DEL CONFLICTO Y LA VIOLENCIA: LAS ARTES Y SUS PREMIOS

Fernando Valls
Universidad Autónoma de Barcelona

Los ricardos: Benson, Olivier, Stötzner y Pacino

El azar ha hecho que casi coincidan los estrenos en el Festival de Cine de San Sebastián de las películas de Jaime Rosales, Tiro en la cabeza, y Gorka Merchán, La casa de mi padre, ambas sobre la violencia etarra, con la concesión del Premio Real Academia Española a Los peces de la amargura (Tusquets, 2006) del donostiarra Fernando Aramburu. La comisión que le ha otorgado el galardón considera que «los diez relatos utilizan toda la fuerza del lenguaje narrativo y el poder de la ficción para recrear, con intensidad máxima, otras tantas expresiones del sufrimiento humano causado por el terrorismo». Mientras que la película de Jaime Rosales, recibida con división de opiniones, ha conseguido el Premio Fipresci, que concede la Federación de la Crítica Internacional, aunque según la crónica de G. Belinchón, aparecida en el diario El País, con el silencio de los miembros españoles.

Lo indudable es que nunca es sencillo contar el presente, pero me imagino que por eso se dedica uno al cine o a la literatura, para intentar encarar lo complejo de la mejor forma posible. El caso es que tanto los cineastas como el narrador, han tenido la valentía —para empezar— de enfrentarse a un asunto espinoso, que los ha debido obligar a plantearse cómo contar a través de sus lenguajes específicos una historia sobre el terrorismo, donde siempre hay víctimas y verdugos, donde no puede haber ambigüedad moral, ni equidistancia posible, debiendo quedar claro quiénes desempeñan unos papeles y quiénes los otros. En estos casos la debatida ambigüedad juega siempre a favor de los terroristas y sus disciplinados cómplices.

En el Ricardo III, de Shakespeare (me bulle en la cabeza el reciente montaje de Claus Peymann en el Berliner, todavía puede verse, interpretado con sutil maestría por Ernst Stötzner), el contrahecho protagonista, reencarnación física y moral del mal, aduce sus sinrazones con hábil retórica, a la vez que se debate con su conciencia. Pero no por ello quedan menos claras sus culpas, que incluso el mismo personaje reconoce en todo momento. Y claro que el Ricardo de Shakespeare es humano porque si no fuera así, hace siglos que nos hubiéramos olvidado de esta obra. Humanizar a los tiranos en la ficción no los hace mejores, ni menos culpables, sino más complejos y creíbles, más verdaderos. Lo cual no quita que tanto los directores de cine como los espectadores deberían poder distinguir, sin ambigüedad moral alguna, entre víctimas y verdugos. La literatura de los escritores vascos y navarros, en euskera y en castellano, se ha venido ocupando de los efectos que la violencia abertzale (los nacionalistas radicales utilizan el eufemismo conflicto) ha producido en la vida cotidiana de los ciudadanos. Desde Raúl Guerra Garrido, Bernardo Atxaga, y Miguel Sánchez-Ostiz, aduzco unos cuantos nombres, hasta Felipe Juaristi, Ángel García Ronda, Juan Gracia Armendáriz, Francisco Javier Irazoki, Julia Otxoa, Maite Pagazaurtundúa, o Jokin Muñoz. Y no quiero dejar pasar la ocasión sin llamar la atención sobre la calidad de los relatos que componen Bizia lo (2003) (en castellano, Letargo, Alberdania, 2005), del último narrador citado. Pero lo cierto, sin embargo, es que siempre queda la sensación de que sus libros han transcendido menos de lo que debieran y cabía esperar. ¿Acaso puede atribuirse, dicha situación, a que no posean entidad literaria suficiente? No creo que sea éste el verdadero motivo, aunque tampoco resulta fácil dar con él, a menos que se deba a los melifluos gustos de los lectores actuales.

Pero volvamos definitivamente al libro premiado de Aramburu. Quizá sea el primero, dentro de esta materia, en alcanzar un cierto eco, a lo que espero que contribuya también este nuevo reconocimiento, por no insistir en la calidad literaria de sus obras, casi unánimemente consideradas entre las más interesantes surgidas en la última década. El caso es que los cuentos muestran, de manera inequívoca, cómo una parte muy activa de la población, con el silencio cómplice de la otra, ha acosado y convertido en víctimas a todos aquellos que se atrevieron a no acatar el nacionalismo. Pero lo importante estriba, claro está, en su tratamiento literario, ya que el testimonio, siendo trascendente, sólo supone un ingrediente más del conjunto que se nos trasmite. Lo que nos impresiona ahora, en realidad, es la variedad de procedimientos literarios puestos en funcionamiento para interesar y conmover al lector mediante estas historias terroríficas. El problema al que se enfrentaba el autor radicaba en cómo contar el horror, el miedo cotidiano y la marginación de manera verídica, de tal modo que al lector el relato le resultara fidedigno.

De este conjunto compuesto por diez cuentos, sólo voy a detenerme en uno, el que me parece más destacado y le proporciona título al libro. Allí se cuenta las consecuencias que padece una innominada mujer de veintinueve años que iba casarse, víctima casual de un atentado en el que pierde una pierna. En este caso, la elección del punto de vista —es Jesús, el padre de la chica, quien narra— resulta muy significativo. El hombre, recién jubilado, de pocas palabras («mi hija» y «triste», pespuntean el relato, como si de un estribillo se tratara), se refugia en los peces de su acuario casero mientras observa cómo se trunca la vida de su única hija, las acaloradas discusiones que mantiene ésta con su madre (Juani), mujeres ambas de carácter, y la pérdida del novio (Andoni), a quien los padres consideraban el yerno ideal. El acertado final de la pieza, que no desvelaré, apunta a otra víctima del atentado (víctima colateral, lo denominan los canallas), el padre atento y bondadoso, quien seis meses después de la explosión de la bomba, cuando la hija ha regresado a su casa, y se desenvuelve entre la lentitud y la fragilidad propia de su estado, se siente completamente superado por la tragedia.

Estos relatos de Fernando Aramburu, ni ceden a la presión emocional, ni hacen concesiones en lo artístico, pero son también una denuncia del horror y un homenaje a quienes lo padecieron, para que no se olvide en el futuro adónde condujeron los delirios nacionalistas durante estos años en los que una parte de la sociedad vasca vivió en medio de una podredumbre dominada por escorpiones. La decisión de la Real Academia Española, por tanto, amén de arriesgada y valiente, no puede entenderse sino como una apuesta artística, ética y moral, y también política. Así, al menos, la he entendido yo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No puedo estar más de acuerdo con Fernando Valls. Me revienta el eufemismo "conflicto vasco"; para que haya conflicto tiene que haber necesariamente al menos dos partes en lucha, y yo sólo veo una, y armada hasta los dientes. Fernando Aramburu es uno de los escritores más comprometidos y coherentes del panorama narrativo actual, lo que no puedo decir de la gran mayoría de escritores vascos. Su libro de relatos debería ser prescrito en los centros escolares del País Vasco. Me llena de orgullo que la RAE haya premiado el coraje de Fernando Aramburu. Agradezco que Fernando Valls recomiende leer a Jokin Muñoz, un escritor casi desconocido fuera del País Vasco.
Fátima Aranzabal