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PALABRAS OLEAGINOSAS

Un hombre de aceite
José Balza
Bid&Co., 2008
|125 p.|ISBN:9806741595|

Armando Reverón es conocido como el pintor de la luz. Mirar sus cuadros es adentrarse en un universo de luminiscencias que dan forma al mundo, pero al mundo de un genio que vive a la orilla de una playa, que a medida que desarrollaba su obra fue despojándose de lo que ya no le hacía falta para expresarse. Uno de sus últimos cuadros es el paisaje de una playa —tema recurrente en su obra— pintado con tres o cuatro trazos, tres o cuatro manchas blancas, que construyen todo un universo: el genio sabe decir solo lo que tiene que decir, y es lo que aconsejaba en su momento Pushkin.

De esta novela de Balza —su trabajo más reciente— cabe señalar algo parecido de lo que acabo de decir de la obra de Reverón: consciente, cauto o humilde, el novelista acota que Un hombre de aceite se trata de una (Fábula), porque quizá el evidente peso de sus novelas anteriores —D (1979), Percusión (1982), Después Caracas (1996), entre otras— lo ponen en guardia: más que un ejercicio narrativo, nombre que recibe de común toda su literatura, más que una novela al uso, esta novela se presenta al mundo como el espejo que se ha roto y que se propone como ejercicio para el lector. Se trata de entender el mundo que es la novela sin las partes aburridas, vacuas, pirotécnicas. En un escritor de dilatada experiencia como Balza no es necesaria la demostración ni la pedantería: que cada palabra lleve su propia idea, que cada imagen entregue lo que dice, que cada episodio construya.

Se trata de la historia del ejecutivo petrolero que poco a poco va sucumbiendo, por culpa de su indolencia, por pusilánime, por cobarde, por cómodo, por corrupto, a la nueva situación que se presenta en el país (en realidad, la repetición de algo que ha ocurrido varias veces en América Latina): el líder carismático que se hace con el poder para “salvar” a la nación y que termina devorándola en compañía de sus secuaces. El demófago que señalara Homero y que es como una maldición del Nuevo Mundo, ávido siempre de un padre fuerte y simpático, pero caníbal. El ejecutivo no sufre, no; no se arrepiente, no: se aprovecha, que para eso lo han puesto donde hay.

Así se genera una nueva prosa en Balza: la escritura oleaginosa que, como el petróleo pesado, está condensada, se mueve en periódicos flujos y aunque no llena cada intersticio del espacio novelesco —no le hace falta— impone su presencia de manera definitiva: estamos condenados, como lectores, a seguir la ruta que traza; condenados a ver entrar y salir personajes, que no son episódicos sino puntuales; pulsaciones de una fuga literaria cuyo bajo continuo es el personaje principal y su miseria. (No se escapa al lector curioso la referencia nada simbólica a la actual situación en Venezuela). Y si la discreción como ocultamiento de la riqueza mal habida es el aprendizaje final de los sinvergüenzas que protagonizan la novela, la del escritor es la discreción narrativa que no necesita un discurso abundante ni barroco, ni aburrido ni pedante, para mostrarlos en toda su miseria, en toda su humanidad, en toda su picardía:

—Odio el lujo con que vive la nueva gente del gobierno, Luis —y Coro ríe—. Creo que antes me gustaba ese lucimiento, ahora prefiero que lo que uno tenga esté bien resguardado.
Resguardada queda en esta fascinante novela (¿o fábula?) la feroz mirada de José Balza a la contemporaneidad que le ha tocado vivir; donde la piedad del narrador se manifiesta en el diseño de un discurso que deja mondos y lirondos a los sinvergüenzas y débiles que nos gobiernan. Hay que leerla ya, sin duda alguna. jcch.

EN EL FUTURO, CONTIGO

Percusión
José Balza
Seix Barral, 1982
|259 p.|ISBN:8432245011|
Tercer Mundo Editores, 1991
|259 p.|ISBN:9789586013468|
Biblioteca Ayacucho, 2000
|188 p.|SBN:9802763322|

Esta novela es muy querida para mí. Encontré un ejemplar de la primera edición en 1988, en una librería del centro de Caracas, oculto en una estantería que rebosaba títulos golosos. Sin embargo, no sería sino tres años después cuando me sentaría a leerla de verdad, pues no creo que estuviera preparado para ella cuando la compré. Me frustraba no entender lo que leía, pero seguía leyendo los cuentos y las otras novelas de Balza —recuerdo que devoré D en unas vacaciones en Tucupita, la ciudad natal del autor—. Con esta novela comprendí que el encuentro de los lectores con los textos es un misterio, y que ningún libro es para todos, y no hay lector que lo sea de todos los libros. Aquí la máxima de los mosqueteros no se cumple —o se cumple con el pasar de los años.

Y de pronto, algo hizo clic en mi entendimiento: unas compuertas se abrieron en la novela y esta brotó hacia mí con fuerza, deleitándome, enseñándome, deslumbrándome. Porque en esta novela está el Balza puro y duro; y es un tratado completo para conocer el mundo y la manera de contarlo. El viaje signa al protagonista, que recorre los países y vive y ama y los consume; pero todo se inicia cuando el narrador regresa, ya anciano, a su ciudad, y se opera el milagro: a medida que va entrando (“¡Muchacho, regresaste!”, le gritan), rejuvenece, vuelve a la edad de cuando partió y entiende la frase con que abre la novela: “el hombre más bello es el que viene del lugar más lejano”; porque es el que viene con más experiencia, el que se acerca más a Odiseo, ese viajero impenitente. A partir de allí comienza la aventura del lector, que debe dejarse untar con el ritmo de la novela y las disquisiciones del narrador: en algún rincón, lo estará esperando la frase que hará suya para siempre. Una de las mías es esta: “En el futuro: contigo”, ejemplo emblemático de cómo utiliza Balza los dos puntos para abrir posibilidades, y no sé por qué me recuerda el verso de Huidobro en el Prefacio de Altazor: “Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte”, no por el proceso de unificación, sino porque a cada palabra se abre un mundo distinto.

Aún conservo ese ejemplar querido, golpeado por los años, y por alguna mano torpe que ha querido remendarlo: ahí sigue dándome placer, escondiendo la explosión atómica y guardando secreta relación con Until the end of the world, de Wim Wenders, pues ambas obras son producto del espíritu posmoderno que en los ochenta y los noventa recorrió el mundo. Se vaticina la explosión de una bomba atómica en ambas obras pero en Percusión se anuncia la aparición del SIDA; ¿visión profética del autor u observación perspicaz de la vorágine sexual que pululaba desde los sesenta?

Qué suerte tiene aquella persona que esté leyendo estas líneas y no haya comenzado su próspera relación con esta novela; va a disfrutar de lo lindo. Hay tres ediciones por ahí; y deben de aparecer más; así que no desesperen. Eso sí; cuando la tengan en sus manos, no hagan nada más, no lean nada más, no oigan a nadie más: porque hablará el hombre más bello (y viene del lugar más lejano) —mas yo siempre estaré en el futuro: contigo.jcch.

LA SOMBRA LUMINOSA

Mirar al agua
Javier Sáez de Ibarra
Páginas de Espuma, 2009
|187 p.|15 euros|ISBN:9788483930366|
Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero 2009

Se leen estos dieciséis relatos como en trance: desde la primera página el autor nos exige involucrarnos con su manera de ver el mundo, con el universo que le ronda la imaginación y que desciende sobre las páginas con contundente delicadeza. Reviso mi ejemplar ya muy manoseado y veo que tengo notas de cada uno de los cuentos: en todos una propuesta plástica se cuela como esencia, pero una plástica literaria; como si dijéramos que Sáez de Ibarra cogió un bolígrafo y lo esgrimió como un pincel: de Goya a Basquiat, de Velázquez a Duchamp, de la iconografía de la virgen de la leche a la siempre inconcebible comunión entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección. ¿Qué resulta de esta sinestesia de disciplinas? Un libro lleno de referencias, visibles y ocultas, no solo al arte de todos los tiempos sino también a ese que vemos todos los días cuando caminamos por la calle, tan llena siempre de estímulos visuales. Porque este libro, pequeña joya que se alzó con la primera edición del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, también es eso: un estímulo visual que prescinde de los colores porque los convierte en imágenes literarias; y, por eso mismo, paga su deuda, consciente o inconsciente, con los autores que —me figuro— han ido influyendo en la conformación de su ya madura voz (hay que recordar que este es el tercer volumen de cuentos de Sáez de Ibarra, tras los celebrados El lector de Spinoza y Propuesta imposible): Borges y Cortázar; Bukowski. Una combinación que podría parecer extravagante al lector que, descuidado, no haya puesto la suficiente atención en sus lecturas y haya pasado por alto los vasos comunicantes que siempre hay entre los escritores de alto nivel: esos que nos permiten identificar la sordidez de los alcohólicos bukowskianos con el triste «bravo» a la pianista Berthe Trépat de Rayuela y la obsesiva velación del verdadero autor de Don Quijote de La Mancha.

Como es inútil dibujar el mapa completo de este libro —inútil y cruel acción de spoiler malicioso—, me quedo con el comentario de los dos relatos que más me han gustado: Una ventana en Via Speranzella y Jerónimo G. En el primero, el sencillo gesto de una artista cada año durante toda su vida se convierte en un happening vital que sirve para expresar los más diversos sentimientos: ira, amor maternal, protesta política. Además, la artista, Petra Menardi, no oculta la filiación onomástica con el borgiano Pierre Menard, ese desconocido autor del Quijote. El texto tampoco: «La obra visible que ha dejado esta artista es de fácil y breve enumeración», es paráfrasis evidente de cuento de Borges que nos ‘pone’ en situación: todo lo oculto se desvanece en el aire —de la ventana, en este caso—. Pero más allá, otras filiaciones emergen, pues, ¿cómo no pensar, ante el gesto infinito de esta artista —asomarse a la ventana y mostrar una teta— en la adaptación de As slow as possible, de John Cage, esa pieza/silencio que ha de ser tocada durante 639 años en la iglesia de San Buchardi, en Alemania?

En Jerónimo G., en cambio, Sáez de Ibarra ha creado la apoteosis del artista: como en aquella película de Woody Allen -la mejor, para mí- Sweet & Lowdown, el verdadero artista está preso en el mundo y ante el mundo: nadie lo comprende, todos lo quieren ‘enmendar’, enseñarle la manera correcta de usar su lenguaje, su talento, como si eso fuera posible. Aun cabe pensar en este texto como manifiesto literario; Jerónimo G. es el Morelli cortazariano que en este libro es el testaferro del autor. Y, en todo caso, queda para la posteridad la siguiente obra de arte, pieza exquisita de minicuento ready-made del siglo XXI: «El nuevo trabajo que les encomendamos consistía en describir algo o a alguien; unos describieron su celda, las ventanas, los platos, los cubiertos, a algún miembro de su familia, un perro que habían tenido, etc. Jerónimo escribió una lista de nombres de presidentes de países, reyes, políticos, grandes financieros, algún premio Nobel; al lado de cada uno de ellos siempre una sola y la misma palabra: Marica».

Pero lo que me resultó más inquietante de todo el libro no está en sus páginas, no se describe en ningún lugar, desaparece: detrás de la luminiscencia de las citas, de la brillantez de su prosa, de la luz plástica en comunión con la narrativa, yace un territorio sombrío, enigmático. Mirar al agua es un libro luminoso que oculta la sombra de una visión triste y mucha veces pesimista del mundo, como si estuviera contaminado por todas las cosas. O quizá porque cuando miramos al agua a veces todo es turbio como un espejo borracho. Y el arte lo sabe. jcch

CONTRA EL TEDIO

Los demonios de Berlín
Ignacio del Valle
Alfaguara, 2009
|432 p.|20 euros|ISBN:9788420423326|

En días pasados leí una declaración de la veterana Mercedes Salisachs que no se debe pasar por alto: «Una narración tiene que enganchar al lector y mantenerlo en vilo con un relato bien construido. Releo, una y otra vez, hasta que encuentro el ritmo que yo deseo y no me canso de escribir.» Para más de un escritor, o para más de uno que aspire a serlo, esta breve —y en apariencia, superficial— reflexión debería ser el punto de partida de sus propios experimentos con el mundo de la ficción. Parece fácil lo que allí se está expresando, pero puede llevarnos décadas descubrir el ‘truco’ personal de nuestro estilo. Encontrar el ritmo con el que te sientas cómodo, que es la única manera de hacer sentir cómodo al lector, puede llevarnos la vida entera (el arte es una larga paciencia, parafraseo yo). Por eso cuando me topo con novelas como Los demonios de Berlín no sólo agradezco como lector los deliciosos ratos que me hace pasar, sino que me devuelve a la pregunta que atormenta a todos los que queremos crear universos paralelos a éste, tan agitado pero a veces tan aburrido: ¿qué es lo que me ha permitido recorrer cuatrocientas páginas sin huir, qué es «eso» que ha empujado nuestros ojos a través de los párrafos, las frases, los diálogos, incluso cuando sentíamos que se demoraba demasiado para nuestro gusto, o para nuestro estado de ánimo? ¿Qué me ha «mantenido en vilo», como dice Salisachs? Para esta pregunta hay tantas respuestas como lectores; pero siempre queda un resquicio que permanecerá sin contestar. Sobre todo, cuando lees novelas como la que comento.

Aunque aún no me he sumergido de verdad en las novelas que preceden a esta (El tiempo de los emperadores extraños y El arte de matar dragones), no me ha costado hacerme con los personajes y la situación, quizá gracias a la cuidadosa documentación del autor en torno a la época: los últimos quince días antes de la caída de Berlín, en la Segunda Guerra Mundial; los bombardeos incesantes de la artillería rusa sobre la ciudad; la progresiva locura de los jerarcas nazis, comenzando por Hitler; y un español de la División Azul, enamorado quizá inútilmente, y encargado de descubrir al asesino del científico que posee la clave para la obtención de la anhelada bomba atómica con la que vencer a los aliados. Toda una propuesta al estilo del mejor Ken Follet, aquel que construía en El hombre de San Petersburgo desengañados anarquistas en el Londres de 1914. Creo que si debiera definir la lectura de este libro, diría que se lee acurrucado, como si a nuestro alrededor estuvieran cayendo las bombas rusas. Ignacio del Valle lleva la narración con firmeza y evita las digresiones y el artificio: WYSIWYG (what you see, is what you get) parece ser su consigna de escritor y esa quizá es la clave para involucrarse con su lectura. Las vicisitudes de Arturo Andrade, imbricadas en la debacle alemana (la debacle de la vida y del amor, además), me han mantenido atento, a pesar de que en ocasiones me desconectaba de lo que estaba ocurriendo, normal cuando lees caudalosas novelas. ¿Son estas desconexiones los puntos ciegos de la narración? Probablemente; pero no hay texto sin esos puntos ciegos y me parecería sospechoso que no los tuviera. La perfección atildada es mala compañera de la novela. Este género exige fallas de origen, el deterioro que reproduzca la vida real.

Una imagen final le sugiero al lector, que debe ir a comprar esta sabrosa novela ¡ya!: el cadáver del científico sobre la enorme maqueta de Germania, la mega ciudad que Speer soñara para su jefe, y de la que aún se pueden ver vestigios en la capital alemana. Símbolo inequívoco de la pequeñez de las ideas humanas. jcch

LA FICCIÓN ENGULLE GOZOSA TODO LO QUE TOCA

De cabo roto
Eduardo Halfon
Littera, 2003
|128 p.|11 euros|ISBN: 9788495845139|

Estoy a punto de contar de qué va esta breve novela, pero me parece que pueden haber algunos lectores que no me lo agradezcan. Pues resulta que (pausa del que está ansioso por convertirse en un spoiler, nuestro aguafiestas de toda la vida); resulta que no puedo contar de qué va la novela, está bien, porque también este pequeño cofre contiene un thriller tan de moda por estos días. Afortunadamente, no se queda el asunto allí: cuando Cervantes está de por medio, como cuando Shakespeare echa una mano, los libros dan mucho más y mucho mejor.

Es una suerte enorme, en estos tiempos en que bullen las novelas y cualquiera se cree en condiciones para escribir una, encontrarse con un escritor de la estirpe de Eduardo Halfon (Guatemala, 1971). Lo descubrí hace poco, merodeando por La Casa del Libro, hambriento de buenas lecturas, anhelante de repetir lo sublime que antes ya he hallado en Firmin, en El nombre de la rosa, en Doña Bárbara, en Percusión, en El umbral de la noche, en Las abuelas; lo encontré mal puesto en la mesa de autores en lengua extranjera (quizá el apellido, Halfon, despistó al librero, y lo polaco de título), lejos de sus vecinos españoles e hispanoamericanos. Entonces di con El boxeador polaco, un libro de relatos luminoso, del que hablaré en su momento. Porque semanas después me salió al paso esta breve novela, y confirmé lo que ya supe con sus cuentos.

De cabo roto (pero el título no me gusta) sumerge al lector, con prosa delicadamente firme, en el mundo de un funcionario del Archivo Nacional de Guatemala, que encuentra una noticia que podría cambiar la historia de la literatura (en realidad es una estudiante, la necesaria ayudante plena de hormonas, quien hace el descubrimiento), pero por una de esas torpes casualidades que suelen darse en países donde las cosas no están del todo organizadas, la historia toma un camino alterno: se invierte el tópico de los papeles encontrados que tanto beneficio le produjo a Cervantes, y aquí se convierte en la fugaz alegría del que lleva una vida anodina. Andrés Trapiello hace una contundente aparición como personaje, como vaso comunicante entre el protagonista y el mundo hipánico que pretende conmocionar; pero también es la estrategia del autor para fusionar la realidad con la ficción usando el pegamento infalible del realismo. No lo logra: la ficción engulle gozosa todo lo que toca, eso lo sabemos, pero sí convierte su novela en un artefacto real para entender los entresijos por donde lo imaginario se cuela en nuestras vidas, todo el tiempo. Hay una agradable sensación de que estamos leyendo hechos reales, no una novela (¿y no puedo pensar que es una costumbre muy literaria hacer «comentarios reales» para inventarse media vida?). La escritura de Halfon nos conduce con amabilidad y discreción por todas sus páginas, como pocas veces ocurre en estos últimos tiempos, cuando los escritores insisten en querer ser más importantes que sus libros, cuando claman porque nos interesen más sus intrascendentes vidas que las de sus personajes. Tal vez, justamente, porque muchos de ellos son incapaces de imaginar universos más atractivos que su ego.

Me apena que, en la avalancha alocada y farsante que es el mundo editorial español, este libro haya tardado tanto en aparecer en mi horizonte lector; me apena que no sea un bestseller, que se lo merece sobradamente; me apena haber terminado de leerlo. Sin duda, se trata de un autor cuya obra va en ascenso y, si sigue por ese camino, no me extrañará cuando nos entregue lo que podría ser uno de los grandes relatos de estos años que comienzan. Esta sabrosísima novela es un indicio nítido y fiable. Compruébenlo, si la encuentran. jcch

LA MÛE EN PARÍS

En el café de la juventud perdida
Patrick Modiano
Anagrama
|131p.|14,5 euros|ISBN:9788433974860|
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

No acabo de entender por qué los críticos literarios de este país se han puesto de acuerdo en elogiar esta nouvelle de Modiano. Y me asombra aún más que alguno haya llegado a comparar a Louki con la Maga de Rayuela. Lo único que, estirando mucho las comparaciones, tienen en común En el café de la juventud perdida y la novela de Cortázar es que ambas novelas transcurren en un tiempo en que París era una fiesta, o así. Ahí terminan las similitudes. La Louki modiana te deja frío, mientras que la Maga cortazariana se te mete debajo de la piel y sufres con ella. De En el café de la juventud perdida sólo puedo decir que es la novela de la movida parisina, de los excesos de tantos jóvenes que se dejaron tentar por el atajo a la felicidad y acabaron en el hoyo. Para nostálgicos del Mayo del 68, de la absenta y de la «nieve», si hay una manera más antigua de llamar a la cocaína. jcch

UNA GRANDE Y DURA


Las abuelas
Doris Lessing
Ediciones B
|368p.|5 euros|ISBN:846628460|
Traducción de Dolors Gallart

He creído desde hace días que iba a escribir sobre los cuentos de Las abuelas, de Doris Lessing, sin percatarme de que sólo quiero hablar del relato que le da título al libro. No porque los otros sean malos, no; al contrario, hace mucho tiempo que los cuatro textos que forman el volumen dan vueltas en mi cabeza, como hechiceras preparadas para las más oscuras noches de aquelarre; contaminan todo lo que pienso, todo lo que quiero hacer, infectan cada relación sináptica de las neuronas que me quedan. Por eso quiero hablar de «Las abuelas», porque de esa manera descargo una de las hechiceras de mi cabeza, antes de concentrarme en las otras.

Me pregunto cómo hizo la señora Lessing para escribir ese cuento; y me pregunto cómo haré para hablar de él sin destriparlo a los que no lo han leído. Deben dejar de leer esto y salir corriendo a buscar el libro; eso por descontado. Si todavía queda algún generoso (o temeroso) que siga leyendo lo que escribo, aparte de agradecerle la cortesía, debo agregarle para su alegría que cuando por fin tenga en sus manos ese libro olvidará al instante esta reseña: habrá llegado la voz de la señora Lessing y pondrá en orden las cosas del mundo. Por lo pronto imaginen dos jóvenes parejas, dos jóvenes esposas que viven a la orilla del mar; dos mujeres jóvenes y hermosas cada una con un niño, compañeros de juegos. Imagínenlas tomando limonada mientras los muchachos juegan en la arena con sus palas; ellas los observan desde una cómoda mesa y se acarician, placenteras, el borde de las piernas: el futuro no puede presentarse mejor. Imaginen las dos casas en las que crecen esos niños, llenos de amor; la casa de la madre, la casa de la que hace cariñosamente de tía: el sol; las nubes; los pájaros; la sensación incomparable de vivir a la orilla del mar en condiciones acomodadas.

Ahora junten todas esas imágenes y dejen que la señora Lessing las convierta en un pequeño universo cambiante; dejen que ella agregue las gotas de vida real que su prosa trae consigo; junten sólo un poco las epidermis de los personajes, busquen los sabores más íntimos de la boca o el intersticio de los dedos (piensen en la palabra coprofagia) sin que nada llegue a explotar, y estarán preparados para comenzar a leer un libro extraordinario de alguien que sólo por ello justifica merecer —y bien merecer— el Nóbel.

Y a disfrutar. jcch

HABLEMOS DEL MIEDO

El umbral de la noche
Stephen King
DeBolsillo, 2006.
|417 p.|8,95 euros|ISBN:8497594290|
traducción de Gregorio Vlastilica y Eduardo Goligorsky

Este libro hay que leerlo con los ojos muy abiertos, con la cautela del que entra a una habitación oscura y en apariencia vacía. Porque cuando abrimos sus páginas, como cuando encendemos el bombillo que cuelga en el centro de la habitación, aparecen objetos, no todas las veces bondadosos, que nos rodean y hacen de nosotros otro tipo de personas.
Pocas veces se leen libros a los que uno les desearía una filiación en la estirpe de los libros de arena, de los que no se acaban nunca, aquellos en los que cada página es distinta. Cuando Huidobro escribió «en mi cabeza, cada cabello piensa otra cosa», seguro no estaba pensando en los libros de Stephen King, pero no podría ser del todo improbable que estuviera recordando las historias de H. P. Lovecraft, el padre espiritual del autor de La niebla y Misery. Quien haya leído En las montañas de la locura y se acerque a estos cuentos de King notará cierto aire de familia, cierta maldad incrustada en las palabras que lee. Le advierto desde ya de «El coco», de «Soy la puerta» y «A veces vuelven»; y le aviso que allí se esconde esa joya contemporánea que es «Los chicos del maíz». En cada relato hay de todo, y hay que estar atentos: aunque se impone una lectura del original en inglés, porque sospecho que las traducciones dejan mucho King por el camino. Sin embargo, lo que no podrá escamotearte nadie es el prólogo del propio autor, una clase de escritura y una declaración de principios al mismo tiempo. Y termino con las palabras de John D. MacDonald, que presenta el volumen: «Si habéis leído esta introducción íntegra espero que os sobre tiempo. Podríais haber estado leyendo los cuentos». jcch.

EL LADO SOMBRA DE LA ESCRITURA

El poder en la sombra
Robert Harris
|336 p.|19,90 euros|ISBN:9788425342387|
Mondadori, 2008
Traducción de Fernando Garí Puig

Ando a la caza de bestséleres (superventas es el término recomendado por el DPD, pero a mí no me gusta) entretenidos y bien escritos, que es como decir que me fui al vertedero de Madrid buscando una manzana que no estuviera podrida. Sin embargo, el que busca de esta manera lo hace con la fe que da la ingenuidad, con la esperanza del desahuciado, con la tenacidad del que ya ha perdido toda esperanza, con el hartazgo del que no quiere más gatos disfrazados de liebres. Prefiero esta tarea ingrata a seguir engañando mi intelecto con las sandeces de eso que los remilgos llaman la verdadera cultura literaria, o sea, una montaña de escritores mediocres que no saben cómo entretener a un lector no profesional ni saben cuáles son los caminos de su corazón. Hace tiempo que mi cabeza de lector se ha cansado de la vacuidad de las grandes propuestas, de los innovadores, de los que desprecian la literatura de género pero la devoran soñando en escribir algo de ese mismo género tarde o temprano —y, desde luego, revolucionar a un tiempo lenguaje y tendencias: el sueño de todo escritor: ser James Joyce y Raymond Chandler, Marcel Proust y Dashiell Hammett al mismo tiempo, y no se dan cuenta, qué imbéciles, de que la clave está en lo que ya Borges supo desde niño: la literatura es una enorme jodedera y gracias a got su seriedad radica en la mamadera de gallo bien administrada.

Tantos años, pues, frente a los videojuegos tenían que dar sus frutos: ni apocalíptico ni integrado: enchufado al orgasmatrón que es la sociedad de consumo, y tan contento. Porque, si a ver vamos, entre ir a las fuentes —oscuros macedonios, severo Benito de Nursia, eutrapelia feroz de Aristófanes—, jugar Empire Earth o dormirse ante las páginas de uno de esos mutantes entre Chandler y Joyce, es preferible varias horas de edificantes bytes lúdicos, y que Huizinga los refrende generoso.

Así que, dejándome hace tiempo de extenuantes bolañerías, regresando a la alegría de leer por el placer de que me cuenten una historia entretenida, como quien escucha a los bufones de Jacob van Eyck dar sus piruetas o como quien salta de nivel en nivel salvando los obstáculos junto a Mario, el bro, he estado hurgando en los estantes de las librerías, buscando el best seller que sustituya lo insustituible: una frase perfecta de Fante, un comentario desternillante de Firmin. He pasado por verdaderos desperdicios de papel, como la re-editada ¿novela? de Javier Sierra, La dama azul, una engañifa mal escrita como pocas, el chasco de Zafón, ese escritor juvenil que se declara un perseguido literario sólo porque vende y reclama ser reconocido como gran creador, una novela detestable de un tal Lovenbruck o Loenbruk o algo así y me da pereza verificar este dato (¿para qué?), y una novela pseudo policial redundante y sorprendentemente opusdeísta de Reyes Calderón (catedrática, madre de diez hijos y prolífica novelista: ¿de dónde saca tanto tiempo?), donde las mismas escenas se cuentan una y otra vez sin piedad hacia el lector sólo con la finalidad —colijo yo— de que el ejemplar en cuestión sea gordo y apetitoso de leer, aunque esto último se quede en el camino en las primeras diez páginas. Atención: este bodrio ha vendido 30 mil ejemplares (Nielsen dixit) así que, o los kikos son unos lectores voraces, o hay algo que se me escapa a mí de este prodigio, porque lo único que he sacado en claro yo es que todos los personajes, desde el policía enamorado y la jueza maruja hasta el poli cazurro dizque agnóstico y el asesino sidoso, pecador, resentido y —¡cómo no!— homosexual, todos, toditos, manejan una ideas católicas ultramontanas que ríete de Jorge de Burgos.

Sin embargo, el que busca, encuentra, aunque sea para pasar el rato.

La venganza contra Anthony Blair ha sido grandiosa. Robert Harris se despacha a gusto en esta novela contra el compinche de Bush (y, a veces, de Aznar), creando una historia que engancha desde el principio: un negro profesional es contratado por el ex primer ministro de Gran Bretaña para que termine su autobiografía, pues el negro anterior se ha suicidado (o lo han suicidado) en extrañas circunstancias. Subráyese que la novela en inglés se llama The ghost, pues ghostwriter es como se llama a los testaferros que en lo oculto día a día escriben los libros de tantos «narradores» que, igual en España que en el resto del mundo, se presentan como autores de cosas que no han escrito. Un sospechoso ejemplo de escritor prolífico lo tenemos en César Vidal, a quien las horas canónicas del año no le alcanzarían para escribir todo lo que publica cada año. Misterios de los tocados por la santidad, aunque yo fantaseo con que el locutor y teólogo protestante debe de tener un monasterio de 80 monjes (negros y santos) a su disposición en algún oculto rincón de Castilla, la vieja, que sin parar, ad maiorem Vidalis gloriam, escriben novelas, biografías y diatribas que luego producen pingües beneficios a la comunidad.

Así, pues, quede manifestado mi desacuerdo con ese término usado aquí en España, negro, racista como él solo. Llamémosle, entonces, a falta de vocablo español, ghostwriter, o tal vez escritor en la sombra, hasta que la academia de la lengua, ese dinosaurio necesario, encuentre la palabra adecuada.

Este escritor en la sombra comienza su trabajo con el ex primer ministro a cambio de 250 mil dólares, pero pronto se descubre envuelto en las trampas de su autobiografiado, de su entorno y de la política internacional, tribunal de La Haya incluido. Cualquier parecido con la política inglesa de los últimos diez años es pura causalidad fruto del enfado de Harris hacia las decisiones gubernamentales de su país en este siglo xxi asaz maléfico Aparte de esta anécdota de fácil enganche, son las reflexiones del ghost writer acerca de su trabajo y su relación con el supuesto autor lo que va hilvanando una reflexión sobre el acto de escribir para otros como una ontología del ser, una búsqueda de sí mismo en la experiencia del otro. Como el gángster, el escritor en la sombra no puede enamorarse de su cliente, ni de sus víctimas. El fallo está en establecer una relación personal, en querer expresar sus ideas, en sentir la compasión del que escribe. Qué gustazo, no fuña.

Al final, que no voy a contar porque yo no soy ningún spoiler, la sorpresa se multiplica con el recurso del último párrafo, que los lectores entregados agradecemos, porque nos deja con esa inercia del que quiere volver a leer. Aunque yo no hago caso a eso. Muchas horas de Internet, vida benedictina y videojuegos esperan por mí para estar releyendo libros.jcch.

LA SUPURACIÓN DEL MEDIOCRE

Historia de un encargo: "La catira" de Camilo José Cela
Gustavo Guerrero
Anagrama, 2008.
|296 p.|19 euros|ISBN:9788433962744|

Hace años que esperaba, sin saberlo, un libro como éste. Porque siempre digo que Camilo José Cela es uno de los dos escritores que no leo ni leeré jamás, y la razón es el asco que me produce la sola mención de su nombre. Me rehúso a leer los libros de un ser tan miserable, a pesar de que supongo que no debe de tener mala pluma. En el libro del que quiero hablar, el autor explica ampliamente todo mi rechazo, mi desprecio y mi asco. Hace años que esperaba que alguien dijera con propiedad lo que ya muchos sabíamos: que Camilo José Cela no tuvo miramientos a la hora de agachar la cerviz para lamer la bota del militar que le diera de comer. En las páginas de este libro de Gustavo Guerrero, con el que se ha hecho con la trigésima sexta edición del Premio de Ensayo de la editorial Anagrama, se desvelan los entresijos de una historia cuasi legendaria en los corrillos literarios venezolanos y olvidada en los españoles: que el escritor gallego viajó a Venezuela -como parte de una política de acercamiento de la dictadura franquista hacia las dictaduras latinoamericanas- y allí los entusiasmos de las "cabezas pensantes" (es un decir) de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, lograron que por unos mitológicos 40 mil dólares le encargaran la escritura no de una, sino de un ciclo completo de novelas sobre Venezuela. Para tal fin, Cela viajó relampagueantemente por el país y, aperterchado de libros y diccionarios, se puso a escribir lo que él pensaba que sería un trabajo fácil y celebrado.
De estas maquinaciones que hicieron millonario al escritor nació La catira, única novela del ciclo venezolano, porque fue tal el escándalo que se armó en Venezuela por el fallido intento de Cela que las autoridades prefirieron que se quedara con la plata y dejara eso de ese tamaño. Tanto a Cela como a Laureano Vallenila Lanz, su valedor venezolano, les salió el tiro por la culata, ni más ni menos. Los lectores venezolanos no se tragaron el engaño y lo que iba a ser la apoteosis del ambicioso y trepador escritor, se convirtió en una historia que aún hoy se oculta como los cuentos más sórdidos de la familia. Lo que intentó ser valerosa respuesta a la contundente calidad literaria de Doña Bárbara, resultó flatulencia del envidioso, supuracion del mediocre, absceso del que carece de una bella voz.
Por fortuna, Gustavo Guerrero ha escrito este muy entretenido libro, riguroso y ágil, que no deja de lado el suspense a la hora de hacer relación de los acontecimienos (lo leí en tres gozosas horas), para que nunca olvidemos que los escritores son capaces de todo, hasta de lamer las botas más abyectas y analfabetas, con tal de que se hable de ellos y de su obra. Ha sido así siempre, ocurre ahora (también en Venezuela, no cabe duda) y siempre seguirá siendo así. Y eso no tiene nada que ver con la literatura. O sí. jcch.

AUDEN LEE EL NUEVO LIBRO DE ZAFÓN

El juego del ángel
Carlos Ruiz Zafón
Planeta, 2008.
|>600 p.|24,50 eurazos|ISBN:9788408081180|

Reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter. Auden.





EL COMIENZO DE LOS COMIENZOS

La hija del capitán en:

Narraciones completas
Alexsandr Sergeevich Pushkin
Alba, 2003.
|560 p.|30 €|ISBN:8489846669|
Traducción de Amaya Lacasa
Versión de los fragmentos en verso de Clara Janés

A los grandes maestros hay que leerlos otra vez, siempre. Porque la lectura que hacemos hoy no será igual que la del año que viene ni se parece a la que recordamos de hace diez años. Yo tenía una imagen respetuosa, pero lejana, de la prosa de Pushkin; no se trataba de mi autor favorito y no recordaba una especial conmoción al leerlo: pero volví sobre La hija del capitán y me descubrí con alegría llorando en no pocos pasajes, y subrayando frases con la aviesa intención de plagiarlas o, al menos, utilizarlas como epígrafes.
Esta novela me ha conmmovido e impresionado; y no comprendo cómo pude estar tanto tiempo engañado: los que fundan territorios literarios no son ingenuos descubridores sino poderosas cabezas que razonan: "¿Qué podría decir de nuestros escritores que, considerando una vulgaridad expresar con sencillez las cosas más simples, pretenden animar una prosa infantil con muchas palabras y blandas metáforas? Nunca dicen "amistad" sin añadir "este sagrado sentimiento, cuya noble llama", etc. ¿Suponen acaso que suena mejor por ser más largo? La precisión y la brevedad son las cualidades más importantes de la prosa. Exige ideas y más ideas...". No son palabras que haya que leer a la ligera, ni mucho menos: es una lección de escritura en toda regla, en la mejor tradición del Lévi-Strauss de Tristes trópicos.
EL mundo rural y levantisco que dibuja Pushkin; la fineza con que crea melodrama usando como excusa a Catalina la Grande; el certero trazo de los personajes chuscos o entrañables: todo eso forma parte de la búsqueda de un autor en la sencillez de la palabra que dice, y dice mucho porque está plagada de ideas. La ingenuidad de su prosa es en realidad la experiencia centenaria de la literatura oral: ¿Cómo olvidar, pues, que Pushkin es el "comienzo de los comienzos" como dijo Gorki, y que Gogol, Tolstói, Dostoievsky, Dumas y todos nosotros le debemos mucho de lo que disfrutamos hoy?
Quizá haya que agradecerle al sultán de Turquía por haber regalado un negro etíope a Pedro el Grande, pues de ese exquisito personaje desciende el escritor ruso, mulato y afrancesado, atormentado y muerto en un duelo cuando defendía su honor de las ligerezas de su mujer.jcch.

ENCANTADO DE MATAR

Diario de Golondrina
Amélie Nothomb
Anagrama, 2008.
|112 p.|12 €|ISBN:9788433974679|
Traducción de Sergi Pàmies

No hay nada más creativo que la soledad. Un día cualquiera te sientes aburrido de la vida, hastiado de lo que haces y, como vives solo, tienes tiempo para pensar en la manera más eficaz de acabar con esa incómoda sensación. Y descubres que lo único que sacia tu sed de dinamismo y tus instintos más básicos es matar por encargo. Sin odio, sin ideología, sin cinismo ni sicopatía: matar por el puro placer de hacer un trabajo bien hecho.
Eso le ocurre al sicario enamorado de Golondrina en la más reciente novela de la escritora belga Amélie Nothomb. La más reciente en español, porque en diciembre de 2007 apareció en Francia su Ni d'Eve ni d'Adam.
Desde que leyera El sabotaje amoroso y Estupor y temblores no he dejado de seguirle la pista a sus novelas, que religiosamente traducen cada año, pues cada año entrega a los lectores un nuevo libro. Según ha confesado, suele escribir cuatro novelas al año y de ellas escoge una para publicar (¿qué hace con las demás?). Este ritmo de trabajo, desde luego, promete mucho oficio pero también algo de mecanicismo y formulas ya conocidas. A veces, francos bodrios; y a veces, tramposos libros de treinta folios "engordados" con muchos espacios en blanco para que el ejemplar pueda llegar a los rentables 12 euros. En el caso de Antichrista fue muy evidente, razón por la cual evité comprarlo.
Pero esta vez la señorita Nothomb ha dado de nuevo en el clavo entregando una historia llena de morbo y sensaciones: llena de perversidad, territorio en el que ella se mueve con gran soltura y autoridad. Una delicia de lectura para los que amamos la mala intención di sus palabras, pero también para los que sepan esperar con paciencia a que ella desarrolle sus ideas. Porque no se engañe nadie: aunque el libro es breve, la autora se da tiempo para decir las cosas, para que ocurran los breves momentos de la anécdota.
Una imagen impagable: Golondrina comiendo papel, como si se fuera un Firmin cualquiera.
Para fanáticos: para curiosos: para los morbos: para disfrurar del encanto de matar.jcch.

HOMERO EN ALBANIA

El expediente H
Ismaíl Kadaré
Anaya&Mario Muchnik, 1993.
|203 p.|ISBN: 9788479790615|
¬
Alianza Editorial, 2001
|6,50 €|ISBN 9788420672588|
Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde

Leo El expediente H., de Ismaíl Kadaré, en una deliciosa edición de Muchnik de 1993 -por ahí anda una de Alianza también; pero es, previsiblemente, la misma traducción-. El ejemplar que leo me lo prestó Nicolás Melini, ese maestro mío en tantas cosas, pero sobre todo en encontrar lecturas maravillosas. Saroyan, por ejemplo, virus que se difunde por todo el mundo. Azotando a la doncella, de Robert Coover, porque Nico es el lector más tatastán que yo conozco en el mundo. Así que me dejo guiar mansamente por sus recomendaciones. Lo único que le he descubierto yo, y eso porque Tomás Onaindía (otro que tatastanea con furia) me lo recomendó primero, fue a John Fante, nuestro padre antes de cualquier beat o modernos de esos que andan por allí creyendo descubrir el agua tibia con los experimentalismos y el lenguaje de la calle y la heterodoxia y tal. Creo que después de las primeras lecturas de Cortázar, allá por los inicios de los pavosísimos años ochenta ("Casa tomada", "Las babas del diablo", "Ómnibus", "Orientación de los gatos", y claro que "Queremos tanto a Glenda"), y del deslumbrante descubrimiento de Ficciones por esa misma época (con ese tipo de letra delicioso que la editorial Oveja Negra utilizaba para esa colección de libros marrón; ¿era Oveja Negra?), no había sentido tanta emoción al descurbir un autor como cuando leí Pregúntale al polvo, de Fante.

Pero estaba con Kadaré. Estoy con El expediente H., una historia extraña y montañosa. Antes de seguir quiero declarar que es lo primero que leo de este autor albanés (como Olimpia, la madre de Alejandro), y que creo que este libro se parece poco a lo demás; me dio esa impresión cuando leí breves resúmenes de sus otros libros, pero nada puedo asegurar. En este que leo (al que le deben sobrar como 17 páginas, máoméno), dos investigadores irlandeses viajan a las montañas de Albania (estamos en 1935) en busca del origen de la épica, esto es, en busca de los últimos rapsodas que, como lo hiciera Homero hace tres mil años, cantan, componen, varían y enmiendan la epopeya albanesa cuyas raíces se disputa con Serbia en una típica pelea nacionalista y campurusa. Pero no es una novela de aventuras, ni una novela de investigación, ni "de la tierra" (¡no!, ¡qué horror!): el descubrimiento de esta novela son los lahutare, los tocadores de lahute (¿laúd?), los últimos rapsodas en el mundo que cantan (e hipnotizan) como lo habría hecho Homero. No; no quiero decir más: quiero que salgan corriendo y busquen esta novela, que soporten el exceso de prosa del principio, y se sumerjan como yo lo estoy haciendo ahora, en este paraíso que es la palabra de Kadaré: Una montaña fría, un instrumento arrimado a la lumbre de una chimenea y un magnetófono grabando todo lo que ocurre: como los ojos del lector que tenga la fortuna de leerla. jcch.

UNA MOLESTIA PEQUEÑA

El lector
Bernhard Schlink
Anagrama, 2007
203 p.|7 €|ISBN 9788433966667
Traducción de Joan Parra Contreras

A pesar de que una piedrecita se me había colado en los zapatos, lo busqué con avidez en varias librerías de Madrid, porque me lo habían recomendado con efusión. Lo comencé a leer con los ojos muy abiertos, olvidándome de las incomodidades de mis pies, ansioso porque sabía que me esperaba un tesoro al fondo de las páginas. «Estos libros de colores, baratos y pequeños de Anagrama siempre traen agradables sorpresas; así pasó con Dos damas muy serias, así con Música para camaleones, así con Pálido fuego». Así que reservé las largas pausas en cercanías y en metro para alimentarme de la carne de mi nueva presa. Un bocado exquisito de lectura sentado en la esquina más recóndita de un vagón es un placer que debería prolongarse indefinidamente.

A las pocas páginas adiviné eso. Una molestia pequeña, como la del zapato; nada de importancia, nada que interrumpiera mi voluntad y evitara que las páginas me ganaran para ellas. Las hojas suaves, el ejemplar pequeño, la letra nítida, la portada de kiwi: todo me seguiría llamando hacia el interior del libro.

Más tarde se encendieron las alarmas: al protagonista hacía varias páginas que no le pasaba nada relevante, es decir, hacía varias páginas (¿20, 30?) que las palabras daban vueltas y vueltas sobre la historia de un niño de 15 años que se enamora de una mujer mayor que al final sería bruta como un arado y culpable de todos los males, y me embargó esa incómoda sensación que ya he conocido en otros libros: sobraba como lector, porque los personajes estaban tan contentos con la vida «aliterante» que llevaban y no parecían necesitar de mí para existir. («Muy bien, con su Unamuno se lo coman», me quejé amargamente).

Y de pronto, la revelación final: ¡era oootra novela sobre el holocausto! Y comprendo qué es lo que me rechazaba, por qué no terminaba de entrar en el libro, que tantas alabanzas y lectores ha cosechado. Un libro que yo creí cercano al espíritu lector de un Firmin, de un William de Baskerville, de la biblioteca de Babel; en realidad era una excusa más para la puesta en escena de oootro meaculpa en torno a tan espantoso capítulo de la raza humana. Y mi espíritu de lector está cansado de que se regrese al holocausto una y otra vez, a la guerra civil española como temas únicos, comerciales y cansinos de lo que se escribe hoy en día. «¿Es que el holocausto de la Segunda Guerra Mundial y la guerra fratricida de los españoles es lo único trascendente que nos ha pasado a los humanos?», se queja mi voracidad libresca y siente cómo su estómago se congestiona.

Habrá que esperar a una nueva cacería. «En algún lugar, un buen libro va hacia ti desesperadamente», me susurra John Ashbery. jcch.