la negritud de Mama, se apresuraban a hablar de su negritud y acababan diciendo tremendas majaderías: pues… dengaa, ¿no?

Pero, por supuesto, no la utilizábamos sólo en relación con el tema racial. También nos servía para apuntillar cualquier pomposa manifestación que, por errada –cuando el interlocutor parecía querer venderse como todo lo contrario— resultara homófoba, por ejemplo; o, simplemente, cuando percibíamos un desfase entre el ímpetu de las palabras y lo que se decía en realidad: en fin, dengaa.

Un día pensé que es cómo el ya arcaico “¿mande?”. Dengaa, ¿mande?, dengaa, ¿mande?; pero un mande irónico, sin interrogación.

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Escribo un libro, luego tardo un montón de años en publicarlo. El grueso del libro de cuentos Historia sin cariño de Remedios Quiero Besarte lo escribí entre 1994 y 1995; la edición definitiva la publiqué en 2005. Mi primera novela, El futbolista asesino, la escribí íntegramente en 1995; la primera edición es de 2000. El libro de cuentos Cuaderno de mis mayores lo escribí en 1994; lo publiqué como tal en 2006. Mi segunda novela, La sangre, la luz, el violoncelo, la escribí en 1996, luego hice sólo pequeñas correcciones hasta su publicación, en 2004. Y así con todos.

Al principio pensaba que era el mundo. Pero soy yo.

Qué pasa.

(El día que me muera voy a dejar inéditos de al menos diez años).

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"Un compromiso excesivo con el Bien puede en sí convertirse en el mayor Mal: el Mal, en realidad, es cualquier clase de dogmatismo fanático, en especial el que se ejerce en nombre del supremo bien" Slavoj Žižek.

Me llega esta interesante cita a través de Juan Carlos Chirinos. Le recuerdo que ya lo decía mi futbolista asesino: “¡Dios mío, sálvame de los tuyos!”

El asesino Falo decía también: “no se me ocurre qué podríamos hacer para defender a los seres queridos de prácticas tan crueles, salvo recomendarles que no dejen entrar en casa a nadie que diga venir con buenas intenciones. Los bienintencionados son casi siempre tan peligrosos como los que han venido a este mundo con el único propósito de joderte la vida. Es la malicia del bien, me digo”.

Continuando con Žižek, a todos se nos ocurrirán fácilmente todo tipo de ejemplos de “compromiso excesivo con el Bien”, y también de “dogmatismo fanático ejercido en nombre del supremo Bien”, o sea Mal.

Hace no mucho, Bush Jr. invadió Afganistán e Irak con las buenas intenciones de luchar contra el terrorismo, vengar las víctimas del 11-S, neutralizar las armas de destrucción masiva, y, sobre todo, ¡defender la libertad y la democracia!; lo mismo que Ben Laden y sus atentados del 11-S en nombre del supremo Bien: Alá.

Que se lo digan a las víctimas de sus acciones.

Aunque, tal vez, en estos dos casos no estemos ante “un dogmatismo fanático ejercido en nombre del Bien” (o sea el Mal), ni de un “compromiso excesivo con el bien”; sino, quizás, de un camelo, un ardid, una estrategia, donde el Mal se viste de Bien para violentar. De ahí el delito. En lo primero habría cierta “inocencia” o ingenuidad: un hombre se compromete tanto con lo que cree, su Bien, que incurre en el Mal, que genera Mal. Tengo mis dudas de que ese sea el caso de “estos dos”. Demasiados intereses de por medio.

Pero lo que dice Slavoj Žižek, en otro plano muy distinto, también se está convirtiendo en coartada reaccionaria para menospreciar ciertos postulados progresistas, desde la perspectiva de “el buenismo es contraproducente, estúpido, malo”, pero aplicado allí donde no sólo hay buenismo, sino argumentos sólidos.

Parece mentira, SER BUENO ES BUENO, joder. ¿O vamos a hacer apología de la maldad? ¿”Bondad (supuestamente) extrema” de unos, como coartada para la “maldad sin complejos” de otros?

Argumentos, buenos argumentos, mejor bien intencionados que mal intencionados.
Acciones, buenas acciones, mejor bien intencionadas que mal intencionadas.